sábado, 2 de mayo de 2026

El mejor candidato posible

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Nunca había sido tan fácil votar en Colombia para los que defendemos el sentido común. Ni siquiera en los tiempos de Álvaro Uribe, que hoy no es ni la sombra de lo que fue en su esplendor, se vislumbraba un candidato que le generara a uno fervor, amor de patria y esperanza. Ese señor es Abelardo de la Espriella, un tipo con ardentía, como él mismo lo ratifica cada vez que puede.

     Yo escucho a Abelardo y de inmediato pido que me traigan una urna, que ya quiero depositar mi voto. Las cosas hay que decirlas como son. 

     Dicen que es populista, pero el populismo per se no es malo, porque es un método de hacer política consistente en llegar al pueblo. Si a eso vamos, de alguna manera todos los candidatos que han ganado han sido populistas, porque han conquistado la mayoría de los votos. Chávez fue populista, Petro igual lo es. Pero también lo son Trump en Estados Unidos o Javier Milei en Argentina: supieron llegar al pueblo, de la misma forma como lo está haciendo El Tigre.

     No es solo el fondo de lo que contiene el discurso de Abelardo, que en sí son propuestas en donde impera la lógica por encima de la promesa utópica, sino la forma directa y contundente como lo dice: sin tratar de quedar bien con nadie que no sea el pueblo de a pie, que es el que sufre los embates de la corrupción politiquera y la criminalidad. Por ello propone mano dura contra los delincuentes, cárcel para los corruptos, el Estado funcionando como una empresa para que genere ganancias y no pérdidas, volver los ojos a Dios y a la familia, impulsar la iniciativa privada para recortar la dependencia estatal, fomentar la propiedad, fulminar el adoctrinamiento en la educación, recuperar el modelo de salud antes que nacionalizarlo, utilizar las armas del Estado cuando sea necesario imponer la fuerza. En resumen, hacer este país viable para que deje de ser la narcodemocracia que es. ¿Por qué este estilo de propuestas causa tanta roncha en la izquierda revolucionaria y en la élite de politiquera? Porque ambos parasitan del Estado. 




     Abelardo mismo lo dice: “lo que necesita Colombia no se resuelve cambiando las leyes, sino aplicando bien las que ya existen”. Para eso no hay que ser un mago ni nada por el estilo, sino tener voluntad. Obvio, no todo se resuelve con voluntad, pero es lo mínimo que se requiere para operar un cambio. Ni siquiera eso hemos podido tener como país. Todos los políticos saben qué es lo que hay que hacer, pero ninguno ha tenido la decisión de hacerlo.

     Aún si uno no ha estudiado el programa de gobierno de El Tigre, o no ha tenido tiempo de ver sus entrevistas, en donde básicamente se reafirma en lo mismo, basta escucharlo una vez para saber de qué lado está y qué es lo que piensa con respecto a muchas cuestiones que dejan duda en el electorado colombiano. En caso de que resulte ser otro promesero que tampoco cumpla con sus promesas de campaña, al menos podemos esperar que Abelardo no nos va a terminar de insertar en la ola del Socialismo del Siglo XXI, ni nos va a cambiar la Constitución, ni nos va a entregar a los que la quieren cambiar. Lo mínimo que uno pide es que no dejen el país peor de lo que lo encontraron, aunque ya bastante destruido lo va a encontrar Abelardo el 7 de agosto si gana la presidencia.

     Yo veo a El Tigre y no solo veo a un abogado costeño que habla hasta por los codos y no se deja apañar de sus contradictores tan fácilmente, sino que veo a un ganador. En un solo hombre confluyen el abogado, el empresario, el inversor, el padre de familia, el profesional, el negociante, el visionario, el artista, el parrandero, el líder de la manada, el hombre inquieto que siempre está buscando nuevas formas de ganarse la vida, porque no está esperando que otros hagan por él lo que él mismo tiene que hacer. Es un constructor de imperios, y para hacerlo no solo tiene que buscar su propio beneficio, sino procurar el bienestar de quienes lo rodean. Por eso esa clase de líderes enérgicos y decididos son más confiables que aquellos que trabajan exclusivamente por su proyecto personal, porque contagian a los demás su ánimo vigoroso. 




     Que sí, que su estilo puede parecer algo folclórico, sobrador, barnizado con tintes de arrogancia, e incluso puede resultar demasiado confrontativo a muchos que se las dan de pacifistas, pero es que esos son los hombres que necesita el mundo real, porque no vivimos en un cuento de hadas: hombres fuertes, sin complejos ni culpabilidades, que vayan siempre para adelante, aunque sus contradictores se paren en las pestañas, que no duden en defender sus principios con uñas y dientes y luchen por lo que tanto esfuerzo les ha costado conseguir. En fin, hombres con un ideario que constituye lo que él llama los “principios fundacionales” y que no se rindan por miedo o vergüenza al señalamiento. Mientras todo se haga a la luz de las leyes que legitiman la República, ¿cuál es el problema de tener un presidente de línea dura para con los bandidos y holgazanes si eso beneficia a la mayoría de la población?

