En estos días en que he vuelto a estar más activo socialmente; en que he salido un tanto de mi ostracismo de académico aficionado y he tenido la oportunidad de hablar con familiares y amigos a raíz del suceso que cada año nos convoca a reunirnos, como lo es la visita de un ser querido que reside en el extranjero, he estado pensando con preocupación en el futuro incierto que se nos avecina a todos, y he llegado a la conclusión de que lo más duro está por venir. Y no precisamente lo mejor es lo que está por venir, como dice el refrán, sino lo peor.
Lamento el tono pesimista de mi entrada de esta semana. Habría sido mejor atisbar en la vida secreta de ese personaje llamado Rupertino Díaz, que a veces nos hace algún guiño de complicidad ante el infortunio humano, o nos aburre con su fracaso perenne, pero el contacto con otras personas en los días recientes me ha procurado una dosis de realidad que no puedo dejar pasar. Rupertino podrá morir cualquier día con dignidad en el momento en que su creador deje de convocarlo en sus historias, pero la gente del común, mi familia, mis amigos, yo mismo, al contrario, no tenemos esa posibilidad de escabullirnos del futuro con el manido recurso de la fantasía. En esta vida corpórea no hay escapatoria: algo tendremos que inventarnos, alguna decisión tendremos que tomar, para algún lugar nos tendremos que ir, aunque nos convirtamos en los nuevos parias.
Si uno se queja de la situación con aquellos que son afines a los propios pensamientos, encontrará que en el fondo de toda queja alienta un mensaje de resignación, pero también de esperanza. “Esto está muy duro, pero Dios proveerá”, o “Dios quiera que todo mejore”, dicen las personas invocando la mediación del Ser supremo, porque si nos atenemos a las acciones humanas, aflora el desencantamiento.
En el caso de ese país que se olvidó del Sagrado Corazón por estar resintiendo de la bienaventuranza ajena, las lamentaciones de los buenos se han escudado en el silencio, porque estos no se quieren parecer en nada a los necios que hasta hacía poco berreaban a todo pulmón exigiendo sus reivindicaciones. La mayoría de las personas honestas y trabajadoras pasan el trago amargo a punta de estoicismo, la escuela de la antigua filosofía griega que nos dice que si nos caemos nos tenemos que volver a levantar y que hay que hacer lo que haya que hacer para no quedarnos en el piso.
Colombia es un país de aguantadores en donde la mayoría ha tenido que llevar su procesión por dentro, mientras que una minoría ruidosa alega ser víctima de las circunstancias y de una historia que ni siquiera ellos vivieron en carne propia. Aquí, cuando se trata de renegar del panorama que nos aguarda, son pocos los que se atreven a señalar a los culpables o a poner el dedo en la llaga. Nadie quiere hablar de política a profundidad, de economía, de religión, de cultura, de ningún tema que pueda ser motivo de discordia o que nos inste a sacarnos de la zona de confort. ¿Para qué, si ya suficiente tenemos con los problemas que nos plantea el día a día? ¿Para qué devanarnos los sesos buscándole soluciones a los problemas que otros han causado si al fin y al cabo no podemos ni solucionar nuestras propias afugias personales?
Estamos en un punto tan crítico que sentimos que cualquier opinión que emitamos será utilizada en nuestra contra, pues con toda esta polarización que existe al respecto, uno ya no puede estar seguro de lo que piensa, y mucho menos de lo que habla. No falta el que se alebreste por algo que alguien dijo y le quiera dar cátedra para poner en evidencia la ignorancia ajena con respecto a un tema en el que ese alguien medianamente se desenvuelve, pero sobre el cual tiene el derecho de opinar. Ya saben que hoy en día todo el mundo es experto en todo, aunque nadie sepa de nada. Y lo peor, que los demás siempre saben más que uno. Nuestra opinión no cuenta si hay otro que considera que tiene una mejor, y por lo general siempre es así. ¿Que si hay una guerra en Siria y alguien celebró la caída de Bashar al-Assad? Mucho cuidado, porque puede haber un Basharista a las espaldas que lo haga a uno sentir un tonto con el enunciado de la siguiente réplica: “A lo mejor usted dice eso porque no conoce la historia”, y ya está. El argumento infalible para anular la opinión del otro. También está la típica frase de “debería informarse mejor”, o “no hable de lo que no sabe”, que es básicamente lo mismo. Uno no sabe nada, porque los que saben son los demás.
