jueves, 19 de septiembre de 2019

Si Darwin viviera

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Si el pobre Darwin viviera sería hoy el blanco al cual las feministas apuntarían con toda su carga de odio y fanatismo. Su foto sería quemada junto con los libros que explican su teoría de la Selección Natural en cuanta marcha y manifestación pública de estas activistas del movimiento se presentara. De hecho no faltaría alguna jueza indignada de uno de esos tribunales express que tienen en países como España y que sirven exclusivamente para juzgar hombres, y que lo haría comparecer ante los estrados militantes del movimiento liberador femenino. “Señor Darwin”, le diría la temible jueza española con su toga negra y su ceño de implacable seriedad, evidenciando así la falta que le hizo un buen remezón la noche anterior. “Se le acusa a usted de discriminación y violencia contra la mujer. Se ha decidido declararlo culpable. Se le condena a vivir sin su miembro viril por el resto de la vida”. Y el auditorio atestado de este grupillo de resentidas feministas vitorearía a la jueza y aplaudiría la condena. “Sí, señores”, gritarían las más radicales. “Así es que se castiga al macho machote, ¡venga!. Y otras, ya tranquilas en sus veredas se sentarían a analizar la afrenta del monstruo y justificarían la pena conversando animadamente al calor de unos buenos tragos. “¿Cómo se le ocurrió decir que por la selección natural los hombres tienen una capacidad intelectual y física mayor que la de las mujeres? ¿Cómo es eso de que son más ingeniosos, valientes y enérgicos? ¿Cómo así que somos inferiores? ¿Qué nuestros cerebros son análogos a los de los animales? ¡Que le quiten el vergajo!”. Y de este modo le cobrarían a Charles Darwin lo que no le cobraron en el siglo XIX por su teoría revolucionaria sobre el origen de las especies y la selección natural en relación con el sexo.
    Pero ya en el presente, razonémoslo calmadamente, y en nuestro tribunal de El mundo al revés démosle una condena más sensata al pobre Darwin que a lo mejor no tenía la culpa de pensar como pensaba.
    En primer lugar su teoría evolutiva impulsa a concebir al mundo vivo como un resultado de la evolución desarrollada por medios materiales; y siendo la especie humana uno de sus productos, su origen también es material[1]. Analizándolo con detenimiento, uno podría pensar que resulta lógico que ni el hombre ni ninguna especie pudo haber salido de la nada, y que todo obedeció más bien a un proceso lento y lleno de grandes transformaciones; precisamente estas hicieron que el ser vivo cambiara hacia algo distinto o evolucionara. Nada que ver con aquella sagrada teoría de la creación divina del primer hombre y de la primera mujer que surgieron del soplo de la bola de barro, así como las demás especies. Bueno, al menos del hombre se puede decir, bajo esta presunción, que su origen fue estrictamente divino, mientras que la mujer fue más bien una creación colectiva en la que Dios puso el diseño y la magia, y el hombre el material de trabajo, como para que ella le debiera su alma a dos acreedores.
    Siendo así las cosas, a Darwin le salió el primer enemigo, que fue la iglesia, pues desvirtuó toda su teoría y la puso a tambalear. Paradójicamente esta institución hubiera podido hoy ser un aliado del movimiento radical feminista actuando en contra del pobre científico, qué va a saber uno. Alianzas malditas se han presentado muchas veces.
    Y se consolidó entonces la más feroz de las divisiones entre Dogma y Ciencia. Recordemos que ya en los siglos XVI y XVII se había producido la primera ruptura entre estos dos colosos que desencadenó en una batalla brutal ganada sin duda por La Iglesia con armas tan letales como la persecución, la tortura y la hoguera. A la ciencia le tocó bajar la cabeza por un par de siglos y saberse derrotada mientras planeaba dar su golpe de revancha. Hasta que apareció Darwin con una teoría tan descabellada como revolucionaria para la cual el oponente no estaba preparado, y fue así como al lado de la bíblica, Darwin encumbró su teoría evolucionista, ambas imposibles de comprobar en esa época y hasta el sol de hoy. 
