miércoles, 18 de febrero de 2026

Bad Bunny, instrumento político de ingeniería social

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Cuando el empresario Noah Assad escuchó por primera vez a Bad Bunny en la plataforma de SoundCloud, por allá en 2016, nunca pensó que menos de diez años después ese “nuevo artista” por el que apostaba le iría a hacer retornar su inversión de una manera tan rentable. Posiblemente no vio un talento formado, pero sí un diamante en bruto. Y más por lo de bruto que por lo de diamante, se atrevió a darle una oportunidad en Rimas Entertainment, empresa discográfica de la cual era copropietario. Con un poco de asesoría de imagen, de aleccionamiento y de marketing bien aprovechado, ya que no podía hacerse mucho con la voz ni con la dicción, el producto en ciernes se pudo pulir y se hizo viable cultural y comercialmente. Porque, ante todo, Bad Bunny no es un artista, sino un producto de entretenimiento confeccionado para realizar ingeniería social conforme a unos intereses preconcebidos y bien delineados.

     El joven cantante que hasta hacía poco trabajaba en un supermercado en Puerto Rico como cajero y empacador, y que cantaba en los parqueaderos mientras recogía carritos de mercado, se hizo conocer especialmente con el tema Diles, con el cual alcanzó cierto nivel de fama en las plataformas. Por este medio llegó a oídos de DJ Luian, un famoso DJ del género urbano en Puerto Rico. Luian invitó a Bad Bunny a participar con ciertos artistas del círculo de la música en el que se movía. En uno de estos eventos lo escuchó Assad, el productor, quien finalmente lo contrató para grabarle su primer disco.

     Así, en menos de diez años, Bad Bunny pasó de ser un anónimo cajero de supermercado a la figura más influyente del reguetón, y hoy anda convertido en un postizo activista a favor de los inmigrantes con el cometido de utilizar su imagen para ejercer presión contra el gobierno actual de los Estados Unidos. En ese lapso de tiempo se ganó 6 Grammys anglosajones, 18 Latin Grammys, 16 premios Billboard, 54 premios Billboard latinos, entre otros; y hace diez días fue la estrella central del evento deportivo más importante y visto en Norteamérica, el Super Bowl.





     Pero la historia de Benito Antonio Martínez Ocasio, como es su nombre de pila, no es tan simple ni cándida como parece. El muchacho trabajador del supermercado que balbuceaba tonadas con escasa pronunciación pudo haberse esforzado para lograr sus sueños, eso no se lo critica nadie, y está muy bien que así sea, porque en un mundo de libre mercado y sana competencia el mérito y el esfuerzo deben ser recompensados. De hecho, este es el mejor mensaje que deja Bad Bunny en su presentación: que se puede salir adelante viniendo de abajo. Pero se le olvidó decir que esa superación solo es posible en un mundo capitalista como el que funciona en Estados Unidos. A pesar de que se superó y obtuvo el éxito material, la carrera de Bad Bunny está plagada de sombras; precedida de oscuros vínculos con un ex agente chavista, con la agenda progresista, y con un activismo impostado de izquierda para acometer una batalla cultural en favor de esa ideología y contra lo que ellos llaman el imperio yankee.

     El agente chavista fue viceministro de Seguridad Jurídica y alto oficial militar bajo el gobierno de Hugo Chávez en los inicios de la dictadura bolivariana. Nada menos que Rafael Jiménez Dan, el fundador de la empresa Rimas Entertainment, la que produjo el primer disco del “cantante” y de la cual el productor Noah Assad también era copropietario. Aunque los medios insisten en afirmar que Jiménez Dan nunca tuvo que ver nada directamente con Bad Bunny, y que para cuando este llegó a la empresa ya Jiménez Dan no estaba al frente, es vulgar la coincidencia de pensamiento entre uno y otro. El reguetonero, al final, terminó siendo un instrumento para atacar a los Estados Unidos, como lo ha hecho por décadas el chavismo y la izquierda latinoamericana del Foro de Sao Paulo.





     Por el lado de la agenda progresista, emparentada con todos los movimientos de izquierda anticristiana y de la Internacional Comunista, no existe otro “artista” que haya abanderado más estas causas que el mismo Bad Bunny. Ha apoyado la independencia de Puerto Rico, ha criticado las políticas migratorias del presidente Trump, ha repudiado instituciones como ICE, se ha mostrado partidario de la inmigración ilegal y descontrolada y con ello ha agudizado aún más la polarización, ha apoyado el aborto, se ha deconstruido, se ha vestido de mujer, se ha besado con otros hombres, ha representado toda suerte de símbolos masónicos en el escenario, ha ofendido a la religión cristiana, ha vituperado a la mujer, ha envilecido el sexo y ha promovido el pecado de mil y una formas. Es el representante por excelencia de una serie de movimientos de los que él es la figura visible sin saber exactamente qué contienen de fondo, porque es tan solo un idiota útil del wokismo. Lo más seguro es que ignore que en el trasfondo del asunto se mueven los verdaderos ajedrecistas que hacen de la política un espectáculo de manipulación y se encargan de llenar sus bolsillos por decir frases obvias, apelar a lugares comunes y ofrecer discursos superfluos que no dicen nada. Si al señor no le dio el talento para cantar, mucho menos para pensar.

     Seguidamente, este activismo que el conejo malo ha ejercido desde que surgieron los manifiestos independentistas de 2019 en Puerto Rico, sin poseer un ápice de formación en política, le ha sido útil para ganar adeptos que lloran a moco tendido cuando menciona su país o dice con su dicción de mononeuronal frases tan llenas de cliché como que “lo único más poderoso que el odio es el amor”. Pues eso lo sabemos todos, y es precisamente su postura de falso salvador y su provocación la que nos está haciendo ganar el odio de los propios estadounidenses.




