(Cuento)
Cuando vio el cartel en las noticias, Rupertino Díaz tuvo un sobresalto que casi le fulmina el corazón. El Departamento de Estado de los Estados Unidos había doblado la recompensa por el dictador Nicolás Maduro a cincuenta millones de dólares; por información que condujera a su captura y posterior condena por los delitos de conspiración, narcoterrorismo y todo el largo prontuario que ya se le conoce de sobra.
Cincuenta millones no eran poca cosa. Había que ver que se constituía en la suma más alta de la historia ofrecida por la captura o muerte de un criminal internacional de parte de Estados Unidos. Y no solamente Maduro. Diosdado Cabello o Vladimir Padrino López también les servían a los norteamericanos vivos o muertos, siempre y cuando se comprobara que eran los verdaderos y no unos dobles para engañar a la DEA.
Con tan solo los quince millones que ofrecían por Padrino le habría bastado a Rupertino para solucionar sus problemas económicos por el resto de su vida, y hasta para hacer alguna que otra obra de caridad. Hacía cuentas: quince millones de dólares eran casi como sesenta mil millones de pesos, ¿para qué más? Con eso se podría comprar la casa de sus sueños, que todavía no había pensado en dónde tenía que estar ubicada; el carro de sus sueños, que tampoco había pensado qué marca debía ser; y casarse con la mujer de sus sueños, que estaba deseoso de que fuera Angelina, la mujer que él llevaba queriendo hacía diez años y con la cual no había podido concretar una relación estable y duradera. Luego se compraría una biblioteca con unos mil mil ejemplares, que sería lo máximo que podría leer en los 20 o 30 años que le quedaban de vida, y se pondría a hacer cursos, maestrías y diplomados para formarse en los temas que tanto le gustaban: Literatura, Filosofía-Política, Historia, Ciencias Humanas y Psicología de masas. Y el tiempo que le quedara libre lo dedicaría a escribir y a viajar a los lugares más tranquilos de la esfera terrestre para adquirir experiencia y llenarse de inspiración.
Mucho temía que no le alcanzaría la vida para gastarse esos cincuenta millones de dólares. A lo sumo podría gastarse un millón dándose sus gustos tan moderados y llevando ese estilo de vida tan sobrio que solía llevar, porque, aunque tuviera mucho dinero, Rupertino era de esos hombres que no sabría qué hacer con tanta plata. Cualquiera se la podría quitar en un dos por tres y dejarlo sin nada. Por eso pensaba que los cuarenta y nueve millones que le iban a sobrar serían una buena cantidad como para que Angelina lo aceptara de una vez por todas, y así ella pudiera darse la gran vida que creía que se merecía.
Lo único que esperaba Rupertino, es que esa gran vida se la quisiera dar ella con él, y no con algún aparecido que la sedujera al ver que ella ya era millonaria. Porque Angelina aún le era esquiva, mucho más cuando su familia lo desdeñaba y ella estaba realmente urgida de un hombre que le resolviera sus problemas económicos. Solo que Rupertino no tenía nada que ofrecerle aparte de amor puro, que es una dádiva que resulta poca cosa para la mujer del mundo moderno.
Pero si podía hacerse con los cincuenta millones que daban por Maduro, o la cantidad menor que daban por los otros dos; si podía ayudar a la DEA a que los capturaran o los dieran de baja, entonces él sería un hombre rico, muy rico, y quizá Angelina ya lo vería con ojos de enamorada.
La información que poseía Rupertino sobre el dictador venezolano era muy valiosa. Consideraba que el hecho de haber tenido contactos con ex agentes de ese país en Colombia le había valido para conocer cómo funcionaba el esquema de seguridad del dictador y cómo se le podía atacar. Uno de esos contactos había sido policía de la Guardia Nacional Bolivariana hasta 2019, cuando dimitió durante las manifestaciones en el puente Simón Bolívar, ocasión aquella en que el dictador no dejó pasar los camiones que iban para Venezuela cargados con comida y ayuda humanitaria, sino que más bien les prendió fuego, y el presidente Duque, en ese entonces, dijo que Maduro tenía las horas contadas, pero se fue primero él. Este ex policía fue acusado junto con su compañero de traición a la patria por el régimen, cuando estrellaron una patrulla contra las barricadas y se pasaron del lado colombiano. Nunca más pudo regresar a Venezuela, pero este amigo le contó muchos secretos de la GNB y de Maduro con los que Rupertino podría convencer al Departamento de Estado para ganarse la recompensa.
