miércoles, 10 de junio de 2026

Odiando el fútbol, amando el mundial

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Crónica)







     Aunque de niño me gustaba jugar al fútbol, y como casi todos los niños hubiera querido ser un gran futbolista, el golpe que me propinó la realidad arruinó mi sueño pueril a los nueve años, cuando estando en el colegio me preguntaron a cuál taller deportivo quería ingresar, y yo no lo dudé ni por un segundo: “fútbol”, dije convencido, porque había jugado un poco en la sala y en el antejardín de mi casa con mis primos y mi hermana menor, y consideraba que podía hacerlo decorosamente.

     Corría el año 1989 y en aquella época la Selección Colombia se jugaba su paso al mundial de Italia 90 en unas eliminatorias muy reñidas en donde tenía que batirse en partidos de ida y vuelta contra Ecuador y Paraguay para después disputar un repechaje contra Israel.

     Yo estaba cursando cuarto de primaria, y aunque no me veía todos los partidos por no estar inmerso en un entorno muy futbolero, sí escuchaba que los adultos o mis compañeros del colegio hablaban de ello, y fue así como me volví un fanático de oídas, pero sin ver un solo juego de Colombia y sin haber practicado fútbol con seriedad, en una cancha de pasto y con un balón de verdad.

     De esas eliminatorias a Italia no me acuerdo, pero ya cuando crecí vi los videos de los partidos, más por una nostalgia histórica que por otra cosa. Como cuando te dan ganas de interesarte por algo que ya pasó de moda, pero que te hubiera servido conocer en el momento en que lo viviste. Ecuador contaba en sus filas con El güero Alex Aguinaga, un diez clásico con una gran visión de juego y una habilidad técnica excelsa. En el arco de los paraguayos debutaba José Luis Chilavert, que comenzaba marcándonos gol, el primero de su carrera profesional, en aquel partido en el que Colombia cayó en Asunción dos goles a uno. También jugaba Roberto Cabañas, célebre delantero que por varias temporadas hizo parte del América de Cali. 




     Tampoco nuestra Selección Colombia, la que yo crecí viendo, escaseaba en talentos, y sobra decir que figuras como El Pibe Valderrama, René Higuita, Leonel, Redín, Arnoldo Iguarán, La Gambeta Estrada, El Bendito Fajardo, Alexis García, y un fenomenal Albeiro Usuriaga, nos dieron la posibilidad de pelear el repechaje contra Israel y luego la alegría de clasificar al mundial después de que El Palomo marcara un gol agónico en Barranquilla. Luego Maturana optó por no llevar al Palomo Usuriaga a Italia por indisciplina, pero qué falta que nos hizo.

     Y mientras eso sucedía en el país futbolero a la par que mataban candidatos y explotaban bombas, en mi mente enardecida yo era un prodigio de la pelota.

     La primera vez que nos llevaron a la cancha del colegio hicieron dos equipos: los de sin camisa contra los que se dejaban puesta la camiseta. Para comenzar con el pie izquierdo, porque yo era zurdo, fui de los que tuvo que quitarse la camiseta, cosa que nunca me ha gustado hacer en público por una cuestión de simple pudor, y ya incómodo con ese uniforme al natural, comencé a errar pases, a perder el balón y a ser rebasado por cuanto rival se me cruzaba en el camino. Comencé a escuchar gritos como órdenes que venían de todas partes: “¡márquelo, chino, no lo deje pasar!”, “¡Métale la pata, pelao, no le de miedo!”, “¡pásela, chino!… ¡no!, ¡al de camisa, no!”; en fin, que en menos de tres minutos se dieron cuenta de que no tenía futuro en este deporte, y yo fui el primer sorprendido, porque pensé que iba a jugar para divertirme, para sudar un rato, para seguir soñando en grande, para hacer parte de un equipo y hacer amigos, pero resultó que eran demasiado competitivos en el colegio y muy poco indulgentes para con los que carecíamos de talento.




