(Columna)
Más allá de las propuestas que presentan los candidatos presidenciales, el colombiano de a pie también vota movido por los sentimientos. Existe una amplia gama de motivaciones personales que serán de vital importancia para los ciudadanos a la hora de sufragar.
Unos votarán porque se sienten identificados con el colorido, la alegría, la esperanza, la fuerza, la voluntad, el dinamismo y el entusiasmo que le ven a un candidato. Otros votarán por lo que consideran la sensatez, la mesura, el llamado a la “paz total”, la parsimonia, la introversión y la elocuencia de los silencios que le ven al otro.
Unos votarán porque ven en un aspirante todo aquello que representa el bien y otros ven en el opositor aquello que representa el mal. La polarización está servida, y mejor que sea así, porque los matices grises siempre han confundido a la población y le han hecho votar enceguecida por la neblina de la ambigüedad. Entre Cepeda y Abelardo se instaura un abismo que nos obliga a saltar hacia un lado u otro. Al final, lo que queda en el medio seguirá siendo vacío.
La derecha y la izquierda están más divorciadas que nunca en Colombia, y eso nos puede llevar a los oscuros tiempos de la violencia bipartidista. Sólo que esto ya no se trata simplemente de planteamientos políticos, de posturas doctrinarias o modelos tecnocráticos de gobierno.
Por primera vez en mucho tiempo el ciudadano tiene la sensación de que lo que está en juego no es un gobierno, sino el futuro mismo de la nación y la supervivencia de los suyos. De por quién se vote el domingo depende de que se sigan manteniendo las instituciones que han garantizado la democracia en Colombia. Ese sistema tan susceptible de atacar y tan fácil de quebrar ante una arremetida dictatorial es el que hoy está en peligro. Si se vota por la persona equivocada se pierde mucho más que el sistema: se pierden las libertades, los lazos familiares, el derecho de echar raíces en una patria y el derecho a prosperar. Hasta ahora, con todos los defectos y las falibilidades que ha presentado ese sistema, se ha podido mantener a salvo la esencia de una república. Optar por modificar la estructura que la soporta equivaldría a demoler el edificio de la democracia para construir uno nuevo, con la diferencia de que los arquitectos e ingenieros que diseñaron el primero ya no están, y los planos originales quedarían sepultados junto con los escombros.
Entonces, llegados a este punto, debemos analizar si lo que queremos es un cambio de presidente, de forma de gobierno, o de sistema. Abelardo de la Espriella ofrece un cambio en la forma en que se viene manejando el país, pero sin intentar modificar la Constitución, que es realmente el plano con el que está diseñado este edificio. El que ha sugerido un cambio de planos es Iván Cepeda y en general todo el espectro de la extrema izquierda petrista, aunque ahora posen de moderados y quieran hacerle creer al pueblo que se olvidaron de esa idea. La Constituyente, que es una carta que les seduce para obtener un poder supremo, la vienen moldeando desde mucho antes de llegar al poder. La izquierda sabía que una vez lo alcanzaran, habría que ir amasando la propuesta y ponerla en la mente de los ciudadanos desde el primer día.
Sólo que se toparon con el más holgazán y perezoso de sus líderes —por fortuna— y el vicio de este impidió llevar a la práctica los dictados de la casa matriz a la que obedecen los socialistas. Petro se tardó en proponer la Constituyente porque creyó que su popularidad le alcanzaría para sacarla en su último año de gobierno. Ahora la deja en manos de un sucesor mucho más disciplinado y férreo que él, aunque todo indica que lo que no le va a alcanzar a este será la salud o la vida. No es un secreto que Iván Cepeda puede estar padeciendo de alguna enfermedad incapacitante que le impediría terminar su gobierno en caso de que gane las elecciones. En esa supuesta ausencia del presidente, quedaríamos en manos de la señora Aída Quilcué, su fórmula vicepresidencial, quien asimismo tendría que nombrar a un vicepresidente suyo. ¿Se atrevería acaso a nombrar a Gustavo Petro como su vicepresidente para renunciar después y catapultarlo por vía constitucional nuevamente al poder?
De manera que no se puede perder de vista la clase de gobernante que vamos a tener para los próximos cuatro años si se continúa con el sistema que pide la opinión del pueblo, o para un tiempo indeterminado si acaso se elije a un presidente que omita esa voluntad.
De una vez lo digo: mi voto es por Abelardo de la Espriella, ni falta que hace ventilarlo a quienes me conocen un poquito. ¿Que por qué votaré por Abelardo? Hay muchas razones y emociones encontradas para hacerlo, y aunque el Tigre nos ha contagiado a todos de su energía y nos ha devuelto la fe en que sí se puede alcanzar una “patria milagro”, como él la ha bautizado, esgrimo la razón principal por la que voy a votar mañana por Abelardo de la Espriella.
Voto por él porque con El Tigre tengo la garantía de que, si lo hace mal, si todo vuelve a ser retórica promesera y cantos de sirena, en cuatro años podemos sacarlo del poder por la misma vía por la que lo elegimos. Si resulta que al final terminó siendo otro de los que él mismo llama como los de siempre, el consuelo es que en 2030 se pueda volver a intentar el sueño con una opción diferente, porque estoy seguro de que por lo menos con él volveríamos a tener elecciones y no perderíamos el país en un régimen dictatorial y tiránico a la cubana o a la venezolana. Bajo un régimen así, no es posible soñar, porque no habría más intentos permitidos.
La garantía es que este abogado penalista no necesitará cambiar las leyes ni promover una Constituyente para consultar la opinión del pueblo en cuatro años. Nada más por el hecho de que se mantendrá el respeto por la democracia, mi voto es por él, porque no está interesado en cambiarnos el plano del edificio.
Las demás razones son las mismas que tiene el pueblo llano: recuperación del sistema de salud, retorno a la seguridad, castigo para los delincuentes, la posibilidad de trabajar libres de chantajes y extorsiones de grupos terroristas, reducción del Estado y la burocracia, defensa de la familia, expulsión a patadas de las doctrinas marxistas y progresistas de los centros educativos, créditos blandos para vivienda y educación, políticas para atraer inversión privada, entre otras.
Nunca antes había sido tan fácil votar en Colombia. Hay una campaña que te habla de “jugársela por la vida”, pero apoyan y son apoyados por asesinos, corruptos, narcotraficantes e inmorales. Son especialistas en la victimización, pero lloran por un solo ojo.
Del otro lado te hablan de la extrema coherencia; del pacto con el pueblo y no con los politiqueros; de perseguir, capturar y castigar a los bandidos; de darle la posibilidad a la gente honrada de progresar; del impulso a la célula básica de la sociedad, conformada por un padre y una madre como modelo ideal de familia; de la protección a la niñez frente a ideologías diabólicas que destruyen su infancia.
A las personas se les conoce por sus hechos: de un lado un abogado y empresario exitoso con una familia ejemplar que no ha necesitado del dinero público para mantenerse. Del otro lado un filósofo improductivo que sólo se la ha pasado leyendo teorías trasnochadas y fracasadas en la práctica, anclado toda su vida al Estado con todos los privilegios que ello implica. ¿En cuál de estas dos propuestas se pueden recoger los mejores frutos?
Por lo pronto ocupémonos de salir a votar en masa: votar, votar, votar. Votar sobre todo por la propuesta que inspira a tener un mejor país; la que no quiere cambiarnos el sistema ni las leyes para ponernos a depender del poder estatal eternamente. Votar por Abelardo de la Espriella, con la plena confianza en que no perderemos la democracia que, bajo el mandato del comunista Cepeda, un día iremos a extrañar.

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