Ha huido Edmundo Gonzáles a España. Se ha exiliado, se ha fugado. Ha abandonado a quienes se jugaron la vida por él y por María Corina Machado en la misión suicida e imposible de derrotar la dictadura a través de la senda democrática. Sabiendo que una dictadura como la del asesino Maduro y su corte de criminales nunca se doblega por las buenas, sino por las balas.
Pero María Corina, a través de Edmundo, quiso jugar el juego ingenuo de la democracia, y con una perseverancia y un impulso al borde del heroísmo le demostró al mundo que, en efecto, Venezuela sólo desea ser libre del tirano. Lo demostró por la vía de los votos, pero no logró cambiar nada.
Sí, Edmundo Gonzáles es, a la luz del mundo libre, el presidente electo de Venezuela, porque la comunidad internacional democrática reconoce que le han robado las elecciones. Sólo que este reconocimiento es tan simbólico y estéril como las medallas que le dan a los perdedores por participar.
Anticipo que el 10 de enero de 2025 el tirano Maduro se posesionará nuevamente ante las “ramas independientes” que él mismo rige, y que seguirá fungiendo como eterno dictador. Y Edmundo, ya exiliado en España, difícilmente querrá regresar a pelear por lo que le robaron. No tiene alientos para hacerlo, no tiene la edad, no tiene la valentía. Se juramentará como el nuevo presidente de Venezuela a través de una pantalla, a la distancia, y el mundo dirá que ese es, pero todos sabremos que no será; que ello simplemente es un protocolo simbólico y que nuevamente Venezuela tendrá dos presidentes: el tirano de siempre, que es el que en realidad manda a su antojo, y el elegido por el pueblo, el que lo es apenas con el deseo, pues carece de poder y ya ni siquiera estará presente, como un padre que escapa de su responsabilidad.
Ha huido Edmundo Gonzáles porque sencillamente es un abuelito cansado, al que se le nota que le quedó grande la misión. El pobre no sabe en la que se metió, en la que lo metió María Corina pensando que de verdad la transición sería un asunto mediado por la voz del pueblo. Pero Venezuela es un pueblo que se quedó sin voz, que no tiene quién la represente. Pudo ser que Edmundo negoció con el régimen su exilio para que no lo fueran a capturar. Él, que es un viejecito acostumbrado a los buenos tratos, no habría resistido la prisión, y si tenía que elegir entre morir allí o reunirse con los suyos lejos de la hoguera, pues lo lógico era que hubiera preferido salvar su pellejo.
María Corina, por su parte, ha debido estar enterada, pero no ha debido estar muy contenta con la noticia. Se habla de estrategia, de posibilidades de restablecer la democracia desde afuera, que para eso Edmundo salió a buscar el apoyo internacional. Pero no nos digamos mentiras, que la oposición venezolana nunca tuvo una estrategia, un plan B. Si Edmundo como capitán del barco fue el primero que lo abandonó, las vidas de los manifestantes que se perdieron fueron en vano. ¿Qué decirles a los familiares de los 23 valientes que salieron a pelear por la libertad y que fueron vilmente asesinados? ¿Qué decirle a los más de dos mil quinientos que hoy están presos y torturados en las mazmorras del régimen, suplicando que alguien se apiade de ellos, mientras Edmundo, el elegido, se va a dormir a un país socialista, por demás, a disfrutar de una cama caliente y una buena comida?
Y realmente fue valioso lo que en su momento hicieron María Corina y Edmundo al poner en evidencia el fraude, y muy loables los llamados a las marchas, y muy admirable la actitud con la que salieron a pelear el resultado de las elecciones manipuladas que dieron a Maduro como ganador cuando en realidad no fue así. Pero, al parecer, no fue más que eso, impulsos repentinos para gritar que “vamos hasta el final”, que “la dictadura va a caer”, que “Dios está de nuestra parte”, sin dimensionar que Dios de pronto ayuda a los que tienen un objetivo férreamente trazado, un empeño ciego en no desfallecer incluso si eso significa morir en el intento. A la oposición se le acabó la gasolina. Su determinación no fue más que flor de un día que no tuvo la suficiente fuerza en sus pétalos para resistir el vendaval chavista. No dio para más, pudo más el miedo a la muerte.
