(Columna)
No quiero ser ave de mal agüero, pero tengo un mal presentimiento que no se me quitará hasta que no pasen las elecciones del 21 de junio.
Sé que Abelardo de la Espriella ganó en primera vuelta, que lo favorecen las encuestas (en apariencia), que despierta el fervor popular como nunca antes lo había despertado ningún candidato presidencial, que representa esperanza, infunde pasión, contagia alegría y defiende las ideas que me identifican como ciudadano, sabiendo que son las correctas, pero estoy consciente de que se está luchando contra un enemigo muy poderoso, no tanto por la veracidad de su poder, sino por su capacidad de hacer daño y vencer por fuera de las reglas del combate. Sé que la mayoría de la gente buena está con Abelardo, pero no estoy seguro de si alcance solamente con la bondad, las ganas y el deseo; es decir, no estoy tan seguro de que podamos ganar con El Tigre si todo ese furor no se transforma en votos constantes y sonantes el día de las elecciones, hasta el punto de que alcance para vencer la trampa.
Para la derecha democrática no existe otra alternativa que no sean los votos válidos y contados con rectitud. Suena muy obvio, sí, y podremos pensar que estamos lloviendo sobre mojado, repitiendo lo que ya han dicho otros, pero esa es la única arma con la que contamos más allá de toda la difusión realizada. Más allá de todos los actos de campaña en plaza pública, los simbolismos, las arengas, los saludos militares, la repetición del firme por la patria, las canciones, los juegos de luces, la logística de los montajes y hasta las cadenas de oración.
Desde luego que todo eso ayuda y ha funcionado con éxito para que, hasta ahora, El Tigre se esté disputando la segunda vuelta con el candidato del régimen, el cual no ha necesitado mover un dedo para estar donde está. Por su puesto que todo este movimiento popular ha sido imprescindible para que la gente tome conciencia de que está en juego más que un mandato presidencial: está en juego el futuro de una patria que lleva más de 200 años construyéndose. Claro que la importancia de todo el despliegue y la labor titánica realizada por los artífices de la campaña no tiene precio, por cuanto han unido a un país entero en torno a la figura de un nuevo caudillo, alentando a creer que no todo está perdido después de haber caído en manos de la izquierda más criminal, corrupta e ideologizada que le pueda tocar a nación alguna. Pero todo ello será letra muerta si no se repite, con mayor intensidad, la gesta del pasado 31 de mayo.
Hay que salir a votar masivamente, con rabia si se quiere, pero con la convicción de que al hacerlo estamos aportando nuestro grano de arena. Aquí no se trata de quién haya hecho mejor campaña, sino de quién obtenga la mayoría de los votos.
Parece ser que ahora la estrategia es al revés: inflar las encuestas a favor de Abelardo. El objetivo: hacer que el público obtenga la falsa percepción de que ganará sobrado, de manera que todos sus votantes se relajen. Se percibe en el aire un canto de victoria al que no deberíamos acudir hasta tanto no se determine que ganó El Tigre. Al enemigo no se le puede subestimar, y creo que eso es lo que se está haciendo. ¿Acaso nos hemos enfriado después de la primera vuelta?
Todo este esfuerzo habrá valido la pena solamente si se corrobora el deseo del pueblo poniéndole la raya al Tigre. Es lo único que pido a quienes queremos que Abelardo gane: votar, votar, votar. Sin pereza, sin miramientos, sin mezquindades, sin pensar que ya ganamos, porque la verdad no hemos ganado nada y más bien podríamos estar perdiéndolo todo.
Ahora que estamos en época de mundial, cabe la comparación entre una elección democrática y un partido de fútbol. Ya se jugaron los primeros 45 minutos. Vamos para el segundo tiempo. Hasta ahora va ganando Abelardo en el marcador, pero si los jugadores de su selección, que somos los sufragantes, no lo acompañamos ese día con el voto, equivale a perder por W. Mucho peor que jugar mal y dejar que el contrario domine el balón y nos meta en campo propio con sus jugadas de ataque. Suele suceder que los equipos comienzan ganando y se relajan al ver que su rival no tiene forma de atacarlos. Se van al vestuario en el entretiempo confiados en la victoria, pero no se imaginan que el entrenador del bando contrario reconvino a sus jugadores, los tocó en lo más profundo de su ego, los motivó, los insufló y los convenció de que podían ganar. Replanteó la estrategia y le dio nuevos bríos a sus elementos para que salieran al campo a vencer o morir.
Así están de enardecidos los cepedistas. Ya lo han demostrado con acciones propias de los malos perdedores. Sin terminar aún el partido, comienzan a dar patadas y a pegar duro para lesionar a su rival o provocarlo para hacerlo expulsar. Es exactamente lo que han tratado de hacer con Abelardo usando toda clase de zancadillas con tal de sacarlo del camino; comenzando con la simple prohibición de usar una camiseta y restringir su lema, hasta denunciarlo por delitos inexistentes en procura de afectarle su reputación e inhabilitarle su aspiración presidencial en esta instancia del compromiso.
