Si el pobre Darwin viviera sería hoy el blanco al cual las feministas
apuntarían con toda su carga de odio y fanatismo. Su foto sería quemada junto
con los libros que explican su teoría de la Selección
Natural en cuanta marcha y manifestación pública de estas activistas del
movimiento se presentara. De hecho no faltaría alguna jueza indignada de uno de
esos tribunales express que tienen en países como España y que sirven exclusivamente
para juzgar hombres, y que lo haría comparecer ante los estrados militantes del
movimiento liberador femenino. “Señor Darwin”, le diría la temible jueza española
con su toga negra y su ceño de implacable seriedad, evidenciando así la falta
que le hizo un buen remezón la noche anterior. “Se le acusa a usted de discriminación
y violencia contra la mujer. Se ha decidido declararlo culpable. Se le condena
a vivir sin su miembro viril por el resto de la vida”. Y el auditorio atestado
de este grupillo de resentidas feministas vitorearía a la jueza y aplaudiría la
condena. “Sí, señores”, gritarían las más radicales. “Así es que se castiga al macho machote, ¡venga!”. Y otras, ya tranquilas en sus veredas
se sentarían a analizar la afrenta del monstruo y justificarían la pena
conversando animadamente al calor de unos buenos tragos. “¿Cómo se le ocurrió
decir que por la selección natural los hombres tienen una capacidad intelectual
y física mayor que la de las mujeres? ¿Cómo es eso de que son más ingeniosos,
valientes y enérgicos? ¿Cómo así que somos inferiores? ¿Qué nuestros cerebros
son análogos a los de los animales? ¡Que le quiten el vergajo!”. Y de este modo
le cobrarían a Charles Darwin lo que no le cobraron en el siglo XIX por su
teoría revolucionaria sobre el origen de las especies y la selección natural en
relación con el sexo.
Pero ya en el presente, razonémoslo calmadamente, y en nuestro tribunal
de El mundo al revés démosle una condena
más sensata al pobre Darwin que a lo mejor no tenía la culpa de pensar como
pensaba.
En primer lugar su teoría evolutiva impulsa a concebir al mundo vivo como un resultado de la evolución
desarrollada por medios materiales; y siendo la especie humana uno de sus
productos, su origen también es material[1].
Analizándolo con detenimiento, uno podría pensar que resulta lógico que ni el
hombre ni ninguna especie pudo haber salido de la nada, y que todo obedeció más
bien a un proceso lento y lleno de grandes transformaciones; precisamente estas
hicieron que el ser vivo cambiara hacia algo distinto o evolucionara. Nada que ver con aquella sagrada teoría de la
creación divina del primer hombre y de la primera mujer que surgieron del soplo
de la bola de barro, así como las demás especies. Bueno, al menos del hombre se
puede decir, bajo esta presunción, que su origen fue estrictamente divino, mientras
que la mujer fue más bien una creación colectiva en la que Dios puso el diseño
y la magia, y el hombre el material de trabajo, como para que ella le debiera su
alma a dos acreedores.
Siendo así las cosas, a Darwin le salió el primer enemigo, que fue la
iglesia, pues desvirtuó toda su teoría y la puso a tambalear. Paradójicamente
esta institución hubiera podido hoy ser un aliado del movimiento radical
feminista actuando en contra del pobre científico, qué va a saber uno. Alianzas
malditas se han presentado muchas veces.
Y se consolidó entonces la más feroz de las divisiones entre Dogma y Ciencia.
Recordemos que ya en los siglos XVI y XVII se había producido la primera ruptura
entre estos dos colosos que desencadenó en una batalla brutal ganada sin duda
por La Iglesia con armas tan letales como la persecución, la tortura y la hoguera.
A la ciencia le tocó bajar la cabeza por un par de siglos y saberse derrotada
mientras planeaba dar su golpe de revancha. Hasta que apareció Darwin con una
teoría tan descabellada como revolucionaria para la cual el oponente no estaba
preparado, y fue así como al lado de la bíblica, Darwin encumbró su teoría
evolucionista, ambas imposibles de comprobar en esa época y hasta el sol de hoy.
