(Crónica vivencial)
Llega en la vida de todo hombre el momento en que un suceso extraordinario, una experiencia traumática o una revelación inesperada marcan el inicio de una nueva era en su forma de percibir el mundo. Para un hombrecito de seis años, este punto de quiebre significa la pérdida de su inocencia, o parte de ella. Es darse cuenta de que las cosas no eran como había creído que eran a lo largo de su corta vida, y que el engaño, por muy benigno que parezca, conlleva alguna forma de decepción.
El mundo de la infancia está lleno (o debería estarlo) de cuentos de hadas y de magia. El mundo de los adultos es un mundo plano, donde salvo los milagros de Dios, en los que muy pocos creen ya, pocas cosas los sacan de su mutismo y les encienden a los mayores la chispa de la fantasía. Pero en la realidad cotidiana no hay magia ni superhéroes. Nuestros padres, por lo general, resultan ser los verdaderos guardianes de nuestro universo, pero de eso nos damos cuenta muy tarde, cuando ya hemos dejado la etapa de la niñez y miramos hacia el pasado, y estando en el mundo adulto nos enteramos de cuántas proezas, sacrificios y combates libraron esos hombres y esas mujeres para darnos lo mejor que podían con lo poco que tenían y que sabían.
La anécdota que les voy a referir ocurrió en 1987, pero comenzó un año antes, en la navidad de 1986. Mi padre recién había comprado una finca de recreo en una vereda llamada Nuevo Sol, a cinco minutos de Cuba. La finca todavía existe, pero ya no es de la familia, y prácticamente está circundada por negocios y urbanizaciones. Hoy es una casa de campo de lujo muy cerca de una variante llamada Condina. Pero en aquellos tiempos era una finca de cuadra y media, con casa de material y corredores exteriores, cercada con alambre de púa y protegida por un cafetal frondoso en el que jugábamos a perdernos siendo niños. Con el pasar de los años se convertiría en nuestro paseadero favorito. Hasta que una mala tarde de 1995 mi padre nos llegó con el anuncio de que había vendido la finca, y eso nos entristeció mucho: ya no más paseos de fin de semana, ni partidos de fútbol en la manga, ni fiestas, ni visitas, ni borrachos, que era lo que él más detestaba, y tal vez por eso decidió venderla. En esa finca debimos pasar el 24 de diciembre de 1986, la primera navidad allí, pero esperando a que amaneciera, porque supuestamente El Niño Dios no sabía dónde íbamos a estar, y los regalos llegarían a nuestra casa del barrio Centenario. También fue ese el último año en aquella casa en la cual mis padres se encontraban residiendo cuando yo nací.
Así las cosas, los niños (mi hermanita, mis primos y yo), bien dormidos, nos levantamos al día siguiente y comenzamos a hacer planes de lo que haríamos apenas llegara cada uno a su respectiva casa: buscar los regalos, abrir los paquetes y luego tal vez salir a compartir los juguetes nuevos con los primos y los demás niños de la familia. Supongo que fue así, porque ya saben ustedes que a los seis años se magnifican los recuerdos, así que, si estoy diciendo alguna cosa de más, les ruego me excusen por las mentirillas de forma.
Ese año El Niño Dios me trajo un Mario Baracus de plástico de unos cuarenta centímetros, con todos sus perendengues y colgandejos, y con los músculos bien marcados. Yo era fan de Los Magníficos en esa época, y con mis primos jugábamos a asumir el rol de alguno de los personajes, pero como ninguno era negro ni musculoso, nadie representaba a Mario, el que mejor recordación tuvo de toda la serie. Otros regalos como carritos, legos, platillos voladores y demás se añadieron a la lista, pero yo andaba con Mario para arriba y para abajo. Mi hermanita apenas contaba con algo más de dos años de nacida, así que todavía no confeccionaba esas colosales listas de regalos que escribiría unos años más tarde para poner a "voltear" a mi madre, sobre todo a última hora, cuando cambiaba de opinión y ya no quería la muñeca que había pedido la semana anterior (y que “El Niño Dios” supuestamente ya había comprado), sino una nueva que había visto en otro comercial.