     Entonces me relegaron a ser defensa, y a veces ni eso. “Ese chino marica tan malo”, escuchaba que se decían unos a otros. Los partidos terminaban y yo me retiraba a donde no pudieran verme, avergonzado por no estar a la altura. Me borraron de toda posibilidad de volver a jugar, y cada que llegaban los miércoles a la una de la tarde, hora del taller de fútbol, yo tenía que evadirme, desaparecer, andar el colegio de arriba para abajo por dos horas o más simulando estar en alguna actividad, en alguna misión importante que un profesor me hubiera encomendado, deseando que nadie me preguntara nada, que no me vieran, que se abriera un hueco en la tierra hasta que llegara la hora de volver a mi casa. Era fácil escabullirme, porque nadie me extrañaba.

     Como me decepcioné de jugar al fútbol por ser tan malo, me dediqué a verlo por televisión, pero nada más cuando jugaba la Selección Colombia, pues nunca me ha llamado la atención el campeonato de los equipos colombianos, ni en la época en que había estrellas de renombre. El Deportivo Pereira, equipo de mi ciudad, me recordaba el similar fiasco que yo era, y como no quería seguirme viendo como un perdedor, jamás me declaré hincha del Pereira, excepto en el año de mi adolescencia en el que me fui a vivir a Manizales y el equipo descendió, pero eso ya es otra historia. Por ese entonces tocaba ser hincha del Nacional o del América, y a mí ninguno de esos equipos me gustaba. A veces prefería hacerle fuerza al Junior o al Tolima con tal de que no ganaran Nacional, ni América, ni Millonarios, de por sí los equipos con más hinchada y con mayor presupuesto para comprar grandes jugadores. Luego se supo por qué. 




     Luego del mundial de Italia, que fue el primero que vi por televisión, siguieron los juegos olímpicos de Barcelona 92, donde a la Selección Preolímpica le fue como a los perros en misa con un joven Valenciano que había sido el goleador del campeonato colombiano. Al año siguiente vino la Copa América de Ecuador y las eliminatorias para el mundial de Estados Unidos, donde los nombres de Asprilla, El Tren Valencia, otra vez Valderrama, Freddy Rincón, Óscar Córdoba y Andrés Escobar fueron la impronta de calidad en ese equipo. Las eliminatorias fueron un éxito, con goleada histórica incluida contra Argentina; y el camino de preparación jugando contra los suplentes de todos los equipos, y además ganándoles, nos infundió la falsa esperanza de ser campeones mundiales. Ya sabemos cómo terminó todo en Estados Unidos, ni para qué recordarlo: Colombia eliminado en primera ronda, el equipo fragmentado por dentro, jugadores amenazados y Andrés Escobar asesinado. Ha sido el mundial más triste que podamos recordar, máxime cuando la esperanza de un país que venía de una oleada de violencia narcoterrorista tenía los ojos puestos en esos muchachos que nos representaban y que eran los únicos que nos podían dar una alegría tras el sinfín de tristezas que nos habían dejado las bombas de Escobar y su guerra contra el Estado y contra sus enemigos.

     Tuve hasta el álbum del mundial de USA 94, pero no lo llené. El que sí llené fue el de Francia 98, donde otra vez nos volvieron a sacar en primera ronda. Ya para esa época estaba estudiando en la universidad y seguía siendo igual de malo para jugar al fútbol, pero no igual de pasivo. Me ponía a los putazos de tú a tú contra los compañeros de mi propio equipo que osaran regañarme por mis malas jugadas. Algo en mi interior estaba obrando para bien, aunque fuera de tan mala manera, porque estaba aprendiendo que uno no se tiene que dejar gritar de nadie, y así me he mantenido hasta ahora. 




     Para no ganarme un mal golpe y para dejar todavía más ardidos a mis compañeros regañones de equipo, me inventaba un insulto contra el árbitro y me hacía expulsar. Los dejaba con diez hombres y de todas maneras perdían el partido, aunque por esos lares yo no podía volverme a aparecer. Me dio igual, pues colgué los guayos a los 18 años y nunca me dio por volver a jugar fútbol ni para recochar. Soy consciente de que no encajo en ningún deporte colectivo, que soy siempre una pieza suelta del engranaje, un infiltrado peligroso que en cualquier momento puede vender a su equipo si se levantó de malas pulgas. De ahí que más bien me inscribí a un gimnasio, y desde los veinte años hago deporte solo. Ya no hago tanto ejercicio como antes. El tiempo me está pasando factura y los kilos que gané se quedaron conmigo.