Volviendo a Colombia, encuentro que aquí la gente guarda sus reservas al opinar en vivo y en directo por la misma cultura de censura que se está promoviendo desde los grandes medios de comunicación y las redes sociales. O más bien, aquí los únicos que tienen derecho a opinar son los influencers y periodistas de oficio de los programas radiales o televisivos. De hecho, las personas los seguimos y escuchamos su opinión, pero poco nos atrevemos a dar la nuestra en las conversaciones presenciales. Por ello, extraño los tiempos en que uno podía alegremente reunirse a despotricar del presidente al calor de un tinto o unos aguardientes, y así, entre copa y copa, se arreglaba el país en una noche de tertulia. Ahora las reuniones se caracterizan porque cada uno está metido en su celular con su influenciador particular o su entretenimiento de turno, como si estuviera atrapado en una cápsula, y ya nadie se atreve a interactuar con nadie. Y si lo hacen, el tono de la conversación es tan sutil y moderado que es vergonzoso permitirse un acaloramiento, justo en los tiempos en que más motivos tenemos para estar indignados.
Lo políticamente correcto es lo que prima hoy, y por ello el miedo de incomodar es tan latente. No sólo eso, sino que la gente está cansada de hablar siempre de lo mismo. Para evitar debates y malas vibraciones preferimos adentrarnos en los tópicos más gaseosos posibles: la farándula, la vida misma de las personalidades, pero vista desde el ámbito más superficial. Entonces se habla de que un sinvergüenza “le puso los cachos” a la primera dama con un travesti, pero no se ahonda en la gravedad que tiene para el país estar presididos por un hombre de baja estatura moral. En tiempos de mi padre el rumor de un mandatario degenerado y adicto era motivo suficiente para provocar la defenestración. Ahora lo que menos importa es la honorabilidad, porque entre más hampón sea el sujeto, más posibilidades tiene de triunfar en la política.
Pero como todo ha cambiado, y dicen que es por el progreso del Hombre, pues la mayoría de las personas contribuyen a la espiral del silencio para no perder la comodidad de no tener que defender posturas. Más bien se entra en la onda tan propagada de la empatía, a pesar de que muchas veces es de dientes para afuera. Lo que sea, con tal de no sumarle negatividad al universo emocional que cada uno se ha construido para sí mismo.
Así, la gente buena va aceptando que el mundo es tal cual se les presenta y no hay por qué quejarse tanto. Que si el presidente es el peor ladrón de todos los que ha habido, es normal, porque todos han robado; Que si medio país se está marchando a otro lado por la mala situación económica y el desempleo, no hay por qué asustarse, pues igual, en Colombia la migración es producto de un malinchismo que se nos viene contagiando desde hace décadas. Que si están cerrando los negocios y están vendiendo las casas y los apartamentos no es porque soplen los vientos socialistas, sino porque la mala situación es por todas partes, así que no culpen al gobierno. Que si la izquierda está acabando con el país, no hay que hacer aspaviento ni criticar, porque cuando estuvo la derecha no estábamos mejor.
Bajo esa lógica nos han obligado a practicar el estoicismo por resignación. Nadie habla, nadie opina, nadie se queja, nadie critica en voz alta, pero todos sabemos lo que nos pasa. Nos da miedo quedar mal, perder amigos, volvernos impopulares o invisibles. Por eso ha aflorado la indiferencia, la impavidez, la insensibilidad. No porque nos hayamos vuelto muy serenos y hayamos decidido tomar las cosas tal y como vienen, sino porque hay una mordaza invisible que nos insta a dejar todo tal y como está.
Si en algún momento alguien quiere reaccionar y levantar la cabeza ante esta sumisión silenciosa en la que nos mantienen, los necios berretas nos harán saber que el mundo siempre ha estado mal, que el pasado nunca fue mejor, que nada hay por aprender ni rescatar de él, pues todo hay que destruirlo para comenzar a edificar desde cero con otros constructores. Por eso nos conminan al silencio, a no quejarnos, a no protestar, a no reflexionar sobre el presente ni aprender de las lecciones del ayer, porque sin pasado ni presente les será más fácil robarnos el futuro.






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