    En segundo lugar, la teoría evolutiva impulsó a la valoración de la naturaleza humana[2], no sólo en su aspecto bilógico, sino en su comportamiento. De allí se desprendió el postulado del comportamiento social para explicar que la conducta humana puede entenderse en función de su interrelación con otros individuos y de estos con su sociedad[3]. Así mismo dichas relaciones conllevan al criterio de selección natural y por ende al de selección sexual. El primero sostenía que son los individuos más fuertes, más capaces, los que soportan mejor la presión de los cambios y los que mejor se adaptan a su medio, los que al final resultan triunfadores; los que sobreviven, y los que logran la mayor ascendencia dentro de su especie. El segundo criterio sostenía que habiendo logrado los individuos una ventaja importante a raíz del triunfo en la batalla que implica la exhibición de tamaño, fuerza, valor, competitividad y energía; estos serían seleccionados sexualmente para procrearse y perpetuar los genes; estarían avocados a la sobrevivencia y al dominio de la especie. Serían los más capaces los llamados al éxito para defender y sustentar a sus parejas y a sus descendientes. Un tanto nazi esta posición si se analiza a la luz de la supremacía de la raza dominante, pero estoy seguro que en aquel tiempo Darwin no lo hizo con mala intención. Es más, atinó a describirlo con mucha precisión, pues si se observa el comportamiento de los animales, las características del más fuerte son las que se imponen. Igual cosa sucede en los humanos. Los hombres más capaces (incluso los más despiadadamente capaces) son los que han demostrado vencer en la historia. El problema, creo yo, surge cuando en este reino moderno en el que predominan los igualitarismos impuestos se comparan las características femeninas en contraste con las masculinas. Ahí sí el analítico naturalista se subió al bus equivocado, porque no contaba que la especie humana tan dotada de razón y emoción, siendo esta última mucho más acentuada en el género femenino que en el masculino, también atesoraría una facultad que a punta de prensa y lobby acabaría convirtiendo en un derecho, especialmente en Colombia: el derecho a la protesta. Y si es por los derechos de la mujer, mucho mejor. ¿Qué se iba a imaginar Darwin que en los estertores del siglo que vivía, durante la Segunda Revolución Industrial, se produciría una clara aceleración del movimiento feminista que luego se acrecentaría después de la Primera Guerra Mundial en la que ellas, las mujeres, tuvieron que sustituir a los hombres que marcharon al frente? La conciencia del valor del género femenino fue lo que definitivamente alentó el movimiento de su bien ganada liberación, y fue especialmente en los años sesenta donde se dio la segunda oleada feminista aprovechando el auge la revolución hippie y la liberación sexual que impulsó la promiscuidad y el amor libre. ¿Qué podía saber Darwin de este asunto? Yo le diría a la supuesta jueza española que lo fuera a condenar en caso de que él estuviese vivo, que tuviera en cuenta los atenuantes para imponer su pena. Darwin vivió en plena época victoriana en la que la sociedad requería que cada uno de los sexos tuviera unas características por separado para su buen funcionamiento: que los hombres tenían que ser atrevidos, agresivos y aguerridos, y las mujeres delicadas, intuitivas, tiernas y sensibles. Que la fuerza era lo inherente a lo masculino y la debilidad era propia de lo femenino. Así las cosas, Darwin concluyó que la selección natural favorecía al hombre sobre la mujer, no por machismo, sino por esa lógica inocente impuesta por los cánones del pensamiento que hace que todo como está parezca normal, y de hecho sea aceptado tal cual es. En aquella época, hace apenas doscientos años o menos, hombres y mujeres eran diferentes en todo; y por otorgarle al hombre mayor poder —merecido o no—, se dedujo que la mayor capacidad intelectual y la mayor fortaleza eran de su exclusiva responsabilidad. Los cerebros femeninos, por desgracia, no podían alcanzar el mismo grado mental o físico que el hombre, todo por la selección natural. Hoy sabemos que no es así. Avances científicos como el del genoma humano han demostrado que las capacidades superiores no dependen de la selección ni del sexo. Otros factores como el medio ambiente, la preparación, las relaciones sociales, la salud síquica, entre otros, influyen en la consecución de las ventajas competitivas. En el fondo Darwin lo suponía, pues no en vano fue con una mujer (Caroline Kennard) con la que intercambió un par de cartas el año de su muerte en las que le reafirmaba su teoría a sabiendas de que el punto débil de sus argumentos sería muy bien refutado, especialmente por mujeres, y eso seguramente era lo que esperaba.