Sabía que arriesgaría su vida si algo no salía bien, sobre todo cuando del lado colombiano Maduro contaba con un aliado en el poder (el sinvergüenza), el cual haría todo lo posible por entorpecer la misión secreta de Rupertino Díaz. Pero no había por qué temer. Confiaba en los americanos, que se veía que eran gente seria, y que si ofrecían una recompensa era porque estaban dispuestos a pagarla. Solo un valiente como él, que se atrevería a entregar a Maduro y a sus secuaces, sería digno merecedor de esa recompensa. Soñaba con la posibilidad de ser un héroe anónimo, y lo único que lamentaba de esa acción valerosa para con el pueblo venezolano y colombiano, porque en la medida en que cayera Maduro caería el otro sinvergüenza, era no poder decir que él era quien había ayudado a poner preso al dictador, pero Venezuela en silencio se lo agradecería. Todo tenía que hacerse bajo el más estricto secreto.
Sin pensarlo más se comunicó con el número que aparecía en el cartel. Le contestaron en inglés, pero Rupertino solicitó que le hablaran en español. Había de por medio cincuenta millones de dólares que no podían arriesgarse en un malentendido idiomático.
-Buenos días, ¿en qué le puedo ayudar? -le contestó un operador en perfecto español y con acento americano.
-Gracias, estoy llamando por lo de la recompensa -respondió Rupertino.
-¿A qué se refiere exactamente? -le preguntó el funcionario.
-La recompensa que están ofreciendo por Maduro, los cincuenta millones. Yo tengo información.
-¿Cuál es su nombre y de dónde nos está llamando?
-Mi nombre es Rupertino Díaz, llamo desde Colombia, pero no les puedo decir más porque esto debe ser muy confidencial.
-Y dígame, señor Rupertino, ¿tiene usted información que nos permita dar con el paradero del jefe del Cartel de los Soles? -le preguntó el agente con interés.
-Por supuesto, si no, no hubiera llamado. ¿Con quién hablo yo?
-Habla con el agente John Smith, de Inteligencia. Permítame un momento…
Mientras el agente Smith dejaba en la línea a Rupertino, este no tenía la más mínima idea de que estaban rastreando su llamada. En menos de cinco segundos ubicaron satelitalmente la casa de Rupertino.
-¿Señor Díaz? -retornó el agente.
-Sí, sí, aquí estoy. ¿Qué garantía me da de que me van a pagar la información que tengo? -preguntó impaciente Rupertino.
-Vamos a validar su información, señor Díaz. Si su colaboración es útil, uno de nuestros agentes se encargará de contactarlo a un número cifrado que le vamos a asignar a partir del momento en que el sistema lo valide y podrá seguir comunicándose con él por ese medio. Ya no se usará nuevamente este teléfono. ¿Es conducente su información a la captura de Nicolás Maduro Moros?
-Claro, claro, yo les voy a decir cómo lo capturan. Con esta información no se les vuela. -aseguró Rupertino-. Pero dígame, agente Smith, ¿la recompensa me la pagan en efectivo, o en cheque? ¿Y me la podrían enviar en pesos colombianos a mi cuenta de Bancolombia? También me sirve al Nequi.
-No señor, así no es como funciona. Ya le informaremos de eso con nuestro agente encargado a través del número cifrado. Primero debemos validar si la calidad de su información nos conduce a un operativo judicial exitoso.
-No se preocupe, señor agente -dijo Rupertino-, pero respóndame otra cosita, ¿Ustedes me pagan los cincuenta millones completicos, o me hacen descuento de ganancia ocasional?