Y aunque el árbitro central del partido, que en este caso es la Registraduría Nacional del Estado Civil, haya demostrado hasta ahora ser imparcial y haber dirigido más o menos bien el encuentro, no cabe duda de que el equipo Cepeda tiene algunos infiltrados en el VAR y a varios dirigentes de la federación que organiza el campeonato haciendo lobby por su triunfo.
Trasladando estos actores al campo político, podríamos decir que los infiltrados se encuentran mayoritariamente entre los jurados de votación, los testigos electorales y los funcionarios de instituciones como la Procuraduría, la Fiscalía General de la Nación, y en especial, la Presidencia de la República.
Desde luego, como es un partido de fútbol donde hay agentes turbios de por medio, no faltan los mafiosos del maletín para amañar el resultado. Ellos son los políticos y gamonales que compran votos, y los narcoterroristas de las FARC y el ELN, que coaccionan el derecho a sufragar poniéndole un fusil en la cabeza a los votantes.
Ya hemos visto en el fútbol un montón de casos de jugadores que han tenido que jugar amenazados o comprados por las mafias y hacer jugadas en contra de su propio equipo para beneficiar ciertos intereses. Esos jugadores representan a los habitantes de las poblaciones que subyacen bajo el dominio de los grupos armados que no tienen otra opción que votar por Cepeda. Por eso les toca “jugársela por la vida”, como dice el lema que últimamente se han inventado en dicha campaña, acompañándolo con el símbolo de un corazón hecho con los dedos índice y pulgar que más parece la señal de necesitar plata. Entonces a esos ciudadanos desamparados no les queda de otra que escoger la vida, su propia vida, porque lo contrario significa muerte para ellos. Ya entiendo por qué Petro decía que había que escoger entre la vida y la muerte en estas elecciones.
De manera que no podemos bajar la guardia. En una de esas jugadas desafortunadas nuestra defensa se descuida y no puede proteger el gol que con tanto esfuerzo se consiguió en el primer tiempo, y he ahí que el equipo de Cepeda empata. Ante el golpe anímico, nos fulminaría con otro tanto en tiempo de reposición, con el cual obtendría la victoria y nos dejaría apabullados. Ojo, que ese tiempo de reposición corresponde al escrutinio de las últimas mesas, cuando apenas falte el 5% por contar, y ya sabiendo cómo va la tendencia, comiencen a salir misteriosamente votos por Cepeda, catapultándolo al primer lugar en el tramo final de la elección, que desde ya advierto, será bastante apretada.
Me preocupan los casi 150.000 compatriotas que se fueron para México, Canadá y Estados Unidos a ver el mundial. No podrán votar desde allá. Si por causa del fútbol perdemos el país entonces habría que darle la razón a los zurdos cuando dicen que el fútbol es el opio moderno del pueblo. Si pensaron más en sus vacaciones que en el futuro de la patria, no previendo que iba a haber segunda vuelta, sencillamente son como los futbolistas irresponsables que no se comprometen con su equipo en una instancia definitiva y que prefieren irse de parranda en plena concentración. De esos también hay muchos. Ojalá no necesitemos de sus goles, que en realidad sería el número de votos con los cuales se podría definir esta competencia.
Porque de todos modos va a haber fraude. De eso no quepa duda. Lo hicieron en 2022, cuando todavía no eran gobierno y mágicamente lograron conseguir tres millones de votos en veinte días. Con mucha mayor razón lo intentarán ahora que ya tienen el respaldo del presidente, los recursos de la nación para comprar conciencias y el dato exacto de lo que les hace falta para ganar. Aún con fraude y con el marcador en contra tenemos que hacer todo para superarlos. Esforzarnos el triple, como cuando a un equipo le regalan un gol de entrada y al otro le toca remar contracorriente.
Por eso es mejor hacer de cuenta que la primera vuelta no existió. Que no hay ventaja, no hay encuestas, no hay motivos para estar tranquilos mi mucho menos para estar alegres. Pensar que vamos perdiendo, con el público y el árbitro en contra, pero con la decisión de dejar la piel en la cancha. Que tenemos que levantarnos tres millones más de votos que nos aseguren la victoria: los tres puntos. Mas vale ser desconfiados antes que triunfalistas, porque no hay mejor aliciente que jugar con la necesidad de clasificar.
Así como un equipo de futbol se prepara para afrontar la final de un mundial, debemos prepararnos para estas elecciones, saliendo todos a votar con fe, pero atentos siempre a los movimientos del enemigo; haciendo lo que hay que hacer y no creer que los demás lo harán por nosotros pensando en que esto ya se ganó, porque ya conocemos la frase trivial: “los partidos terminan solamente cuando el árbitro pita”.
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