(Columna)
Entre todas las posibilidades que existen para las elecciones presidenciales del próximo 31 de mayo, sólo hay dos que están fijas, ya sea para ganar en primera vuelta, o en segunda: Iván Cepeda, del lado de los comunistas, o sea del mal; y Abelardo de la Espriella, del lado de la vida, la libertad y la propiedad; es decir, del bien. No insistan, colombianos, no hay más opciones. La tercera en disputa que hasta hace poco tenía alguna posibilidad era Paloma Valencia, pero esa candidatura se cayó, así de sencillo. Eso no va, no tiene pies ni cabeza, no tiene alma, no es fría ni caliente porque es el extremo tibio, como quien dice, no es nada. Aquellos a quienes no les gusta la polarización, les tengo que decir: bienvenidos a la Real Politic.
¿Quién dijo que la política es de grises matizados? ¿Quién dijo que la política no debe ser de blancos y de negros absolutos ni de posiciones encontradas, sino de conciliaciones fingidas que solo benefician a los dueños del sistema? Desde que tengo uso de razón he sabido que la política es pasión, confrontación, fervor, compromiso, identidad, involucramiento total de la personalidad y del ser fundidos con unos principios fundantes, sean estos edificantes y altruistas, o destructivos y mezquinos. No por nada nos hemos matado en Colombia desde que inició la vida republicana; desde la división primaria entre centralistas y federalistas que dio paso a la división entre liberales y conservadores hasta bien entrado el siglo XX, y que despunta el siglo XXI con una división todavía más etérea: izquierda versus derecha.
¿Está bien que nos matemos por política? De ninguna manera, no estoy normalizando ni mucho menos justificando la violencia.
¿Está bien que la política sea polarizante? Tal vez no esté del todo bien, pero es lo que en realidad sucede, porque de eso se trata la democracia: la opinión de unos frente a la opinión de otros.
Desde luego que esas opiniones a veces coinciden en algunos puntos en común durante el ejercicio político, no digo que no, pero cuando se establece el juego electoral se tienen que marcar primero las divisiones para establecer luego las alianzas. En este caso, identificar las posiciones más alejadas la una de la otra para mirar quiénes se alinean de un bando o quienes del otro. Aquellos que se quedan en la mitad, generalmente indecisos y temerosos de comprometerse con una postura radical, son los que peor suelen gobernar, si acaso llegan a ganar, porque por lo general se convierten en los candidatos perdedores.
La historia de Colombia muestra claramente que siempre hay un candidato que representa una manera de gobernar basada en unos lineamientos establecidos en su programa o en sus declaraciones, y siempre está su antípoda. Quienes gravitan entre esas dos posiciones terminan absorbidos por uno de los dos bandos con el cual se sienten más identificados, o repelidos por aquel por el que sienten más aversión; de ahí que a la final tengan que tomar partido por alguna de las dos propuestas en contienda, especialmente cuando se hace efectiva esa instancia de casi todas las democracias occidentales llamada Segunda Vuelta.
La otra posibilidad es que los candidatos “moderados” que no se identifican con ninguno de los extremos ideológicos voten en blanco o se vayan a ver ballenas, desdeñando con ello el futuro del país. En ese caso el pueblo les cobra su cobardía en las siguientes elecciones y pasan a la historia como mercenarios y oportunistas de la política, a los que apenas les interesa la reposición de votos. Ellos nunca llegarán a ganar ninguna elección presidencial, como el caso del señor Sergio Fajardo, quemado y requemado en el contexto electoral y desvanecido por la falta de inspiración en sus viejos electores, que al final encuentran otro prototipo que la coyuntura del momento les hace ver como imparcial, sobrio, de buenas maneras, de avanzada; en fin.
Ese otro estereotipo hoy se encuentra en la campaña de la candidata del Establecimiento, y se llama Juan Daniel Oviedo, convocante de ese nuevo tipo de zurdaje que en el habla coloquial se conoce como la social vacanería: aquello que le gusta al elector relajado, despreocupado, orientado al goce, a la simpatía, la convivencia agradable y el rechazo a los dogmas que conllevan alguna rigidez de pensamiento. Son, por lo general, zurditos de caviar, tibios sin compromiso cuyos problemas económicos están resueltos y pretenden representar a un país que sufre los embates de la pobreza y la descomposición social que estas personas pretenden arreglar con significantes vacíos y distantes de la realidad; con símbolos, utopías buenistas y poca profundidad para solucionar los problemas tangibles del diario vivir de las personas.
Por eso no me extraña que la campaña electoral colombiana se haya decantado por dos extremos irreconciliables que hasta el momento están representados por los dos candidatos que picaron en punta en las encuestas. El uno es el heredero del poder, consentido de los criminales más perversos del país, amigo de los terroristas, pupilo de la escuela comunista, odiador de corazón que solamente vende promesas de venganza: Iván Cepeda. El otro quiere hacer un pacto con el pueblo, ayudarle a generar riqueza, defender al ciudadano de la delincuencia, devolverle la seguridad, enseñarle a amar la patria, afianzarle sus lazos familiares. Este, por el contrario, vende esperanza y la promesa de una patria milagro, como él la llama: Abelardo de la Espriella.
Si se han dado cuenta, hay dos caminos claramente marcados que no se encuentran ni en un millón de años luz. Si se percibe la abismal diferencia, no hay necesidad de definir esto como una elección de extrema derecha frente a la extrema izquierda. Basta identificar a la una con el bien y a la otra con el mal. Ya el lector decidirá cuál es cuál, pero el sentido común apunta a lo obvio.
Por fortuna, el daño que hizo el gobierno del sinvergüenza no alcanzó para destruir la democracia por completo, y hasta el sol de hoy todavía podemos ir a depositar el voto en la urna. Puede que dentro de cuatro años no tengamos esa posibilidad si nos equivocamos eligiendo ahora. Pero como salta a la vista, nunca ha sido tan fácil tomar la decisión de por quién votar en estos comicios presidenciales.
Si lo que se quiere es salvar la patria, no hay duda de que hay que votar por el bien. Si lo que se quiere es condenarla, destruirla y convertirla en un satélite de la Cuba comunista de la falsa revolución, tampoco hay duda de que debe escogerse la propuesta del mal. Así de claro está el panorama político nacional.
El resto, lo que queda en el aparente medio, tarde o temprano terminará plagándose a la opción con la cual se sienta más identificado. Por lo general el centro es barrido, devorado en su propio centro, para ser redundante, porque allí no hay una base que lo sostenga. No existe como propuesta ideológica, sino como puerta de salida para quienes no se quieren comprometer con unos principios que implican sacrificio. Por lo general el centro termina plagándose a la izquierda, porque en el fondo es una izquierda biempensante y bienintencionada, pero, al fin y al cabo, izquierda errática y destructiva.
Como sea, palabrería o no, no se trata de apoyar a una persona, sino una propuesta. Si la persona que de momento la encarna resulta que no salió tan leal a lo que decía defender, no es motivo suficiente para cambiar de ideales. Lo que hay que cambiar es de líder. En mi caso, me identifico con los postulados fundantes que defiende la ideología de derecha. Hoy puede llamarse Abelardo de la Espriella, mañana Pepito Pérez, no importa, con tal que dirija guiado por aquello que abanderó durante el período de campaña.
Toda doctrina que enseñe sobre el bien y la fe en Dios es provechosa. Los hombres fallan, pero los principios perduran. De ahí la importancia de tener una ideología definida, firme, inamovible. Quien no la tiene, cualquier camino le sirve, con cualquiera se junta y a cualquier parte llega.





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