sábado, 23 de agosto de 2025

Esto sí es de izquierdas y derechas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Ensayo)








     En medio de la polarización política inevitable que vive el país, está poniéndose de moda la tendencia de la despolarización. Es el deseo por abordar la política desde una óptica tan neutral y desprendida de las ideologías, que pareciera que la mentalidad que germina ahora en el ciudadano es la de la anti política, la de la anti-ideología, la de la no adhesión.

     Todo esto, desde luego, es producto del hastío y el asco que nos vienen generando los que se hacen llamar servidores públicos, pero que sólo se sirven a sí mismos, cada que hay elecciones prometiendo cambios y no cumpliendo. Esos cambios, que no son otra cosa que las mismas promesas de siempre, nunca obran para bien de la sociedad, sino por el contrario, para seguir privilegiando a una élite minoritaria y enchufada, y para dejar por fuera de los beneficios a los ciudadanos de a pie, que son los realmente afectados por las decisiones que se toman desde el poder.

     Yo entiendo que, muy parecido a lo que se vivió en la época de La Violencia entre liberales y conservadores, el país político nunca ha estado tan dividido ni tan polarizado como ahora. Habría qué preguntar quiénes fueron los que lo llevaron a esta situación de extrema gravedad, hasta el punto de que hoy, los que estamos más politizados, ya no seamos capaces de considerar a un petrista furibundo como un amigo de la vida, sino como a un adversario político, y quizás hasta personal. 




     Los que estamos más a la derecha, por ejemplo, optamos por alejarnos cada vez más de los guetos izquierdistas y de los focos de infección en donde estos germinan, y verlos finalmente con el recelo con el que se ve a un enemigo; mientras que los que están más a la izquierda aplauden como focas la “gestión” del peor presidente de la historia colombiana al tiempo que siguen echándole la culpa de su fracaso a los gobiernos anteriores, porque en algo tienen que escudar su incapacidad. Ellos también albergan la misma animadversión que han albergado siempre por sus contradictores políticos, con la diferencia de que van un poco más allá del debate o de la ofensa verbal. Si les toca eliminar al opositor lo hacen “combinando todas las formas de lucha” posibles. La muestra fehaciente de esto es que acaban de matar a un candidato presidencial de un partido de oposición, mientras que cuando ellos eran la oposición del gobierno al que consideraban como un asesino, nunca fueron tocados, y en cambio sí bastante protegidos, incluso hasta más protegidos que los mismos actores afines al gobierno de turno. No se pueden quejar que para ellos la democracia funcionó, pues les dieron todas las garantías habidas y por haber, y así fue como llegaron a gobernar.

     Lo cierto es que cada vez menos la gente quiere hablar de política, y ni pensar en que declaren abiertamente si le van a la derecha o a la izquierda. Para ellos ese debate está obsoleto, equivocado, clausurado. Nadie quiere etiquetarse, ni los mismos candidatos presidenciales. Nadie quiere tomar partido por un bando o por el otro porque consideran que esa división hace más mal que bien, y que de lo que se trata es de sacar el país adelante, no importa de dónde proceda la afinidad política del programa de gobierno que eventualmente llegare al poder. 




     Les tengo una mala noticia a esos que piensan así: nunca en la historia de nuestra patria ha estado tan vigente el debate político entre izquierdas y derechas. Esa díada está más viva que cuando se gestó en el siglo XVIII, y aunque ya no representa los mismos postulados con que la categoría izquierda/derecha se originó en el seno de la Revolución Francesa, o se reavivó en el culmen de la Guerra Fría, hay que saber qué es lo que representa a la izquierda y qué es lo que define a la derecha en el contexto político de nuestra actualidad.

     Desde luego que esto se trata más que nunca de ideologías, aunque no lo queramos reconocer. Siempre se ha tratado de eso la política, porque por algo es política. En algún momento de la historia se mataron entre centralistas y federalistas en tiempos de la Independencia; luego entre bolivaristas y santanderistas al conformarse La República; después entre liberales y conservadores desde el ocaso del siglo XIX; más tarde entre capitalistas y comunistas a nivel mundial; se siguió adelante con la pelea entre socialistas del siglo XXI y socialdemócratas latinoamericanos; y ahora la división en el planeta se centra entre globalistas y patriotas. Y aunque quisiéramos que el espectro político se definiera en otro campo, lo siento mucho, pero la realidad es apabullante: en todas y cada una de estas categorías se puede reconocer bajo la agudeza de un buen entendedor, en dónde está la izquierda y en dónde está la derecha.

     La dicotomía entre ser de uno u otro bando se mantiene, y más vale elegir una orilla, no porque haya que politizarse, sino porque el que se queda en el limbo político es arrasado, silenciado, vituperado, y, sobre todo, contribuye a inclinar la balanza hacia la peor opción. 