-Señor Díaz, esta llamada está siendo grabada. Le advierto que si usted está jugándole una broma a nuestra agencia de seguridad, podría afrontar cargos federales. -le advirtió el agente Smith con enfado. Ya un poco más calmado, agregó-: a partir de este instante, comience a declarar lo que sabe de la manera más elocuente posible para que esta sea cualificada. Dígame, señor Díaz, ¿cómo podemos capturar al terrorista internacional Nicolás Maduro o a cualquiera de sus esbirros?
-Anote este número, agente -le dijo Rupertino, y entonces comenzó a dictarle la cifra despaciosamente-: 10.508088° Latitud Norte, y -66.919359° Longitud Occidente.
-¿Qué significa eso? -preguntó el agente con estupor.
-Son las coordenadas del Palacio de Miraflores en Caracas. Maduro está ahí adentro, búsquenlo ahí.
-Señor Díaz, eso lo sabe todo el mundo. Esa información no es conducente a la captura del criminal -respondió el agente Smith indignado.
-Claro que sí, señor -replicó Rupertino-, porque si ustedes mandan un dron a esas coordenadas y lo detonan dentro del Palacio de Miraflores, mínimo le quiebran las gafas a Cilia. Y ahí seguro cae el elefante ese, que no puede correr de lo gordo que está. Bueno, ya les di la ubicación donde se encuentra, ahora venga acá mi recompensa. ¿Cuándo y cómo me la pagan?
Se produjo una interferencia intempestiva en la comunicación. Rupertino oyó un ruido molesto y agudo que no le permitió escuchar las últimas palabras del agente. Se hizo un breve silencio y al cabo de un rato la transmisión falló.
-Aló, agente Smith, ¿me escucha?
Algo hizo remecer el techo de su casa, que se bamboleó como si estuviese temblando. Entonces Rupertino, alarmado, oyó el rumor lejano de un motor, cual si fuera el zumbido de un enjambre. El rumor creció hasta convertirse en un ruido aparatoso que hizo vibrar los cristales de la ventana. De repente un estallido lo puso en guardia. Vio un potente helicóptero sobrevolando el patio de ropas de su casa. La vibración generada por las hélices reventó las pesadas tejas de Eternit, y al instante un revoltijo de polvo y hojas secas entró movido por el aire como si una legión de demonios acechara. Rupertino intentó huir, pero ya un grupo de hombres uniformados bajaba por una cuerda hasta el techo mismo de su casa e ingresaban por una claraboya.
-¡Deténgase! -le gritaron apenas alcanzaron el interior de la vivienda. Rupertino se paralizó por un instante, no entendiendo lo que sucedía, pero infiriendo que su momento había llegado, pretendió lanzarse por la ventana. Varios agentes con uniforme azul y cascos de metal se abalanzaron sore él y lo inmovilizaron.
-Señor Rupertino Díaz, queda usted detenido por traición a la patria y conspiración -le gritó uno de ellos.
-Yo no hice nada -alcanzó a decir Rupertino antes que lo amarraran de un arnés y comenzaran a subirlo por las mismas cuerdas hacia el helicóptero que permanecía suspendido sobre su vivienda destrozada-. Yo solamente les estaba colaborando a ustedes, los de la DEA, para que capturaran a Maduro, ¿por qué me capturan a mí? ⸺suplicó.
-No somos la DEA, señor Díaz -le comunicó el comando que lo subió hasta el helicóptero y lo aventó al interior como si fuera un bulto de basura-. Somos de la Guardia Nacional Bolivariana -agregó.
-No me pueden detener así -se defendió Rupertino en un impulso inusitado de valentía-. Yo soy ciudadano colombiano, no venezolano. Las leyes de su país no operan en mi país.
-Cállate, coño e’ tu madre- le dijo el uniformado asestándole un golpe en la cara y dándole al piloto la orden de partir. Luego se dirigió al capturado cuando ya sobrevolaban a una altura considerable, rumbo a Caracas:
-Venezuela y Colombia ya son la misma cosa por la Zona Binacional. El presidente de su país es aliado nuestro, y ya autorizó su extradición.







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