domingo, 26 de enero de 2025

El burro que se cree tigre

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Entre el amanecer del sábado y el domingo me hallaba tomando notas para escribir lo que sería la próxima columna de este blog, la cual versaría sobre el nombramiento que hace una semana hizo el sujeto Petro de dos nuevos integrantes para conformar la Junta Directiva del Banco de la República a partir de febrero y del peligro que esto representa, pues Petro, al quedar con mayoría en la Junta, va a encender la máquina de hacer billetes y de paso va a llevar a este país al descalabro, mucho peor de lo que ya lo ha llevado.

     En esas me encontraba, advirtiendo de los peligros de la emisión monetaria de la cual vamos a hacer objeto los colombianos cuando, por ejemplo, la señora Laura Moisá, nueva miembro de la Junta Directiva de la institución y comunista a ultranza (no es sino verla), asuma el liderazgo de la misma y aplique las políticas de su jefe para acabar con la moneda colombiana, con su economía y de paso con la nación entera por aquello de que un comunista jamás puede ser un economista porque es una contradicción en los términos.

     …Y de repente, la noticia que llega al celular: “El presidente Gustavo Petro no autorizó el ingreso de los dos aviones estadounidenses que traían, cada uno, a ochenta ciudadanos colombianos deportados desde del país del norte para su repatriación”.

     Hasta ahí me pareció otra más de las pataletas del sujeto este que nos gobierna, como cuando le da por escribir en su cuenta de X toda la noche lanzando trinos a diestra y siniestra, o cuando le da por insultar al presidente Trump desde Haití, o cuando le da por convocar a sus “fuerzas populares y revolucionarias” cuando el Congreso o las cortes no hacen lo que él dice. Otra más de sus berrinchadas de líder intergaláctico, pensé yo. Sólo que en La Casa Blanca no se lo tomaron tan a la ligera.




     La respuesta no se hizo esperar. Como Colombia no quiere cooperar, no quiere recibir ni a sus propios ciudadanos sindicados de cometer delitos en los Estados Unidos, Colombia tiene que atenerse a las consecuencias: aumento de aranceles para productos colombianos del 25%, y a partir de una semana, del 50%; suspensión de las visas de los integrantes del gobierno, de su bancada, de sus simpatizantes y de sus familiares, que creo que eso fue lo que más les dolió. Aparte, inspecciones reforzadas de aduanas y protección fronteriza, tanto de cargamentos colombianos como de personas naturales por razones de seguridad nacional; y por último, sanciones bancarias, financieras y de tesorería en su totalidad. Nada más estas serían las consecuencias, lo que significaría la ruina total del país. Todas las exportaciones de productos colombianos a Estados Unidos como flores, café, banano, aguacate, cartón, petróleo, carbón, textiles y demás productos agrícolas y mineros sencillamente desaparecerían con un arancel de 50%. Y encima, con sanciones bancarias y gravámenes a las remesas, ningún inversionista querrá acercarse a Colombia, si de hecho ya el gobierno los tiene espantados.

     Esas eran las nuevas medidas provisionales que se tomaban en La Casa Blanca hasta tanto el gobierno de Colombia no normalizara la situación, porque recibir a sus propios ciudadanos deportados es parte de sus obligaciones. Así se ha hecho durante toda la vida; incluso durante el gobierno de Biden, período en el que se recibieron a más de 14.000 colombianos deportados sin que Petro dijera una sola palabra en ese entonces por los aviones militares o civiles en que los traían o porque, por seguridad, los tuvieran que traer esposados, no fuera que ocasionaran una situación de emergencia durante el vuelo. Ahora que el presidente entrante de los Estados Unidos no es de sus afectos, quiso darse aires de importante, pero terminó ocupando el lugar que le corresponde: abajo, bien abajo de Donald Trump, como el burro amarrado que no puede darle pelea al tigre.




