Columna
Nunca he sido uribista, nunca voté por el expresidente Uribe ni lo apoyé para ningún cargo de poder; ni cuando fue elegido presidente de la República por primera vez en 2002, ni cuando fue reelegido en 2006, ni para su aspiración al Senado en 2014.
En tiempos en que fue presidente estaba yo muy joven y no me interesaba para nada la política. Digamos que en ese momento era un mal ciudadano, o un ciudadano irresponsable que no ejercía su deber de votar ni de informarse bien. Ese escepticismo con que lo contagian a uno desde niño lleva en muchas ocasiones a tornarse apático frente a los temas de país. Pero entonces uno envejece y le aflora el sentimiento patrio, o simplemente se vuelve más responsable.
Cuando se lanzó al Senado para el período 2014-2018 ya venía yo decepcionado de los políticos, porque Santos demostró con creces ser un traidor y la gente, inexplicablemente, iba por su reelección; todo el mundo esperanzado en un proceso de paz al que nunca le aposté y en el que nunca creí. Más de diez años después el tiempo demostró que tenía razón.
Uribe también la tenía cuando defendía una inocencia que, desde entonces, ya estaba siendo puesta en tela de juicio por sus contradictores más vehementes, pero nadie le quería creer. Muchos pensábamos que a lo mejor el expresidente sí podría estar relacionado con nexos con el paramilitarismo, o que tenía alguna responsabilidad política en los llamados falsos positivos, que tampoco fueron una política de Estado como decía la izquierda, pero que por la gravedad de los hechos y la cifra contundente que poco después la justicia dio a conocer (sin poder reivindicarla hasta hoy), a uno lo acometían las dudas sobre la conducta del expresidente y más bien le dejaba eso a los jueces, porque los ciudadanos tenemos mucho que hacer. Uno continuaba informándose a medias con los noticieros sensacionalistas y los periodistas que por apoyar la paz de Santos indujeron a pensar en la culpabilidad de Álvaro Uribe. Supuestamente el que no estuviera con el proceso de paz, era un enemigo de ella; o sea, un guerrerista. Ese fue el relato que nos vendieron.
Pero a pesar de las investigaciones, las denuncias y los escándalos que le sacaron al expresidente en estos quince años, digamos, desde que dejó de ser presidente, nada se ha podido probar en su contra. Nunca, ni siquiera hoy, que ha sido declarado culpable y le han dictado una sentencia de doce años de prisión domiciliaria, lo pudieron vencer en juicio probatorio. Lo han condenado, aunque las pruebas nunca aparecieron; aunque la juez se haya pronunciado en el sentido contrario a la lógica de un proceso que, para los que seguimos las audiencias con interés, mostraba una película muy distinta: un resiliente Álvaro Uribe defendiendo su inocencia por medio de dos monstruos de abogados que en un par de interrogatorios le desbarataron el montaje a las supuestas “víctimas”. En otras palabras, para nadie era un secreto que Uribe estaba venciendo en el juicio, demostrando su inocencia y haciendo caer a los testigos que estaban en su contra. Era casi seguro que iba a ganar, que ahí no había nada de soborno ni de fraude procesal, sino más bien que fue a él al que le violaron todas sus garantías procesales y hasta su intimidad. Un juez sensato no habría necesitado de tantos interrogatorios inútiles ni desgastar de tal modo el sistema judicial por algo que evidentemente es producto de una persecución política.
Pero al frente no había un juez sensato ni ecuánime, sino la juez Sandra Liliana Heredia, de filiación progresista y feminista, demostrada por ella misma hasta en el fallo, y nadie mejor para hacerle el mandado al régimen que un personaje de este pelambre.
Y es que ningún juez se había atrevido a llevar las cosas tan lejos como la juez Heredia, por la sencilla razón de que no encontraban mérito para hacerlo. Fue ella la que tuvo que imponer una condena basada en sus suposiciones personales o en sus impresiones, muy seguramente sesgadas por su ideología política para hacer ver a Uribe como el más peligroso de los criminales. Para ello se dedicó diez horas a leer su propio fallo terriblemente mal, que no se entiende tampoco cómo fue que lo escribió en dos semanas si tenía una extensión de alrededor de mil páginas. Era la forma de garantizarle a la lacra petrista la continuación en el poder por muchos años más, tal vez indefinidamente, pues simbólicamente, este fallo es el pasaje a la reelección.
