sábado, 16 de agosto de 2025

Otro magnicidio

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)








     Otro magnicidio. Otra vez Colombia se convierte en el torrente de todas las sangres. Miguel Uribe no falleció esta semana. A él lo mataron. Desde el 7 de junio, cuando atentaron contra su humanidad. Lo mataron en vida. El pasado lunes fenecieron todas las esperanzas y el milagro no se dio. Las posibilidades de que todo volviera a ser como antes eran muy remotas, y sabíamos que probablemente Miguel no volvería a hacer política si acaso lograba levantarse de esa cama. Temíamos que Miguel no fuera más Miguel, aunque algo nos animaba a que Dios preservaría su espíritu, su lucidez y su inteligencia. La Divina Providencia se lo ha llevado con sus dones intactos: nos dejó su legado, pero se llevó su presencia. 

     Lo mataron, y como dijo su padre en la ceremonia de su sepelio, ya sabemos quiénes fueron, aunque nos lo prohíban decir. Porque la sola insinuación bastará para que los que están detrás de todo esto utilicen la justicia en nuestra contra. Nos meterán a la cárcel por la supuesta difamación, porque no tenemos pruebas, porque estas también han sido asesinadas y los testigos han desaparecido. Aquí sí puede aplicarse esa máxima que los zurdos hicieron célebre hace algunos años, cuando también acusaban sin pruebas, aunque a ellos nadie los censuró por ello: “no tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas”.




     Otro magnicidio, porque si no se considera que el senador que más votos obtuvo en las pasadas elecciones legislativas, y uno de los que más le hizo oposición a este gobierno, incluso atreviéndose a llamar sinvergüenza al sinvergüenza; si no se le considera una persona importante para la vida política nacional, entonces nada es magnicidio en este país. Tal vez para la justicia cooptada por los enemigos de la patria solamente sean considerados como magnicidios aquellos que se hacen en contra de las personalidades de la izquierda. El resto no vale para ellos, no les duele. 

     El país ha tenido que despedirse de un hombre bueno. Un hombre que tuvo el privilegio de ser el nieto de un expresidente y nacer en un hogar con ventajas económicas para proveerse su educación. Gracias a Dios tuvo las oportunidades, como las deberían de tener todos los niños de Colombia. Pero las oportunidades no son simplemente una cuestión de tenerlas de antemano, sino de saberlas aprovechar. Y Miguel Uribe supo aprovechar lo que le brindó la vida: criarse en un hogar acomodado, pero también supo capitalizar y superar la tragedia de haber crecido sin su mamá, porque la violencia tocó a su puerta desde que era un niño. Hay que ver que la vida te da y te quita, pero ¿acaso no es más valioso tener la oportunidad de crecer al lado de la madre que contar con apellidos y abolengo?




     Para Miguel también fue difícil la vida; también tuvo que hacer sacrificios y pasar penurias para llegar a donde llegó. No como los resentidos piensan, queriendo hacerlo ver como un hijo de papi bien portado al que todo se le dio fácil. De ninguna manera. Aunque era todo lo que la izquierda detesta (la disciplina, los valores, el juicio, el talento, la dedicación), también fue víctima de la violencia, como mucha gente humilde. Pudo haber tomado el camino del odio y la venganza, pero no lo hizo. Le quitaron lo más importante que puede tener un niño a la edad de cuatro o cinco años: su mamá. En lugar de pasarse lamentando toda la vida por ello, se preparó y se superó, y en honor a ella voló alto. 

    Sólo que no creyó que el país había retornado a una guerra peor que la vivida por su madre, en donde reinaba el narco y resultaba peligroso denunciar a los asesinos. Hoy, los enemigos están en el poder de manera oficial: campea el crimen, gobierna el terror. Ellos son la ley ahora. Han ganado la batalla a costa de convertir en mártires a hombres como Miguel, al que registraron como el líder social asesinado número 97 en lo corrido del año. Podría apostar a que a ninguno de ellos se le ha hecho justicia. Así, Miguel Uribe es víctima por partida doble, y lo peor es que quien es el responsable político de este asesinato amenazó con denunciar a quienes osen decirlo en voz alta. El velo de la mordaza, propio de las dictaduras, acaba por imponerse para que todos enmudezcamos al respecto. No siempre se mata disparando el gatillo. A veces también se mata señalando con el dedo.




