A mediados del siglo XIX, uno
de los intelectuales y políticos más influyentes de Francia, Víctor Hugo,
escribía esta frase en un apartado de su obra célebre Los
Miserables: “Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar.
Su palabra necesita mucho combustible y el combustible es el prójimo”. En
una época marcada por la pobreza extrema, la injusticia social y las tensiones
políticas de la Francia post-napoleónica que desembocaron en las revoluciones proletarias
del siglo XIX, era común encontrar este tipo de personas que se apropiaban de
una sagacidad verbal para aprovecharse de la miseria y la ignorancia generalizadas e
insuflar con sus palabras una chispa de revolución que ardiera en las agitadas
mentes de los despojados y desarraigados.
Con el pasar del tiempo y el auge de la producción industrial, los medios de comunicación y el internet, esta clase de usurpadores de la voluntad humana ascendieron a las jerarquías gubernamentales más altas y llegaron a ser monarcas, reyes, comandantes, presidentes, primeros ministros, magistrados, o cualquiera que sea la denominación del cargo a ocupar según los estamentos de cada Estado. En cualquier caso, gente con poder que satisfizo tanto su necesidad de hablar, que a través de sus palabras terminaron seduciendo —o en muchos casos engatusando y secuestrando— el pensamiento de los que por su necesidad material y espiritual no tuvieron otra alternativa que creerles o hacerles creer que los seguían de corazón. Este es, en gran parte, uno de los resultados del ejercicio de la política a través de un sistema venido a menos, ya entrado el primer cuarto del siglo XXI: la democracia.
Trasladando el escenario histórico de la Europa del siglo XIX a la realidad de la Colombia de 2026, vemos que el panorama no ha cambiado mucho. Se podría decir que no ha cambiado nada en ninguna parte del mundo, pero ubiquémonos en nuestro espacio geográfico, que es el que conocemos, para inferir que, aunque los actores son diferentes, los personajes se repiten como en una especie de opereta que no cesa de reproducir la misma función cada año. Ya hemos escuchado bastante aquello de que “la historia sucede una vez como tragedia y se repite como farsa”.
Haciendo esta adaptación de
la farsa, tenemos al dirigente maldito, cuya necesidad de hablar y de ser
protagonista lo ha hecho ser cada vez más malo y detentador de una bajeza sin escrúpulos:
malo de corazón y de raciocinio, porque hay malos que saben que son malos, pero
este es uno que se cree bueno, o se lo hace creer a la masa que lo azuza con ardor de
la misma manera que un tronco seco aviva el fuego.
Le sigue, por otro lado, el
comité de los aplausos, compuesto por serviles aduladores cuya función es
celebrar todo lo que diga el dirigente, no importa cuán descabellado sea. Son
los sobadores de chaquetas de la organización a los que no les queda más
alternativa que recibir una paga efímera, pero tentadora, a cambio de solamente
entregar una dignidad que nunca en la vida han tenido.
Y por último, el colectivo
sustraído de su identidad individual condenado a ser parte de una categoría
equiparable a la de ánima en pena, tan indiferente y apático a la vida por
causa de su miseria, que está dispuesto a aferrarse a cualquier tabla de
salvación, no importa si es la misma tabla que lo adentra en las profundidades
de un océano de muerte. Ya no esperan recibir jugosa paga, sino apenas que les
tiren unas migajas para no morir de hambre. De esta clase de individuos hablaba
el mismo Víctor Hugo cuando en alguna disquisición de su novela decía que “en
cierto grado de miseria se apodera del alma una especie de indiferencia
espectral y se ve a los seres como a ánimas en pena”.
