Por Juan Felipe Giraldo Trejos
Columna escrita el 5 de agosto de 2019
Columna escrita el 5 de agosto de 2019
“Estamos es un país en que se
roban todo”. Es mi conclusión después de ver los noticieros y leer el diario. Acto
seguido apago el televisor de un manotazo y rasgo el periódico —que por cierto
es ajeno— con una furia descontrolada. Por culpa de las noticias me estoy
quedando sin fondos de tanto mandar a arreglar el receptor de imágenes y tener
que pagarle el periódico a al señor de la revueltería. Aclaro: él no lo utiliza
para leerlo, sino para envolver la cebolla larga, y sólo rescata el crucigrama,
que es lo único que verdaderamente vale la pena.
Nada nuevo, por supuesto, pero
no por eso dejo de escandalizarme, de indignarme, de deprimirme. Otra causa de
alteración cardiaca para mi debilitado corazón que ya no bombea la suficiente
sangre al cerebro y me está haciendo perder lucidez. Al menos así me lo hizo
saber el editor de mis columnas. “¿Qué te está pasando, Juan?”, me reclamó
cuando le envié el escrito a revisión, y así me dijo: “ya no veo la espontaneidad
escritural que había en ti, ni se esboza la sonrisa en mi rostro al no hallar la
picardía y el humor fino con que antes escribías, que era como el colofón
lógico de una historia absurda. De un tiempo para acá te me estás pareciendo
cada vez más a ese señor… ¿cómo se llama? El de Semana”. “A Coronell”, le dije
yo tratando de recordarle el nombre del periodista al que mi editor se refería.
“Eso, eso, a Coronell”, continuó con su monserga y no me quedó más remedio que
escucharlo: “Te estás volviendo repetitivo, poco creativo, entregándome cada
vez más columnas político-filosóficas y menos divertidas. Exceso de denuncia,
nada te gusta. Te estás volviendo monotemático. Así como el periodista que te
digo, que desde que casó la pelea con el eterno ex presidente se ha dedicado a
montársela cada ocho días en cuanta columna, entrevista y video de Youtube le
permite ser expresada su opinión. Antes era muy bueno porque nos sorprendía con
sus investigaciones, pero ya se está volviendo aburridor con el temita, demasiado
monótono, no habla sino de eso”. “¡Pero doctor…!”, le repliqué al editor
haciéndole caer en cuenta que Daniel Coronell es prácticamente el periodista
estrella de este país y que nadie ha llegado tan lejos en sus investigaciones
sobre Álvaro Uribe o el ex fiscal Martínez como él, y que obviamente, no
compartía su opinión, pues si hay un periodista duro en Colombia es él. “¿Cómo dice usted eso?, ojalá yo tuviera una
formación periodística e investigativa para dedicarme a desenmascarar toda la corrupción
de nuestra maldecida clase política”. “Es que Juan, acuérdese que usted no
escribe para Semana”, me dijo desafiante el doctor, ya sin tutearme, y entonces
ahí sí bajé la guardia y agaché la cabeza sin interrumpirlo. “Acuérdese que
usted escribe para El mundo al revés,
y que su opinión política si acaso le interesará solamente a su mamita. Ese
señor Coronell antes era un gran investigador, pero ahora se dedicó a sus
obsesiones y a sus rencillas personales contra ciertos políticos con los que se
odia mutuamente. Y se queda calladito cuando las cagadas las hace la
contraparte. Nunca habla mal de Santos, por ejemplo, ni de sus funcionarios
corruptos que también los hubo. Nunca se le ve hablando mal de la izquierda, ni
siquiera cuando los grupos terroristas como que con ella simpatizan vuelan los
oleoductos y contaminan los ríos, que eso sí que es grave para todos. Periodista
que se cree adalid de la honestidad, el dios de una moral que él no puede representar,
porque aunque no tengo cómo probarlo, mi intuición me dice que ese es otro de
los que también tiene rabo de paja. Por ahí suena su menudo lío con algo
relacionado en Panamá. Mejor dicho, este señor ha perdido toda la parcialidad y
la neutralidad que debe tener un periodista y se ha vuelto un arrogante
militante de quién sabe qué corriente ideológica”. Me lo hizo saber el editor,
como quien dice, que era su opinión y no la mía la que debía primar en mis
propias columnas. Siendo así las cosas, no me quedó más remedio que arrebatarle
mi escrito de las manos y decirle lo que hacía rato quería decirle en la cara:
“Sí señor, tiene razón. Ya no vuelvo a escribir otra columna filosófica. Qué
jartera, ¿no?”.
Lo malo que he descubierto con
el reciente episodio, es que no hay un solo acto de la vida que no derive en
una reflexión filosófica. Y yo, que siempre tiendo a la emoción visceral y al
impulso atrabiliario, hago todo lo posible para sentarme a razonar, porque no
quiero perder la objetividad como le ha pasado a tantos. Pero termino
dilucidando los hechos a la luz de la lógica aristotélica o la razón cartesiana.
