Nos dijeron, hace muchos años, que la extrema izquierda nunca llegaría al poder en Colombia: eran los tiempos en que se presentaban a elecciones y sacaban apenas un puñado de votos, quedando en un cuarto, quinto, sexto lugar, porque eran minoría, mientras el asunto electoral en Colombia se zanjaba entre dos partidos importantes que después perdieron todo protagonismo y sus fragmentos fueron recogidos por las banderas de otros partidos y movimientos que, en lugar de un ideal político, representaron el ideal de un político. Así fue como los apellidos fueron tomando la forma de los ismos: el Uribismo, el Santismo, el Duquismo, el Petrismo, todos encarnando el culto a la personalidad.
Fue solamente cuestión de dos elecciones para que, finalmente, en 2018, el candidato que lideraba las encuestas, con un pasado “revolucionario” que más bien tuvo tintes de pasado criminal, se metiera a la segunda vuelta para disputarse la presidencia con un contendor que en aquel entonces era considerado como el de la extrema derecha uribista, aunque para desilusión de los derechistas, fue un tibio centrista que dejó con un mal sabor de boca a sus electores.
Aun así, nos dijeron en esa ocasión que los zurdos no tenían forma de llegar al poder porque las oligarquías en Colombia eran tan poderosas que siempre iban a encontrar la manera de atajarlos, a pesar de que aquellos prometieron desde junio de 2018 que harían una férrea resistencia, y vaya que la hicieron. Vencerían para el siguiente período con ayuda de la tibieza y la falta de gallardía que emanaban del mandatario en ejercicio, quien le abrió el camino a la izquierda más radical, representada por un exguerrillero que convenció a los incautos con el discurso de la victimización. Él, que en algún momento había sido victimario y nunca dejaría de serlo, se vislumbraba como el candidato más opcionado a ocupar el trono de la Casa de Nariño. Pero los porfiados todavía repitieron: “Ese nunca será presidente de Colombia porque la élite política tiene cooptada a la nación y de alguna forma le harán perder las elecciones”.
El temor de los escépticos, como yo, se cumplió el 19 de junio de 2022, cuando Colombia torció su camino de progreso para elegir el regresionismo. Algunos lo hicieron por ignorancia, otros porque se dejaron seducir de la fábula paradisíaca que la izquierda ya venía montando con décadas de anterioridad y ahora era el momento de recoger los frutos. Apenas el ilegítimo presidente se instaló en su poltrona (ilegítimo, porque llegó con votos comprados con plata de la mafia y los grupos narcoterroristas), comenzó a activar el veneno de su ponzoña con una disertación resentida y divisionista que paralizó a la nación y la llenó de incertidumbre. Habló de la distribución de la riqueza, de no explotar los recursos minero-energéticos, de repartir la tierra, de subir los impuestos a “los blanquitos ricos” que resultamos siendo todos, de nacionalizar el ahorro pensional, de estatizar la salud; atacó a la prensa, a los empresarios, a las instituciones de defensa y seguridad bajo su control; compró a cuanto parlamentario se le quiso vender, manipuló las pruebas que comprobaban el fraude de su elección, desvió recursos públicos, lanzó cortinas de humo para tapar los escándalos, actuó como un drogadicto, un alcohólico y un inmoral, se victimizó inventándose conspiraciones y golpes de Estado en su contra, además de irse lanza en ristre contra las demás ramas del poder público para intentar ser un gobernante soberano.
Nos dijeron “Ese no podrá hacer lo que le dé la gana, pues afortunadamente tenemos instituciones muy sólidas que no permitirán que se atente contra la democracia”. Pero eso nos dijeron porque en el pasado ningún presidente se había atrevido a destruirlas. El exguerrillero de la casa presidencial las atacó, demostrando así que estas no son tan fuertes como se creía, y que nuestra democracia es débil y quebradiza.
Desastres aparte, ató de pies y manos a la Policía y al Ejército, cuya obligación es asumir la defensa de la nación, pero en vez de eso se los sirvió en bandeja de plata a los terroristas para que los masacraran. Puso su Fiscal de bolsillo con la intención de frenar todas las investigaciones en su contra, amedrentó a los magistrados de la Corte Constitucional, y ahora presiona al Consejo Nacional Electoral para que archive la investigación por volarse los topes de financiación de su campaña política. Amenaza constantemente al pueblo con sus mal llamadas “guardias indígenas”, “fuerzas populares” o “jóvenes en paz”, que no son otra cosa que grupos violentos que están por fuera de la ley para ejercer presión e infundir miedo a quienes no estén con él. En otras palabras, son los paramilitares de su gobierno. Obra en favor de los delincuentes y en contra del pueblo de a pie, insulta a la prensa que denuncia sus pillajes, y está echando abajo el futuro de la nación en todos los órdenes como si fuera un rey Midas de la mierda enloquecido y paranoico, porque en eso se convierte todo lo que el ilegítimo toca.
Tiene en sus manos la libertad, la seguridad y la tranquilidad de los ciudadanos que vivimos todos en una completa incertidumbre, esperando que cese la horrible noche sin saber que estamos bajo el dominio de un déspota tirano que no dudará en utilizar su aparato de represión con la excusa de que somos unos asesinos que lo queremos matar solamente por la necesidad de expresarnos gritando “¡Fuera Petro!”.
