sábado, 17 de enero de 2026

Los buenos y los malos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







    Que el país está muy polarizado, que otra vez la disputa será entre los extremos, que para las próximas elecciones nos dejarán solamente dos opciones a los votantes: la ultraderecha fascista y conservadora (así escucho que dicen), y la izquierda, así sin más. Porque eso de catalogar a los zurdos como extremos jamás encaja en el discurso que desde los medios de comunicación y la academia se viene alimentando. Hasta suena raro utilizar la palabra ultraizquierda para referirse al exacto opuesto de la ultraderecha. La segunda es usual, común, acostumbrada. La primera es antinatural, como si la izquierda no pudiera ser ultra ni extrema.

     El mito extendido a lo largo de años de batalla cultural y campañas de difamación que durante los últimos años han estado en manos de los sectores progresistas, nos enseñó a ver el espectro de derecha como una cáfila de asesinos desalmados e inquisidores. A ese sector le endilgan los más sangrientos crímenes de la humanidad, y por lo general lo asocian con nombres como Benito Mussolini, Hitler o Franco. De ahí que el término facho haya vuelto a salir nuevamente a la palestra en este primer cuarto de siglo para designar a todo aquel o aquello que no esté alineado con el pensamiento de las izquierdas. Cualquier voz disidente de esa postura reformista es tildada de facha, de nazi, de antiderechos, de ultras y extremistas. En un mundo donde lo que priman son las tabulas rasas y el borrado de las tradiciones para levantar sobre el vacío el edificio de las nuevas ideologías, resulta bastante agitador ser conservador y tradicional.

     Pongamos por caso el ejemplo reciente de la intervención militar de los Estados Unidos en territorio venezolano para llevarse al dictador Maduro preso. Fueron las izquierdas a nivel mundial, posando de defensoras de los derechos humanos (a pesar de que en su seno se han gestado los más recientes atentados contra políticos y figuras del pensamiento opositor), las que se rasgaron las vestiduras aduciendo que violaron los derechos humanos del tirano y los tratados del derecho internacional, pero sin condolerse de los más de ocho millones de desplazados que produjo y sigue produciendo aquella tiranía; los miles de muertos y de presos políticos que ha dejado a su paso el huracán del Socialismo del Siglo XXI.




     Las derechas, por su parte, se manifestaron en favor de la operación, se solidarizaron con los ciudadanos venezolanos diseminados por el mundo por culpa de aquel régimen y aplaudieron la valentía de Donald Trump. Todos sabemos que más allá de una cuestión ideológica, aquí se manejaban unos intereses particulares para los Estados Unidos, que al mismo tiempo coincidían con el inicio para el retorno a la libertad de un país secuestrado por una dictadura. No importa si de lo que se trata es de una ambición geopolítica y económica; lo cierto es que los de derecha aplauden la acción y los de la izquierda la critican, porque en ello no queda más que asumir una de las dos posiciones. Polarización, le llaman a eso, pero yo lo precisaría más bien como definir en qué lado de la cancha se quiere jugar el partido. No existe el punto medio cuando se trata de elegir entre el bien y el mal.

     Que sí, que Trump tiene sus pecadillos y podía haber otros peor de malos que Maduro, pero a nivel simbólico esto abre la puerta para un cambio de modelo político y social en Venezuela que repercutirá en la política, la economía y la sociedad de la región. Así, no se puede decir que la polarización que se derivó de este hecho sea mala, sino natural. Lo lógico es que la gente buena esté con el pueblo oprimido al que le ha tocado sufrir todos los embates de la plaga chavista, y que la gente de mal corazón (o con mala educación política) salga a decir que, a pesar de no estar de acuerdo con el dictador, esa no era la forma. ¿Cuál era la forma entonces para sacar a un criminal que había despreciado todas las vías posibles de la negociación?




