martes, 2 de junio de 2026

Están buscando un muerto

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Cuando sienten el fantasma de la derrota a punto de tomarlos por el cuello, las hordas petristas (y ahora cepedistas) se alarman y comienzan a salir de sus madrigueras, cual animales hambrientos en busca de una presa de la que se puedan alimentar.

     Pero los gavilleros de las “primeras líneas”, que recibieron la orden de reactivarse, no obedecen solamente los dictados de la naturaleza salvaje, que imponen a la mayoría de las especies la necesidad de sobrevivir alimentándose de otros. Más allá de saciar su sed con la sangre del enemigo, ellos quieren regodearse en la venganza hasta con miembros de su misma especie. Están dispuestos a sacrificar a uno de los suyos para pretextar un ataque siniestro que desborde todos los límites de la supervivencia. Tienen que camuflarse con el ropaje de la presa y escudarse en la indefensión propia de la víctima, pero son los verdaderos depredadores.

     Están buscando un muerto, y esa será la excusa perfecta para desatar el mal llamado “estallido”, la “rebelión popular”, el alzamiento de la turba beligerante a la que falazmente le llaman pueblo. Un paso en falso de las autoridades, de algún encargado de la seguridad del bando contrario; un mínimo error o un lugar a dudas sobre un procedimiento, y todo será caos, porque eso es lo que buscan las muchedumbres adiestradas e instrumentalizadas que sirven a los intereses de los enemigos del país. Hoy hicieron el ensayo con un niño al que pusieron de escudo en medio de una “manifestación” de esas que saben hacer. El menor resultó lesionado de un pie; nunca debió de estar allí. Mañana dejarán de ensayar y habrá uno que se lance al fuego para resultar intencionalmente incinerado. Cuando eso ocurra se frotarán las manos de nuevo: habrán conseguido la excusa para señalar culpables y deslegitimar las fuerzas opositoras a su régimen. 




     Están provocando, azuzando, intentando hacer que perdamos el control, tal como lo hacen las hienas en su afán de robar una porción de la presa que el tigre (literal) cazó con su propio esfuerzo. Si pierden las elecciones en segunda vuelta, lo cual es una posibilidad, se constituirán en la jauría, y desde ya se preparan para ello. Lo seguirán haciendo mientras sientan que está en riesgo la consecución de su proyecto maquiavélico. Sólo que para asegurarse de contar con el favor de la opinión pública necesitan otro Dylan Cruz, otro Javier Ordoñez, otro Lucas Villa, otro mártir de su causa que les permita reactivar su conocido discurso de nos están matando. Entonces el reclamo no es contra el poder en curso, porque ellos ya lo ostentan, sino contra ese caudillo en ascenso; ese tigre que irrumpe en la escena política como un advenedizo y que según ellos es el depredador que está amenazando su rebaño. Le temen tanto que prefieren incendiar el bosque donde acecha antes que los atrape de un zarpazo.

     Esta película ya la habíamos visto, y por tanto ya conocemos su final. Si estamos dispuestos a aceptar otro desenlace triste para el devenir de nuestra patria, basta con guardar silencio, con hacernos a un lado, con dejar pasar y hacer, y que los depredadores se instalen en la pirámide alimenticia en la que sin duda los buenos volveremos a ser presas. 




     Si en cambio queremos reescribir la historia, no hay de otra que alzar la voz, debatir, exponer, denunciar, entrar en el lodo visceral de la contienda política, volvernos partícipes de la defensa de nuestras instituciones que esa ideología procomunista quiere arrasar. Si ellos se toman las calles nosotros también podemos hacerlo porque tenemos el derecho legítimo que nos brinda la democracia. Si atacan con mentiras, hay que desmentirlos. Si hacen proselitismo en el transporte público, rebatirlos. Si atacan con calumnias, responderles simplemente desnudando sus verdades llenas de oprobio. Si agreden físicamente, defenderse. El país es distinto al de hace cinco años, cuando se tomaron las calles y no pudimos hacerles frente, no porque careciéramos de argumentos o de razones, sino de la valentía suficiente y de un líder que nos inspirara. Ahora hay uno que da ejemplo y demuestra con sus actos que está dispuesto a perder su status quo para defender el suelo patrio.

     Lo que sí se ha sabido desde tiempos innombrables es que la izquierda es una trampa y sus militantes seres erráticos. Para apoyar a Petro a estas alturas, y para querer prolongar su legado en cabeza de Iván Cepeda, hay que ser algo más que equivocado: adoctrinado, perverso, de mala sangre, resentido, o quizá un individuo que aún alberga odio en su corazón, porque no ha podido superar la tragedia común de la violencia en un país donde siempre nos hemos matado por política.

     Petro es el ejemplo claro de estar dispuesto a irse hasta la muerte con tal de no renunciar a su poder. Morir él, pero llevándose a miles de colombianos a los que tiene embrujados con su paupérrimo don de la palabra. Es que en él operan otras fuerzas de las que es mejor no hablar. No está dispuesto a entregar la presidencia ni a su propio pupilo, Iván Cepeda, que tampoco quiere ser presidente. Lo que quiere Petro es endosarle a Iván el cargo mientras le aprueban aquello de la Constituyente para reelegirse con una “amplia mayoría” y regresar a su trono hasta por cien años, como lo sugiere en sus etílicos discursos. 




     La polarización continúa, aunque esta vez no se trata simplemente de meras diferencias doctrinarias. Se trata de defender la libertad, la vida y la propiedad; los tres derechos claves que deben estar en el ADN de toda democracia. Lo contrario es tiranía, absolutismo, sometimiento de la voluntad. Es la eterna guerra entre el bien y el mal, en la que por experiencia teológica termina imponiéndose el primero sobre el segundo luego de una ardua batalla. Nótese que el bien se impone porque encara y da la pelea, no porque negocia con los malos.

     Como ya nos prometieron que si no ganan se van a ir a las calles; como ya nos dijeron en la cara que no van a reconocer la derrota si acaso no les sale el fraude que deben de tener bajo la manga, incluyendo compra de votos o imposición de votos con las armas, pues lo que se sigue es que ganen a la brava o que se hagan los despojados de la victoria. En cualquiera de los dos casos terminan saliéndose con la suya y como sea aniquilan la voluntad de las mayorías.

     Apenas les falta el mártir célebre que los pondrá de nuevo en la esfera compasiva de las organizaciones internacionales de "izquierdos" humanos. Ese futuro muerto debe andar por ahí, presintiendo su desenlace, preparándose para provocar a la bestia, para que cuando ésta se lo lleve, al fin puedan gritar “¡resistencia!”, “¡fascistas!”, “¡Las cuchas tenían razón!”, “¡Abelardo, gonorrea, el pueblo no copea!”. Cómo les encanta victimizarse a estos seres despreciables, aunque son el mismo diablo.






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