(Columna)
Fue por allá en el año de 1823 cuando James Monroe, presidente de Estados Unidos, proclamó lo que luego se conocería como la Doctrina Monroe, un principio de la política exterior americana que establecía, entre otras cosas, que “cualquier intento de intervención o colonización en América sería visto como una amenaza a la seguridad y a la paz de Estados Unidos”. En pocas palabras, el manido lema de “América para los americanos”, que tanto nos enseñaron en clase y que tantas polémicas suscitó.
Hoy, Estados Unidos apela a la vieja doctrina para luchar por la defensa de su seguridad nacional, no contra una potencia europea, sino contra un cartel del narcotráfico: el Cartel de los Soles, comandado nada más ni nada menos por el que usurpa el poder en Venezuela, el dictador y presidente ilegítimo Nicolás Maduro.
Bien mirada la cuestión, no se trata solamente de la seguridad de los Estados Unidos, sino de la del continente entero. Si las repúblicas bolivarianas con sus gobiernos alcahuetes del narcotráfico no quieren hacer nada para combatirlo vehementemente y antes bien propician las condiciones de su expansión, es lógico que un proyecto patriota y serio como el de Donald Trump se apersone de la situación y decida instalar sus barcos en el Mar Caribe, muy cerca de aguas venezolanas, que es por donde está pasando la mayor cantidad de lanchas cargadas con droga, con el objetivo de destruir cualquier intento de envío de cocaína a su país.
Cabe mencionar que de ninguna manera los barcos norteamericanos han invadido territorio ni mar continental venezolano, sino que se encuentran apostados en aguas internacionales, desde donde tienen toda la capacidad de disparar a quienes ellos comprueben que transportan cocaína en su interior, sin preguntar siquiera. Saben que la interdicción no funciona, pues a lo sumo detienen a unos narcotraficantes menores que van en esas lanchas y que si acaso serán juzgados por una justicia manejada por los propios jefes de la mafia. Todas las instituciones en Venezuela están cooptadas por dicha mafia. Por eso el mejor disuasivo resulta ser la destrucción de la lancha con sus funestas consecuencias para los transportadores, de modo que lo piensen dos veces la próxima vez que vayan a salir con un pequeño embarque. Cuando los barcos de guerra estadounidenses detonan una embarcación es porque ya tienen todas las pruebas recolectadas de que no son barcos de pescadores, precisamente. Ya es cuestión de los narcotraficantes si se atreven a seguir pasando por allí, o si abandonan su empresa criminal. El escarmiento hace parte de las estrategias de disuasión.
Mal mirada la cuestión, no cabe duda de que es una política expansionista de una potencia militar que puede hacerlo porque tiene con qué, y que utiliza su poderío para enseñar los dientes y advertir que quienes quieran seguir inundando a su país de droga les va a ir muy mal. Puede ser que la política haga parte de ese espíritu colonialista que reina en la tierra del Tío Sam desde su fundación; que a muchos no les gusta porque abre la posibilidad de atentar contra la soberanía y la libre determinación de los pueblos, pero que a veces se torna necesaria cuando esos pueblos que eligieron mal en el pasado ya no son libres para autodeterminarse a causa de un poder siniestro los tiene secuestrados.
Es el caso de Venezuela o Cuba, cuyas dictaduras tienen azotados a sus ciudadanos y han propiciado que se genere un éxodo masivo de cubanos y venezolanos hacia los Estados Unidos, por su puesto. Cuba parece ser un caso perdido, y aunque Estados Unidos tiene un embargo económico contra la isla, esta es libre de comerciar con los países con los que le de la gana. Si el régimen castrista detesta tanto al imperio, ¿para qué quieren su comercio?