     Después de Francia 98 tuvimos que ver tres mundiales consecutivos sin Colombia. La generación dorada de los noventa había pasado y nuestra pequeña grandeza se había disuelto en la historia. Hasta que llegó una generación nueva en Brasil 2014, con un juego menos vistoso, pero más efectivo; un equipo de élite europea, tal vez no una Selección tan popular como la de los noventa, pero sí con mayores pergaminos deportivos. La selección de James, Cuadrado, Ospina, Yepes, Armero, La Roca Sánchez, Quintero, Zapata, y el que para mí es el mejor jugador de la historia de Colombia: Radamel Falcao García, que a ese mundial no pudo llegar, pues estando en la cima de su carrera, un francés malaleche lo lesionó en un partido de la liga local cuando jugaba para el Mónaco. Pero todos vimos la grandeza de El tigre Falcao, el que un año antes se echó la clasificación de Colombia al hombro con los goles que marcó durante toda la eliminatoria, en especial los del último partido frente a Chile para sellar la clasificación a un mundial tras 16 años de ausencia. Llegó a ser el mejor 9 del mundo. Después de la lesión, Radamel no volvió a ser el de antes.




     Ya cuando estamos a pocos días de comenzar el primer mundial con 48 equipos, realizado por tres países diferentes, Colombia regresa al certamen luego de haber estado ausente en Qatar 2022.
     
     Yo no jugué fútbol, pero me dediqué a estudiar las estadísticas de todos los mundiales. Algún día espero hacer un libro sobre mi vida relatada con base en las copas del mundo, porque así la tengo dividida en mi mente. Hubo un tiempo en el que podía recordar con exactitud qué pasó en cada año de mundial, porque, aunque no me he visto todos los partidos, siempre me gustó vivir el campeonato desde la distancia, haciendo pronósticos y llevando registros que no me sirvieron para nada, pero que me dieron mucha satisfacción.

     Ya no lleno los álbumes ni retengo los nombres ni los rostros de los jugadores. Tampoco hay con qué, con tanto para gastarse la plata hoy en día. Internet reemplazó la fiebre del álbum y la FIFA está matando la pasión por el fútbol pensando solamente en el negocio, aumentando el número de participantes para poner a equipos mediocres. Pero tengo una cábala con el mundial, y es que después de que ocurre uno, se abre una nueva etapa de mi vida. ¿Cuántos mundiales me quedarán?

     Pocas veces le atino al campeón, pero como en estos tiempos de ídolos que baten récords y generan millones en publicidad, la FIFA le saca el máximo provecho a su negocio, a veces creo que ellos ya saben cuál va a ser la final y quién la ganará. En Qatar sospechamos que ganaba Argentina para que Mesi se retirara con una copa del mundo y superara la leyenda de Maradona. Exactamente así fue. No me extrañaría que lo quisieran retirar con dos copas para hacerlo invencible. 




     Pero no. Creo que esta vez le van a facilitar el camino al otro monstruo, a Cristiano, para que también se retire ganándose su copa del mundo. Portugal contra España, creo que va a ser la final, y Mesi pasando a la historia como el máximo goleador de todos los mundiales.

     Como ya le aumentaron una ronda más, tristemente pienso que nuestra Selección se queda en esa ronda que está sobrando, eliminada por Inglaterra o Croacia en los dieciseisavos. No veo bien a Colombia, no hay equipo, sino algunas individualidades. Luis Díaz y diez más. También creo que, si no se encuentran en el camino, podrían hacer que Portugal y Argentina se enfrenten en la final para despedir a dos leyendas y ponerle algo de morbo a la eterna rivalidad entre Mesi y Cristiano. Pero si cada uno gana sus respectivos grupos, se verían las caras en cuartos de final.

     Que sea lo que Dios quiera, no lo que la mafia quiera. Por mi parte continuaré aquí, desde mi trinchera, haciendo lo que más me gusta hacer, que es recordar cuánto aborrezco jugar al fútbol, pero cuánto me gusta ver el mundial.







No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...