sábado, 10 de enero de 2026

La paz también se impone con la fuerza

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     “¡Venezuela libre!”, gritaban eufóricos sus ciudadanos en parques, plazas y avenidas, todos diseminados alrededor del mundo; multitudes de personas ondeando la bandera de su patria. Eso fue el pasado 3 de enero, después de conocerse la gran noticia, cuando tropas estadounidenses realizaron una incursión (nunca invasión) al país vecino y se llevaron capturado (no secuestrado) al dictador Nicolás Maduro, no tanto por dictador como por narcotraficante, pero para efectos de la tan anhelada libertad, el propósito servía.

     Y ha servido mucho, porque sólo los migrantes venezolanos que han tenido que salir de su país (más de ocho millones según las estadísticas) conocen de primera mano su tragedia y saben lo difícil que es pagar el precio de la libertad de su nación, esa sí, secuestrada por un régimen asesino y empobrecedor. De otra forma no se explica cómo millones de personas han tenido que salir huyendo de su tierra en busca de un plato de comida durante los últimos quince años por lo menos, cuando comenzaron a esbozarse los primeros síntomas de la diáspora y cuando ya el proyecto de la “Revolución Bolivariana” en manos del criminal de Hugo Chávez había empezado a tomar forma y a ensañarse contra su principal víctima: el pueblo liso y llano.

     Pero no faltan los desinformadores mamertos de los medios hegemónicos de comunicación (New York Times, Agencia Reuters, CNN, CBS, Telemundo, Univisión, RTVC, La Silla Vacía, El Espectador, entre otros), y de las redes sociales para tejer mantos de duda sobre la legitimidad del operativo y reclamar casi a gritos el respeto por los tratados del Derecho Internacional. No faltan los defensores del Socialismo del Siglo XXI, los progres indignados que salen a llorar por una supuesta invasión de un país extranjero invocando el fallido estado de soberanía y dejando ver su preocupación ante lo que para ellos es un conato de retorno a los tiempos del "imperialismo colonizador". 




     Esos mismos que tanto han denigrado de las economías fósiles y que pretenden llevarnos a un mundo de las cavernas en donde aún no se conoce el fuego, ahora resulta que les preocupa mucho el petróleo, pero no dijeron una sola palabra cuando la dictadura chavista se lo regalaba a Cuba a costa del hambre de sus habitantes, o permitía que los rusos y los chinos lo extrajeran indiscriminadamente, no a cambio de bienestar para sus ciudadanos, sino a cambio de que los dirigentes socialistas llenaran las arcas de sus cuentas bancarias en paraísos fiscales.

     Sí, no faltan los aguafiestas, los ofendiditos que llevan el resentimiento por dentro y pretenden ensombrecer el esfuerzo realizado por el gobierno de los Estados Unidos en cabeza del presidente Trump, que nada más por el hecho de ser quien es y por el odio que le tienen desde los diferentes estamentos globalistas y liber-progresistas, no celebran la captura de un narcodictador, sino que salen a abogar por sus derechos (como si él se los hubiera respetado a sus opositores) y a enmarcar el operativo de su captura como un “vil secuestro”.

     Ahora resulta que los mismos que hasta hace un par de meses gritaban “Palestina libre”, hoy no quieren que Venezuela sea libre de las garras de una dictadura que, a pesar de haber perdido a su cabecilla principal, todavía se retuerce como una serpiente herida que insiste en arremeter con el último aliento que le queda. Esa arremetida final puede llegar a ser más mortífera que la que diera con el cuerpo entero. Por eso Estados Unidos no puede bajar la guardia y debe terminar el trabajo que empezó. Es tan poderoso el monstruo que criaron y alimentaron en Venezuela, que la transición no se entrevé como la tenían planeada desde el Departamento de Estado. Será más difícil de lo que Trump y los venezolanos creen y podría tardar años, incluso costar una guerra civil entre los que apoyan la dictadura y los que quieren la libertad para su país. 




     Los que ahora asumen el mando no se muestran receptivos: comenzaron las pugnas internas y el advenimiento de las facciones enemigas. Por un lado, Diosdado Cabello, el jefe militar del régimen; y por otro, Delcy Rodríguez, la jefe administrativa y de quien se sospecha que ha vendido a su superior. Nadie confía en nadie allí, y hasta que el chavismo no sea destripado desde la raíz, la libertad no llegará nunca para nuestra estimada nación hermana.

