sábado, 6 de septiembre de 2025

Nada pasa

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Un día el sinvergüenza que usurpa La Casa de Nariño da a entender que el abuelo de un candidato presidencial que fue presidente en 1978 "torturó a diez mil jóvenes” detenidos en la cárcel, y a los pocos días asesinan a este candidato. Nada pasa.

     Otro día, en una incursión armada, los grupos narcoterroristas acribillan a varios militares y policías, y el sujeto, en lugar de solidarizarse con nuestros héroes de la patria, se solidariza con los asesinos diciendo que esto no habría sucedido si esos “jóvenes” alzados en armas hubieran tenido mejores oportunidades antes que meterse en el narcotráfico. Nada pasa.

     Otro día sale en plena alocución presidencial manoseando y acosando a una de sus funcionarias y haciéndole comentarios fuera de lugar, y ninguna mujer de izquierda pone el grito en el cielo. Luego, tal vez fantaseando con su misma funcionaria, va y dice que una mujer libre puede hacer lo que quiera con su clítoris y con su cerebro, y que si sabe acompasarlo puede ser una gran mujer, y tampoco esas feministas que dicen ser defensoras de los derechos de las mujeres salen a quemar el Palacio de Nariño, que sería lo mínimo que uno espera conociendo su forma violenta de proceder ante comentarios sexistas y faltos de respeto. No pasa nada. 

     También se da el lujo de ser racista discriminando a un funcionario de su propio gabinete y exalta a otro con un pasado sexual turbio e inmoral, como si la pornografía fuera una actividad edificante, encubriéndose con la máscara de la inclusión y la diversidad. Nadie pone el grito en el cielo, como si las buenas costumbres y el decoro se hubieran perdido en este país. Igual, no pasa nada.




     Un día pelea con el presidente de los Estados Unidos, hace todo lo posible para quedar descertificado y pone en un altísimo riesgo económico y diplomático al país, y sigue tan orondo destruyendo lo poquito bueno que se ha construido, y otro día sale a justificar las drogas, a echarle la culpa al gobierno anterior por el aumento de los cultivos ilícitos y a decir que las lanchas que estalla la armada de Estados Unidos en el Mar Caribe no son lanchas de narcotraficantes, sino de pobres pescadores y estudiantes que están buscando un sustento para sus familias. Solo le faltó de decir que los alijos de cocaína no eran cocaína, sino los útiles escolares. Tampoco pasa nada.

     Y hablando de ilícito, hace poco resolvió el problema con una de sus genialidades cocainófilas: basta con quitarle la letra i a la palabra, y el asunto se resuelve. Así, lo ilícito queda lícito, lo ilegal queda legal y lo ilegítimo se legitima. Porque este tipejo se nutre de todo lo inmoral, lo ilógico, lo indecente. 

     Nunca antes habíamos estado en manos de un borracho y un drogadicto, dicho por sus mismos exfuncionarios, pero nada pasa en Colombia, porque este no es un país serio, sino una república bananera. Así lo estamos demostrando. Si Petro trabajara en la más humilde de las corporaciones privadas, en el más pequeño de los negocios que representan el 90% de las empresas colombianas, hacía rato los dueños lo habrían puesto de patitas en la calle, no sólo por vago e incompetente, sino por degenerado.




     “La mujer del César”, decía Plutarco, “no solamente debe serlo, sino parecerlo”. Con mayor razón debe parecerlo el propio César. Pero a este emperadorcito de cuarta que nos desgobierna le valen dos pepinos las formas, porque ni siquiera se preocupa por parecer un hombre bien portado. Exhibe su miseria con orgullo, y se justifica cuando hasta la misma mujer lo ha abandonado por cochino y sinvergüenza. Le da lo mismo. La dignidad del presidente de la República es un inodoro en el que el espurio se regodea todos los días. De paso se caga en el país y en los colombianos, y nada pasa en esta patria. 