Aquellos que nos dijeron que la izquierda nunca llegaría al poder, que si llegaba sería una izquierda “humana” que buscaría reivindicar los derechos y abogaría por acabar con las desigualdades en lugar de ser otra pata más del Socialismo del Siglo XXI, estaban completamente equivocados, como lo están ahora que nos dicen que esto sólo es cuestión de cuatro años y que faltan poco menos de dos.
Hoy nos dicen, los que nos dijeron que no podría pasar nada, que ya toca esperar hasta 2026 para que vuelva a recuperarse la confianza en el país; para que renazca de nuevo la esperanza y olvidarnos para siempre de este capítulo aciago de la historia patria en el que, por brutos, ignorantes o mal intencionados, a muchos colombianos les dio por beber de las hieles amargas del socialismo, y que eso será justo cuando se opere el cambio de gobierno. Nuevamente se equivocan, piensan con el deseo o no quieren activar las malas energías: cuando el socialismo llega a un país es para quedarse para siempre. ¿Acaso no tenemos suficientes espejos en la región que dan cuenta de ello?
Nos dicen que hay que activar el Artículo 109, nos embolatan con cantos de sirena pidiendo el juicio del presidente, y este, mientras tanto, anuncia que le quieren dar un golpe de Estado para blindarse así ante la ley que tiene en contra. De modo que si lo condenan no será un fallo en justicia, sino un golpe a la democracia, y he ahí el propósito de alimentar las jaurías rabiosas que este financia con el dinero de los contribuyentes: los colectivos petristas, al mejor estilo de la dictadura de su amigo y vecino, saldrán a incendiar el país en su nombre, como ya hicieron una vez, y esta vez sin nadie que los detenga.
Nos siguen alimentando la falsa esperanza de nuestra tradición democrática; otra vez que las instituciones, que los gremios, que los grupos económicos, que la oposición, que los medios de comunicación, que, en últimas, el Ejército.
Pero yo no veo tal democracia, si esta quedó rendida cuando la corrompieron con la plata de la mafia, que hasta hubo confesión del hijo del presidente, pero jamás una investigación ni un fallo en firme. Cuál democracia, si quedó probado que el dinero corrupto la puede comprar.
No veo tampoco la fortaleza de las instituciones que ya fueron feriadas a los simpatizantes del régimen y están haciendo lo posible por despojarlas de su autonomía. La Fiscalía es ya un enemigo peligroso que usurpó la Constitución, la Procuraduría no tiene voz ni voto, la Contraloría menos, y la Defensoría del Pueblo es una oficina de adorno.
No veo a los gremios uniéndose, sino cada cual luchando por separado por sus propios intereses, señales de que algunos todavía respaldan la podredumbre de este gobierno.
Los empresarios a lo mejor están negociando su salida, dejándole algunas empresas al aparato petrista y sacando del país todo el dinero que puedan sacar.
La oposición, por su parte, está más preocupada por anunciar candidaturas que por hacer lo que corresponde en su ejercicio público. Los veo muy mansos, muy conformes con lo que está sucediendo, o muy resignados a perder el país. ¿Estarán negociando también para convertirse en una falsa oposición que apenas da discursos y nada más? Ya saben a cuál oposición se está pareciendo la nuestra. Por ahí gritan, manotean, hacen declaraciones, dan entrevistas, pero todo se queda en meras palabras. La oposición sólo está pensando cómo retomar el poder, y por ello, posiblemente, lo volverá a perder en 2026.
Así las cosas, espero equivocarme al dar este pronóstico tan pesimista. Pero como sabemos, un pesimista no es otra cosa que un optimista bien informado. El problema es que aquí estamos en este blog para decir las cosas como son, no para decir lo que la mayoría queremos escuchar, como aquello de que la izquierda saldrá en 2026. No, no se irá más nunca hasta que no tengamos un proyecto de país diferente al del caudillismo que nos viene acompañando desde la época de La Violencia, tal vez desde mucho antes.
Petro no lleva treinta años dando bala y otros treinta viviendo de la teta del Estado y buscando llegar al poder solamente para gobernar cuatro años. No seamos tan ingenuos, que el tipo se va a hacer reelegir, en cabeza propia o ajena, por la razón o por la fuerza, por votación popular o por fraude cantado, por la vía de la democracia o la vía de la anarquía violenta, como le gusta a él. Como sea, intentará prolongarse en el poder el tiempo que estime conveniente. ¿Acaso un dictador de izquierdas entrega el mando pacíficamente? Mucho menos lo hará Petro, que ha demostrado ser un ególatra, un narcisista y un psicópata capaz de cualquier cosa.
Se trataba de que no llegara el virus socialista a Colombia. Ya ha llegado, ya está actuando en el cuerpo de la patria; ya prácticamente hemos perdido el país. Lo que queda será marcharse o aguantar la arremetida. Nos dijeron que no íbamos a ser como Venezuela porque supuestamente ya estábamos así en el gobierno anterior. Falso, nunca lo estuvimos, pero también nunca hemos estado tan cerca de serlo con este gobierno. Nos dijeron mentiras, como siempre.






No hay comentarios.:
Publicar un comentario