sábado, 5 de octubre de 2024

¿Quién es el paramilitar entonces?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Si dos sujetos —otrora enemigos— que tienen las manos manchadas de sangre se abrazan en un acto simbólico, hacen un teatro en nombre de la paz, y hasta intercambian sus mugrientos sombreros como símbolo de que los une la misma mentalidad de verdugos, ¿quiere decir eso que se han encontrado para cesar su odio y no atacarse entre ellos, o se han aliado para continuar haciendo la guerra juntos contra el pueblo indefenso?

     Si les digo que uno de esos delincuentes es un exguerrillero y el otro es un exparamilitar, hoy uno convertido en presidente y el otro en gestor de paz, ¿sería creíble que en verdad ya hayan desarmado sus corazones y se dediquen a trabajar por la paz de Colombia?

     La respuesta es un rotundo NO si uno de esos delincuentes se llama Gustavo Petro y el otro se llama Salvatore Mancuso, ambos protagonistas repulsivos del baño de sangre que se ha producido en Colombia en los últimos cuarenta años.

     Primero fue el guerrillero, que militando en el grupo terrorista del M-19 fue autor y partícipe de cientos de asesinatos y desapariciones, pues cuando se opera dentro de un grupo criminal se es responsable por todos los delitos cometidos por ese colectivo: se presume que la pertenencia avala la complicidad.





     Después se supo del paramilitar, perteneciente a las extintas AUC, en donde se le juzgó como autor de más de cuatro mil asesinatos, se sometió a un proceso de paz en el que sólo tenía que pagar una condena irrisoria por sus crímenes, pero continuó delinquiendo desde la prisión y fue extraditado por un gobierno al que siempre se le acusó de ser aliado suyo.

     Hoy, cuando el miembro de las Autodefensas ha quedado libre en el exterior apenas por cargos de narcotráfico, y cuando se supone que debe terminar de pagar por sus masacres en suelo colombiano, el gobierno del guerrillero lo deja en libertad y lo pone a trabajar para él, nombrándolo “embajador de paz”. A él y a la cáfila de sátrapas que lo acompañaron en sus fechorías, con el pretexto de iniciar una nueva “mesa de conversación”.

     Si durante el mandato de Álvaro Uribe Vélez fue extraditado el paramilitar por haber traicionado un acuerdo que en su momento también estuvo plagado de errores y concesiones, como todos los acuerdos que se hacen con los bandidos; y si durante el mandato del actual presidente ese mismo paramilitar es recibido casi que con honores, además de otorgársele status político, brindarle garantías de seguridad y ponerlo a “vivir sabroso” por cuenta del Estado, entonces ¿quién es el verdadero paraco aquí?

     Va uno viendo las contradicciones de la izquierda, que hizo campaña durante 20 años con el discurso contra el paramilitarismo, que logró poner contra las cuerdas a un expresidente al que acusó de aliarse con dicho movimiento, que puso en el trono a otro presidente que prometió la “paz total” con la verborrea de que quien no se adscribiera a sus ideas era un fascista de extrema derecha o un simpatizante de los paracos. He aquí que él mismo ahora le da la mano a uno de ellos, y lo encumbra en un cargo público, como lo hace con cada bandido peligroso que decide azotar a Colombia y al final es nombrado en la burocracia o premiado con algún subsidio.




     De modo que para Petro no sólo son unos jóvenes rebeldes los guerrilleros del M19 que se tomaron el Palacio de Justicia en 1985, o los de las Farc, el ELN o El Clan del Golfo, todos grupos narcoterroristas. También los paramilitares que él tanto dice detestar le parecen ahora unos muchachos incomprendidos, aunque con motosierra. Los paramilitares, que ya no existen como la organización criminal que tuvo lugar antes, se convierten ahora en el instrumento de campaña para reelegirse en 2026. Hay que revivir la narrativa, porque si no, ¿cómo va a alimentar Petro el odio de clases y con qué caballo de batalla se hará elegir de nuevo? Menos mal que el okupa de la Casa de Nariño lo dijo una vez en una entrevista: la paz no se hace con bandidos. Si esos con los que él tanto disfruta sentarse a “hablar de paz” no son bandidos, ¿qué tal, entonces, que sí lo fueran?

     Queda demostrado que este es un gobierno que ni siquiera respeta sus propios ideales: los del comunismo, que se supone, rechaza a su ideología hermana: el fascismo.

     Porque han sido ellos los que históricamente han relacionado a la extrema derecha con este último, aunque este sea más bien un producto derivado de la extrema izquierda desde los años diez del siglo pasado, por allá cuando un político llamado Benito Mussolini militaba en el Partido Socialista de Italia. ¿De cuando acá fascistas y comunistas son tan amigos? Desde que se criaron juntos en la supresión de las libertades y la iniciativa privada, no importa que el uno exalte la idea de la Nación por encima de todas las cosas y el otro la idea del Estado, si al final ambos derivan en un proyecto totalitario que no garantiza los derechos de la población y de igual forma siempre será el Estado el que regule todo, como decía Mussolini: Todo dentro del Estado, nada fuera de él.




     Queda demostrado también que el único ideal del gobierno Petro es el de la demagogia para defender a los criminales; es el del retroceso que nos va a llevar al hambre cuando no tengamos con qué alimentarnos por falta de producción agrícola, ni cómo cocinar lo poquito que se logre cosechar si tampoco hay gas, energía eléctrica, ni petróleo. El ideal de la depravación que destruye la vida de miles de niños al confundirlos desde su más tierna infancia y al asesinarlos desde el vientre materno; de la inmoralidad que nos está convirtiendo en la nueva Sodoma celebrando el mal con orgías dionisíacas y “diversas” para evadir la realidad de la miseria en la que nos van a sumir. Es el gobierno al que no le importa la política para buscar el bien común, sino su afán utilitarista de saquear a la nación y destruirla, empoderando para ello a los bandidos de toda laya, porque al fin de cuentas son ellos su futuro caudal electoral y hay que mantenerlos contentos. Es el gobierno que representa todo lo que está mal en el mundo, pero que se vende como el impulsor de la paz, la concordia, la felicidad, y sobre todo la improbable igualdad.

     ¿Quién es el paramilitar, entonces?, ¿quién es el guerrillero, el narcotraficante, el asesino, el vándalo, el terrorista, el enemigo del país? Si el vociferado “cambio” era para premiar a la delincuencia, mejor se hubiera ahorrado el discurso y lo hubiera dicho de frente: Me llamo Gustavo Petro y soy su delincuente.


1 comentario:

  1. Que mala memoria tiene Petro dice que la paz no se hace con bandidos y nombra a Salvatore Mancuso como gestor de paz, entre bandidos se entienden por que créame yo no entiendo cómo pretenden hacernos creer que ellos se unieron para trabajar por la paz de Colombia, se unieron para seguir haciendo lo que saben hacer, así que nada bueno nos espera a los colombianos con estas alianzas y con los llamados gestores de paz.

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