—Mire lo que le trajo El Niño Dios —me dijeron, y yo creía que sí, que era normal que un ser al que nunca había visto antes y que no me imaginaba cómo era, me trajera regalos a mí y a todos los niños. Pero sobre todo a mí, porque en mi casa El Niño Dios siempre fue muy generoso y nunca me decepcionó. Los regalos aparecían encima de la cama por arte de magia. Yo me preguntaba por dónde entraba este niño, porque si de algo estaba seguro, era que no debía de tener llaves de la casa, y que tampoco era por el techo, como me había dicho alguien. ¿Cómo un niño tan santo y pequeño iba a romper las tejas de cada casa para entrarse por el tejado como si fuera un ladrón? Sí, uno sabía que algo no tenía mucha lógica allí, pero ¿a quién le importaba?
Fue entonces al año siguiente, cuando ya viviendo en nuestra casa del Popular Modelo, noté algo sospechoso, aunque la fascinación que me produjeron los regalos me hizo olvidar pronto del asunto. Habíamos pasado la nochebuena seguramente en la casa que había sido de mis abuelos paternos, que para ese año ya habían fallecido. Como siempre, tuvimos que esperar hasta el amanecer para llegar a nuestra casa y descubrir los aguinaldos que debían estar sobre cada una de nuestras camas. Ya estaba yo presuroso subiendo las escaleras hacia la segunda planta, y mi hermanita intentando subir, pues apenas estaba dando sus primeros pasos, cuando mi padre nos dijo que mejor buscáramos en el armario de la última habitación; o sea la habitación del servicio, o “pieza de la empleada”, como coloquialmente le llamábamos en ese tiempo. Ahora, con la estupidez moderna dicen que suena feo decir “pieza”, y ya ninguna casa cuenta con este lujo arquitectónico para albergar a la muchacha del servicio (La corrección política le dirá “auxiliar del hogar”).
“¿La pieza del servicio?”, me pregunté. ¿Por qué razón El Niño Dios iba a dejarnos los regalos ahí si era más fácil hacerlo en nuestros respectivos dormitorios? No le eché mucha cabeza al asunto, porque enseguida mi padre abrió los cajones del chifonier de ese cuarto y comenzó a sacar paquetes para que yo destapara ávidamente, y entonces vi un gran buldócer de pilas y un títere de Rocky, de esos que lanzaban puños al accionar unas palanquitas desde adentro, y un armo-todo, soldaditos, carritos a control remoto y hasta pistolas, y no me acuerdo qué más, porque yo estaba embelesado con Rocky para ponerlo a pelear con Mario Baracus, como en una de las películas de la saga. De esta forma terminé el año y comencé el siguiente llevando mis muñecos a toda parte e inventándome combates y situaciones en las que le otorgaba el triunfo al que me diera la gana en el momento.
La verdad era que mis padres, que habían escondido los regalos en la última pieza para que no los descubriéramos antes de tiempo, no alcanzaron a subirlos a la segunda planta antes del 24, así que no hubo más remedio que conducirnos allí, a ese cuarto donde jamás entrábamos, para recibir las dádivas de nuestro amado Niño. Me pareció atípica la situación, y de todos modos, por si las dudas, verifiqué en mi cama si había otros paquetes, pero me dijeron que eran todos, que ya no había más. Definitivamente pensé que El Niño Dios era despistado y que había dejado los regalos en cualquier parte de la casa por salir corriendo a repartir a los otros hogares. Eso debió haber sido.
Así seguí tan campante con mi inocencia durante 1987. Ya estaba en segundo de primaria. Había ganado el año escolar y esperábamos una nueva navidad. Yo estaba pidiendo una metralleta ruidosa que disparaba en ráfaga, de esas de la película Rambo, que no tenía por qué haber visto a esa edad, pero que en lugar de sobresaltarme, me cautivó por la violencia con que Rambo fulminaba vietnamitas, y que me perdonen los vietnamitas, pero eran otros tiempos en que estaba permitido que los niños tuviéramos armas de juguete y no pasaba nada, porque sólo jugábamos a la guerra. Hoy obligan a los niños a la guerra de verdad. Mi hermanita, que ya comenzaba a despertar al mundo, había pedido una muñeca Burbujitas. Esta vez los regalos llegaron a la casa de la abuela Carmen Rosa, donde se crio mi madre. Como nosotros íbamos a dormir allá, buscaron un lugar seguro para esconderlos. La idea era que cuando dieran las doce pudiéramos destapar los regalos sin tener que esperar hasta altas horas de la madrugada a que se acabara la reunión y pudiéramos regresar a nuestra casa. Así de harto nos consentían nuestros alcahuetes y adorados padres. Alguna de las primas que estaba en casa de la abuelita descubrió el origen de todos esos movimientos sospechosos, y me lo contó todo un día antes de navidad: ella ya lo sabía.
