(Ensayo)
Me pregunto si cuando George Orwell escribió su novela 1984 —en la que planteó un mundo regido por tres superpotencias poderosas y en constante guerra—, el escritor inglés ya estaría vaticinando el futuro por alguna suerte de revelación sobrenatural, o acaso sabía lo que iba a suceder en el siglo XXI debido a que contaba con una muy buena información filtrada desde las altas esferas del poder. Seguramente tenía un contacto muy valioso que hacía las veces de chivato y le revelaba los planes de la élite mundial para con el planeta en los próximos cien años. Seguramente, el mismo Orwell podría haber sido miembro de una organización desconocida que ya tenía trazado el destino de la humanidad, queriendo este divulgar clandestinamente su secreto en forma de literatura.
Lo cierto es que lo que el novelista planteó en su obra, hoy se ha quedado corto. No solamente que se están cumpliendo sus predicciones sobre la vuelta a los regímenes totalitarios como los que disimuladamente nos quieren imponer hoy día a través de la vigilancia, la propaganda, el control estatal, las ideologías colectivistas, los cultos a la personalidad del líder y el cambio del lenguaje para disciplinar la moral y el pensamiento, sino también a través de la multi-polarización en la que están cayendo los gobiernos mundiales, en especial las grandes potencias económicas y militares. Asistimos, ya corrido el primer cuarto del siglo XXI, a un mundo regido por tres vórtices de poder, todos deviniendo en remolinos tormentosos de guerras comerciales, ideológicas y políticas que muy probablemente terminarán convirtiéndose en una gran guerra militar si no se moderan los apetitos para reclamar la porción del planeta que cada uno piensa que le corresponde.
Como en 1984, presenciamos ahora a la fragmentación del planeta en tres reinos ineludibles. No estamos lejos de aquella distopía que Orwell imaginó o se la contaron, pues las tres potencias más importantes de la actualidad están reproduciendo, con nuevos métodos, la misma lógica de vigilancia, rivalidad y control narrativo, y sobre todo, la misma lógica para repartirse el mundo.
La novela se sitúa en Oceanía, país en el que gobierna el Gran Hermano; una especie de líder invisible de un partido interior totalitario con un sistema de vigilancia tan sofisticado que parece que leyera el pensamiento. La nación está compuesta por Las Américas, las Islas Británicas, Australia, Nueva Zelanda y parte del sur de Africa. Es lo que hoy correspondería a Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido y Australia, o lo que equivaldría a los territorios que fueron dominio de la Corona Británica. En síntesis, el mundo occidental y capitalista. En segundo lugar, encontramos a Eurasia, constituido por la Europa continental y Rusia, en el que gobierna el Estado policial militarizado bajo la ideología del Neo-bolchevismo, que es una mezcla de comunismo con nazismo. Es un símil de la misma Rusia de Putin, en la que la propaganda estatal, el uso de la guerra como herramienta política y el Estado centralizado y autoritario imperan en el cien por ciento de su territorio. La tercera potencia que se describe en la obra es Eastasia, o Asia del Este. Corresponde a los Estados de China, Japón, Corea, Mongolia y parte del territorio asiático. También tienen una vigilancia digital avanzada, un partido único y una profunda expansión tecnológica y económica. No es otro en la actualidad que China y el bloque asiático; este último, aunque por momentos parezca haber alcanzado su esplendor a través del capitalismo y la democracia occidentales, tarde o temprano terminará subsumido al dragón gigante que se los devorará, porque está inmerso en su área de influencia. China, como adalid del totalitarismo, también va de la mano con el desarrollo y el progreso, lo cual significa que no siempre todo sistema capitalista implica la liberación del individuo y la posibilidad de alcanzar sus sueños. China es el ejemplo palpable de un país rico, pero sin libertades.
En concordancia con este orden multipolar, la más reciente reunión del FEM (Foro Económico Mundial) abordó la preocupación de que en las próximas décadas asistiremos a la multipolarización más encarnizada del globo terráqueo a nivel geopolítico, en donde los conflictos entre países, las guerras focalizadas y las guerras geoeconómicas, a través principalmente de aranceles, estarán a la orden del día.
Desde luego, este panorama, lejos de parecerse a un paraíso de cooperación y respeto del derecho internacional y de todos esos tratados de letra muerta que se firman en las organizaciones globalistas para establecer las directrices del mundo, es un panorama donde lo que prima es la realidad dura que instaura la competencia salvaje entre los imperios: la Real Politic, la guerra fría entre tres polos de poder que de vez en cuando se alían unos con otros para atacar al restante y de vez en cuando entran todos en conflicto. La doctrina del reparto por la fuerza por encima de los tratados.
Nuevamente, se conversa con el lenguaje de las armas, bajo el dictado de las fronteras prohibidas, al límite de la guerra, en la delgada línea de desconocer cualquier tipo de soberanía, sólo respetada para aquellos países que tienen poder de hacerla respetar.
Así, este nuevo escenario de la repartición del mundo que evoca el colonialismo del siglo XIX, pero a la manera moderna del siglo XXI, mucho menos auténtica y más solapada, se vislumbra como el inminente futuro propuesto por un grupo de poderosos a los que el planeta les quedó pequeño en su afán de conquistar, ya no la tierra, sino el universo mismo. Ya no es solo Estados Unidos o la antigua URSS como en los años del Muro de Berlín. Ahora entran a jugar una China que se volteó al sistema económico capitalista, aunque políticamente siga siendo comunista, adquiriendo más poder que cualquier nación sin tener que otorgarles la libertad a sus ciudadanos, y una Rusia repotenciada militarmente, desprendida de la ideología de los bolcheviques de antaño, pero conservando en su espíritu fundante un exacerbado sentimiento de nacionalismo imperial.
Y en el centro de toda esta contienda, el resto del mundo padeciendo las arremetidas y soportando el fuego cruzado; teniendo que tomar partido a la brava, so pena de ser despojado de su risible concepto de soberanía, porque paradójicamente es esa imposición de la ley del fusil la que mantendría una paz forzosa sostenida más por el miedo de desatar el caos que por la voluntad real de vivir en paz.
El mundo asiste, pues, a una nueva repartija por parte de los poderes que lo rigen. Digo nueva, pero bien puede decirse que es la misma distribución arbitraria de la tierra que ha existido desde que el Hombre tomó conciencia de su especie, grabó su huella colonizadora sobre el suelo que pisaba y comenzó a dominar su territorio por los siglos de los siglos.




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