En segundo lugar, la teoría evolutiva impulsó a la valoración de la naturaleza humana[2],
no sólo en su aspecto bilógico, sino en su comportamiento. De allí se desprendió
el postulado del comportamiento social para explicar que la conducta humana puede entenderse en función de su interrelación con
otros individuos y de estos con su sociedad[3].
Así mismo dichas relaciones conllevan al criterio de selección natural y por ende al de selección sexual. El primero sostenía que son los individuos más
fuertes, más capaces, los que soportan mejor la presión de los cambios y los
que mejor se adaptan a su medio, los que al final resultan triunfadores; los
que sobreviven, y los que logran la mayor ascendencia dentro de su especie. El
segundo criterio sostenía que habiendo logrado los individuos una ventaja importante
a raíz del triunfo en la batalla que implica la exhibición de tamaño, fuerza,
valor, competitividad y energía; estos serían seleccionados sexualmente para
procrearse y perpetuar los genes; estarían avocados a la sobrevivencia y al dominio
de la especie. Serían los más capaces los llamados al éxito para defender y sustentar
a sus parejas y a sus descendientes. Un tanto nazi esta posición si se analiza
a la luz de la supremacía de la raza dominante, pero estoy seguro que en aquel
tiempo Darwin no lo hizo con mala intención. Es más, atinó a describirlo con
mucha precisión, pues si se observa el comportamiento de los animales, las
características del más fuerte son las que se imponen. Igual cosa sucede en los
humanos. Los hombres más capaces (incluso los más despiadadamente capaces) son
los que han demostrado vencer en la historia. El problema, creo yo, surge cuando
en este reino moderno en el que predominan los igualitarismos impuestos se
comparan las características femeninas en contraste con las masculinas. Ahí sí
el analítico naturalista se subió al bus equivocado, porque no contaba que la
especie humana tan dotada de razón y emoción, siendo esta última mucho más
acentuada en el género femenino que en el masculino, también atesoraría una
facultad que a punta de prensa y lobby acabaría convirtiendo en un derecho,
especialmente en Colombia: el derecho a la protesta. Y si es por los derechos
de la mujer, mucho mejor. ¿Qué se iba a imaginar Darwin que en los estertores
del siglo que vivía, durante la Segunda Revolución Industrial, se produciría
una clara aceleración del movimiento feminista que luego se acrecentaría
después de la Primera Guerra Mundial en la que ellas, las mujeres, tuvieron que
sustituir a los hombres que marcharon al frente? La conciencia del valor del
género femenino fue lo que definitivamente alentó el movimiento de su bien
ganada liberación, y fue especialmente en los años sesenta donde se dio la
segunda oleada feminista aprovechando el auge la revolución hippie y la liberación sexual que impulsó la
promiscuidad y el amor libre. ¿Qué
podía saber Darwin de este asunto? Yo le diría a la supuesta jueza española que
lo fuera a condenar en caso de que él estuviese vivo, que tuviera en cuenta los
atenuantes para imponer su pena. Darwin vivió en plena época victoriana en la
que la sociedad requería que cada uno de los sexos tuviera unas características
por separado para su buen funcionamiento: que los hombres tenían que ser
atrevidos, agresivos y aguerridos, y las mujeres delicadas, intuitivas, tiernas
y sensibles. Que la fuerza era lo inherente a lo masculino y la debilidad era
propia de lo femenino. Así las cosas, Darwin concluyó que la selección natural
favorecía al hombre sobre la mujer, no por machismo, sino por esa lógica
inocente impuesta por los cánones del pensamiento que hace que todo como está
parezca normal, y de hecho sea aceptado tal cual es. En aquella época, hace
apenas doscientos años o menos, hombres y mujeres eran diferentes en todo; y
por otorgarle al hombre mayor poder —merecido o no—, se dedujo que la mayor
capacidad intelectual y la mayor fortaleza eran de su exclusiva responsabilidad.
