miércoles, 25 de septiembre de 2024

¿Por qué quieren matar a Trump?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Que un hombre armado ingrese al campo de golf de la casa de Mar-a-Lago de Donald Trump en la ciudad de Palm Beach, Estado de Florida; que se esconda doce horas entre los arbustos esperando el momento en el que por allí pase el ex presidente, quien a esa hora se encuentra disputando una partida de golf con unos amigos; que ese sospechoso sea sorprendido portando un fusil AK47 con mira telescópica, y que además, cuando los agentes del Servicio Secreto lo intenten detener, se dé a la fuga disparando su rifle contra los objetivos que lo persiguen; no debe ser motivo alguno de escándalo para los adeptos al Partido Demócrata de los Estados Unidos ni para los medios de comunicación afines a dicho partido, que, de paso, son los medios hegemónicos de ese país.

     Simplemente el hecho es tomado por ese sector como una noticia más, un atentado como cualquier otro, en medio de una campaña feroz por la presidencia de la potencia occidental más poderosa: un hecho que no reviste ningún análisis sociopolítico, ninguna trascendencia, ningún cambio en el rumbo de la vida de la nación, pues al fin y al cabo Trump se ha salvado otra vez, y ya la noticia de los atentados contra su vida les parece más un asunto de locos y fanáticos, tal vez adeptos a él, que se quieren convertir en protagonistas negativos de la Historia, pero que son apenas unos lastimeros “lobos solitarios” que nunca podrán lograr su objetivo.

     Repito, este asunto ha sido zanjado de esta manera porque quienes así lo reseñan pertenecen al bando de los opositores a Trump, de los que no desean que él sea presidente, y de los que están interesados en minimizar y ocultar un hecho de una gravedad inusitada que, de concretarse, cambiaría el rumbo de la Historia mundial. Y ese hecho es que, en Estados Unidos, considerada la democracia más sólida del mundo, estén tratando de dar de baja a un candidato presidencial y expresidente de la República, y a nadie parezca importarle, salvo a él mismo y a los simpatizantes de su figura. ¿Por qué lo quieren matar?




     Supóngase, por un momento, que no sea a Trump al que quieran borrar del mapa, sino a su contrincante, Kamala Harris. ¿Qué dirían los noticieros, los periódicos, los medios del establishment? Que existe una conspiración de parte de los republicanos para acabar con la vida de la actual vicepresidente Harris y candidata a suceder en el trono a Joe Biden; que Trump ordenó atentar contra su vida y de paso darle un golpe a la democracia. Dirían que fue algún extremista seguidor de Trump, desequilibrado mentalmente, el que lo hizo azuzado por su ídolo político. Dirían que la derecha estadounidense, o más bien la ultraderecha conservadora que representa Trump, es la que ejerce la violencia sobre los ciudadanos y no respeta las reglas del juego democrático. Sería un escándalo mundial que haría levantar nuevos cargos contra el magnate por una supuesta conspiración. Luego se desbordarían en las calles los grupos violentos que responden a los intereses de los demócratas y globalistas, camuflados entre los supuestos activistas pacíficos que luchan por los derechos de las minorías, aunque muy bien financiados por ese poder invisible de las ONG’s y fundaciones regentadas por metacapitalistas interesados en romper el orden de la nación desde adentro, todo para provocar su incendio acostumbrado, como cada que vez que las izquierdas necesitan hacerse sentir.

     Sólo que esa violencia estaría justificada porque un hipotético atentado contra Kamala Harris lo harían pasar como un atentado contra los derechos humanos, no importa que en la ejecución de su protesta se lleven por delante los derechos humanos de sus contradictores. Porque, para quienes siguen la ideología política de la New Left americana, sólo valen los derechos de los izquierdos.




     Pero como se trata de Donald Trump, el candidato que más detesta la élite globalista, temerosa de que este retorne al poder y les haga nuevamente papilla sus planes de consolidar el "Nuevo Orden Mundial" de corte eugenésico y antinatalista, pues no se hace bulla, no se produce más noticia que la de informar por encima una “noticia convencional”, no se genera ninguna protesta de importancia ni se sospecha de persecución alguna contra su vida de parte de sus enemigos. Los medios de comunicación del Establecimiento, que le rinden cuentas a eso que Trump llama el Deep State, no le darían el despliegue justo a la noticia del atentado, aun si el asesino consiguiera su objetivo. Saben que no pueden darle publicidad gratis a Trump, y que nada es tan contraproducente para sus intereses como el hecho de que salga ileso de los intentos de homicidio.

     Porque, si por desgracia, en una de esas acometidas muere el expresidente, los globalistas celebrarían con furor, porque se habrán quitado la piedra en el zapato que les impedía proseguir con sus planes de dominación global para destruir la soberanía de las naciones y controlar a los seres humanos. Por eso lo quieren matar, por eso lo pintan como un tirano, un líder que conduciría a su país a la guerra. Se les olvida a los demócratas y contradictores que Trump ya gobernó una vez, con resultados económicos y geopolíticos que no obtuvieron presidentes de toda una vida de carrera política: pleno empleo, reducción de impuestos, economía en el tope de su productividad, y ningún inicio de un conflicto bélico internacional bajo su mandato. Por el contrario, bajo el cuatrienio Trump, entre 2016 y 2020, soplaron vientos de pacificación mundial amparados en la demostración de la fuerza disuasiva antes que en la violencia de la invasión armada.




