(Cuento)
LA TRÍADA
(Primera parte)
Me parece que la vez que asumí dichoso mi nuevo cargo como rector de la Escuela del Buen Jesús Samaritano, llevaba ropa nueva. Tal vez un pantalón de pana café y una camisa blanca de manga larga para tolerar mejor el clima de la vereda El Páramo, allá en el frío pueblo de Marulanda.
El Magisterio me dio la asignación de dirigir un pequeño claustro por mi buen desempeño como maestro de escuela rural durante más de diez años. A pesar de mi experiencia, sería el más joven rector que hubiese pisado la institución encumbrada en las montañas del Alto Oriente de Caldas. Comencé a enseñar desde los dieciocho años, y aunque más tarde cursé estudios de licenciatura por ciclos, antes de los treinta ya contaba con un currículo extenso que las directivas del Magisterio vieron con beneplácito. Mi juventud, entonces, no fue impedimento para hacerme merecedor a un cargo de responsabilidad. He demostrado amor por la docencia y reafirmado que se puede confiar en mí.
El rector saliente me hizo la presentación ante los alumnos y el profesorado. Juntos no pasaban de cincuenta personas. Realmente era una escuela pequeña, humilde, y como la mayoría de las escuelas rurales del país, escasa de fondos. No obstante, asumí una postura erguida, haciendo gala de mis logros con actitud de sapiencia, no tanto para causar buena impresión en mi antecesor y en los alumnos, como para llamar la atención de las tres atractivas maestras que enseñaban en la escuela. Sentí que estaba volando en una nube y que al fin, en este espacio pequeño que iba a administrar, sería respetado.
El ex rector se refirió a ellas con aprecio. Me aseguró que me apoyarían en todo lo que fuese necesario para realizar una valiosa labor. En vista de la escasez de maestros, cada una había tenido que doblarse y suplir así la ausencia de por lo menos tres educadores. La deserción escolar y la negativa de muchos docentes a enseñar en estas zonas tan alejadas de los centros urbanos habían provocado una apatía por parte del Estado en cuanto a suplir las plazas de los maestros faltantes: dejaban que los que allí permanecían se defendieran solos. Le dije que no importaba, pues yo sería el primer maestro de la institución; así sería más loable mi labor. Las tres maestras y yo haríamos el mejor equipo para hacer de estos infantes unos hombres y mujeres de bien en el futuro. Quedé como un rey, y por supuesto, ellas aplaudieron mi iniciativa.
La primera en ser presentada fue Paula, a la que mejor (¿o peor?) recuerdo. Tenía unos ojos profundos y melancólicos, como los que a mí me solían gustar. Su piel era trigueña y se notaba cuidada; su rostro denotaba a la perfección la belleza de la mujer caldense. Para qué negar que me impactó desde el principio. Cuando estreché su mano sentí una suavidad esquiva y atrayente. Sé que se turbó con mi mirada directa y que a partir de ese momento ambos sospechamos que tendríamos una relación mucho más cercana a la de rector y profesora. La idealicé como la esposa que estaba necesitando.
La segunda fue Jenny, una chiquilla de baja estatura y muy conversadora, de ojos claros, grandes y vívidos, pero de dientes desperfectos y manos ríspidas. Al estrechar la suya, sentí el tallón de una lija sobre la palma de mi mano. Era simpática y de carácter extrovertido, con una risa que sonaba como una cascada apacible. Por donde pasaba dejaba el ambiente impregnado de alegría y los chicos menores la querían más que a las otras; más no despertó en mí la emoción que sí me produjo Paula.
En último lugar el rector antiguo me presentó a la mayor de todas, la maestra Martha. Era una solterona ya entrada en los cuarenta. Se veía que no disfrutaba la vida y que se abstenía de cualquier tipo de relación personal por su forma de vestir y de dirigirse a los demás, siempre mirando hacia otra dirección. Le adiviné una amargura congénita que la hacía infeliz. Llevaba ojeras de varias noches sin dormir, el pelo revolcado, las uñas sin arreglar. Usaba las mismas botas pantaneras que solían usar los campesinos de la región. Claro que por lo escabroso del camino en el que a veces el invierno hacía estragos, no lo percibí como un detalle de mal gusto. Supuse que debía vivir en alguna finca de la vereda. No necesité hablar mucho con ella para inferir que aquel descuido era producto de una angustiante soledad y una privación de sexo de varios decenios. A lo mejor en mí —adepto a seducir espíritus reprimidos— podría encontrar a un servidor para darle un buen remezón. Si había lugar en donde hallar una buena mujer, la Escuela del Buen Jesús Samaritano me daba la bienvenida. Ya tenía un ramillete de tres para elegir, pero la maestra Paula sería mi primera —y ojalá única— alternativa.
