sábado, 31 de mayo de 2025

Del otro lado

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Cuento)







     ¿Qué se sentirá estar del otro lado? Me pregunto si será cierta esa paz de la que tanto hablan; ese descanso del alma por toda la eternidad. Imagino el sufrimiento que debe sentirse allá también, viendo dar tumbos a los vivos y descubriendo los secretos de aquellos a los que se conoció por años y que sólo hasta esa instancia se han podido develar como consecuencia del saber que se adquiere desde la omnisciencia.

     Supongo que también la omnipresencia faculta al ausente para descubrir las traiciones que se urdieron en su contra, mientras estaba en el mundo de los vivos. Desde allá se puede dimensionar cuán ruin es la naturaleza humana que disfraza siempre sus verdaderas intenciones. Porque los seres de la carne se aferran a las máscaras, se ocultan tras los disfraces de la multiplicidad personal. Y así andan todos, usando su doble cara, pero sobre todo su doble moral.

     El ser invisible, en cambio, ya no necesita máscaras ni rostros para ocultarle nada a nadie. Allá donde están, las actitudes y los actos pecaminosos han sido purgados y extinguidos, porque la muerte es fuego que purifica. Bien sabe el hombre que el pecado es una facultad exclusiva del cuerpo. Sin cuerpo no hay pecado, porque hasta para el pensar y el sentir se necesita de la intermediación del organismo. Yo me imagino que los seres del otro lado no piensan, no reprochan, no juzgan en absoluto, pero sí observan… lo observan todo. Lo saben todo de nosotros.




     Si acaso algo han de sentir, ese sentimiento responde a la impotencia. Impotencia de no poder tocar a sus amados seres, ni advertirles del peligro, ni aconsejarles sobre cómo deben obrar en esa esfera tangible que es apenas una efímera estación desde la que se partirá hacia un lugar mejor: el destino de los hombres. Pero intuyo que ellos, los que están del otro lado, no quieren continuar el viaje. No quieren abordar el tren que los lleva a ese rumbo desconocido de la eternidad.

     Todo ser viviente quiere lo contrario: vivir. Es lo natural, lo instintivo. Estúpido aquel que diga que quisiera pernoctar en las nebulosas solamente por el hecho de no poder aceptar el papel que le asignaron en la representación teatral de la vida. Estúpido, aunque temerario, si acaso no es la misma cosa. Sólo los que ya han abordado el tren sin retorno pueden dar fe de lo hermoso que se siente estar en aquella estación transitoria de la materia. Quisieran regresar, pero no pueden, limitándose simplemente a observar como si estuvieran detrás de un vidrio o de una pantalla, contemplando el mundo animado de los hombres que aún están en la caverna de la ignorancia. Como han visto la luz, poseen la clarividencia necesaria para repetir su recorrido a la perfección si les fuera concedido el milagro de volver. Como cuando uno medita sobre una situación del pasado y dice: “Yo debí haber hecho esto en lugar de aquello”.




     Me sucede a menudo que quisiera estar allá, ingrávido, insustancial, disperso como el aire, pero comprendiendo hasta el último detalle cada uno de los vericuetos de la mente humana; entendiendo la pequeñez del hombre con respecto a la galaxia y riéndome de su estulticia, su vanidad y su narcisismo. ¡Ah, qué miserable el ser humano!, deberé decir cuando esté del otro lado. ¡Qué miserable criatura!, que está más hecha a imagen y semejanza del demonio que a imagen del Dios Todopoderoso y Creador. No parece su creación, o en todo caso ésta se pervirtió de tal modo que tocará amasar un nuevo barro para comenzar de cero, como cuando en el principio todo era oscuridad.

     Entonces sueño con mi padre, al que he abandonado en una clínica y se ha marchado solo. Sueño que lo busco, que lo reclamo. Extraño su presencia y necesito suplicarle su perdón. Sueño con que yo también estoy allí, en la esfera de las tinieblas, buscando su alma para que camine con la mía. Y lo sueño porque sé que estoy en deuda por las cosas que dejé de hacer en esta triste vida real en la que me tocó representar un papel de reparto insignificante; de personaje de trastienda que no tiene peso ni parlamento importante en la historia. Aparte, con una muy mala ejecución actoral. El director podría prescindir de mí en cualquier momento, y la función continuaría como si nada.

     Sueño con mi padre porque seguramente él sueña conmigo. Él quiso que yo estuviera allí, en su lecho de muerte para resarcir yo mi mal proceder en el último minuto. Hubiera bastado una palabra y él se hubiera ido en paz; si no orgulloso, al menos satisfecho de haber cumplido. Porque en verdad cumplió. En cambio, he sido yo quien no ha estado a la altura de la misión que me encomendó el destino.




     Después de vagar por los intrincados pasajes de mi sueño, oí a mi padre llamándome para que fuera con él a la región desconocida. Me hacía señas desde lejos… tan demasiadamente lejos que dudé de la posibilidad de alcanzarlo. Tanto, que no podía medirse la distancia que nos separaba por kilómetros, sino por años luz. Distábamos uno del otro exactamente cuarenta y tres años luz: los mismos cuarenta y tres años que él me llevaba al momento de partir. Si yo emprendía la travesía y apresuraba el paso, tal vez llegase a él en unos cuarenta años luz o un poco menos. Con suerte llegaría en treinta, quizá veinticinco: demasiada distancia para conservar indemne su recuerdo sin que se me pierda en los meandros del mundo paralelo.

