Al principio de la historia
humana, los fenómenos de la naturaleza fueron explicados por la religión. A
medida que el hombre fue avanzando en la ciencia y expandiendo su conocimiento,
la religión perdió el dominio sobre la explicación de esos fenómenos y fue
desplazada del centro del escenario. Esto acarreó problemas de índole ética y
religiosa a escala planetaria.
El doctor en economía y político argentino Agustín Monteverde, en su
obra Mitos, dogmas y epopeyas: Del viejo Dios a la nueva ciencia[1],
nos remite a un análisis profundo y concienzudo sobre la relación histórica
entre la ciencia y la religión examinadas desde cuatro áreas del desarrollo
científico: evolución, neurobiología, genética y cosmofísica. En cada una de
estas áreas se han destacado grandes figuras de la ciencia que también han
asumido una postura en relación con el tema de los valores morales, pero sobre
todo con la creencia en un Dios que no necesariamente queda excluido por el
avance del campo científico.
El tema de la ciencia y la religión siempre ha estado en una permanente
dicotomía; en una constante contradicción que se hizo trágicamente notoria
desde los tiempos del oscurantismo. Erróneamente se suele asociar este
período con toda la Edad Media, pero la llamada “edad oscura” no es tanto un
período de la historia como una tendencia o actitud para restringir el
conocimiento y la ciencia de parte de ciertos sectores de la iglesia durante la
época medieval. Tal oscurantismo se podría situar más bien a partir de la caída
del Imperio Romano en el siglo V, que es cuando los bárbaros dominan la escena y
se apaga la llama del saber. Durante el caos barbárico, los únicos que
mantienen encendida dicha llama son los monjes, creadores de las universidades,
fundadas y administradas por la iglesia. De modo que la visión de la Edad Media
como oscurantista fue más bien una construcción crítica de los humanistas y los
ilustrados de la época.
El doctor Monteverde nos lleva a un análisis que ponga en tela de juicio aquello de que la verdadera potencia de la ciencia sea convertirse en juez de la fe, y que si bien ambas estudian fenómenos por separado, que parecieran disímiles y proporcionalmente inversos, están más cerca de convergir al final en un mismo punto de llegada de lo que todos nos imaginamos.
El libro parte de cuatro hitos fundamentales de la ciencia que nos llevarían a pensar que con ellos se rebate la religión: el evolucionismo, que con la teoría de la Selección Natural acabaría con el mito bíblico de la Creación del hombre; la neurobiología, que por su campo cognitivo muestra que los procesos que antes podían atribuírsele al alma, pueden explicarse ahora con las reacciones químicas y las descargas eléctricas que se dan en el cerebro, encontrando que las emociones y los pensamientos responden a funciones subyacentes a este más que a una entidad inmaterial para explicar la mente; la genética, que invalidaría la creencia en la existencia de Dios, porque al descubrir la matriz helicoidal del ADN, muchos doctos de la ciencia lo tomaron como el descubrimiento del secreto de la vida; y la cosmofísica, que haría tambalear la dialéctica de Dios como principio y fin del universo, porque con la teoría del Big Bang se establece el hallazgo de otra teoría: el mundo, surgido de la gran explosión, se ha creado por sí solo.
No obstante, la historia ha encontrado que las grandes figuras de estas ramas de la ciencia eran (o lo fueron en algún momento de su vida) creyentes convencidos. El mismo Darwin, cuando escribe El origen de las especies, le dedica tres citas en el epígrafe al papel que juega la divinidad en la creación. Él decía en un principio que su teoría era plenamente compatible con la religión. De hecho, se formó para ser teólogo en Cambridge, pero después empezó a dudar de la Biblia como palabra de Dios. Luego tomó una postura agnóstica. Su caso fue similar, pero en sentido inverso, al de otros tantos científicos que han tenido una religiosidad profunda, después han dudado, y al final, casi en su lecho de muerte, admiten que realmente sí creyeron en la existencia de un Dios.[2]
Otros casos que se mencionan de
científicos consagrados que han cambiado la historia del conocimiento humano
son los de Jerôme Lejeune, candidato a ser canonizado, quien descubrió el
cromosoma responsable del Síndrome de Down y se le considera el padre de la
genética moderna; Léon Foucault, quien demostró la rotación de la tierra con su
péndulo; John von Neumann, el arquitecto de
la computación moderna; Francis Collins, director del proyecto genoma humano; todos
convertidos al cristianismo. Es cierto que
Francis Crick, uno de los que descubrió el mapa genético del ADN en forma
helicoidal, era ateo. Pero Mendel, que aportó la investigación fundamental de
la genética basada en las leyes de la herencia, era un monje, y sus
investigaciones las hizo en un monasterio.[3] George
Lemaître, un sacerdote de la Iglesia Católica,
fue quien prescindió la Academia Pontificia de las Ciencias. A él se deben los
aportes sobre el “átomo primigenio”, que fue la base directa para establecer
finalmente la teoría del Big Bang.[4] Max
Weber, que no fue un científico de ciencias duras, sino un sociólogo, concluyó
que las religiones monoteístas se abrían a la razón científica para explicar el
orden del mundo, acabando de paso con el mito de la magia.