    Mujeres como Clémence Agustine Royal, famosa antropóloga que no sólo tradujo la obra de Darwin, sino que amplió la teoría de la evolución y quien fue una activista importante por la reivindicación de los derechos de la mujer. O como Antoinette Brown Blackwell, quien asumió la teoría de Darwin señalando la necesidad de aplicar la hipótesis de la selección natural también a las mujeres[4], y demostró que lo femenino era compatible con las ciencias naturales. Así como el macho compite con los de su misma especie por asegurar la supervivencia, yo digo que la hembra también compite en su género por asegurarse un poder nada despreciable en la historia de la humanidad: el poder del sexo. Fueron varias las discípulas a las que Darwin compartió secretamente sus ideas; las llamadas Darwinistas. Ellas contribuyeron al desarrollo de las claves femeninas en la teoría de la evolución.
    Por tanto no le tiremos tan duro al pobre Charles: le tocó vivir en un sistema de opresión en el que era preferible ir contra la iglesia que contra el orden político establecido de su tiempo. Al fin y al cabo la iglesia viene perdiendo su poder desde la Ilustración y hoy día no es más que un actor simbólico que de vez en cuando hace cosas buenas, y otras muy malas también, pero que no determina el actuar y el sentir de la mayoría. Tampoco era un misógino como se creía, a pesar de su barba blanca y de su escaso atractivo para ser favorecido en la selección natural por parte del sexo opuesto.
    Y si anteriormente hombres y mujeres eran tan irreconciliablemente diferentes en todo, incluso en los derechos de los que podían disfrutar; hoy el afán de equipararnos hasta en nuestra disímil sexualidad nos tiene a punto de volvernos locos. Ya no se sabe si el hecho de asumir el papel de macho que a uno le correspondió por haber nacido con un pene (así sea pequeño) y dos testículos es sano para la preservación de la identidad y el respeto a las libertades individuales; hoy en día se ha vuelto peligroso hasta ejercer la caballeresca actividad de la conquista con tanta interpretación perversa. Un piropo puede considerarse ofensivo y si uno se descuida termina en la cárcel con estas leyes progresistas que tienen al mundo más confundido que cuando Darwin expuso su teoría.
    Tal vez algunos biólogos y profesionales en el tema me digan que estoy totalmente errado; que no me he leído a Darwin (y es cierto); que ignoro a fondo la evolución de las especies y que así no funciona el tema; que no tengo sustento científico ni investigativo para decir lo que digo; que soy un idiota y no debí haber escrito este artículo; que me van a demandar con el tribunal express feminista; que debo investigar más porque de ciencias naturales no sé nada en absoluto. Puede que tengan razón, a mí eso no me importa. Yo no estoy preocupado por darle cabida a ninguna teoría sobre el origen de las especies, ni por alentar una discusión sobre machismo o feminismo. A mí lo único que me motivó a escribir este artículo fue la legítima preocupación de lo que podría pasarle al pobre Darwin si hoy, en pleno 2019, estuviera vivo. Eso sí que es realmente importante.  




[1] ÁLVAREZ, Eréndira y Fernández Ma. Cristina, Artículo “La mujer: Biología y Sociedad (2da parte)”, Revista­­­­­______, número 10, Segunda entrega.
[2] Ibid.
[3] Ibid.
[4] SALMERÓN, Jiménez Angélica, Revista de divulgación científica y tecnológica de la Universidad Veracruzana, Volumen XXII, número 3

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