(Columna)
Todo comenzó con un corto y crítico ensayo sobre geopolítica y multilateralismo que publiqué en este mismo blog la semana pasada. Uno de mis escasos seguidores, que se toma la molestia de leer mis escritos, se llama Rupertino Díaz. De vez en cuando me rebate, pero por lo general estamos de acuerdo en los temas de fondo. Resulta que Rupertino me ha dejado un mensaje que suscitó una fuerte discusión. Me acusó de ser enemigo de los Estados Unidos por haber dicho lo que dije en el ensayo titulado “La repartija de las potencias”. Eres un infiltrado antitrumpista, me escribió. Estados Unidos volverá a ser grande otra vez, y tú y tus amigos progresistas van a tener que llorar lágrimas de zurdos.
Por supuesto, mi respuesta no se hizo esperar. Yo, que precisamente me jacto de ser un buen derechista, simpatizante de Papá Trump, con intereses en el país del Tío Sam, y además un antiprogresista irredento por mis principios de derecha conservadora, fui el más sorprendido con el mensaje de mi lector encarnizado. Tal parece que no entendió mi escrito, o no lo supo interpretar.
De ahí que tuve que responderle que se equivocaba de cabo a rabo, y que si algo era yo (que por cierto, lo que menos necesito en este momento es granjearme problemas con este grandioso país que ha acogido a mi familia y me ha permitido sobrevivir de rebote), era un defensor de las políticas del presidente Trump y simpatizante del Partido Republicano. Que si todavía le quedaban dudas de mi filiación política de derecha, de la que nunca he renegado, entonces debía leer todas mis columnas y ensayos para que entienda cuál es mi punto, y que el hecho de que yo dijera cosas como que el mundo está siendo repartido por las potencias super poderosas, no quería decir que las odiara a todas ellas, porque harto he dicho que uno debe de tomar partido. Desde luego, yo he tomado partido por el mundo libre, que es el que representa el país con la democracia más sólida del planeta, hasta ahora.
La cosa no quedó ahí. Otra suscriptora que se hacía llamar Cata, La progre, aseguraba que Rusia era el último bastión de la civilización y que yo me equivocaba al tratar a Putin de dictador. Y otro, de nombre Xin Jung Li, celebraba el ascenso de China como si fuera una venganza personal, ensalzando la cultura oriental y diciendo que Occidente era una mierda, tildándome además de fascista. A mí, que en mi vida he matado un insecto de más de medio centímetro. Después empezaron entre ellos a tirarse hate, como dicen los muchachos ahora, y a insultarse con memes y consignas recicladas.
Ahí fue que me di cuenta de algo inquietante: ninguno había entendido el fondo de mi argumento, porque no estaban opinando de geopolítica desde la entraña de lo que esta significa realmente, sino desde sus preferencias ideológicas. Tal vez ni yo mismo tengo autoridad para escribir sobre un tema en el que no soy experto, además de que también tengo preferencias en este reparto, porque en el fondo también le voy a Estados Unidos como mi amigo Rupertino, pero ni siquiera él me pudo comprender.
Lo único que quise esbozar allí fue algo obvio en la Historia: que todo imperio tiene su comienzo, su crecimiento, su auge y su caída. Que el mundo regido por la potencia del Tío Sam está desapareciendo para dar paso a un mundo tricéfalo. Que el imperio, cuyo eje central es la Unión Americana se está desmoronando, viene en caída libre, y los americanos lo saben. Que no sólo se desmorona un país, sino que toda una civilización está desapareciendo en esta guerra de poderes globales.
Es una realidad que describo, no un deseo mal intencionado. Porque si hoy Estados Unidos está reclamando su zona de influencia en Latinoamérica y otros territorios que lo rodean, no es por querer simplemente volver a un pasado de hipotética grandeza similar al que tuvo en el siglo XIX. Nada más alejado de la verdad. Si el gobierno del presidente Trump ha desplegado una política internacional de carácter agresivo, es porque le toca hacerlo: su imperio está colapsando. Su deuda externa, especialmente con China, su principal competidor, está a punto de reventar. Su moneda está perdiendo valor en el mercado, y él mismo tiene que implementar medidas para devaluarla a fin de que sea más fácil subsanar esa deuda. A veces los gobernantes tienen que verse obligados a ejecutar políticas impopulares, pero necesarias, para salvaguardar el futuro de la nación, y eso es lo que le está pasando a Trump. Posiblemente su popularidad se venga abajo, pero a él le quedan apenas tres años para no dejar caer la estantería y poder dejarle algo digno a su sucesor.
