(Columna)
Apenas está el alma del papa Francisco tocando las puertas para que le abran en el cielo, si acaso será aceptado allá, cuando ya se ponen sobre la mesa los nombres de los candidatos a sucederlo en el trono de San Pedro. Es lógico, la Iglesia católica desde hace rato viene urgida de un verdadero líder que la encamine nuevamente por la senda correcta, y ahora que el papa Francisco deja su silla vacía debido a los designios naturales de la vida, no queda de otra que convocar a un nuevo cónclave y volver a barajar las cartas.
Mientras escribo esta entrada, están llevándose a cabo los funerales del papa, y aunque su cuerpo aún no se ha enfriado, y sé que no es momento para despotricar de la figura de Jorge Mario Bergoglio, porque está claro que uno no debe hablar de los muertos tan recién muertos, y menos de un hombre que se supone que tiene la gracia de Dios, sí tengo que hacer un par de críticas con respecto a su ministerio como líder del catolicismo. Ya en otras columnas me he referido a Francisco resaltando sus puntos a favor y sus puntos en contra, aunque quienes me conocen saben la distancia que mantuve con respecto a este papa, al que no considero el mejor que haya pasado por el trono de San Pedro.
Qué oportunista puede parecer tener que criticar al papa tan recién muerto, y máxime cuando ha sido uno de los más carismáticos y queridos de la Iglesia, pero déjenme decirles que no pasará Francisco a la Historia por ser uno de los mejores papas, sino simplemente por ser eso, el más querido, el más “buena gente”, el más humilde, el más modesto, el menos ostentoso, el más sencillo; en fin, todas esas cualidades que el mismo Jesucristo nos conminaba a cultivar. Sólo que, como líder de la religión más influyente a nivel mundial, no era este el papa que los católicos necesitábamos.
Porque el líder de una iglesia debe ser más que un viejito bonachón y simpático, estimado por propios y extraños, por buenos y malos, por santos y pecadores, y muy prudente a la hora de referirse a los temas álgidos que giran en torno a la misma. En fin, este fue el papa de la simpatía, porque mantuvo una corrección política a prueba de fuego y nunca quiso entrar en malas relaciones con el mundo.
Fue, como dijeron contradictores y partidarios, un papa ambiguo, evidenciado esto en discursos como “Las religiones como caminos hacia Dios”, en donde se muestra en favor del pluralismo religioso. También le hizo varias críticas al capitalismo salvaje, apoyó la inmigración de todo tipo, incluyendo la ilegal (aunque todos aquellos que intentaban colarse a través de los muros del Vaticano sí eran capturados y encarcelados), y le tendió puentes disimulados al progresismo con esos discursos que no afirmaban, pero que tampoco negaban, y que terminaron por erosionar los cimientos de la Iglesia y desencadenar diferentes vertientes que la comenzaron a implosionar desde adentro. Fue tan ambiguo Francisco, que muchos progresistas pensaron alegremente que iba a transformar la Iglesia: quedaron frustrados, porque no lo hizo. Y muchos conservadores pensaron que este papa venía a destruirla, pero tampoco lo hizo, porque la voluntad de Dios siempre es más fuerte.
Hoy en día, desde el punto de vista moral y teológico, la Iglesia está más escindida que nunca, llena de conflictos y divisiones internas. Es increíble que se hable de facciones progresistas y conservadoras en ella, cuando la única que debiera existir es la facción católica. Se habla de una infiltración al interior que la ha hecho debilitar: la misma infiltración que hizo renunciar a Benedicto XVI y que Francisco se proponía desbaratar. Sólo que el poder de esa curia romana, que era una organización administrativa y burocrática muy fuerte, se encargó de la dirección de los asuntos importantes de la Iglesia, tales como los financieros y los escándalos por pederastia. Al final, Francisco no pudo erradicar ese poder y terminó por ceder el manejo a quienes dejaron entrar las ideologías y el rechazo a la palabra de Dios. Lo malo era que el Papa necesitaba de esa pesada organización burocrática para articular su mensaje, de modo que terminó ejerciendo su papado sin libertad, secuestrado por la voluntad de una mafia (“La mafia de San Galo”) reformista y liberal que respondía a otros intereses que no eran los del catolicismo como doctrina.
Si el mundo católico quiere mantener la esperanza de una iglesia que pueda recuperarse de los golpes tan fuertes que le han propinado sus mismos ministros pecadores y corruptos, lo que necesita es un papa de otro talante bien distinto al del fallecido Francisco. No se requiere un papa simpático, popular, que le caiga bien a todo el mundo, como lo fue Francisco, sino uno combativo, inquebrantable en su fe, que no tenga miedo de hacerse odiar por el mundo ni de enfrentarse a los poderes globales que quieren destruir la Iglesia. Que no se acomode a las exigencias del laicismo como ideología mundial ni se vanaglorie con el aplauso cuando hable en favor de los pobres. Antes que simpatías con los feligreses, el papa debe ganar antipatías con sus enemigos, no con los de él, sino con los de que quieren destruir a Cristo y a la Iglesia. Si no es popular entre los medios y entre los gobernantes, mucho mejor, porque sin duda alguna que las fuerzas más oscuras y demoníacas son las que gobiernan y dirigen la opinión del mundo. Más vale que el papa que vendrá no pacte con ellos; de esa forma el catolicismo volverá a tener alguna posibilidad de ser una religión creíble.