     ¿Por qué los colombianos, siendo gente tan buena, nos tenemos que aguantar a un sujeto tan malo? ¿por qué las instituciones como el Congreso y hasta el Ejército mismo no han hecho nada para destituirlo? ¿Por qué se permite que un gobernante que está conduciendo al país a la miseria continúe impune en su trono, haga lo que le dé la gana y no podamos hacer algo para evitar la tragedia anunciada? ¿Qué fuerza extraña es la que mantiene a Petro en el poder? ¿Qué turbio negocio o personaje está detrás de toda esta humillación que nos están haciendo a los colombianos? ¿A quién le interesa que aquí nos impongan el Socialismo del Siglo XXI y está comprando conciencias a dos manos? Uno más o menos ya sabe esas respuestas, pero lo que preocupa es que quienes deberían frenar a la extrema izquierda, que son los líderes de la oposición, no están ejerciendo realmente esa función. Hacen una buena y dos malas, como si en el fondo esto ya estuviera arreglado de antemano.




     Muy raro que un sujeto que hoy no llega ni al 30% de popularidad se sostenga en el cargo. Muy extraño que un presidente que tenga que pagar y constreñir a funcionarios y contratistas para que lo apoyen en sus llamados a las calles siga siendo reconocido como tal. Le permitimos que aliente la propaganda en los canales del Estado con nuestros impuestos y utilice las instituciones para realzar su imagen sin que pase nada, sin que ningún tribunal se pronuncie ni ninguna autoridad lo ponga en cintura. Porque no hay petrista gratis. Quien apoye a este sujeto en pleno 2025 es porque alguna migaja del Estado está recibiendo a través de un puesto público, un contrato, un subsidio, o un apoyo interesado. O porque es un estúpido irredento. Es la distorsión de la democracia en su máxima expresión. Y son tan culpables los que se dejan comprar como el que los compra. Ser petrista en este momento no solamente es una vergüenza, sino una demostración de antipatriotismo. 

     Si esto fuera Perú o Ecuador, Petro hacía rato habría dejado de ser presidente de Colombia. Mucho debemos de aprenderle a nuestros hermanos del sur que han tenido la valentía de sacar jefes de Estado cuando el pueblo se rebela. Pero esto es Colombia, un país en el que los buenos guardamos silencio y dejamos que la voz cantante la lideren las minorías de izquierda, que son las más ruidosas y beligerantes. Un país que, al contrario de lo que sugiere la mala prensa, no es violento por naturaleza, porque su gente es tan paciente que se ha aguantado malos gobernantes por decenios. Escasamente hemos tumbado a un dictador en toda nuestra historia, y eso que fue más por la presión de los partidos oligárquicos que del mismo pueblo.




     Colombia es un país de abnegados, de gente que resiste, que estira la tolerancia hasta el límite, pero creo que eso nos ha hecho mucho daño. Cada cuatro años nos seducen con vacuas promesas, y debemos reconocer que si hoy hemos llegado hasta este punto, fue porque en el pasado no supimos exigir lo que nos merecemos como nación.

     Y mientras no construyamos un proyecto serio, a largo plazo, que nos unifique, nos pasaremos toda la vida al vaivén del péndulo: un día eligiendo a la derecha, otro día a la izquierda, y otro día estancándonos en lo peor del punto medio, que no es “justo medio”, sino justa tibieza.

     Habrá que reaccionar entonces y cambiar esa mentalidad acomodaticia que nos ha traído a este sitio de deshonra. Al sinvergüenza con su plan de imponer el comunismo no lo sacamos si no cambiamos la mentalidad de “comida para hoy y hambre para mañana”. Lo que tenemos que comenzar a hacer es cultivar el país que queremos para recoger la cosecha en el futuro. Y eso solo se logra a través de un plan concreto que necesariamente conlleva sacrificios y pérdida de privilegios para muchos. ¿Estaremos dispuestos a jugárnosla por la patria en las próximas elecciones o seguiremos dejando que los pillos hagan lo que quieran y no pase nada?






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