Todavía queda la valiente María Corina hasta que el régimen también la obligue a salir antes de ir por ella. Porque con toda la tecnología satelital que tiene el tirano, proporcionada por la China; con todos los medios a su alcance para dar con una persona, uno no entiende por qué María Corina todavía no ha sido arrestada. Y no es que yo quiera que eso pase, pero conociendo el alcance de los hampones que manejan Venezuela, ninguno de sus enemigos tiene chance de salvarse de la muerte o de la cárcel si realmente lo consideran un peligro. Como sucedió con el piloto Óscar Pérez en 2018. ¿Acaso hay otra negociación de por medio? ¿Será que lo que hemos visto en estos días han sido simples chispazos de una falsa oposición que solamente se prestó para hacerle el juego al régimen? No sorprendería si así fuera. Ya otros nombres hemos escuchado en Venezuela que se han doblegado a la dictadura, ya sea por temor, o porque la oferta de dinero era imposible de rechazar: Leopoldo López, Juan Guaidó, Enrique Capriles. Espero que Corina no sea otra de las mismas. No sería justo que a la hermana república la traicionen una vez más, eso ya es demasiada felonía.
Y qué bien le cae este exilio al régimen, cuánto peso se quita de encima, cómo le ayuda esta huida a lavarles la cara. Porque ya no tienen la presión de capturar a Edmundo, lo cual los habría hecho ver como unos tiranos absolutos. Y esperan que María Corina haga lo propio. Debe ser que por eso le están dando tiempo: Maduro quisiera arrestarla, torturarla, pero más le conviene que se vaya. No quiere cargar con otro desprestigio internacional, aunque si piensa que es absolutamente necesario, no dudaría en hacerlo.
Así las cosas, sin plan B a futuro, sin una esperanza de salir de la dictadura, Venezuela se prepara para otros cinco años más de hambre, desplazamiento, miseria. Y de paso se lleva puesta a Colombia, porque la libertad de Venezuela era la libertad de Colombia, también en garras de un megalómano comunista y artero. Entonces volverá la oposición en cinco años a presentar un candidato o candidata, y volverán a decir que ahora sí se dará la transición. Y los venezolanos estarán tan acostumbrados a la derrota moral que les ha propiciado el socialismo, que ya no querrán creer en renovados vientos de libertad. Su pensamiento se habrá convertido en parte del problema, porque al no operar la transformación moral y espiritual que necesita un pueblo para superarse, no sobrevendrá la ansiada transición. Ya ni les importará su propia suerte, como sucede con los habitantes de la desvencijada Cuba, que le apunta a celebrar 70 años de dictadura.
Lo otro es que si cae Maduro y se encumbra un nuevo gobierno, ¿qué va a ser este con todos los chavistas? ¿Cómo cambiar la mentalidad de un pueblo condicionado a recibir subsidios y migajas? ¿No intentarán nuevamente los viejos partidarios del chavismo, acostumbrados a estirar la mano, enseñados a vivir del gobierno, ya sea porque no quieren o porque no pueden trabajar, armar otra revolución violenta para retomar un poder que los venía alimentando en forma parasitaria? Porque no basta con que cambie el gobierno si no se cambia la cultura del pueblo al que le han inculcado que es pobre exclusivamente por la culpa de otros y que no hay manera de salir de allí si no es a través de un Estado benefactor. Si alguna vez llega un nuevo líder a Venezuela que quiera quitar los planes y los privilegios de algunos, lo van a rechazar con encono. No querrán aceptar las herramientas sustitutas para salir de la miseria, como la educación y el trabajo. Preferirán armar otra revolución hasta que regrese nuevamente el chavismo a prometerles la “reivindicación” de sus derechos.
Es que así es la enfermedad del socialismo: ataca a aquellos pueblos que no se han concientizado de su deber de trabajar y sembrar para el futuro. Por eso, si alguna vez se restituye la democracia en Venezuela, hay que hacer toda una campaña de educación y concientización cultural a la par con la restitución del poder para comenzar a trabajar por un país diferente.
Por ahora no se puede esperar nada con la actitud cobarde de un señor que más bien se marcha para no molestar al régimen. Queda en manos del pueblo sublevarse, o terminar de marcharse también.





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