     Me refiero a los centristas biempensantes, tibios, que no son de un lado ni del otro porque dicen defender el justo medio, y al final la polaridad de los elementos más negativos los termina absorbiendo, convenciendo, o simplemente restándoles fuerza para hacerlos desaparecer del escenario político hasta la siguiente elección.

     En últimas, la indefinición los lleva al menosprecio, porque no hay nada más desdeñable que esos individuos que se acomodan dependiendo de la dirección del viento, que no tienen ideales fuertes, sino gelatinosos, pues van al vaivén del mundo, y que se piensan intelectuales y contestatarios por el solo hecho de rechazar la política como una forma de organización de la sociedad. Denigran de la democracia porque les parece siempre una farsa, pero no entienden que, de todos los sistemas, es el menos malo que el Hombre en el devenir de la Historia se haya podido idear. Dicen que no pertenecen a un bando ni al otro para quedar bien por si en el futuro tienen que posar de independientes, y así les va. Hasta la misma Palabra de Dios advierte que “los tibios serán vomitados”. No por nada las peores dictaduras de izquierda, hoy vigentes en América Latina, se han filtrado en el poder por culpa de un sector político centrista que no se compromete con un ideario político sólido, sino que se acomoda para tener contento a todo el mundo. 




     ¿Las consecuencias? Corrupción rampante, debilidad de las instituciones, pérdida del sentido de pertenencia por la nación, desgobierno, anarquía e inconformismo de parte del pueblo que ve que la politiquería triunfa mientras las personas del común continúan en el fracaso económico, moral y social. Es ahí cuando llegan los caudillos promeseros que hablan por los pobres y les insuflan el odio por las élites, culpándolas de ser las responsables de su desgracia. Es ahí cuando los socialistas pescan en el río revuelto del descontento para prometer, esta vez para siempre, la reivindicación de sus derechos, la igualdad, la justicia social, el paraíso en la tierra y todas esas sandeces propias de la ideología socialista, que es con la que se identifican en últimas las izquierdas, estableciendo un reinado nuevo en cabeza del dios Estado.

     Comprendo que hoy existe rabia contra la política, contra las ideologías, contra los asuntos de país. Entiendo que nadie quiera hablar del tema, que hasta se haya prohibido el debate en las reuniones de amigos porque no se quieren herir susceptibilidades, y que en las familias no se hable de política en la mesa bajo el argumento de que la política, como la religión, nos desune. Mala cosa, les digo, porque el problema aquí no es la política, sino los políticos. No son tanto los ideales, como los farsantes que dicen encarnarlos. El tema hay que tocarlo, examinarlo, debatirlo, llegar a acuerdos en lo fundamental o a desacuerdos irreconciliables, no importa que para ello se tenga que renunciar a ciertas amistades con las que no encontremos puntos en común. Al final todo se reduce a lo mismo: se es más de izquierda o más de derecha. Se es más conservador o progresista. Se tienen valores morales, o se relativiza el albedrío mismo según las propias conveniencias. Al final todo se ciñe a una lucha entre el bien y el mal. 




     Estamos en una batalla cultural y espiritual, y hay guerras que no se pueden evitar. Ponerse del lado del bien es saber en qué posición política ubicarse, pero para ello hay que conocer los principios que rigen las ideologías de izquierdas y de derechas.

     En mi caso, por ejemplo, no me da pena decir que soy de derecha. Nueva derecha, y no derecha vergonzante, y menos ultraderecha, en la que no se puede encasillar a nadie si no se tiene también en cuenta a la ultraizquierda, aunque de esa nunca se oye hablar en los medios. Lo ultra se asocia a lo violento, y nada de eso tengo. Raro que a los que queman el país bajo la excusa de una protesta social no se les catalogue de ultraizquierdistas.

     No hay por qué ocultar las preferencias políticas si ya hasta las sexuales las quieren ventilar a toda hora y por todos lados. Con mayor razón hay que ventilar las diferencias de pensamiento, que es donde está la verdadera diversidad. Dándole la espalda al debate continuaremos en las mismas sombras. Negándonos a tomar partido le dejamos el camino libre a la ambigüedad, que a la larga es el camino ancho que conduce al mal.

     Porque no vamos a poder cambiar la realidad de nuestro país si no tenemos un ideario de virtudes, valores, creencias, directrices, modelos a seguir. Si simplemente seguimos nuestra intuición por lo que creemos de momento sobre qué es lo bueno y lo malo. Si, incluso, nos atrevemos a pensar que el mal no existe, sino que lo que hay son diferencias. Se necesita de la ideología, sobre todo en la política, sea para abrazarla o rechazarla. Así como el creyente necesita su religión. Por lo demás, no olvidemos que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.






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