sábado, 20 de septiembre de 2025

Cuando las bestias matan a las bellas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Crónica)







La bella

     Acababa de terminar su extenuante jornada laboral en Zeppedie’s Pizzeria. Se dirigía a su casa a descansar para volver al día siguiente recargada de energías y con los deseos intactos de ahorrar el dinero suficiente para cumplir sus metas de convertirse en asistente veterinaria, pues amaba a los animales. Aun vestida con su uniforme de trabajo, la gorra y la camiseta negras con el logo del modesto local, se dirigió a la estación Scaleybark, a pocos kilómetros del centro de Charlotte, para abordar el tren ligero Linx, específicamente la Línea Azul que la llevaría hasta su hogar, donde seguramente la esperaban su madre y su hermano. Para relajarse un poco decidió colocarse sus audífonos y revisar su celular después de sentarse en uno de los puestos dobles del lado izquierdo del primer vagón. Pero cometió un error: no se percató de que se sentaría justo delante de su verdugo, a quien seguramente ella tomaría por un viajante más de los que a esa hora se desplazaban para llegar a sus distintos destinos. A simple vista, la situación no tenía por qué revertir ningún peligro. Eran las 9:55 de la noche del 22 de agosto de 2025. Se llamaba Irina. Irina Zarutska. 

     Nacida en Kiev el 22 de mayo de 2002, Irina llegó a los Estados Unidos en compañía de su madre, su hermana y su hermano; todos en calidad de refugiados de la guerra de Ucrania que tuvieron que salir huyendo de las bombas de Putin para encontrar la paz en el país de la libertad y las oportunidades. No encontró Irina la tan ansiada paz, ni logró cumplir el sueño americano. En lugar de eso encontró la muerte de la manera más atroz.




     Irina fue conocida por ser una artista talentosa, graduada en Kiev con un título en arte y restauración. Venía de una familia decente y acomodada en Ucrania que tuvo cómo pagarle sus estudios hasta que las circunstancias de la guerra de su país con Rusia la llevaron a migrar a la capital del Estado de Carolina del Norte, Charlotte, la segunda ciudad bancaria y financiera del este de Estados Unidos después de Nueva York.

     Era escultora, diseñadora de ropa, modelo, amante de los animales, pero más allá de eso, se le recuerda por ser una joven muy alegre y perseverante. Fruto de su capacidad fue el dominio del inglés en muy poco tiempo, lo cual la proyectaba como una persona apasionada por aprender y salir adelante. Irina era una de esas mujeres que estaría encaminada a tener éxito en el futuro, y su trabajo en la pizzería sería el trampolín para saltar a otros menesteres más propios de su capacidad.
  
     Se encontraba estudiando en el Rowan-Cabarrus Community College para aspirar a un título de asistente veterinaria, y de ahí ir adquiriendo una mejor posición e independencia económica. Ya estaba cómodamente adaptada a la sociedad americana, disfrutando de eventuales paseos turísticos con sus amigos cercanos, pero también en su hogar, rodeada de los suyos. El miedo por las bombas había quedado atrás, y aunque extrañaba su país, sabía que a su favor tenía su juventud y su buena disposición para sobresalir en ese nuevo espacio donde seguramente encontraría todo lo que le habría hecho falta en su pequeño paraíso perdido. Con algo de suerte, y en especial con la ayuda de Dios, regresaría a Ucrania cuando la guerra hubiese terminado y ella hubiera acumulado los ahorros suficientes para ayudar a emprender la reconstrucción de su casa y su terruño devastado. Sería cuestión de tiempo, pero sobre todo de paciencia, porque ella era una joven llena de sueños y de metas a futuro; y el futuro, allí donde se estableció la democracia más sólida del mundo, seguramente le sonreiría.