Los cerebros femeninos, por desgracia, no podían alcanzar el mismo grado mental
o físico que el hombre, todo por la selección
natural. Hoy sabemos que no es así. Avances científicos como el del genoma
humano han demostrado que las capacidades superiores no dependen de la selección
ni del sexo. Otros factores como el medio ambiente, la preparación, las
relaciones sociales, la salud síquica, entre otros, influyen en la consecución
de las ventajas competitivas. En el fondo Darwin lo suponía, pues no en vano
fue con una mujer (Caroline Kennard) con la que intercambió un par de cartas el
año de su muerte en las que le reafirmaba su teoría a sabiendas de que el punto
débil de sus argumentos sería muy bien refutado, especialmente por mujeres, y
eso seguramente era lo que esperaba.
Mujeres como Clémence Agustine Royal, famosa antropóloga que no sólo
tradujo la obra de Darwin, sino que amplió la teoría de la evolución y quien
fue una activista importante por la reivindicación de los derechos de la mujer.
O como Antoinette Brown Blackwell, quien
asumió la teoría de Darwin señalando la
necesidad de aplicar la hipótesis de la selección natural también a las mujeres[4],
y demostró que lo femenino era compatible con las ciencias naturales. Así como
el macho compite con los de su misma
especie por asegurar la supervivencia, yo digo que la hembra también compite en su género por asegurarse un poder nada
despreciable en la historia de la humanidad: el poder del sexo. Fueron varias
las discípulas a las que Darwin compartió secretamente sus ideas; las llamadas Darwinistas. Ellas contribuyeron al
desarrollo de las claves femeninas en la teoría de la evolución.
Por tanto no le tiremos tan duro al pobre Charles: le tocó vivir en un
sistema de opresión en el que era preferible ir contra la iglesia que contra el
orden político establecido de su tiempo. Al fin y al cabo la iglesia viene
perdiendo su poder desde la Ilustración y hoy día no es más que un actor
simbólico que de vez en cuando hace cosas buenas, y otras muy malas también,
pero que no determina el actuar y el sentir de la mayoría. Tampoco era un
misógino como se creía, a pesar de su barba blanca y de su escaso atractivo
para ser favorecido en la selección natural
por parte del sexo opuesto.
Y si anteriormente hombres y mujeres eran tan irreconciliablemente
diferentes en todo, incluso en los derechos de los que podían disfrutar; hoy el
afán de equipararnos hasta en nuestra disímil sexualidad nos tiene a punto de
volvernos locos. Ya no se sabe si el hecho de asumir el papel de macho que a uno le correspondió por
haber nacido con un pene (así sea pequeño) y dos testículos es sano para la
preservación de la identidad y el respeto a las libertades individuales; hoy en
día se ha vuelto peligroso hasta ejercer la caballeresca actividad de la conquista
con tanta interpretación perversa. Un piropo puede considerarse ofensivo y si
uno se descuida termina en la cárcel con estas leyes progresistas que tienen al
mundo más confundido que cuando Darwin expuso su teoría.
Tal vez algunos biólogos y profesionales en el tema me digan que estoy
totalmente errado; que no me he leído a Darwin (y es cierto); que ignoro a fondo
la evolución de las especies y que así no funciona el tema; que no tengo sustento
científico ni investigativo para decir lo que digo; que soy un idiota y no debí
haber escrito este artículo; que me van a demandar con el tribunal express feminista;
que debo investigar más porque de ciencias naturales no sé nada en absoluto.
Puede que tengan razón, a mí eso no me importa. Yo no estoy preocupado por
darle cabida a ninguna teoría sobre el origen de las especies, ni por alentar
una discusión sobre machismo o feminismo. A mí lo único que me motivó a escribir
este artículo fue la legítima preocupación de lo que podría pasarle al pobre
Darwin si hoy, en pleno 2019, estuviera vivo. Eso sí que es realmente importante.
[1] ÁLVAREZ, Eréndira y Fernández Ma. Cristina, Artículo “La mujer: Biología
y Sociedad (2da parte)”, Revista______, número 10, Segunda entrega.
[2] Ibid.
[3] Ibid.
[4] SALMERÓN, Jiménez Angélica, Revista de divulgación científica y tecnológica de la Universidad
Veracruzana, Volumen XXII, número 3

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