     Pero vamos más allá en ese ejemplo: los que hasta hace poco ondeaban la bandera de Palestina pidiendo su libertad, hoy enarbolan las banderas del antimperialismo y el rechazo a la invasión. No les importa la libertad de Venezuela, ni de ningún país. Apoyan a Maduro y vituperan a Trump en las calles de Madrid o Nueva York sin siquiera ser venezolanos. Puros agentes pagos por las ONG’s del globalismo. Lo que les arde es el hecho de que haya sido Estados Unidos en cabeza de Trump el que se haya atrevido a comenzar la liberación. ¿Y qué tienen en común todos esos manifestantes? Que se han polarizado hacia la extrema izquierda, que comparten la mentalidad del progresismo victimista en nombre de una paz mundial que jamás será lograda, porque la guerra es el común denominador de la humanidad en todos los tiempos y lugares.

     En el otro escenario está la derecha celebrando al tío Donald, al que desde ya lo ven como una deidad con el peligro que esto conlleva. Y él, que tiene las ideas correctas y ya ha hecho un par de cosas buenas, corre el riesgo de caer en un cultismo a la personalidad del cual más adelante no pueda salir. Está claro que se necesita una figura fuerte, y que hay que aplaudir sus buenas acciones, pero también es un ser humano con defectos, así que no hay por qué acudir a la idolatría por parte de sus seguidores.

     Pese a todo, es imposible evitar la polarización, y yo diría que es inconveniente. Porque los polos son naturales, inherentes a la vida de las civilizaciones y al obrar de los hombres que las forjaron. Siempre existirá esa dualidad, y es inevitable el impulso que nos lleva a tomar partido por una u otra orientación. Esa díada impera desde tiempos imaginarios y no se romperá hasta que el bien prevalezca sobre el mal, pero esta ya es una condición propia de la esfera celestial, que no es tema para tratar aquí.




     Lo que sí nos debe tener con los pies muy bien puestos sobre la tierra es la realidad de que en últimas somos nosotros los que decidimos de qué lado queremos estar. Los zurdos, por ejemplo, se hacen los biempensantes ante la posibilidad de que Estados Unidos arme una operación para llevarse al dictador cafetero: al último de los Aurelianos. Los derechistas, en cambio, están dispuestos a romper con las reglas de la soberanía con tal de hacer pagar a un enemigo de la patria que ha hecho bastante mal.

     Unos a favor de Trump, otros en contra. Unos odiando a Maduro, otros defendiéndolo. Unos en Colombia pujando por la profundización del socialismo, otros partidarios de la libertad y la riqueza. En materia política, el mundo está polarizado, pero no hay que tenerle miedo a la polarización si eso significa asumir posición, tomar postura seria, razonada y argumentada. No creo que haya que quejarse de ella, porque no la considero mala del todo. Más vale pensar extremadamente distinto a que todo el mundo ande pensando lo mismo.

     Y la elección es muy simple. Nunca había sido tan fácil votar en Colombia, ahora que esto se trata de una batalla entre dos bandos marcadamente reconocidos y delimitados. Los que están al lado de los narcos, los dictadores y el crimen; y los que están al lado del ciudadano honesto, los defensores de la democracia y la gente trabajadora. Los buenos y los malos, es más fácil así. De ahí la importancia de saber en qué bando alinearse, no por una cuestión de fanatismo, sino por una cuestión de discernimiento.




     A la hora de votar hay que hacerlo aplicando este juicio sin dar lugar a emparentarse con la tibieza y la ambigüedad, pues hasta las mismas Escrituras lo dicen: “los tibios serán vomitados” (Apocalipsis 3:15-16). ¿O qué tal la exhortación de Cristo tan directa y contundente cuando obligó a sus seguidores a tomar posición?: “El que no está conmigo está contra mí”. (Mateo 12:30). En este caso la neutralidad resulta más peligrosa que la maldad declarada.

     Así pues, si los colombianos no nos alineamos en torno a una idea de país para combatir el mal enquistado en forma de narcosocialismo, hoy disfrazado de falso progresismo, ¿cómo esperamos cambiar sin asumir una posición vertical? La polarización no es mala cuando uno se polariza hacia el extremo bien.




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