     Pero, al parecer, ese día ni Dios ni la suerte la acompañaron. Desde el cielo debe estarse preguntando Irina por qué razón aquella bestia de casi dos metros le arrebató la vida de forma tan salvaje sin mediar palabra. ¿Qué había hecho ella para merecer semejante condena? ¿A quién le había hecho daño si precisamente ella y su familia habían sido víctimas de la guerra y la insensatez de los tiranos? Irina apenas alcanzó a disfrutar de cuatro minutos de su viaje en paz, escuchando su música y mirando su móvil, hasta que el pasajero sentado detrás suyo, que fingía ir durmiendo recostado contra la ventana, se levantó de su asiento para apuñalarla por la espalda con total sevicia. Así, sin más, la asesinó porque sí. Porque al hombre le pareció que ella le estaba leyendo el pensamiento. Porque cree que los que están mal en este mundo son los demás, y no los que apuñalan como él.

     Cuánto hubieran dado Irina y su familia porque todo se hubiera tratado de un robo, de entregar resignadamente su dispositivo y que todo terminara allí. No habría sido nada en comparación con lo que pasó. Pero en la mente de la bestia no estaba el interés material, sino el odio por el prójimo. Se acababa de consumar un verdadero crimen de odio, y hasta hoy los adalides progres de la superioridad moral que fungen como los autores del término, no han salido a manifestarse. ¡Hipócritas!




La bestia

     Detrás de Irina, al lado de la ventana, se hallaba sentado Decarlos Brown Jr. Vestía sudadera roja de capucha y llevaba el pelo largo a la usanza de los rastafaris. No está de más decir que el hombre es de origen afroamericano, porque puede ser relevante para el caso: Irina era rubia, de ojos claros y piel blanca, como el fenotipo clásico de las ucranianas, cuya belleza es extraordinariamente fuera de serie. Brown, en cambio, era de piel oscura; café, como su apellido, o si se quiere negra, porque el negro es un color como cualquier otro si no se cae en lo políticamente correcto en este mundo de cancelación. Pero lo oscuro de Brown no está tanto en su piel o en su apellido, como en su alma. Es un sujeto con el alma diabólicamente tenebrosa. Y es racista a rabiar, porque después de cometer el brutal asesinato comenzó a gritar “yo maté a la chica blanca” (I got the white girl). Me pregunto si los Black Lives Matter y los Antifa ya no estarían quemando el país entero si se hubiera dado el caso contrario. Es decir, que la víctima, en lugar de una mujer blanca, hubiera sido una mujer negra, y en lugar de un afroamericano, el asesino hubiera sido un hombre blanco, cristiano, de familia tradicional, “privilegiado”. Estarían gritando como energúmenos su insulto de cabecera: ¡Racistas! 

     Una vez cometido el homicidio, y cuando el tren se detiene en la siguiente estación, Brown sale caminando, habiéndose quitado la sudadera manchada de sangre y guardado el puñal con el que le arrebató la vida a Irina. Al cambiarse de ropa, no pareció demostrar que estaba muy loco, sino por el contrario, que sabía perfectamente lo que hacía. Con 34 años, Decarlos Brown tenía el antecedente no menor de catorce entradas a la cárcel desde 2007 por diversos delitos, desde robo a mano armada, allanamientos, lesiones personales, y hasta un mal uso de la línea 911, cuando hizo una llamada en la que insistía en que un material extraño fabricado por el hombre le estaba controlando sus funciones básicas como comer, caminar o hablar. Fue observado bajo vigilancia psiquiátrica a petición de su familia con diagnóstico de esquizofrenia, pero nunca fue recluido.




     A Brown le imputaron cargos por asesinato en primer grado que conllevaría a la posibilidad de la pena de muerte. El mismo presidente Trump ha pedido esa condena, porque el castigo tiene que ser ejemplar y no es para menos. Las bestias de este tipo, que no tienen posibilidad de regeneración, no deben tener cabida en la sociedad. Para la alcaldesa de Charlotte, del Partido Demócrata, sin embargo, hay que tener empatía por el “sospechoso” y abordar más bien la situación de las personas sin hogar que padecen enfermedades mentales. Por dirigentes como esta señora es que la sociedad norteamericana está en semejante declive. Lo cierto es que casi todo el país está enfermo mentalmente, y el consumo de drogas ha ayudado a ello, pero cuando suceden esta clase de actos aborrecibles, no hay duda de que los criminales deben ser tratados como tal y hacerlos pagar con la condena máxima que determina la ley, incluyendo la pena capital. ¿A quién queremos engañar?