Imagínense, un amateur de la escritura como yo que sin haber comenzado ya
carezca de objetividad. Me puse entonces a la tarea de buscar nuevas fuentes de
inspiración para no escribir tan filosófico y dar mejor un tinte de alegría —que
tanto le falta a este país— a mis opiniones. En verdad me estaba volviendo
demasiado trascendental, y he aquí cómo encontré la fórmula para dar el viraje.
Escribí el siguiente párrafo al que le puse toda la ironía y la mordacidad
posible de mi intelecto, a ver si se notaba el cambio:
“Queridos lectores, a propósito
de la conmemoración de los doscientos años de La batalla de Boyacá, fecha en la
que Colombia se independiza definitivamente del Reino de España, quiero decirles
que me encuentro muy orgulloso de esta gesta heroica perpetrada por nuestros
combatientes del Ejército Libertador, con la cual se puso fin a un período de
sometimiento y tiranía de nuestro pueblo. Es así como doscientos años después,
todos los colombianos podemos vanagloriarnos de nuestra real independencia
adquirida gracias a esos próceres que sacrificaron su vida para darnos libertad.
Esta hace posible que hoy, con gran dignidad, no nos arrodillemos a los
imperios dominantes. Ni por economía ni por protocolo podríamos hacerlo. Y no rendimos
honores en tierras enemigas con arreglos florales, ni negociamos el principio
de nuestra soberanía otorgándole la explotación del suelo a las multinacionales.
Ni decretamos nuestras políticas a conveniencia de naciones poderosas cuyos
intereses están marcados por la expansión de sus ideologías. Ya con doscientos
años, queridos lectores, nuestra patria es una verdadera representación del
orden y la moral, hecha y derecha, comandada por ilustres dirigentes y
conspicuos hombres de intelectualidad sabiamente emplazados en las tres ramas de
su Constitución”.
Le mostré el encabezado de mi
escrito nuevamente a mi editor, a ver si con esto se reía de tanto despliegue
de ironía, pero lo que hizo fue darme una merecida palmada en la cara. “Usted
es un cínico”, me dijo. “¿Usted cree que con burlarse así de la patria y de sus
padres va a ganarse muchos lectores cuando este periódico sea una realidad? Se
parece ya a ese periodista chabacán de Semana; ese… ¿cómo se llama?”.
“¿Coronell?”, le refresqué el nombre para ayudarle, pero continuó. “No, hombre,
el sobrino de Samper, el presidente que impuso
el Cartel de Cali”. “Ah… Daniel Samper Ospina”, le dije cayendo en cuenta de
quién me hablaba. “Sí, ese”, afirmó el editor. “el tipo que se
dedicó a la extravagancia y a la charlatanería para denigrar del oficio de
periodista. Un mequetrefe, un embustero, un payaso sin gracia que se cree que
tiene estilo haciendo columnas y videos que resultan un hueso peor que los
chistes de sábados felices, porque si al menos hiciera reír, uno diría, qué
bueno, qué humor ácido tiene este señor. Pero no, él piensa que insultar a
través del ridículo, burlarse de las particularidades físicas y caricaturizar
sin elegancia a sus detractores va a engrandecer al periodismo, y lo único que
hace es envilecerlo, como su tío, que envileció la política. Lástima que lo
único que le heredó al papá fue la calva, porque ese otro señor por lo menos sí
me divertía y sí se podía decir que era un señor. El hijo es solamente un patán,
y así está usted con esta columna que escribió, burlándose de los doscientos
años de la patria y de los próceres. Además qué mala redacción, déjeme decirle,
qué falta de estilo y eficacia. Igualito a las crónicas del Samper sobrino.”.
Sobra decir que mi columna no fue
publicada en ese medio, como ninguna de las que escribí. El editor, en un arranque
de furor uribesco me las rasgó en la
cara, marica. Así de frente, pero
mejor. No me hubiera gustado la táctica Juanmanuelista
de haberme dado la palmadita en la espalda y después mandarme a través de un
tercero una patada en el trasero sin que yo me diera cuenta, eso sí que me
habría dolido. En cuanto a los periodistas mencionados, no los tengo en tan mal
concepto. El primero incisivo y acucioso. El segundo mordaz y creativo, todo hay que decirlo. Aunque sí
tengo que distanciarme en cuanto a sus opiniones. Ellos, con su particular
estilo, se quedaron anclados en una posición de ataque exclusivo al contradictor
político, cosa que es bien polarizante. Pero no los juzgo. Sus razones tendrán.
Y yo, que no tengo
contradictores por no tener ideales políticos, me quedo en la mitad del asunto,
rogando al cielo que la justicia obre
para todos. No que exima a unos y castigue a otros según la posición política. Porque
aquí no es malo el que comete un delito sino el que no piensa como uno, y si el
juez es del equipo ya estamos ganados. Es triste que todo lo tengamos que
llevar a los extremos y responsabilizar al bando contrario por los problemas
que nos aquejan. En caso de no tener el otro la culpa, uno alista el jabón, y a
lavarse las manos. Vieja enseñanza de nuestros gobernantes. Y no sé por qué
terminé hablando de esto si al fin y al cabo lo único que pretendía era
escribir otra reflexión filosófica.
05/08/19
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