     Con este estado de cosas, Venezuela podría resultar siendo un caos ingobernable peor del que había cuando Maduro le vociferaba Trump y lo desafiaba a que fuera por él. Si este último no ordena pronto otro operativo similar al que ya hizo hace ocho días, esta vez para capturar o dar de baja a Diosdado Cabello, quien se encumbró como el enemigo principal, el objetivo de administrar la transición hacia la democracia se le podría venir abajo. Y ese operativo resultaría bastante más lesivo que el primero. Ya los tiranos están prevenidos. Diosdado y Padrino López están resguardados en sendos búnkeres de donde será más complicado sustraerlos. Desde allí le dan órdenes a su cuerpo militar y paramilitar (los colectivos). Van a utilizar a los presos políticos que se niegan a liberar y a los ciudadanos estadounidenses que tienen amenazados, como rehenes de cambio por Maduro.




     De modo que debemos esperar que los progres sigan llorando y arrancándose los cabellos por el presidente Trump. En estos casos hay que hacer lo que hay que hacer, y Trump lo sabe muy bien. Los únicos que no entienden, o a los que no les conviene entender, son los sabelotodo que hoy son expertos en relaciones internacionales de la misma manera en que hace cinco años pululaban los expertos en epidemiología: los que hoy le dicen a los venezolanos exiliados cómo tienen que sentirse con respecto al apresamiento de Maduro, y por qué no es legítima la operación de intervención. Porque su descaro no tiene límites. Ellos, desde la comodidad de una poltrona se graban ofendiendo y tratando de brutos a quienes llevan más de quince años como parias por el mundo y más de veintiséis sufriendo los embates de una dictadura comunista. Que se vayan a freír espárragos. 




     Más de un chavista enclosetado ha salido por estos días a llorar, mostrando entonces su verdadero talante, muy lejano al del anhelo de libertad de Venezuela. Dicen estar de acuerdo en que a Maduro había que sacarlo, pero que esa no era la forma. ¿Entonces cuál era la forma, señores inconformes? ¿Había que pedirle el favor por las buenas? 

     No, con esa lacra ya se agotaron las buenas maneras y los recursos de la democracia extendidos hasta límites vergonzosos. Aquí no queda más que el uso de las armas. Sólo se negocia con quien esté dispuesto a ceder, y en este caso, Delcy Rodríguez, también bandida imperdonable, que fue la designada por el presidente Trump para que permitiera la transición de Venezuela, no puede hacer mucho cuando es Cabello el que tiene el control del ejército y el aparato de represión. Ella habría podido estar bajo las órdenes de Marco Rubio a cambio de dejarla ir con vida a algún país remoto, pero ya tendrá que hacerse a un lado mientras estalla el próximo bombazo. Hasta mejor, porque la fea Delcy y su hermanito merecen más bien la cárcel que el exilio, por no desearles otra cosa peor.




     El presidente Trump, obstinado en pacificar a la región y limpiarla de la ideología comunista, como debe ser, no debe cejar en sus proyectos. Ahora es cuando toca redoblar esfuerzos y apuntar con varias miras hacia los distintos objetivos que colaboran con el nefasto Foro de Sao Paulo: México, que se está convirtiendo en la nueva cabeza de la serpiente al ayudar a Cuba con petróleo; la misma Cuba, que es el origen de todas las revoluciones guerrilleras, y por tanto el origen de todos los males; y por supuesto, Colombia, cuyo presidente anda por estos días con las rodilleras puestas. Él sabe que si Maduro habla no tendrá escapatoria, y que más tarde que temprano será pedido en extradición al próximo gobierno, que ojalá tenga los pantalones para extraditarlo. Trump también espera que haya una transición en Colombia.

     A veces, por no decir siempre, cuando los enemigos son tan férreos en su ideología y en su odio, y han causado la destrucción de pueblos enteros, no queda más que imponer la paz con la fuerza de las armas. También es una opción válida si está en juego la libertad y la supervivencia nuestra.







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