La recién elegida presidente de México, Claudia Sheinbaum, no invitó al rey de España para que asistiera a su toma de posesión como la primera mujer presidente de México, que se llevó a cabo el pasado martes 1 de octubre.
Sheinbaum, del partido que representa la extrema izquierda del país centroamericano, y quien continúa con el legado del saliente presidente, López Obrador, le exigió a Felipe VI que pidiera perdón a México por lo que se conoce en la Historia como la Conquista española en tierras mexicanas, y por los excesos y los millares de crímenes cometidos por los españoles contra los nativos aztecas. Ante la negativa del rey, no se le extendió la carta de invitación al evento diplomático.
Ya antes, su antecesor, había hecho lo propio, insinuando que España debía pedir perdón por la Conquista en México, sólo que no tuvo eco y salió corriendo cuando uno de los académicos más importantes en materia de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, el doctor Marcelo Gullo, lo desafió a un debate que el mandatario no se atrevió a aceptar.
En su trilogía compuesta por los libros Madre Patria, Nada por lo qué pedir perdón, y Lo que América le debe a España, el doctor Gullo resalta de una manera muy completa la importancia del legado español en América, y argumenta por qué no debe seguirse alimentando más la teoría de la Leyenda Negra contra España, tan promovida hoy día en los ámbitos académicos de las izquierdas. Al contrario, sostiene que “lo primero que tiene que hacer México es realizar un acto público para darle gracias a la España del siglo XV”[1], que no tiene nada que ver con la actual España, por haber llevado al continente americano lo mejor de su cultura y sus valores, de los cuales se nutre hoy día el gobierno mexicano y todos los que de este lado repudian a España, pero hablan su idioma.
Son varios engaños los que el doctor Gullo señala, y en los que han caído los promotores de dicha teoría que hoy pertenecen al sector progresista, incisivo en seguir reviviendo viejos odios.
El primero de ellos es pensar que antes de la llegada de los españoles América era un paraíso en donde todas las tribus convivían felices, cantando odas a sus dioses y haciendo rondas tomados de la mano. Así es como desde el progresismo se quiere pintar la escena, cuando en realidad, para la época en que llegaron los españoles, ya existía toda una carnicería entre civilizaciones indígenas que se mataban entre sí, llegando a desaparecer incluso muchas de ellas, y en donde los españoles no tuvieron responsabilidad alguna. Literalmente, en América, se estaban comiendo unos a otros: la práctica del canibalismo y los rituales en los que se incluían sacrificios bárbaros de inocentes, estaba extendida por todo el continente, especialmente en la región que luego se conoció como los Estados Unidos Mexicanos, en donde la civilización Azteca fue pionera en este tipo de bestialidades, llegando a sacrificar hasta 20.000 seres humanos por año, según los historiadores, y cuyos cadáveres echaban a rodar por la imponente pirámide de Tecnochitlán. Sólo que ahí no terminaba la ofrenda, pues los cadáveres, ya destrozados al caer al fondo del precipicio, eran terminados de despedazar y servidos a la nobleza azteca para que se alimentaran con ellos.
En segundo lugar, en la trilogía de libros citada, se desmiente el mito aquel de que Hernán Cortés con 700 hombres llegó a someter a todo un Imperio Azteca conformado por miles de guerreros. Si no es por la ayuda que las tribus sometidas por los aztecas le prestaron a Cortés, jamás se hubiera podido poner fin al esclavismo y a la antropofagia de los aztecas. Así las cosas, los españoles fueron responsables, en gran parte, de detener a un monstruo salvaje, peleando de la mano de los mismos indígenas que se aliaron a ellos contra los nativos opresores. Desde luego que la Conquista supuso cruentas batallas entre indígenas y españoles en muchos territorios de América, y también que muchos nativos fueron acribillados a manos de los conquistadores, pero no fue ese el modus operandi exclusivo de la Conquista.
De hecho, fue la misma Corona Española la que se encargó de reglamentar y poner en cintura a todos aquellos que cometieran abusos de ambos lados a través de las Leyes de Indias, de modo que el proceso de aculturación fuera lo menos violento posible. La cooperación de las tribus, que aceptaron a los conquistadores españoles como una suerte de regidores del orden e impartidores de la justicia frente a la dominación ejercida por los pueblos enemigos, fue vital para que estas no desaparecieran. Es por ello que aun subsisten diferentes tribus indígenas en América Latina que no se extinguieron gracias a la protección que les otorgó el sistema de leyes de aquel entonces, más no fue así en los territorios en donde predominó la conquista anglosajona, cuyos nativos fueron borrados del mapa casi por completo.
