(Columna)
Acabamos de escuchar los dos discursos más recientes pronunciados por el sinvergüenza que tenemos como mandatario para desgracia de los colombianos. El primero lo dio el pasado jueves, 1 de mayo, desde la Plaza de Bolívar de Bogotá, luego de la fallida manifestación que convocó aprovechando la tradicional marcha del Día Internacional del Trabajo por parte de los trabajadores y las centrales obreras. Se aprovechó de la fecha para hacer gala de un apoyo popular que ya no tiene. Para dicha convocatoria llenó la plaza con diez mil indígenas de la minga (que están por fuera del sistema laboral), muchos de los cuales fueron llevados allí por medio de un jugoso pago para los líderes de sus movimientos. Otra cantidad similar se hizo presente en la plaza, de la cual hicieron parte los empleados estatales y los contratistas del gobierno, todos ellos obligados a marchar para no perder sus puestos ni sus contratos.
El segundo discurso lo realizó ayer viernes, y en él reafirmó su posición beligerante contra el pueblo colombiano al sentenciar que el Congreso de la República tenía que aprobarle su consulta popular a como diera lugar, o de lo contrario él la sacaría por decreto, no importándole si tiene que pasar por encima del Poder Legislativo. El sinvergüenza le ha declarado la guerra a un sector de senadores y representantes que no lo apoyan, pero sobre todo le ha declarado la guerra al pueblo colombiano que, en su mayoría, no está con él.
Desde hace mucho tiempo vengo sosteniendo la tesis de que Petro no es un mal presidente. No, no se alarmen. Permítanme explicar. Un mal presidente podría ser Duque o Pastrana, si se quiere, porque fueron presidentes que tuvieron en sus manos la oportunidad de hacer cosas diferentes por el país y no se atrevieron a tomar las decisiones que había que tomar por su tibieza. Santos, incluso, fue un muy mal presidente, porque no sólo fue inepto, sino además malvado. Con él se agudizó la polarización política gracias a que le lavó la cara a los criminales a través de su fracasado proceso de paz con las Farc. Es un sátrapa, un traidor, un hombre de doble faz, y eso supera con creces la categoría de ser “mal presidente”.
Pero Petro es un caso perdido. A este dictadorzuelo ni siquiera se le puede llamar “mal presidente”, ni decirle presidente traidor o presidente espurio. Petro ha roto todos los calificativos posibles para que quepan en la definición de lo que es un “mal presidente”. Ni siquiera se le puede llamar presidente. Es realmente un enemigo, y uno muy peligroso. Su misión nunca ha sido gobernar, sino perpetuarse en el poder. Si para ello tiene que usurparlo, no tiene ningún escrúpulo en hacerlo. Su objetivo está muy claro: destruir a Colombia a través del odio, que es lo único que el sinvergüenza tiene para ofrecer.
Evocando la figura de Bolívar con su espada en la mano como símbolo de la guerra a la que nos quiere llevar, Petro apela a la dicotomía que pronunció alguna vez el Libertador: “libertad o muerte”, igual que como lo hacía Chávez agitando las masas con su “socialismo o muerte”, pero es sólo cuestión de cambiar una palabra. Petro realmente no ofrece ninguna libertad como la entendemos los hombres libres en democracia, sino como la entiende él en medio de sus delirios de prócer. Su libertad es sólo para elegirlo únicamente a él y hacer aquello que el caudillo disponga. De lo contrario, recaerá sobre el ciudadano una condena a muerte sin mediar palabra, porque todo aquel que se oponga a Petro es un traidor a la patria. Eso es lo que nos está ofreciendo este déspota tirano del Socialismo del Siglo XXI.
Así las cosas, y con la máscara levantada, los colombianos venimos desde hace rato asqueándonos del verdadero rostro de Gustavo Petro, que no es más que el que ya nos venía mostrando desde sus épocas de guerrillero, y luego desde sus tiempos como embajador, congresista, o alcalde, porque el sinvergüenza no ha sabido hacer otra cosa en su vida que vivir del pueblo. ¿En qué estaban pensando los ignorantes que votaron por este tipejo?