A partir de algunos ejemplos de científicos creyentes y de cómo cada
descubrimiento, en lugar de echar por tierra la fe nos acerca más a Dios, el
doctor Monteverde derriba la manida creencia de que religión y ciencia no
pueden encontrarse, o que son enemigas naturales.
Una de las colisiones históricas entre ciencia y religión que se refutan en el libro es aquella campaña de la Santa Inquisición contra los científicos en la Edad Media. Las persecuciones a Giordano Bruno y Galileo Galilei, por ejemplo, fueron muy diferentes. Ambos han quedado registrados como mártires de la ciencia porque el tribunal despótico que mandaba en esa época condenó al primero a la hoguera y al segundo al destierro supuestamente por su conocimiento.
En el caso de Galileo, este no era un enemigo de la iglesia ni estaba
tratando de demostrar que la Tierra giraba en torno al sol, lo cual ya se sabía
desde el siglo III antes de Cristo, cuando Eratóstenes de Cirene midió la circunferencia
de la Tierra usando una vara para comparar la altura del sol en dos ciudades
diferentes con una precisión extraordinaria y un margen de error de apenas un 5%.[5]
También Copérnico había hecho los cálculos para demostrarlo 150 años antes de
Galileo, y sin embargo no fue condenado por ello. Y el mismo Aristóteles en el
siglo IV antes de Cristo había dado argumentos en favor de la forma esférica del
planeta, tales como la sombra curva de la Tierra en los eclipses, la
desaparición de los barcos en el horizonte, o la variación de las
constelaciones según la latitud,[6] de
modo que en el siglo XVII no había lugar para pensar que la tierra era plana.
Lo que estaba trabajando Galileo era el invento del telescopio para demostrar el movimiento de traslación. Los científicos de la época desconfiaban de ello, y en 1613 se produce la primera disputa. La iglesia no ve como algo demostrable el funcionamiento del telescopio y le sugiere a Galileo que lo exponga como una teoría o hipótesis para un modelo de cálculo. Un amigo personal de Galileo (Maffeo Barberini), que más adelante se convertiría en el papa Urbano VIII, le encarga al científico un libro para que él exponga tanto el sistema heliocéntrico como el geocéntrico, sin darle la razón a ninguno de los dos, de modo que el verdadero surgiera por sí solo a partir de los cálculos que Galileo obtuviera. Pero el científico cometió un error para la época inquisitorial: escribió el libro a modo de diálogo, con un personaje llamado Simplicio en clave de mofa defendiendo el sistema geocéntrico. Los enemigos de Galileo en la comunidad científica esparcieron el rumor de que con este personaje Galileo se estaba refiriendo al Papa. Esto provocó la ira de Urbano, quien defendía el modelo heliocéntrico, y a raíz de un malentendido que se tomó como personal de parte del papa, Galileo fue acusado de herejía, llevado a juicio y condenado al destierro en Florencia, donde se fue a vivir, no como un expatriado, sino como un conde, al lado de sus hijas religiosas. No fue cierto que fuera torturado y menos condenado a muerte.[7]
A Giordano Bruno sí lo condenaron brutalmente a la hoguera, pero
contrario a lo que se piensa, no fue por enseñar el heliocentrismo, sino por un cúmulo de enseñanzas teológicas y
filosóficas que el tribunal consideró heréticas, tales como negar los dogmas
cristianos, la divinidad de Cristo, la virginidad de María, entre otras
enseñanzas graves para la Santa Inquisición.[8] Lo mataron
por sus ideas anticristianas, mas no por su juicio científico. Cabe decir que
independiente de la causa por la que haya sido, la Santa Inquisición, como se
hacía llamar el tribunal de entonces, era una corte despiadada que no tenía
piedad alguna para con los que se oponían a sus creencias religiosas. De hecho,
la mayoría compartían la visión heliocéntrica, mas no la visión anticristiana.