     Hasta que el poder del globalismo conjuró para lanzarle una pandemia al mundo y estropear la escasa armonía que se había logrado en Occidente de la mano de un Estados Unidos que era respetado y ponía condiciones. Fueron los enemigos, y no Trump, los que patearon el tablero y se quitaron la máscara para hablarnos sin vergüenza del reseteo, del nuevo gobierno mundial, del cambio de paradigma, de la llegada al poscapitalismo, de la reorganización basada en sus agendas de la vigilancia del comportamiento, la ingeniería y el adoctrinamiento social, todo con la participación de las grandes corporaciones tecnológicas y de los grandes capitales a los que el mundo les ha quedado pequeño para colonizar, y que por ello necesitan derribarle sus fronteras políticas, ya que no pueden agrandar el planeta.

     “El mundo será de los patriotas, no de los globalistas”, fue la frase que dijo Trump en uno de sus mítines políticos, y con ello selló su enemistad contra los que no quieren que prevalezca el concepto de Estado-nación.

     “Hagamos a América grande otra vez”, es su lema de campaña, y esa frase es toda una declaración de principios para fortalecer el territorio y sus fronteras, cosa que los partidarios de la ciudadanía mundial desprecian, porque si el poder se concentra en la fortaleza de una nación con unas leyes y unos principios regidos por una Constitución Política, y así se sigue perpetuando el modelo para todos los países en democracia, a los globalistas les quedará muy difícil establecer su nefasta gobernanza, que no es otra cosa que una dictadura corporativa, tal como lo es el modelo del Partido Comunista de China: un modelo capitalista para sus gobernantes, y un modelo comunista para el pueblo.




     Porque no es lo que es Trump como persona, sino lo que representa. Ese viejo gruñón en apariencia, que vocifera y levanta el cuello con soberbia y desafía a la prensa y a sus opositores y provoca el desagrado con su particular estilo de tintes autoritarios, es el que puede darle mayor libertad económica a los ciudadanos estadounidenses en cuanto a que los conmina a participar del libre mercado, a tener iniciativa empresarial, a buscar sus propios horizontes por sus propios medios en lugar de estarlos condicionando con las ayudas estatales que se prolongan en el tiempo y no le resuelven la vida a nadie.

     Porque esa cultura del buenismo y la victimización que se implementó en el mundo a través del wokismo, que es esa ideología atomizadora y al mismo tiempo fragmentaria, no es compatible con el programa de Trump, que apela a los valores conservadores y a una referencia de sentido mucho más importante como la patria, en lugar de los atributos divisionistas de la raza, el sexo, la etnia, la orientación sexual, entre otros; que son los tópicos propios sobre los que trabaja la cultura woke, que hace de la victimización su negocio. El odio hacia Trump parte de allí: Trump es antisistema, antiglobalista, anti agenda LGTB, anti aborto, antiprogresista.

     Lo cierto es que es Trump, al que quieren matar, el que supuestamente no cree en la democracia. Qué raro, que siendo el único candidato político que en los últimos 50 años haya recibido dos intentos de asesinato, sea considerado el malo del paseo. Y que los demócratas con Harris a la cabeza, que sí han sugerido tácitamente la idea de que a Trump hay que frenarlo de alguna manera, sean los tipos buenos, los conciliadores, los pacifistas.

     Si matan a Trump, que no quede duda de que sería un crimen de Estado, organizado por alguna de sus agencias de seguridad, valiéndose para ello de un supuesto extremista alienado al que estarían entrenando todo este tiempo. Sería un magnicidio que costaría una guerra civil.




     Pero si no consiguen detenerlo por la vía violenta, harán todo lo posible para robarle las elecciones en noviembre, y será Estados Unidos otra república bananera en donde también los muertos votarán y el algoritmo del voto electrónico podría estar alterado en favor de Kamala Harris. No creamos que ella va tan bien en las encuestas que muestra CNN o los medios de la élite, porque a Kamala la están inflando para dar la impresión de que es la más opcionada, y de paso influir en el votante.

     Y si al final gana el titán, por esas sorpresas que nos da la vida, que se prepare el pueblo estadounidense para sufrir la arremetida de la izquierda violenta, que no querrá dejar gobernar y no se quedará de manos cruzadas. Un nuevo brote de violencia se cernirá sobre la Unión, y tal vez el globalismo lance una nueva pandemia o se invente la tragedia del siglo para destruir a los Estados Unidos. ¿una catástrofe natural provocada? ¿la explosión misteriosa de algún reactor nuclear? ¿Un asteroide intergaláctico sobre La Casa Blanca? No sé, no se me ocurre mucho, porque los de las conspiraciones son ellos. Siempre se ingenian una idea más macabra que la anterior.

     Por lo pronto, que Dios bendiga a Trump y no permita que lo asesinen. Si sus enemigos lo hacen le abrirían la puerta al desmembramiento de la Unión Americana. Sería la desaparición definitiva de la potencia, para regocijo de China, Rusia, Irán, y todos los interesados en la caída de Occidente.

     Pero si Trump llega, le harán la guerra a él. De cualquier modo, habrá violencia, pero habrá que dar la pelea, no dejarse imponer el relato, no dejarse quitar la libertad de pensar por sí mismo. 
     
     Que Estados Unidos vuelva a ser la patria grande que ha sido conviene a todo Occidente, hoy a punto de ser devorado por un dragón.

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