Con la tragedia de las inundaciones que vive Monteria y la afectación de gran parte de la geografía nacional a raíz del duro invierno que se viene presentando desde el inicio de este año, se evidenció en nuestro país que hay un “líder” cuya necesidad de hablar es tanta, que no le importa volverse un indolente y un cínico si de ganar protagonismo se trata. Mientras hablaba del ron y la borrachera en un recinto a buen recaudo, miles de personas que ya parecen almas en pena por tanto que han sufrido, están con el agua al cuello, han perdido sus enseres, sus animales, sus viviendas y su trabajo. No tienen con qué comer, hacia dónde ir, no saben qué hacer. Continúan esperando la ayuda de un Estado cuyos administradores se han robado todo, como en épocas pasadas, pero más especialmente en este régimen de saqueo que los ha dejado inermes ante la vida. Lo peor es que el gobernante de turno, que en Colombia es representado por el presidente, encarna al más abyecto de los seres. Decir que es indiferente a la tragedia es poco. Decir que todo ocurrió porque no hay dinero gracias a que no le han dejado hacer las reformas que necesita para la supuesta ayuda es más que desobligante, cuando todo el país conoce las cifras del robo que le han hecho a la nación, casualmente desde la institución que debía estar encargada para atender estas emergencias naturales.
Mientras el tirano continuaba usando al prójimo, es decir, a su auditorio para tomarlo como el combustible que necesita para que exploten sus palabras y resuenen de vuelta los aplausos y las falsas aprobaciones, y hacía tergiversaciones y propinaba humillaciones a sus dependientes que lo esperaban tirados en el suelo a las afueras del recinto para mendigarle por una ayuda, el pueblo, que está hambriento de cualquier cosa, menos de revolución, clamaba por una mano misericordiosa que le permitiera sobrellevar su pena. El malo, cuya vanidad solamente se satisfacía con hablarle a un grupo de miserables ya sometidos por un cargo burocrático, no tenía esa mano para dar, o tal vez no hacía parte de sus prioridades.
En Montería necesitan frazadas, alimento, utensilios, ropa, medicinas, entre otras ayudas. Es allí donde donde hoy requieren los planes y programas que
debieron haberse puesto en marcha si no hubieran saqueado los recursos que tenían
que haber sido destinados para atender los desastres que son previsibles en nuestro país.
Porque nada hay más fácil de predecir en Colombia que un deslizamiento, el
desbordamiento de un río, una sequía, o cualquier emergencia ambiental. ¿Cómo,
después de tantos años de catástrofes que se repiten seguimos siendo un país
sin preparación?
Las imágenes son desoladoras, tristes, impactantes. Una vez más la furia de la naturaleza nos demuestra que no somos nada frente a su poder de devastación. Pero eso implica que como sociedad deberíamos estar preparados para cuando alguna de estas tragedias suceda, ya que, si no podemos evitarlas, al menos sí deberíamos saber cómo afrontarlas y reponernos a sus consecuencias. Al menos el Estado debería tener reservado el monto para reconstruirse cada vez que la naturaleza lo golpee. Solo que es imposible e iluso pedirle a los malos y a los incompetentes que cuiden los recursos que todos aportamos mediante los impuestos. No hay dolor de patria, no hay amor por la humanidad, no hay interés de ayudar al prójimo, y eso implica que tampoco hay proyecto de Estado-nación.
Pero al igual que en la época
de Víctor Hugo, donde tenían un país convulso y políticamente inestable, aquí
ni siquiera tenemos un medio esbozo de lo que queremos ser como sociedad. Estado,
Nación, Patria, República, Gobierno; todos conceptos que la mayoría ni siquiera
sabemos diferenciar.
En fin, si acaso seremos una
república bananera, porque los líderes reflejan el carácter de sus pueblos. Con
el hablador compulsivo que ostenta el trono, o cualquier perpetrador de su
proyecto, estamos condenados a perecer como nación democrática, pues los
verdaderos miserables no son aquellos que viven oprimidos por la injusticia
social: los que sufren, sino los ruines, mezquinos y despreciables a quienes no
les importa el sufrimiento: los que hacen sufrir.





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