¿Qué habría sucedido si el conquistador Hernán Cortés no llega a México en el momento en que llegó, sino que se tarda un par de décadas más, o si no se atreve a luchar contra el temible Imperio Azteca con ayuda de las tribus mermadas por este? Habrían resultado más muertos de los que hubo en la batalla, y habrían desaparecido definitivamente los pueblos de la periferia del imperio sin que dejaran rastro de su existencia. No es que España hubiera propiciado un genocidio en lo que hoy es la unión mexicana y el continente en general, sino que el genocidio ya estaba en marcha desde antes de que desembarcaran los primeros navegantes que llegaron en 1492. Para el doctor Gullo, España no conquistó a América, sino que la liberó del imperialismo caníbal de los aztecas.
El hecho es que todo aquello que contribuye a alimentar la Leyenda Negra y a satanizar a España no es gratuito: viene movido por unos intereses imperialistas que buscaban acabar con los vestigios de la civilización cristiana. El imperio británico, enemigo acérrimo de la España de los reyes católicos en ese tiempo, contribuyó en gran parte a fomentar la mala prensa, pues allí estaba la esencia de la cristiandad.
No olvidemos que el protestantismo de Lutero y Calvino se arraigó mayoritariamente en la cultura anglosajona, y que de esa división entre católicos y protestantes propiciada en el siglo XVI nació una tremenda rivalidad en la que primó la guerra a través de la difamación. La Reforma protestante propuso una nueva manera de ver el mundo: la de darle importancia a la búsqueda de la riqueza y el poder sin buscar el bien común y la verdad; y la de impulsar la idea de que sólo por la fe el hombre es salvo, como lo infería Lutero, sin tener en cuenta sus obras. Al mismo tiempo se atacaba férreamente al catolicismo representado en España más que en ningún otro reino europeo en ese momento. Francia se desvió por el camino de las ideas liberales de la Ilustración en el siglo XVII. Italia, aunque era la sede del papado, no estaba al servicio de la fe, sino de un renacer artístico ya tardío y desgastado que lo dejó sumido en las simples formas y le hizo perder la sustancia. Alemania estaba con las ideas de la Reforma. Así, España detentaba en el medioevo todo el poder del catolicismo manteniendo la idea original de la búsqueda del bien común, la verdad y la belleza. Aparte de ello, el poderío militar de España era demasiado difícil de derrotar por parte de Inglaterra. No quedando manera de conciliar las dos visiones surgidas desde La Reforma, y urgida a ganar en la carrera por la conquista de América, Inglaterra derrotó a España en el campo de la cultura.
La Leyenda Negra de la Conquista, según el académico Marcelo Gullo, no la crean los ingleses, sino los italianos por una cuestión de celos. Italia no tenía el poderío de España, y habiendo sido el reino más damnificado por la Peste Negra del Siglo XIV, afectado económicamente por las invasiones extranjeras, Las Guerras Italianas y las disputas entre los Médici y los Borgia que corrompieron a la Santa Sede, no pudo emprender con la misma grandeza la carrera por la conquista de América. Se obnubiló con el Renacimiento, así que encendió la chispa de la difamación para que después los ingleses convirtieran esa leyenda en política de Estado.
Cinco siglos después del Descubrimiento de América, y ya supuestamente superadas todas las rencillas que generó La Conquista y el consecuente colonialismo de los imperios, todavía existen personas como Sheinbaum que alimentan su odio contra España por una leyenda que se gestó en el medioevo. Cuán ignorante se tiene que ser para que a estas alturas todavía se sienta uno acreedor a un perdón histórico por parte de una nación extranjera que ya es completamente diferente a la que antes era, y de la que apenas conserva el nombre.
Claro, hubo batallas, conquistas a sangre y fuego, invasiones, arbitrariedades, ¿quién lo duda? Pero aquellos fueron los actos de unos hombres que sólo pudieron ser juzgados con el paso del tiempo. Por fortuna ninguno de los opresores sobrevive.