     Petro alegó desde su guarida trasnochada que no se le garantizaba un trato digno a los colombianos, y por eso rehusó a que los aviones aterrizaran, negando su entrada al espacio aéreo colombiano cuando ya estaban en pleno vuelo hacia nuestro país. Sus lloriqueos no pueden ser más infantiles: necesitaba “que le garantizaran a los compatriotas condiciones adecuadas con transporte civil y digno”, como si antes no se hubieran traído deportados a Colombia, fuera en aviones militares o civiles. “No los pueden tratar como delincuentes”, también dijo el sinvergüenza, porque tal vez no entiende que si en Colombia la inmigración ilegal no es delito, en Estados Unidos, y más ahora con el gobierno de Trump, entrar ilegalmente al país sí se considera un delito, y quienes cometen ese delito, por deducción son tratados como delincuentes.

     ¿Qué clase de estúpido e irresponsable tenemos en Colombia que se atreve a desafiar a la potencia más importante del mundo que, gústele a quien le guste, es también el principal socio comercial del cual dependemos económicamente? Mientras Petro juega a ser el líder revolucionario que va a salvar al mundo del imperialismo, Trump, que es un tipo serio y templado no juega a ser el presidente, sino que ejerce el derecho internacional de la defensa de su soberanía y de no permitir que ciudadanos que han entrado ilegalmente a su país cometan delitos dentro del mismo. Está en todo su derecho de deportarlos, como Petro está en la obligación de recibirlos, porque si no los recibe, también está violando el derecho de un ciudadano a la repatriación. Antes bien, son muy comedidos los Estados Unidos que se toman el trabajo de devolverlos en sus propios aviones, guardando las medidas de seguridad para los deportados y garantizando su derecho a la vida, por lo menos dejándolos libres en su país de origen. Vaya a ver si en otros países, como en la China, por ejemplo, a uno lo devuelven así tan amablemente si acaso ha cometido alguna trasgresión contra la ley. Ahora será el sinvergüenza el que tendrá que poner nuestro avión, pagar la gasolina, el piloto, la logística y todo lo relativo al operativo de repatriación con nuestros recursos, para ir por los mismos ciudadanos a los que les rechazó la entrada cuando ya estaban a punto de aterrizar. ¿Se puede ser más bruto en esta vida? Yo pensé que Maduro era un caso inigualable, pero Petro lo está superando.




     Con la llegada de Trump, los aranceles del 25% se habían hablado para países como China, Venezuela, o México. Colombia, hasta el momento, estaba excluido de esos aranceles. Hay que agradecerle al ex guerrillero que nos haya puesto en la mira de los Estados Unidos y estemos ahora en el bando de los países no cooperantes con la política americana. Aunque mejor, a ver si Trump nos da una ayudita para sacar a este inepto dictadorzuelo del gobierno. Ahora ellos nos verán con otros ojos. Las sanciones quedan en reserva, listas para ser firmadas si no se corrige el rumbo por parte de Colombia. No sólo porque Petro haya devuelto a los deportados que traían desde Norteamérica, sino por querer jugar al libertador de la humanidad poniendo en riesgo el futuro de todos los colombianos.

     Pero si antes estábamos en el llavero de La Casa Blanca, hoy ya nos salimos, y será difícil volver a ingresar. Tantos años de buenas relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, incluso teniendo una preferencia especial que nos situaba como aliado estratégico en la lucha contra el narcotráfico, lo cual hacía que se intensificara la ayuda económica y militar a Colombia, para que de la noche a la mañana un mandatario vicioso y desvergonzado arruine el esfuerzo que lleva construir un buen nombre, sólo para complacer a esa porción antiamericana de sus seguidores que dicen que “no tenemos que arrodillarnos al imperio”: pobres imbéciles que piensan que van a comer dignidad y revolución. De todos modos, mientras escribo esta columna, recibo la noticia de que al "líder intergaláctico" le tocó echarse para atrás y aceptar todos los términos del presidente Trump. La rebeldía le duró seis horas. Es que hay que saber con quién cazar peleas, y créanme que meterse con la primera potencia del mundo no es una buena idea, mucho menos si uno se llama Colombia, la Banana Republic por excelencia, cuyo dirigente se llama Gustavo Petro, guerrillero de siete suelas, y mucho menos si quien está al frente es un líder nato llamado Donald Trump, el nuevo alguacil que vino a poner orden en el condado. Repito, es la pelea de un burro que se cree tigre con un tigre de verdad.