     El asesino, que según su familia sufre de alucinaciones y paranoia, afirmó que el gobierno le había implantado un chip en el cerebro. Tiene además antecedentes por atacar a su propia hermana. Purgó una pena de cinco años por asalto a mano armada y quedó libre en 2020, de donde se afirma que salió con serios problemas mentales. Del crimen contra Irina Zarutska confesaría después que fue por causa de una sustancia en su cuerpo que lo obligó a cometer el asesinato, y porque “ella estaba leyendo su mente”. La bestia está totalmente paranoica. ¿Cómo es que la han dejado suelta?




El sistema

     El sistema judicial de los Estados Unidos, específicamente del Estado de Carolina del Norte, es el mismo que ha capturado 14 veces a Decarlos Brown Jr. y lo ha liberado otras 14 veces. Esta reincidencia, que es propia de los países tercermundistas en donde campea la impunidad, es la que está llevando a la Unión Americana al atraso y a una violencia sistemática en donde no se aplica la justicia con rigor.

     Desde luego, las políticas progresistas han colaborado mucho para ello. Su filosofía se centra en culpar a la sociedad por los delitos que comete el delincuente antes que al delincuente mismo. El resultado es esto que vemos: un desequilibrado con libertad “condicional” matando salvaje e impunemente a una joven inocente por el solo hecho de ser blanca. 

     Hay que decirlo: A Irina Zarutska la mataron por ser blanca. Es un crimen racial, de odio, pero que a los colectivos de derechos humanos no les importa. Tampoco a los colectivos feministas; esos mismos que sacan a sus energúmenas instrumentalizadas a pintar las paredes y a destruir los bienes públicos dizque para defender a la mujer. Tampoco a ellas les importó el asesinato de Irina. Ninguna se pronunció. Todas guardaron silencio. No les convenía gritarlo a los cuatro vientos, pues la mujer no era una mujer negra, ni LGBT, ni indígena, ni palestina, ni militante de ninguna minoría. Nada de eso. Ella era una mujer blanca, trabajadora, desconectada de las ideologías woke que esos colectivos apoyan. Y ni siquiera como mujer refugiada de la guerra salieron a brindarle apoyo. El feminismo voltea la cara y hace oídos sordos. Su causa es solamente para defender mujeres afines a la ideología que les conviene a sus mentores. Su discurso, como el discurso de los teóricos críticos de la raza, es uno de los grandes culpables de este asesinato.




     A un delincuente menor como George Floyd, que no debieron haberlo matado, pero al fin y al cabo delincuente que se resistió a un arresto, le hicieron monumentos, carteles, murales, marchas, y en su honor provocaron la desestabilización del país. Por un sujeto al que no mataron por racismo, sino por una brutalidad policíaca que nunca debió ocurrir y que en parte fue motivada por su actitud. ¿Hubo algún apoyo para Irina? No. ¿Dejarán los medios y las universidades de esparcir su basura ideológica con la cual le ponen una lápida en la cabeza a los blancos o a los conservadores cristianos, como en el caso de Charlie Kirk, cuya única arma de defensa era la palabra?

     Entre tanto, de Irina Zarutska hay que decir que nadie hizo nada por ayudarla. Nadie tuvo el valor de defenderla. Nadie la socorrió, ni tuvo el valor siquiera de acercársele y tomarle la mano al menos para que no muriera tan desamparada. A su alrededor había otras personas que vieron lo ocurrido, también afrodescendientes, y no movieron ni un dedo. Nadie, ni siquiera los medios de comunicación, hicieron mayor cosa por divulgar la tragedia de su asesinato, que ocurrió el 25 de agosto y el hecho solo se vino a conocer a la luz pública el 5 de septiembre, tras publicarse el video de las cámaras del tren. Esos medios hegemónicos que han hecho todo por ocultar el caso de Irina, porque las circunstancias de su asesinato no se corresponden con su narrativa progre-wok, son grandes cómplices de este crimen.

     Pregunto: ¿se dejará la sociedad seguir asesinando por basuras humanas como Brown o va a poner a los delincuentes en su lugar aplicando la ley, no importa si tiene que deshacerse de estas escorias?




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