Otra colisión histórica entre religión y ciencia, a propósito de la polémica por el asunto de si la Tierra era redonda o plana, se puede ver en el episodio de Colón y los clérigos de la iglesia de Salamanca, en donde la historia que escuchamos desde niños no ha sido exactamente como nos la contaron. Nos dijeron que Colón era el inteligente, el adelantado, el que sabía que la tierra era redonda, mientras que los sabios clérigos eran unos ignorantes que pensaban que la Tierra era plana. No fue así. La discusión versó sobre cuestiones de distancias y medidas, pues Colón pensó que las indias estaban más cerca de lo que él creía, a mitad de camino en el Océano Atlántico. Cuando llegó a la América aún no descubierta pensó que había llegado a la India. Los sabios de la Junta de Salamanca convocada por los reyes habían previsto, en una evaluación técnica del proyecto de Cristobal Colón, que la India quedaba mucho más lejos de lo que él pensaba, que su cálculo del tamaño de la Tierra estaba subestimado y que el viaje era inviable, porque necesitarían una cantidad de provisiones imposibles de llevar en las embarcaciones de ese tiempo. De no haber sido porque Colón se topó con el continente americano, él y todos sus marineros habrían muerto durante la expedición. Los sabios tenían razón. Ellos, que indudablemente creían en el poder supremo de Dios, no se apartaron ni un ápice del conocimiento que para esa época les proporcionaba la ciencia. Una vez más, fe y ciencia no fueron incompatibles, sino aliadas. No colisionaron, sino que se apoyaron. Otra cosa es que con el tiempo se haya deformado la realidad, y en crónicas y relatos posteriores se hayan burlado de los sabios y romantizado la obstinada empresa de Colón.
Pero si vamos a hablar del más crucial punto de ruptura entre la religión y la ciencia, debemos situarnos en uno de los períodos más sanguinarios de la historia que rompe con el dominio de la fe para dar paso al dominio de la razón: la Revolución Francesa. Fue a partir de allí cuando la militancia de la razón adquirió un matiz incluso mucho más religioso que la religión misma, hasta el punto de proclamar el culto a la diosa Razón. Se llevó por delante a la religión y a la misma sensatez en esta fallida revolución. Si se tuviera que hablar de un oscurantismo en la historia es precisamente el que aconteció menos de un siglo después de que el mundo proclamara las luces. Es decir, cuando el “nuevo hombre” del que hablaba la revolución se encegueció en nombre de la razón. Cuando en 1794 fue juzgado por el Tribunal Revolucionario, Antoine Lavoiser, el gran químico francés condenado a muerte, pidió clemencia para que lo dejaran vivir y terminar sus investigaciones. Se dice —aunque los documentos no lo registran tal cual— que el presidente del tribunal le contestó: “La República no necesita químicos ni sabios”.[9] Al final, fue guillotinado, no por su ciencia, sino por haber sido acusado de tener tratos con la élite que ellos decían detestar.
Traigo a colación un pasaje del libro del doctor Monteverde, en donde
nos ilustra cómo endiosaron a la razón como producto de una locura colectiva
que ensombreció a la mente humana:
El culto divino fue entonces reemplazado por el culto de la razón. El 20 de Brumario de 1793 del Calendario Revolucionario (10 de noviembre del Gregoriano) la convención proclamó, a sugerencia de Pier Chaumet, a la diosa Razón. La catedral de Notre Dame de París se convirtió en templo de la Razón. A la nueva divinidad se le concedió el altar mayor y fue representada con la iconografía grecorromana de Sophia (sabiduría). La dama de la libertad pasó a sustituir a la Virgen María en los altares. El culto a la Razón constituyó una derivación sincrética de las distintas corrientes de pensadores ilustrados y enciclopedistas, logias masónicas y clubes políticos.[10]
El mito, entonces, de la relación entre ciencia y religión, es que la comunidad científica tiene que ser atea o no creyente para que pueda ser creíble su trabajo. Es interesante cómo el libro del doctor Monteverde nos arroja un dato clave: la mayor parte de los premios Nóbel de ciencias duras han sido creyentes. Dos tercios son cristianos, le siguen los judíos, e incluso hay musulmanes. Esto para anotar que no excluye el hecho de ser científico con el de ser creyente.
El hecho es que ni la fe puede escindirse de la razón, ni la razón de la
fe. En la encíclica Fides et ratio, decía Juan Pablo II lo siguiente: “Fe
y razón son las dos alas con que el espíritu humano se eleva al conocimiento de
la verdad”. [11]
La fe cristiana es eminentemente racional. No hay las contradicciones tan
obtusas que se quieren hallar en el binomio ciencia-religión. Lo que sí hay es
una conveniencia de ciertos sectores interesados en erosionar la fe como guía
moral.
Para la religión hay valores que son intocables: los valores naturales
que emanan de los diez mandamientos. Al desaparecer la idea de Dios como faro
que conduce al navegante, se encumbra una dictadura secular que puede
desnaturalizar esos valores. Por ejemplo, no dirán que por la ley de Dios no está permitido que un
hombre mate a otro, sino que serán ellos los que determinarán dónde comienza la
vida y quién la institucionaliza.