España se nos llevó todo el oro, pero nos dejó la riqueza de su idioma. Se llevó a los dioses del sol y de la luna, del trueno y el viento, de la lluvia y el mar, pero nos dejó al Dios verdadero, nuestro señor Jesucristo. Se llevó a su lecho a las mujeres más hermosas cosechadas en esta tierra abonada con sangre indígena, pero nos dejó una nueva raza, la mestiza, y en ella engendró la sustancia de la hispanidad que no podemos negar. Se llevó los conjuros, los dioses paganos, los sacrificios, y nos dejó las universidades, los colegios católicos, el modelo de la educación que todavía hoy se sigue manteniendo, a pesar de que quienes hoy reniegan de su hispanidad lo están corrompiendo con la enseñanza de ideologías perniciosas para los niños. Se nos llevó muchas vidas de aborígenes inocentes, y nos dejó su decendencia. Fue una invasión no deseada, seguramente; un proceso forzoso de culturización, a no dudarlo; una evangelización a garrote, por desgracia, pues no se comprendió que los indígenas eran tan seres humanos como los misioneros. Por fortuna, después de muchos años, las prácticas canibalescas de los imperios indígenas y los excesos de los conquistadores han terminado. La Historia puede ser tomada en cuenta para no repetirla, pero jamás podrá cambiarse. Nuestros padres son tan españoles como aborígenes indígenas, y a ambos debemos honrarlos. No todo fueron violaciones, no todo fueron saqueos.
Pero fuera cual fuera la suerte de América, ese choque de culturas tarde o temprano se iba a tener que dar, y cualquiera de los imperios reinantes de la época habría llegado a estas tierras. Si no hubiera sido España habría sido Inglaterra, Francia, Portugal, Holanda, o incluso los musulmanes si Carlos Martel no los hubiera detenido en la Batalla de Poltier, por allá en el 732. Y de todos esos imperios reinantes de la época, fue España la que tuvo el mejor trato para con los nativos indígenas, la que tenía al mejor de los dioses y el más rico de los idiomas. Gracias a las Leyes de Indias todavía subsisten indígenas latinoamericanos, y hoy son reconocidos como pueblos autónomos a pesar de que se encuentran insertos dentro de las fronteras de las nuevas repúblicas.
De manera que la presidente Sheinbaum le exige al rey de España que pida perdón a México por el hecho de haber llevado la civilización a su país, las universidades, la cultura occidental, el idioma y hasta el mensaje de la evangelización cristiana. Un perdón que el México de hoy le exige a la España de hoy por unos hechos tergiversados que sucedieron en un pasado en donde era otra España, y México ni siquiera existía. Como quien dice, tener que asumir culpas por algo de hace más de trescientos años, cuando ya ninguno de los conquistadores de la época, acusados de genocidio, se diluyen en el polvo de la tierra. Y México, que en ese entonces era el antropófago imperio de los aztecas, es la víctima de hoy. Eso equivale a exigirle a un ofensor, ya muerto, que pida perdón a un ofendido por los crímenes que cometió cuando este todavía no había nacido. Así de descabellada es la petición de la recién posesionada presidente Sheinbaum.
Si alguien debiera pedirles perdón a los mexicanos, deben ser ella y su antecesor. Porque son los promotores de un gobierno anticristiano para destruir a la nación. Esa nación que con tanto esfuerzo han levantado aquellos que al grito de guerra aprestan el acero y el bridón para que retiemble en sus centros la tierra al sonoro rugir del cañón.
Lo mismo aplica para todos esos déspotas apátridas de Latinoamérica. Ellos están arruinando sus países por el capricho de gobernar bajo los preceptos de la religión del Estado mundial; esa sí una conversión forzosa y despiadada: Petro, Lula, Díaz Canel, Maduro, Ortega, Boric, Evo Morales; toda la plaga izquierdista y atea que odia al extinto Imperio Español, pero ama el imperio de las élites globalistas que propenden por la división y la fragmentación de las patrias.
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[1] Basado en la entrevista al doctor Marcelo Gullo con Pablo Muñoz Iturrieta. www.youtube.com (30 de septiembre de 2024). Por esto España no debe pedir perdón a México. Respuesta a Sheinbaum. www.youtube.com/watch?v=m4umag0_y-k







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