En las escasas conversaciones que tengo con amigos y conocidos, me encuentro con frecuencia a algunos de ellos que, con la autosuficiencia de la que los ha revestido la moda del “librepensantismo”, dicen sin ningún asomo de temor: “yo creo en Dios, pero no creo en la iglesia”, o dicen “yo creo en una relación personal con Dios, pero no creo en los curas, los pastores, ni en la religión”. Otros, más orientados a la postura agnóstica, dicen “yo creo que existe una fuerza superior que está más allá del Hombre, pero todavía no sabemos qué es”. Los hay todavía más alejados de la idea de un Creador, convencidos de la concatenación del universo, de la alineación de los astros o de los misterios de la Madre Tierra como constituyentes de las causas primeras que ordenan este mundo sin que necesariamente exista detrás el atributo de una personalidad. Otro tanto ni siquiera considera la posibilidad de un Dios omnipotente y omnipresente, pues de plano lo niegan. Sólo creen en la capacidad del Hombre, cuya naturaleza humana y racional lo llevaría a la búsqueda del bien supremo y al “conocimiento de sí mismo para conocer el universo”. Creen en la Ciencia, en la materia, en el poder de lo terrenal, en la energía de lo cósmico, pero no creen que un Dios de amor, de justicia, de autoridad y de verdad, sea capaz de guiar su corazón.
Tomemos, por ejemplo, el caso del ateísmo. Esta creencia sostiene que el componente moral del hombre se puede mantener sin necesidad de decretar la existencia de Dios, porque “es la negación de todo tipo de experiencia metafísica, mística o espiritual”. Pero ¿cómo puede hablarse de moralidad en una filosofía que no tiene a Dios como su centro? ¿Acaso es el componente moral a la luz de los hombres? ¿Cómo pretender ser bueno si no se tiene una relación con Dios, si no se reconoce ese principio, si todo se deja al albedrío de la naturaleza imperfecta del ser humano? Los actos buenos nos acercan a Dios. Sin Él no podrían existir esos actos buenos, o en su defecto existirán actos vacíos que no nos conducen a nada. Siempre se necesitará del elemento sobrenatural, de una gracia suprema para que el ser humano pueda equilibrar su propia debilidad. El ateo piensa que el ser humano puede bastarse a sí mismo. El creyente sabe que no está solo y que tiene de su lado a la fuerza que creó al mundo, nada más que eso.
A pesar de las variadas posiciones que asume el hombre de mundo, liberado ya del yugo de la obediencia y la fidelidad a un ser superior; liberado para siempre de las doctrinas eclesiales y los postulados religiosos, queda a la mano, como un salvavidas de emergencia ante cualquier eventualidad, el argumento de la fe. Porque si bien en Occidente se ha prescindido sin ninguna dificultad de la religión de Cristo, mezclándola con sincretismos orientales que nada tienen que ver con ella, prostituyéndola con magias y misticismos de credos que están en las antípodas del pensamiento cristiano, manchándola con paganismos y simbolismos masónicos, que es en donde realmente mora el enemigo con semblante de ángel beatífico; entonces hay que decir que el hombre de Occidente hace rato perdió su plataforma religiosa y se entregó a pensar y a cimentar su fe guiado por las sombras de su propio corazón.
Y ya lo advirtió el mismo Dios a través del profeta Jeremías hace siglos, cuando nos dijo que el corazón es engañoso y perverso, más que todas las cosas. ¿Quién puede decir que lo conoce? (Jeremías 17:9-10). Y recalca que es Él quien lo conoce, porque es quien escudriña la mente y lo pone a prueba, y paga a cada uno según su conducta y según el resultado de sus obras. Nótese que no dice según su fe.
Independientemente del credo que se profese, toda manifestación religiosa necesita hacerse extensiva en una iglesia, templo o lugar de adoración sin la cual el creyente no podría compartir con otros y manifestar sus dudas a las autoridades de su institución. La Iglesia, más que lugar de congregación y adoración, es la fortificación de la fe mediante la unión de sus creyentes. No puede aislarse el hombre en su propia concepción de lo que es la comunión con el Creador, porque al renegar de la comunidad de aquellos que han sido llamados a seguir a Cristo reniega al mismo tiempo de la organización de Dios.
La importancia de la Iglesia radica en su papel como guía espiritual y soporte moral para sus miembros. En un mundo lleno de incertidumbres y desafíos, la Iglesia ofrece un sentido de pertenencia a la casa de Dios y esperanza. El teólogo y filósofo Paul Tillich en La estructura de la religión sostiene que "la Iglesia tiene la función de ser un lugar donde la esperanza se hace tangible y donde la comunidad se construye en la fe". Esto muestra cómo la Iglesia se convierte en un refugio para aquellos que buscan un sentido más profundo en sus vidas.
De modo que la próxima vez que reflexionemos sobre nuestra forma de acercarnos a Dios, si acaso pensamos que creemos en Él, o si acaso respetamos su autoridad y su figura de redención exclusiva, pues es el único que puede ayudarnos si nos encomendamos a él, pensemos en que no basta simplemente con adorarlo con toda la fe de nuestro espíritu, pero desconociendo sus leyes y el espíritu de la comunidad. La fe sin creencia religiosa y sin iglesia es una fe sin soportes. Es una fe que viaja suspendida en el tren de la vida, pero al primer sacudón sale disparada y va a dar al fango, pues no estaba sujeta a los otros dos soportes indispensables para mantenerla firme: la religión y la Iglesia.
De ahí la importancia en una fe integral, que no reniegue de las instituciones ni de los guías que Dios nos puso en nuestro camino para ayudarnos a sobrellevar las penas que implica toda existencia.
Por ello es mejor pertenecer a una religión de amor cristiano, saberse parte de una comunidad, respetar los los lineamientos que consignaron los profetas en las Sagradas Escrituras. Porque esa fe que pensamos que tenemos, hecha a la medida de nuestros deseos, es la misma fe que tuvo el ángel caído, Satanás, cuando pensó que no necesitaba de Dios y su creación divina, y que podía bastarse a sí mismo, y arrogarse el poder del Creador.
Desde luego, las Iglesias están constituidas por seres humanos que pueden obnubilarse por su posición y llegar a estar en la condición de pecadores irredentos, pero en ese caso lo que hay que rechazar es a los malos ministros y no a la institución, y esto aplica para todas las iglesias cristianas. Las manzanas podridas no tienen por qué hacernos alejar de Dios, si al fin y al cabo los que pecaron fueron ellos, y los demás necesitamos seguir recibiendo la gracia del Señor.
Que no termine la búsqueda de nuestra fe en nosotros mismos. Dios está allá afuera, en la necesidad del prójimo, en los actos que le devuelven la esperanza al mundo, no en la satisfacción de nuestra propia conciencia; esa que nos dice que no necesitamos de religiones ni de iglesias para creer en Dios.
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1. Paul Tillich. La estructura de la religión.





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