     Para empeorar la cosa, el poco respeto que había ganado la comunidad hispana entre los americanos se pierde cuando dejan que personajes de la calaña de Benito agarren un micrófono y tiren arengas contra un gobierno elegido democráticamente por una amplia mayoría de los ciudadanos americanos. A Bad Bunny se le olvida que estar contra ICE es estar a favor de la inmigración ilegal y descontrolada que causa caos y un gran costo económico y social para la nación americana, allí donde él tiene sus mansiones y sus negocios en los que, estoy seguro, no está albergando a ningún inmigrante con todo pago.

     Aparte de lo mal cantante que es, Bad Bunny nos hizo quedar a todos los hispanos como un zapato. En primer lugar, la mayoría de los hispanos no hablan con esa jerga que es producto de la falta de lectura en voz alta y de un buen fonoaudiólogo. Si cada que dijera "Eh", o "Ey", le resolviera la situación legal a un inmigrante, pues hasta le aplaudiríamos sus canciones. Pero su forma de cantar es particularmente grotesca y antiartística. Tampoco todos los hispanos son puertorriqueños, ni todos heredamos su música, su folclor y sus costumbres. Eso de la unión que pregona es para unirnos en ese cáncer común de la baja cultura generalizada en todos nuestros países, incluyendo Estados Unidos: el reguetón. De por sí es música para mentes inferiores, para satisfacción de los más primarios y animalescos instintos. Haciéndonos quedar como simios que se mueven grotescamente emulando el acto sexual no hará que desde el norte nos vean con mucha simpatía. En otras palabras, el perreo, la sinvergüenzada y la mariconería no son los determinantes de la cultura hispana. Los verdaderos valores culturales de nuestra comunidad cultural e histórica son mucho mejor que esa payasada progresista llena de simbología y ritualidad pagana. Se me olvidaba, por cierto, que la cereza del pastel la puso la señora Lady Gaga, que le falta en moralidad lo que le sobra en capacidad vocal, con esa especie de gesto coronando al demonio Baphomet. Una gran voz al servicio del anticristo.




     Si después de ese fiasco de presentación de medio tiempo los estadounidenses se llevan un peor concepto del que ya tenían sobre los hispanos y comienzan a aborrecernos más, no los culpo. Lo que han visto no es una abstracción de la cultura latina, que no es realmente latina, sino hispana, pero tampoco representa a los hispanos. Ni siquiera los mismos puertorriqueños se sienten representados con lo que encarna Bad Bunny. Tampoco todos quieren que Puerto Rico sea un Estado independiente porque se perderían de beneficios económicos y políticos. Parte importante de la población de la isla está feliz con saber que desde que nacen no solamente son ciudadanos puertorriqueños, sino también estadounidenses, con ciertas restricciones en su ciudadanía, claro, pero al fin y al cabo ciudadanos. Claro que Puerto Rico también quiere “ser como Hawái”, para ponerlo en términos de una mala canción de Bunny, interpretada esa vez por el progresista y no menos independentista Ricky Martin, que es mejor cantante, pero igual de mamerto, promotor de la agenda “arco iris” y de momento acusado por un sobrino de acto sexual abusivo.

     Raro que figuras de la talla de Bad Bunny, Ricky Martin o Residente detesten tanto el actuar de los Estados Unidos, pero obtengan sus mejores ingresos como fruto de sus actividades en ese país. Deberían renunciar a la ciudadanía americana que se les otorga por ser de Puerto Rico y no volver a recibir un peso que se produzca en los Estados Unidos si de verdad son coherentes. Pero estos hipócritas se llenan los bolsillos cada que hablan a favor de las causas woke. Eso sí, les importan cinco los pobres, los inmigrantes, los negros, los homosexuales, las mujeres o los latinos.

     Pienso que si de lo que se trataba era de mostrar algo de la cultura puertorriqueña, y ya no digamos que hispana, en Puerto Rico hay muchos mejores cantantes, que también hablan y cantan en inglés y no están jugando a la militancia, y que habrían dado el espectáculo que los norteamericanos, que al fin y al cabo son los que están pagando para tener su evento magno, se merecen. Nicky Jam, Luis Fonsi, Chayanne o el mismo Daddy Yankee son mejores ejemplos de cantantes que habrían podido hacer una más digna presentación en el Super Bowl.




     Entonces, si Bad Bunny no puede ser ningún embajador de la cultura hispana, no le da para representarnos como cantante, y ni siquiera sirve como emisario para exaltar nuestro idioma español (pues ni hablar sabe), además de que sus canciones promueven toda clase de antivalores, siendo la promiscuidad y la lujuria los que encabezan la lista, ¿por qué los organizadores del espectáculo lo llevaron para presentarlo frente a los millones de norteamericanos que ven el Super Bowl? ¿Por qué le dan premios Grammy como si no hubiera un mañana?

Creo que nada es gratuito. Que existe todo un engranaje detrás de este tipo de artistas con el fin de adormecer a una multitud que ya no pide buena música, no exige poesía, no aspira a la belleza. Tanto el artista como la masa han sido sustraídos de su mente crítica. Los amos de la industria musical, que son los mismos amos del mundo, se han encargado de que esta parte del entretenimiento sea la herramienta política para controlar sus mentes. El cantante, que debe ser un ícono de la cultura de la decadencia, se convierte en arma de ingeniería social. El público, que debe adorar al artista, es el blanco de esta arma, el objetivo a derribar. Sin seres pensantes, a los dueños del mundo no podrán removerlos de sus sillas, y con artistas como Bad Bunny, cuya música está hecha para embrutecer a la masa, porque el reguetón representa todo lo que está mal en la vida, tienen el porvenir asegurado.















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