     Pero los colombianos, que hemos demostrado hasta la saciedad que no sabemos elegir bien, no solo no estudiamos a profundidad las propuestas, sino que nos dejamos ganar por la opinión mediada de los medios hegemónicos y los rumores de cafetería. Entonces uno encuentra comentarios del tipo: “es el abogado de la mafia”, o “es ateo”, o “es homofóbico”, entre otros. Cuando se ha llegado a esta conclusión es porque se ha creído en juicios que alimentan el sesgo de confirmación. Detrás de estas opiniones está el interés de los contradictores suyos que ven cómo El Tigre les está quitando sus electores, o de los enemigos de la orilla opuesta que temen que este les arrebate su poder. 




     También nunca ha sido tan difícil tratar de salvar el país del infierno comunista al que nos quieren seguir llevando los zombis, los enchufados y los comemierda de este gobierno. Porque para uno querer votar por la misma fórmula de muerte, es porque es un funcionario público, un contratista, un mercenario, un resentido, una mala persona, un vendepatria, o quizás todas las anteriores. Es decir, está dentro de la cofradía del mal. O lo están obligando a hacerlo con el arma en la nuca, ya se sabe cómo es.

     El candidato del gobierno es todo lo contrario a lo que inspira De la Espriella. Mientras Abelardo es original y gusta o choca por su autenticidad, el segundo es un lobo disfrazado con piel de oveja. Proyecta una imagen de hombre sabio, mesurado, pacífico y bondadoso. Tras la máscara a veces trata de salirse la gran bestia que es. En Iván Cepeda uno puede ver la turbiedad, la desidia, la falta de amor por el país, el desgano, la negligencia, la antipatía, la desesperanza, el odio, la sed de venganza, la dejadez, la intención oculta de arrasar con la propiedad privada y hasta la estética del terror revolucionario, pues copia la vestimenta de angelitos como Stalin, Mao, Pol Pot y Maduro.

     Iván Cepeda representa el mito del perdedor, pues, aunque gane, seguirá siendo un perdedor, porque es un tipo que no inspira, no infunde pasión, no despierta admiración. No ha generado nada propio, solo ha sabido vivir del Estado y por ello es el faro de los que están acostumbrados a estirar la mano, pues no quieren hacer algo mejor por sus vidas. Está anclado a la ideología marxista, a la doctrina muerta, pero es nulo en los saberes prácticos y científicos que requiere un país para salir adelante. Con Cepeda no importa el progreso real, ni el conocimiento, ni la iniciativa, ni el bienestar, ni la apariencia. Bajo el modelo comunista los ciudadanos no requieren nada de eso. Ellos apenas son fichas que se usan para que le den su apoyo al líder cambio de continuar viviendo en la zona de confort, porque así la vida pasa y los envuelve en la espiral socialista hasta el fin de sus días.

     Con Abelardo hay posibilidades de libertad, pero con Cepeda tendremos una esclavitud segura. ¿Acaso cuatro años de Petro no han permitido vislumbrar que el pueblo cada vez está más dependiente del gobierno y por lo tanto menos libre? 




     Y en el centro, tirada a la social-democracia biempensante, la Paloma indecisa con todo su palomar sin saber dónde volar, pero que, en caso de una crisis, anidaría en donde se le garantice su status quo. Y esa posición no la encontrará con aquel que sabe que para que las cosas mejoren toca incomodarse, ensuciarse, esforzarse y comenzar de cero. La paloma y sus palomitos poco acostumbrados al barro no querrán perder sus privilegios y más bien estarán dispuestos a acomodarse con el “heredero” que no tendrá reparo en sostenerlos mientras no amenacen su poder. Mientras tanto los entretiene con todas esas causas que ellos piden para darles la falsa seguridad de que son personas libres y de pensamiento de avanzada: legalizaciones, despenalizaciones, inclusiones y diversidades.

     Como yo veo las cosas, Abelardo de la Espriella es el mejor candidato posible, y votaré por él con gusto, no como cuando me tocó hacerlo por Duque porque no había más. Ahora tenemos a un tigre que parece dispuesto a hacer lo que toca hacer, y eso ya es un buen comienzo en un país que necesita urgentemente recuperar la seguridad y pacificarse con la acción contundente del Estado para ver cómo puede recuperar la senda del crecimiento que alguna vez tuvo. Y eso no será precisamente con la farsa de la “paz total” ni con los periodicazos inocuos.









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