     Hay personas que piensan que este sujeto de La Casa de Nariño no está bien de la cabeza, que es un megalómano, un sociópata, un hombre enfermo de odio y resentimiento, un narcisista, un frustrado con aires de grandeza. Y puede que tengan razón: él es todo eso, pero con un agravante: está completamente cuerdo, porque yo creo que todo lo que hace lo hace con plena conciencia, a propósito, sabiendo exactamente para dónde va y hacia dónde quiere conducirnos. Es el piloto de un avión que sabe que va a estrellar para que cincuenta millones de pasajeros se maten, con la salvedad de que en el último minuto él saltará en paracaídas y se salvará. Petro no es bruto, o más bien es un bruto de aposta. Hasta me atrevo a decir que sus errores gramaticales son muy bien calculados. Es así como desvía la atención de la opinión pública de los hechos del Catatumbo, por ejemplo, mientras reafirma en secreto sus negocios oscuros con el régimen de su protector, Nicolás Maduro. Fabrica un escándalo nuevo cada día para tapar otro; para que mientras nosotros estemos hablando de los trinos que publica en medio de sus borracheras, poniéndonos en riesgo incluso de perder la poquita economía que tenemos, él se muera de la risa a sabiendas de que puede hacer lo que sea y nadie lo va a sacar del poder. Ni siquiera cuando se le termine su período presidencial. Así como dijo que las elecciones en Venezuela no eran libres por el supuesto bloqueo de los Estados Unidos al país bolivariano, asimismo Petro buscará que le impongan un bloqueo a Colombia para tener la excusa de no poder convocar a elecciones y así quedarse eternamente: “¿cómo, si no ven que no podemos hacer elecciones libres?”, dirá el sinvergüenza, al mismo tiempo desatando el caos y provocando las llamas que nos han de consumir mientras él querrá reinar sobre las cenizas. Se va a quedar a como dé lugar, eso es seguro, y de nosotros depende que eso suceda.




     Mucho cuidado, colombianos, porque este sujeto funge como presidente es un Nerón, un incendiario, un tirano en ciernes, un hombre de las tinieblas; de esos que no duermen en la noche por estar fraguando sus planes siniestros, siempre embebido en sustancias alucinantes, cómplice de la oscuridad y enemigo de la lucidez que proporciona la luz del sol.

     Y ya lo dijo el sabio Séneca en el pasado acerca de los hombres que conspiran en la noche y duermen en el día:

…reprobable el que yace en el lecho, amodorrado, cuando el sol está ya alto, y comienza su vigilia a mediodía […] los cuerpos de estos hombres que se han entregado a las tinieblas se ven repulsivos, dado que presentan un color más preocupante que el de los que palidecen por enfermedad: lánguidos y frágiles, están blanquecinos y, aunque vivos, su carne es cadavérica. No obstante, podría afirmar que éste es el menos grave de sus males: ¡cuánta mayor oscuridad hay en su espíritu!; está atónito en su intimidad, se halla en tinieblas”.[1]

     Un presidente que trina una cosa a las tres de la mañana y luego publica lo contrario un par de horas después, es porque, o no ha dormido, o se ha levantado muy temprano. Sabemos que Petro no es de los que madrugan, por lo tanto, permanece en vigilia toda la noche, y para ello requerirá de ciertos estimulantes que lo mantengan en vilo. De ahí que en su espíritu no haya sino tinieblas. Es un ave nocturna, y por lo tanto, un ave de rapiña.



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[1] Séneca, Cartas a Lucilio.









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