Si el progresismo se convierte en el peor enemigo del papa de la Iglesia, entonces este último será digno de Cristo, porque Él mismo nos lo manifiesta en su palabra, que por su causa sus seguidores serán perseguidos, no aplaudidos. El mundo moderno, en cambio, bulle de alegría con un papa progresista como Francisco, que sirvió a dos señores al mismo tiempo y que optó por darle la espalda a sus cardenales pecadores siendo previo conocedor de su pecado antes que hundirse con ellos en los escándalos. Un papa fiel a Cristo no tiene simpatías con ese mundo moderno ni negocia con él, y ese es el gran pecado de la cúpula de la Iglesia católica que nos correspondió en estos tiempos.
Necesitamos un papa que defienda la vida desde la concepción, la Ley Natural, la Verdad, la familia, la fe; que la haga respetar y no tema dar la batalla para limpiarla desde adentro, porque se necesita purgar la Iglesia de todos aquellos malos ministros que quieren impregnarla de ideologías y encaminarla por un mal rumbo.
Necesitamos un papa que tenga el tesón para corregir, siendo fiel a la tradición de la Iglesia. Es cierto que los tiempos modernos le han pedido transformaciones a la forma de celebrar la eucaristía, como por ejemplo la decisión de que el sacerdote oficie la misa en el idioma de cada país y no en latín, y tampoco de espaldas a los feligreses, sino de frente, lo cual ha sido positivo, pero la eucaristía no debe convertirse en un show, como están haciendo algunos sacerdotes demasiado eufóricos que vienen vaciando de sentido la conmemoración del sacrificio de Cristo y haciéndole perder sentido de trascendencia. Allí la conmemoración eucarística pierde su centro en la figura de Jesucristo y pasa a ser el ministro el centro de atención, al punto de volverse tan célebre y determinante, que muchas veces los feligreses siguen es al sacerdote y no al Dios verdadero.
Necesitamos los católicos un papa que, más que en reformas, piense en ser fiel a la tradición de la Iglesia, a la figura esencial, Cristo Jesús, que se manifiesta a través de la eucaristía. Hay que rescatar el sentido profundo del sacrificio en la cruz y para ello es menester mantener en pie las tradiciones, porque la tradición hace referencia al conocimiento transmitido por generaciones en siglos de historia. La tradición es la memoria viva de la Iglesia, que es imprescindible para afrontar las situaciones actuales. Sin tradición, la Iglesia muere, se vuelve maleable, se “deconstruye”, y eso es lo que está pasando en estos tiempos.
Y en ese sentido, el papa que llegue debe tener un buen discernimiento para saber qué reformas son las que necesita la Iglesia, comenzando por las reformas al interior de la propia institución, llena de pecadores y hasta delincuentes que no tienen cabida allí. Urge un papa que se atreva a hacer la purga más grande que jamás se haya hecho en el seno de la institución, aunque difícilmente esto pueda ocurrir, pues “la sal se ha corrompido”. Lo mismo trató de hacer Benedicto XVI, y la mafia vaticana lo persiguió de tal modo que lo llevaron a renunciar a su cargo. La inmoralidad y la confusión doctrinal con la que se encontró era la infiltración más grande que ha hecho el progresismo en la Iglesia católica: desfalcos financieros, malversación de fondos destinados a la caridad, bendición de uniones homosexuales por parte de cismas que se revelaron a la autoridad suprema de la Iglesia, en fin, todo lo condenable que pueda haber dentro de una iglesia.
Ahora la estrategia no es que la Iglesia tenga un enfoque pastoral, sino que asuma un rol de supervivencia, de guerra, de confrontación, de lucha por mantenerse firme como la institución religiosa más antigua y robusta del mundo. La Iglesia tiene que recuperar su prestigio, y una forma de lograrlo es confirmar la fe y la Palabra de Dios antes que sembrar confusión y ambigüedad. Por desgracia, estamos en tiempos en que la Iglesia ha dejado permear la moral con los valores del progresismo.
Por esta razón es necesario un papa que hable claro, sin ambigüedades, que defienda la verdad de Cristo, aunque esto le cueste la animadversión de los enemigos. Se necesita un papa que confirme en la fe a los fieles católicos. La iglesia no es para entretener, no debe actuar solamente como un bálsamo para consolar y decirle a la gente lo que quiere escuchar, ni mucho menos para instarlos a que se adapten al mundo, como hizo Bergoglio, sino que debe ser una iglesia que confirme la fe de Cristo y que actúe con el coraje con que este actuó cuando echó a los mercaderes del templo.
Se necesita, finalmente, un papa que no sea reflejo de la cultura, sino uno que, antes bien, marque la cultura para el mundo. Que esta sea un fiel reflejo de una iglesia unificada y en comunión con la palabra de Dios y no en comunión con el mundo, aunque no sé si esto ya sea demasiado pedir. Si la Iglesia ya ha perdido más de treinta por ciento de sus feligreses en un siglo no ha sido precisamente por asumir posiciones dogmáticas, ni basadas en los principios de las Escrituras, sino todo lo contrario; por asumir la actitud laicista que relativiza la moral y la fe; porque ha bendecido el pecado y se ha puesto de parte del mundo en lugar de ponerse al servicio de Cristo. Recordemos que “la ambigüedad es el lenguaje del demonio”, y en esto Bergoglio sí que tenía conocimiento, porque todo lo que hablaba era ambiguo.






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