De modo que los ataques de la ciencia a la religión no tienen base. La ciencia no puede convertirse en fiscal de la fe. Por el contrario, los hombres de ciencia entienden que la ocurrencia de los fenómenos y sus explicaciones nunca excluyen a Dios de la cuestión. La ciencia puede ser el mecanismo por el que el hombre se acerque al conocimiento de Dios y reafirme su existencia. Descorrer un velo no es necesariamente llegar a la verdad, sino a un nuevo velo que debe ser descorrido de nuevo para encontrar una verdad más profunda. Porque la ciencia está plagada de actos de fe, así como la vida. Y un acto de fe se establece por aquello que no se puede ver. Cuántas cosas hay en la ciencia que no se pueden ver y no se sabe si existen: el átomo, la onda de luz, el QUaR, que es una partícula subatómica y se usa para calcular, aunque nadie la ha visto. El científico cree en otras disciplinas aparte de su campo de estudio para apoyar el suyo. Cree en la teoría de la gravedad, la da por supuesta, para así poder establecer otras teorías. No importa si no sabe cómo demostrarla, pero sabe que la ley está ahí y funciona. La Teoría de la Relatividad, como otro ejemplo, se apoya en un supuesto que es indemostrable e incomprobable, y sin embargo se adopta como cierta. Muchas teorías científicas se validan por actos de fe.
Lo que sí hay es una religión de la existencia del No-Dios, de negar a Dios, y si para ello hay que negar la evidencia científica, se hace. Si es verdad que la ciencia ha triunfado por encima de la religión, que el siglo XXI es totalmente cientificista y toda verdad se deriva solo de las ciencias empíricas, por qué cuando la realidad evidencia una lógica sin necesidad incluso de ser validada por la ciencia, en donde no hace falta ser científico para confirmarlo, ¿por qué allí, entonces, el absurdo que niega la evidencia no requiere de la ciencia y se asume como verdadero? ¿Por qué hay una selectividad que dice que nos valgamos de las ciencias cuando conviene y las desdeñemos cuando sus demostraciones no concuerden con la ideología imperante?
¿Cuán racional es el hombre? No tanto como él cree. No es plenamente
racional ni objetivo. La cuestión es que por ahora no hay otra vía para llegar
a Dios, más que tener fe, puesto que el objeto de la ciencia no es demostrar la
existencia ni la inexistencia de Dios, sino generar conocimiento racional,
objetivo, sistemático, exacto, contrastable, verificable y falseable. Pero
tampoco desde la fe ciega se puede llegar al progreso científico que genera
conocimiento. Utilizar la ciencia como ideología es destruirla, hacerla subjetiva,
irracional, estéril, improductiva. Utilizar la fe como fuente única de comprensión
es enceguecer la mente humana, estancarla, paralizarla en su ámbito de realidad
para revestirla de sobrenaturalidad. De ahí que Bernard Heissenberg concibiera
esta sentencia que sintetiza a la perfección la idea de esta entrada: El
primer sorbo de ciencia te hace ateo, pero en el fondo del vaso Dios te está
esperando.
[1] Cf. Agustín Monteverde, Mitos, dogmas y epopeyas. Del viejo Dios a la nueva ciencia, (Buenos
Aires: Grupo claridad, 2021).
[2] Cf. Charles Darwin, Autobiografía,
(Barcelona: Crítica, 2008).
[3] Cf. Vicente
Martínez, El origen del universo, (Barcelona: Crítica, 2005).
[4] Cf. Ibíd.
[5] Cf. Cleomedes, Sobre los
movimientos circulares de los cuerpos celestes, (Madrid: Gredos, 1995).
[6] Cf. Aristóteles,
Sobre el cielo, (Madrid: Gredos, 1995).
[7] Agustín
Monteverde, Mitos, dogmas y epopeyas, p. 131.
[8] Cf. Miguel Ángel Granada, Giordano
Bruno: Universo infinito, unión con Dios, perfección del hombre,
(Barcelona: Herder, 2018).
[9] José Manuel
Sánchez Ron, Lavoisier y la Revolución Francesa: mito y realidad. Revista
de Historia de la Ciencia 12, no. 2 (2009), pp. 45–62.
[10] Agustín
Monteverde, Mitos, dogmas y epopeyas, p. 29.
[11] Juan Pablo II,
Fides et Ratio: Sobre las relaciones entre fe y razón. (Ciudad del
Vaticano: Librería Editrice Vaticana, 1998), n. 1.










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