—Juancho, ¿usted sabe quién es El Niño Dios? —me preguntó.
—Pues El Niño Dios es El Niño Dios —le dije sin intuir la trampa de su pregunta.
—El Niño Dios son los papás —me dijo a bocajarro, sin anestesia. Yo no cogí la respuesta al vuelo. Estaba todavía procesándolo en mi mente, sin entender lo que me decía.
—Óigala.
Después até cabos, y tenía toda la lógica del mundo. La magia se había perdido, la inocencia se había esfumado ante aquella revelación, pero también ya era tiempo. Si a los siete años no me sacaban de aquella burbuja iba a vivir engañado por lo menos hasta los ocho o nueve, y eso ya era demasiada candidez. Mi reacción fue más bien tranquila, pero decepcionante. Como darse cuenta de algo que era tan evidente y no haber tenido la suficiente malicia para descubrirlo. Entonces le pregunté a mi madre, todavía incrédulo, y ella me corroboró la respuesta, ¿qué más podía hacer?
—Pero no le vaya a decir a la niña —me advirtió. A mi pequeña hermana todavía le quedaban otros tres o cuatro años de inocencia.
Yo creo que a mi madre le dio más pesar que a mí saberse descubierta; claro indicio de que su chiquitín estaba creciendo. Esa tarde me dijo que los regalos estaban en el cuarto de los abuelitos, pero que mejor esperara hasta las doce, para que mi hermanita no se enterara de nada.
—Mi amor, pues usted ya sabe quién es el Niño Dios, pero igual él le trae los regalos a medianoche, que tiene más gracia, o usted verá si los quiere destapar ya. —manifestó mi madre. Y yo, contento porque de todos modos iba a tener regalos, esperé hasta las doce, aun cuando estaba que me caía del sueño.
A pesar de todo, la navidad siguió siendo una fiesta de regocijo hasta que crecimos y se nos escabulló la tradición. En mi casa no faltaba el pesebre que armábamos cada año debajo de las escalas con el papel encerado y las figuras de caucho hechas en Italia, que después replicaron en Colombia y se conseguían en las cacharrerías del centro. Tampoco faltaba el árbol de pino de plástico gigante que mi madre compró y lo llenábamos de bolas rojas a pesar de que finalizando los noventa a la gente le dio por imponer los moños y otras modas para adornar el árbol, que porque las bolas ya no se usaban. Pues decidimos que en mi casa se seguirían usando. Tampoco faltaban la natilla, ni los buñuelos, ni las cenas de nochebuena que hacían la familia Giraldo o la familia Trejos, que eran familias numerosas y convocaban un gentío para esas fechas. Eran unas fiestas espléndidas que hoy llegaron a su fin para nosotros, porque se ha extinguido casi en su totalidad esa generación original de la familia con la que uno creció por ambos lados. La mía se ha ido envejeciendo, y sigo pensando que lo mejor de la navidad se disfruta cuando se es niño.
Debo confesar que fui yo el que a su vez le reveló el secreto a mi hermanita tres años después. Luego me arrepentí y le dije que no, que el Niño Dios sí existía, pero ya había sembrado el germen de la duda en ella como me lo sembraron a mí. Al principio su reacción fue de no creer, luego de rabia por darse cuenta del engaño, y después de resignación. Sí, uno no tiene derecho a dañarle la ilusión a nadie, pero todos sabemos el poder que otorga hacerle poner a alguien los pies sobre la tierra. Y a los seis años no se es consciente de ese poder tan devastador.
Después vendrían otras revelaciones más complicadas de lidiar cuando uno crece. Una de ellas sería, por ejemplo, descubrir que no se puede comenzar desde cero con la misma vida; que solo es una y es pasajera, y que el único antídoto que existe para contrarrestar el olvido de la muerte es escribir, cantar, pintar, dejar huella... arreglárselas con lo que mi Dios le dio a uno.







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