Y eso si solamente nos atenemos a calificar su recorrido como servidor público, porque sin conocer muy a fondo los pormenores de su vida personal, ya nos hemos dado cuenta de que como ser humano es lamentable. Pero si en esos tiempos su discurso despertaba simpatías, hoy su discurso despierta terror, y ya sabemos cómo se les llama a los que generan terror en la sociedad: terroristas. Petro, pues, es el primer terrorista de Colombia; urge eliminarlo políticamente antes de que se perpetúe en el poder y después no haya cómo. Porque está claro que el guerrillero no se va a ir por la vía de la democracia, y de eso no nos quepa duda.
Hoy, cuando ingenuamente todavía soñamos con unas elecciones limpias en 2026, desde ya se está preparando el gobierno para cometer el fraude. Los colombianos hace rato que vivimos bajo una dictadura y no nos hemos dado cuenta. Falta poco para que textos como este ya no se puedan escribir de ahora en adelante y opositores como quien suscribe este blog tengamos que desterrarnos del país. Es inminente que este enemigo de la patria se va a hacer reelegir. Tal vez ni siquiera tenga necesidad de eso: basta desatar una guerra civil y declarar un Estado de Conmoción Interior para no tener que convocar a elecciones. Le basta sacar a sus mingas prepago, a sus vándalos de la Primera Línea, a sus bodegas para que azucen el odio y a los enchufados de su gobierno que han vendido su dignidad por unas migajas. Y le basta, sobre todo, que sus amigos de los grupos guerrilleros y narcoterroristas lo sigan respaldando en las zonas marginadas en donde no es posible el ejercicio del voto libre, pues el ciudadano tiene que salir a votar con un fusil en su cabeza. Le basta todo el dinero del presupuesto público que se está robando este gobierno a través de los impuestos, la burocracia, los desfalcos: con eso se compra otra presidencia para por lo menos veinte años más.
Siendo así, este sinvergüenza que en mala hora llegó a ser presidente tiene que ser combatido, defenestrado, echado a patadas de un cargo en el que no se merece estar. Él y toda su corte de focas que lo aplauden a sabiendas de que van a estrellar el avión, y ellos son los únicos que tienen paracaídas.
Un paro nacional no es suficiente, pero hay que comenzar a hacerlo. Ya no basta con salir a marchar, porque las marchas son para hacerse oír, y este presidente no quiere oír a nadie. Tocará emplear medidas más drásticas. Es el pueblo y no los políticos los que finalmente podremos torcer el mal rumbo que llevamos. No hay que esperar nada del Congreso, ni de las cortes, ni de la Comisión de Acusaciones, ni de la Fiscalía, ni de la oposición. Lo que hay es que organizarnos y unificar un solo propósito: el de no permitir que Petro ni la dictadura socialista que nos tienen preparada continúe en el poder.
Tenemos que estar vigilantes y desatar un primer frente de batalla en las redes sociales, no sólo ante la amenaza de Petro, sino también exigiéndole a la oposición que se una y nombren ya un solo candidato que represente los intereses de la mayoría ciudadana en caso de que sí haya elecciones el próximo año. Hay que saber que intentarán robárselas y toca estar dispuestos a defendernos en las calles si es necesario.
Lo que se viene es muy complicado, porque los ciudadanos hoy estamos solos mientras este gobierno tiene maniatados a la Policía y el Ejército. Y son ellos, en últimas, los que tienen las armas para defendernos; los que tendrán que sublevarse, comenzando por los soldados y policías rasos a los que este régimen está dejando que masacren. Que se jodan los generales y oficiales de mandos altos y medios, pero si no se adhieren a la causa para liberarnos de la futura dictadura, que sea la misma base de sus subordinados la que los sacrifique, porque las fuerzas de seguridad tienen la obligación constitucional de defender al pueblo antes que a una camarilla de viciosos y ladrones que ya ni ideología tienen.
Es hora de unirnos y actuar como nación antes que nos metan una consulta popular, una constituyente, una reelección, o una autoproclamación como dictador eterno y supremo. Para allá vamos con toda seguridad, y por ende lo que se necesita es una figura de mano dura que no tema enfrentar a estas mafias izquierdistas, porque a este país le urge una pronta pacificación, y eso, muchas veces, se logra con el cometido de las armas. Después ya veremos.





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