Por eso hay que entender que el afán de Trump por erradicar todo vestigio de comunismo y socialismo en la región, por hacer un viro en la cultura y destruir las armas ideológicas con que están atacando esta parte del mundo de la que él, sin miramientos, se declaró dueño, es no sólo para contrarrestar la amenaza de las potencias contrincantes que meten sus narices en el área de su influencia, sino también para no dejar que esos recursos que tienen sus vecinos se los lleven sus enemigos. Una vez más, lo que se llama la Real Politic: defender los intereses de la nación, incluso los que están por fuera de sus fronteras, aunque para ello tenga que hacer efectiva la ventaja que le otorga su posición de poder.
En otras palabras, para que la caída no sea tan aparatosa y se pueda salir por la puerta grande con cierta discreción, el presidente de los Estados Unidos tiene que replegarse sobre su propio territorio y el de sus vecinos y socios continentales, sobre los cuales pretende ejercer control para que le sirvan de barrera contra la probada invasión que le estarían haciendo los chinos a nivel económico, político y militar. Por eso le está importando más Venezuela que Ucrania, o México y Canadá que el Medio Oriente. Por eso ahora quiere anexarse a Groelandia y tiene la mira puesta en derrocar al régimen cubano. Las formas tal vez no sean las más diplomáticas, pero el objetivo es conveniente para él como para los países que dependen de la economía americana: atrincherarse con sus aliados y limpiar de enemigos ideológicos a quienes han osado hacer tratos con ellos.
De ahí se desprende que lo que hizo Trump en Venezuela no fue una cuestión de imperialismo del siglo XIX como lo quieren pintar los zurdos que desconocen de geopolítica, sino una cuestión de supervivencia, como lo tendrá que hacer en Cuba y en cualquier país de América Latina que no se alinee con los intereses de los Estados Unidos. Hay que mantener el enemigo alejado, y aquellos que insistan en tener tratos con él se atendrán a las consecuencias. De eso será de lo que hablarán Donald Trump y Petro el próximo martes en la Casa Blanca: de lo que tiene que hacer Colombia para no perjudicar a Estados Unidos, y de paso para salvarse ella misma el pellejo; es decir, lucha frontal y comprobada contra el narcotráfico.
El caso de Europa es similar. Los gringos la están abandonando de a poco, y es ahora Rusia el dominador de ese continente a través de sus recursos energéticos. Todos dependen de la Madre Rusia. Europa, que está asistiendo al fin de su cultura y su economía, se está islamizando por medio de la cantidad desbordada de migración del norte de Africa. Asimismo, su soberanía energética está anclada cada vez más al zar Putin.
Y en últimas es mejor así, o así debería ser si lo analizamos con raciocinio. ¿Acaso no es preferible, en estos momentos, estar con Estados Unidos que con el Eje del Mal compuesto por China, Rusia o Irán? ¿Por qué se insiste en importar revoluciones comunistas, creencias orientales e islamismo?
Así las cosas, espero que mi lector Rupertino entienda que no todo en la Unión Americana es color de rosa, y que la caída al abismo por el que están a punto de rodar se amortigua con medidas drásticas y costosas que suponen el ineludible costo político del líder; que mi amiga Cata, La progre, no crea que con discursos igualitarios y revolucionarios se soluciona el hambre del mundo si no se crean las condiciones para generar riqueza, porque el Estado es un zángano que succiona la riqueza privada y se la reparte entre sus plutócratas; y que el suscriptor Xin Jung Li no piense que la tecnocracia por sí sola trae consigo la libertad del individuo, porque no siempre progreso económico y expansión imperialista es bienestar y felicidad para la población.
En este sentido, la pregunta no es simplemente con quién alinearse, sino qué modelo ofrece mayores garantías de estabilidad, desarrollo y autonomía. En un mundo donde las potencias compiten abiertamente, los países de segundo y tercer orden no tienen mucha opción para decidir de quién hacerse socios. De ahí que no se puedan hacer alianzas con el socio equivocado si no se quiere poner en juego la supervivencia.





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