Con el paso de los días descubrí una influencia profundamente perturbadora en los ojos de ella. Me producía una gran agitación sostenerle la mirada o tocarle el brazo cada que acudía a mi pequeña oficina en solicitud de tizas, cinta o algún material didáctico, y yo, complacido, le suministraba lo que ella me pedía y le daba unas palmadas suaves en el brazo como un signo de aliento por su labor. Sin embargo, su presencia se me revelaba inquietante y endiablada. Al llegar a mi morada, a unos dos kilómetros de la escuela, cerraba la puerta y deseos pecaminosos y viscerales se apoderaban de mi cuerpo. Me sentía hervir.
Cierto día la risueña de Jenny me hizo notar con un gesto pícaro que no debía dar una clase a los niños de primer grado en el estado en que me encontraba. Me señaló el pantalón y me percaté del bulto vergonzoso que podría dañar la mente inocente de los chiquillos. Salió muerta de risa y de inmediato me acordé que su compañera Paula había acabado de pasar por el aula hacía unos minutos, cuando fue en busca de unas revistas de recorte. A ella debía atribuírsele el bochorno. Me disculpé con Jenny, quien me lanzó una mirada maliciosa y me senté de inmediato a esperar que mi cuerpo recuperara la cordura.
En otra ocasión sentí una inesperada angustia cuando en la mañana llegó un padre de familia para hablar con Paula acerca de su hijo, quien presentaba problemas de comportamiento y era alumno de ella. No obstante, lo estremecedor de la situación fue ver desde lejos al señor observándola con la misma lascivia mal disimulada con que yo la observaba a ella. Tuve que amarrarme al escritorio en sentido literal para evitar sufrir un ataque de celos. Pensé en atentar contra la vida de aquel anodino hombre. Sentí un fuego violento, una necesidad de matar y destruir a todo aquel que se acercara siquiera a preguntarle algo a la señorita Paula. Y encima ella regresó nuevamente a mi oficina y me clavó los ojos en un acto torturante, como incitándome a la violencia. Mis manos comenzaron a temblar, no sabía lo que me estaba sucediendo. La presión sanguínea aumentó y los temblores se hicieron tan fuertes que en un arranque de ira reventé la correa con la que me había atado y salí a buscar al hombre para matarlo con mis manos. Ya no estaba. La excitación de mis sentidos cesó, y entonces busqué a Paula, convencido de que me debía una explicación, más ella tampoco estaba.
Cosas extrañas comenzaron a sucederme en aquella escuela en la que descubrí un halo de sofocante de maledicencia. Algo ocurría en aquel lugar que cada día me arrastraba más al borde de la locura, como si fuera un personaje de Poe. Comenzaba a desconocerme. Traté de acercarme entonces a la otra maestra, a la señorita Martha. Se suponía que era la más antigua de la institución y debía saber cosas acerca de sus compañeras y de la escuela. Debía conocer el misterio oculto que encarnaba la señorita Paula. A lo mejor estaría relacionado con la salida de mi antecesor, quién sabe. En todo caso me interesaba una segunda opinión, y para ello le pedí que se quedara una tarde después de las cinco, cuando todos se hubieran marchado, de modo que pudiéramos estar a solas y hablar tranquilos sobre la energía tan inquietante de aquella escuela y sobre esa muchacha por la cual yo estaba perdiendo el control. Me imaginé que la señorita Martha, como comencé a llamarla, tenía muchas cosas que contar, y que en parte lo que estaba demandando para dejar su amargura era un buen desahogo. Pues bien, yo sería todo oídos para ella.
continuará...





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