De una vez lo digo, con las ganas infinitas que tengo de equivocarme: con Uribe preso, Petro tendrá el camino despejado para ser reelegido y habremos perdido el país para siempre. Es que en una contienda política los símbolos importan mucho, y el expresidente Uribe, aunque no es de derecha pura, es un símbolo muy fuerte que agrupa a los que nos ubicamos en este espectro del ideario político: un peso pesado, un contrapeso que sigue vigente para frenar las intenciones del Foro de Sao Paulo como efectivamente las frenó cuando fue presidente. Destruido este símbolo, desacreditado, derruido moral y físicamente, a la “derecha”, que no tiene una figura fuerte de liderazgo, le va a quedar muy difícil recuperar el poder, a no ser que haya una coalición que abarque a todos los partidos y candidatos del centro, la centro derecha y la derecha pura. En otras palabras, que no hay espacio para la tibieza, ni el buenismo, ni las formas “correctas” para hacer la batalla política, que en el fondo es una batalla cultural.
Si no queríamos polarización en Colombia, ya es demasiado tarde: fue la vil izquierda la que se encargó de polarizar el país robándose un plebiscito en el que la mayoría dijo “no” al acuerdo de Santos, aunque fuera una estrecha mayoría. Polarizó cuando el sátrapa que nos gobierna, siendo candidato, mandó a incendiar el país por una medida errática del presidente anterior, y ya siendo presidente agrede en forma constante a sus opositores y los tacha de fascistas.
Gracias a ese sicariato de tarima es que tenemos a un candidato presidencial debatiéndose entre la vida y la muerte. El candidato del expresidente Uribe, con el mismo apellido, para más señas de que todo es una orquestada persecución. Con Miguel Uribe en una unidad de cuidados intensivos, ya fuera del combate electoral, y con Álvaro Uribe purgando una condena de doce años sin poder participar en política, y ahora con la división en que anda la oposición, cada quién queriendo ser presidente por su cuenta, olvidémonos de que aquí vuelve a haber democracia. De hecho, posiblemente no haya ni elecciones, pero sí nos van a ofrecer el plato de la reelección, o cuando menos una propuesta para ampliar el período presidencial a seis años.
Así las cosas, Petro ya no terminaría su período (según la Constitución) en 2026, sino en 2028, para tal vez darle paso al pupilo Iván Cepeda, que hoy está rebosante de popularidad en el corazón de los zurdos, y para que entonces, en 2034, el sinvergüenza del Palacio de Nariño retorne al sillón presidencial, ya no por otros seis años, sino por un período indefinido: vitalicio. De aquí a ese tiempo ya han tenido el espacio y el apoyo para implementar la Constituyente que tanto quieren convocar.
A uno puede o no gustarle el expresidente Uribe; haberlo apoyado o preferir otras opciones, pero lo cierto es que si esto hicieron con el presidente que ha tenido el mayor índice de popularidad en la historia del país, el que más hizo por la seguridad, por aumentar la inversión extranjera y por controlar el déficit fiscal; el que le dio el gran impulso a Colombia en materia de lucha contra el terrorismo y crecimiento económico, porque este era un país que crecía al 5%; y sí, el que más subsidios le dio a las clases populares, muchos de ellos petristas que lo siguen reclamando, y eso que a mí no me gusta la subsidiaridad; si esto hacen con el presidente más querido, repito, ¿qué no podrán hacer con nosotros, pobres ciudadanos de a pie que no tenemos relevancia en esta republiqueta?
Por eso hoy soy más uribista que nunca. Uribe era el muro de contención de esta plaga comunista que hoy nos gobierna, y un actor fundamental de la lucha política. Sin él en el escenario, la izquierda celebra a rabiar. Pero se equivocan. Los zurdos son tan brutos que lo único que conseguirán es hacer que la derecha se una. Sin saberlo, van a robustecer al enemigo.
Por eso siempre es mejor una democracia imperfecta que una perfecta dictadura, como he escuchado por ahí. La democracia frágil era lo que nos ofrecía el uribismo con todos sus yerros y tribulaciones. La dictadura atroz es lo que tenemos de presente con el petrismo, que ya empezó a matar y a encarcelar opositores.





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