Venezuela, por su parte, está tomada por una dictadura, con el agravante de que ese régimen exporta cocaína hacia los Estados Unidos. La cadena es muy larga y compleja, y aunque Trump debiera buscar también los eslabones de la distribución en su propio país, quiere asegurarse desde el inicio de que ese cartel no lo siga perjudicando. Excelente decisión. Ese, que sí es un bloqueo militar, le va a cortar el oxígeno al régimen, pues es sabido ya que desde hace rato este sobrevive gracias al narcotráfico. Los imperios en la historia no han llegado a ser grandes dejando pasar el crimen al interior de sus fronteras. Al contrario, las han protegido de los invasores extranjeros con celo y con furia. Por ello este imperio tiene todo el derecho a proteger sus fronteras, pero también tiene la obligación moral de liberar a los que en otro tiempo fueron sus aliados. Porque una cosa tiene que quedar clara en este despliegue de fuerzas navales al Caribe: Estados Unidos no busca capturar a Maduro en tanto que dictador, sino en tanto que jefe de un cartel del narcotráfico que está flagelando a su nación. Lo del problema político se lo deja a los venezolanos, pero es cierto que, al perseguir a los narcotraficantes, si acaso los puede capturar o dar de baja, también están liberando a Venezuela de la dictadura. Un cartel de la mafia es lo que ha tenido suplantada a la democracia de este país por alrededor de veinticinco años.
Así las cosas, el hecho de que el presidente Trump esté dispuesto a hacer lo que sus antecesores y él mismo cuando fue presidente la primera vez no hicieron para derrotar al narcotráfico, justifica ese despliegue de tropas muy cerca del área marítima de Venezuela como una medida de presión para ahogar al Cartel de los Soles. Algo había que hacer, y Trump no podía seguir ignorando el problema en vista de la poca colaboración que encuentra por parte de los gobiernos adscritos al Socialismo del Siglo XXI (léase Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, y ahora Colombia, entre otros). Si Maduro cae, Colombia recupera la esperanza de no rodar al mismo infierno de su vecino, y Petro quedaría totalmente debilitado para las elecciones presidenciales del próximo año, si acaso se celebran. De hecho, el próximo en la lista podría ser el mismo presidente colombiano, que cada vez más se hace acreedor a ganarse un indictment por ser el presunto socio de Maduro en la empresa criminal del narcotráfico. Ya empezó por ganarse la desertificación. Vaya si caería bien que también pusieran la lupa sobre Petro… ¡las cosas que encontrarían!
Estados Unidos asume la tarea de defenderse del narcotráfico del Cartel de los Soles a su manera, y de paso nos hace un favor inmenso tanto a venezolanos como a colombianos. En la medida en que les vaya mal a esos dictadores bananeros y no puedan salirse con la suya, al pueblo le va bien. Repito, si cae Maduro, cae Petro, o por lo menos queda bastante apabullado. Ya será cuestión de darle el zarpazo final en las elecciones.
En cuanto al problema democrático, los Estados Unidos consideran que el presidente legítimo de Venezuela es Edmundo Gonzáles, y que Maduro es un usurpador. Si cuentan con el apoyo de María Corina Machado y Edmundo, que son los representantes reales de más del 70% de la población venezolana, el día que entren por Maduro no estarán perpetrando ninguna invasión. De ahí que Trump tenga que ser paciente. La idea no es tocar tierra para matar a los ancianos que el infame dictador pretende poner como carne de cañón, pero tampoco es esperarlo toda la vida hasta que se entregue. En algún momento irán por él, y tal vez sea una operación mucho más sutil y meticulosa que la que el 20 de diciembre de 1989 llevó a cabo el ejército de los Estados Unidos en tierras panameñas, cuando finalmente el 3 de enero de 1990 lograron la captura del dictador Manuel Antonio Noriega.
¿Qué tal que este año las fechas coincidan y la operación de captura o muerte de los tiranos bolivarianos comience el 20 de diciembre? Sería muy bueno para la región que Maduro, Diosdado Cabello o Padrino López no puedan comer natilla este año, a ver si dejan en paz a Venezuela de una vez por todas. Sería muy bueno que los gringos se llevaran una encima: les regalamos a Petro y a Benedetti, por ejemplo.




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