     Sólo había una forma de llegar a él en menos tiempo, pero esa forma implicaba saltar el alambrado, tomar un atajo. La nada está llena de atajos. Y yo, en mi deseo de volver a ver a mi padre para repetir las escenas en las que extravié a mi personaje -y esta vez hacerlas bien-, estaba dispuesto a asumir el riesgo.

     Me pedía que lo siguiera y yo le obedecía ciegamente. No le pregunté a dónde iba, como se lo preguntaba en vida. No cuestioné su invitación a seguirlo, como en las tantas veces que me insistió para que anduviera con él y las tantas veces que objeté sus peticiones. Perseguí su sombra por escarpados montes y terroríficos paisajes en que la luna se perdía por momentos. Crucé un boscaje montañoso y lleno de peligros vegetales y animales en los que me topé con no pocas trampas y espejismos que supe sortear con dificultad. Esquivé un hoyo mimetizado en la hojarasca en el que estuve a punto de caer, escapé de las garras de unos simios asesinos que buscaban obstaculizar mi paso, y me enfrenté a una víbora gigante que pugnaba por inyectarme su veneno a toda costa. Hice gala de una agilidad imposible para mí en el mundo de las leyes físicas, de tal modo que podía flotar en ese universo nebuloso en el que me era posible dar saltos descomunales y levitar con solo mover mis pies cual si estuviera nadando en el agua. Así escapé de los simios y la víbora, pero no me sirvió para dilucidar las sombras.




     Mi padre me llamaba por mi nombre, y en la lejanía yo escuchaba su voz con un hálito de desespero. “Ya voy, padre”, le respondía sin atinar la dirección en la que se encontraba. “Ya voy, mi padre, ya voy”. Entonces corría y volaba, y en ocasiones sólo caminaba para orientarme. Fue así como superé el escenario de la selva y llegué a un árido desierto. De estar a oscuras por el tupido follaje, pasé a una luz cegadora que tampoco me permitía ver más allá del horizonte. Tuve que cerrar los ojos para percibir su eco que volvía a llamarme por mi nombre. “Ya voy, padre, dime dónde estás”.

     Desconsolado ante la idea de perder su rastro, de no volver a oír su voz, me senté sobre una duna hirviendo y dejé que la arena calcinara mis posaderas temblorosas. Fue ahí que comprendí que atravesaba yo el mismo infierno, pero mi padre no andaba por allí. Ardor, dolor, calor, delirio. De todo ello fui presa hasta que supe que el sentido se me iba. Resulté en un risco imposible de alcanzar. Alguien me tuvo que haber puesto allí porque mi debilidad no me hubiera permitido conseguir la cima. Sé que no fue mi padre, pues él continuaba su llamado desde la ultratumba, pidiéndome auxilio, pidiéndome que lo rescatara de ese estado de humo en el que se encontraba. Mi padre esperándome con semblante triste porque yo no aparecía; yo diciéndole que resistiera: “Allá voy, padre”, le gritaba una y otra vez. Él derramando sus lágrimas de desespero; yo sin poder llegar a él para abrazarlo. Apenas había avanzado cinco años luz desde que lo vi por última vez. Las sombras, a veces dando tregua, me permitían delinear su silueta por momentos en el firmamento, pero no quería conformarme con aquello. Con mucha más vivacidad escuché su llamado, urgido de que tuviera con él una caridad: la caridad de no dejarlo solo. Comencé a llorar de impotencia porque escuchaba la voz en una dirección, pero veía su rostro en otra. No lo ubicaba. Lloraba por temor a extraviar la estela de sus pasos.




     Me aferré como pude al suelo rocoso y me asomé por el desfiladero. Entonces lo vi allá abajo, ya no en las alturas, sino descendiendo a lo profundo del abismo. Mis poderes sobrenaturales del inicio se habían trastocado en incapacidad. ¿Cómo descender sin lastimarme? Si lo perdía de vista esta vez, no volvería a encontrarlo en un sueño nunca más. La única solución: aventarme a la negrura del despeñadero, arriesgarme al dolor, enfrentar el pánico a morir, hacer la transición definitiva: borrarme por mi propia cuenta desafiando la ley del Creador.

     En ese pensamiento me concentré. Si me lanzaba al abismo de las siete oscuridades podría encontrarme con él y abrazarlo nuevamente. Sólo eso deseaba. Así podría yo también descansar en paz. Mi cuerpo se desgonzaba como una gelatina, mis piernas comenzaron a temblar y mis pies a resbalarse en la humedad de la roca. Mi frente era un mar de sudor. Mediaba apenas una débil rama de la que me sujetaba con una mano entre el abismo y yo, pues ya balanceaba medio cuerpo afuera. Mi padre me llamó por última vez, o eso pensé. Ya no era su voz grave imperiosa, sino una voz aguda suplicante.

     -Quédate aquí -me dijo alguien a mi espalda-. No te vayas de mi lado.

     Giré mi torso para mirar en el último momento el rostro de mi madre, quien me imploró que no me apartara de la vida. ¿Con quién quedarme entonces?

     Mi destino, por ahora, es ser parte de los seres mortales. He tenido que separarme para siempre de mi padre y dejarlo que siga su viaje a la inmortalidad. Todavía no es mi tiempo. Me queda la otra mitad de mi existencia en la tierra, aunque albergo la esperanza de que él me haya perdonado y que me recibirá con un abrazo cuando llegue mi turno de convertirme en un ser del más allá. La despedida es demasiado triste, pero el director de esta obra quiere que yo siga de este lado. Por el momento.



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