     Otro magnicidio. Se olvidará el hecho al término de este artículo, cuando ya los medios lo hayan reseñado hasta el cansancio; cuando los políticos se saquen la foto instrumentalizando la tragedia de una familia para sacar partido de su imagen, y todo el mundo haya hablado de ello. Después otra noticia acaparará el interés nacional, porque estamos en el mundo de la inmediatez y la desmemoria. ¿Cuál será entonces la noticia de la semana que viene? Ojalá no sean más muertos, ni más escándalos. Ojalá no sean más presos políticos, ni más vergüenzas de Palacio, ni más reclutamientos de niños a las huestes guerrilleras, ni más desplazamientos forzosos de campesinos, ni más guerras de falsa bandera, ni más candidatos a la presidencia, ni tampoco otro magnicidio. La gente está cansada de clamores, de cadenas de oración infructuosas, de marchas estériles, de reclamos no escuchados, de quejas diarias por lo mismo. Pero nada cambia, o más bien todo cambia para peor. Ya no se trata de la muerte de una sola persona de relevancia, sino de muchas anónimas que no tienen acceso a la salud, ni derecho a vivir dignamente. El magnicidio mayor es el que se está cometiendo contra el pueblo.




     Otro magnicidio, como hacía muchos años no se cometía uno en Colombia, lo cual no quita que la muerte de los otros colombianos, a quienes han matado por pensar diferente, no sea importante. Aquellos infames que desdeñan la muerte de Miguel, o hasta se burlan de ella, comenzando por el despreciable ser de Gustavo Petro, tienen el descaro de decir que hay que bajarle al tono: que hay que desescalar el lenguaje para que no haya más muertos ni se desate un conflicto nacional. Nos piden apaciguar nuestros sentimientos de ira y frustración cuando la guerra ya ha sido declarada. Nos piden guardar silencio cuando ha sido el presidente de la República el que en al menos en 43 mensajes de internet atacó de frente a Miguel, se metió con su familia, con su abuelo expresidente y le puso una lápida sobre su cabeza en un país en el que el crimen y el terrorismo están empoderados y gozan del contubernio con un gobierno que los tolera, los recibe y los sienta a conversar de paz. Son los socios mayoritarios de este régimen inmoral. Por eso no es momento de callar, ni de bajarle al tono. Antes bien, hay que seguir preguntando a todo pulmón ¿Quién dio la orden?




     Que la izquierda no nos pida “paz total” para escurrirle el bulto a la justicia. La izquierda no es el contradictor, sino el enemigo, como bien lo indicó el presidente argentino Javier Milei, cuando decía que a los zurdos no se les podía dar ni un milímetro porque si no te llevan puesto. Por tanto, no hay que sentarse a manteles con estos sinvergüenzas, ni salir en fotos con sus representantes, y ni siquiera darles la mano. Ni el saludo se le debe dar a esos bellacos que azuzan, matan o dejan que maten mientras nosotros apenas podemos hacerles repudio social, porque no utilizamos las mismas armas. No entiendo qué hacían algunos candidatos de derecha tomándose una foto con los enemigos después del funeral. Han acabado de sepultar por esto sus aspiraciones.

     Esta nación hay que sacarla de ese fango pestilente y recuperarla de nuevo, o más valdrá no haber nacido en ella. Si los colombianos no nos unimos en torno a unos valores comunes que nos identifiquen a la mayoría en nuestras luchas diarias, habremos perdido la patria para siempre. Paz en la tumba de Miguel.




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