lunes, 9 de septiembre de 2019

¿Otra reflexión filosófica?


Por Juan Felipe Giraldo Trejos                                                                                                               
 Columna escrita el 5 de agosto de 2019                                                                                                 



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    “Estamos es un país en que se roban todo”. Es mi conclusión después de ver los noticieros y leer el diario. Acto seguido apago el televisor de un manotazo y rasgo el periódico —que por cierto es ajeno— con una furia descontrolada. Por culpa de las noticias me estoy quedando sin fondos de tanto mandar a arreglar el receptor de imágenes y tener que pagarle el periódico a al señor de la revueltería. Aclaro: él no lo utiliza para leerlo, sino para envolver la cebolla larga, y sólo rescata el crucigrama, que es lo único que verdaderamente vale la pena.
    Nada nuevo, por supuesto, pero no por eso dejo de escandalizarme, de indignarme, de deprimirme. Otra causa de alteración cardiaca para mi debilitado corazón que ya no bombea la suficiente sangre al cerebro y me está haciendo perder lucidez. Al menos así me lo hizo saber el editor de mis columnas. “¿Qué te está pasando, Juan?”, me reclamó cuando le envié el escrito a revisión, y así me dijo: “ya no veo la espontaneidad escritural que había en ti, ni se esboza la sonrisa en mi rostro al no hallar la picardía y el humor fino con que antes escribías, que era como el colofón lógico de una historia absurda. De un tiempo para acá te me estás pareciendo cada vez más a ese señor… ¿cómo se llama? El de Semana”. “A Coronell”, le dije yo tratando de recordarle el nombre del periodista al que mi editor se refería. “Eso, eso, a Coronell”, continuó con su monserga y no me quedó más remedio que escucharlo: “Te estás volviendo repetitivo, poco creativo, entregándome cada vez más columnas político-filosóficas y menos divertidas. Exceso de denuncia, nada te gusta. Te estás volviendo monotemático. Así como el periodista que te digo, que desde que casó la pelea con el eterno ex presidente se ha dedicado a montársela cada ocho días en cuanta columna, entrevista y video de Youtube le permite ser expresada su opinión. Antes era muy bueno porque nos sorprendía con sus investigaciones, pero ya se está volviendo aburridor con el temita, demasiado monótono, no habla sino de eso”. “¡Pero doctor…!”, le repliqué al editor haciéndole caer en cuenta que Daniel Coronell es prácticamente el periodista estrella de este país y que nadie ha llegado tan lejos en sus investigaciones sobre Álvaro Uribe o el ex fiscal Martínez como él, y que obviamente, no compartía su opinión, pues si hay un periodista duro en Colombia es él.  “¿Cómo dice usted eso?, ojalá yo tuviera una formación periodística e investigativa para dedicarme a desenmascarar toda la corrupción de nuestra maldecida clase política”. “Es que Juan, acuérdese que usted no escribe para Semana”, me dijo desafiante el doctor, ya sin tutearme, y entonces ahí sí bajé la guardia y agaché la cabeza sin interrumpirlo. “Acuérdese que usted escribe para El mundo al revés, y que su opinión política si acaso le interesará solamente a su mamita. Ese señor Coronell antes era un gran investigador, pero ahora se dedicó a sus obsesiones y a sus rencillas personales contra ciertos políticos con los que se odia mutuamente. Y se queda calladito cuando las cagadas las hace la contraparte. Nunca habla mal de Santos, por ejemplo, ni de sus funcionarios corruptos que también los hubo. Nunca se le ve hablando mal de la izquierda, ni siquiera cuando los grupos terroristas como que con ella simpatizan vuelan los oleoductos y contaminan los ríos, que eso sí que es grave para todos. Periodista que se cree adalid de la honestidad, el dios de una moral que él no puede representar, porque aunque no tengo cómo probarlo, mi intuición me dice que ese es otro de los que también tiene rabo de paja. Por ahí suena su menudo lío con algo relacionado en Panamá. Mejor dicho, este señor ha perdido toda la parcialidad y la neutralidad que debe tener un periodista y se ha vuelto un arrogante militante de quién sabe qué corriente ideológica”. Me lo hizo saber el editor, como quien dice, que era su opinión y no la mía la que debía primar en mis propias columnas. Siendo así las cosas, no me quedó más remedio que arrebatarle mi escrito de las manos y decirle lo que hacía rato quería decirle en la cara: “Sí señor, tiene razón. Ya no vuelvo a escribir otra columna filosófica. Qué jartera, ¿no?”.
    Lo malo que he descubierto con el reciente episodio, es que no hay un solo acto de la vida que no derive en una reflexión filosófica. Y yo, que siempre tiendo a la emoción visceral y al impulso atrabiliario, hago todo lo posible para sentarme a razonar, porque no quiero perder la objetividad como le ha pasado a tantos. Pero termino dilucidando los hechos a la luz de la lógica aristotélica o la razón cartesiana. Imagínense, un amateur de la escritura como yo que sin haber comenzado ya carezca de objetividad. Me puse entonces a la tarea de buscar nuevas fuentes de inspiración para no escribir tan filosófico y dar mejor un tinte de alegría —que tanto le falta a este país— a mis opiniones. En verdad me estaba volviendo demasiado trascendental, y he aquí cómo encontré la fórmula para dar el viraje. Escribí el siguiente párrafo al que le puse toda la ironía y la mordacidad posible de mi intelecto, a ver si se notaba el cambio:
    “Queridos lectores, a propósito de la conmemoración de los doscientos años de La batalla de Boyacá, fecha en la que Colombia se independiza definitivamente del Reino de España, quiero decirles que me encuentro muy orgulloso de esta gesta heroica perpetrada por nuestros combatientes del Ejército Libertador, con la cual se puso fin a un período de sometimiento y tiranía de nuestro pueblo. Es así como doscientos años después, todos los colombianos podemos vanagloriarnos de nuestra real independencia adquirida gracias a esos próceres que sacrificaron su vida para darnos libertad. Esta hace posible que hoy, con gran dignidad, no nos arrodillemos a los imperios dominantes. Ni por economía ni por protocolo podríamos hacerlo. Y no rendimos honores en tierras enemigas con arreglos florales, ni negociamos el principio de nuestra soberanía otorgándole la explotación del suelo a las multinacionales. Ni decretamos nuestras políticas a conveniencia de naciones poderosas cuyos intereses están marcados por la expansión de sus ideologías. Ya con doscientos años, queridos lectores, nuestra patria es una verdadera representación del orden y la moral, hecha y derecha, comandada por ilustres dirigentes y conspicuos hombres de intelectualidad sabiamente emplazados en las tres ramas de su Constitución”.
    Le mostré el encabezado de mi escrito nuevamente a mi editor, a ver si con esto se reía de tanto despliegue de ironía, pero lo que hizo fue darme una merecida palmada en la cara. “Usted es un cínico”, me dijo. “¿Usted cree que con burlarse así de la patria y de sus padres va a ganarse muchos lectores cuando este periódico sea una realidad? Se parece ya a ese periodista chabacán de Semana; ese… ¿cómo se llama?”. “¿Coronell?”, le refresqué el nombre para ayudarle, pero continuó. “No, hombre, el sobrino de Samper, el presidente que impuso el Cartel de Cali”. “Ah… Daniel Samper Ospina”, le dije cayendo en cuenta de quién me hablaba. “Sí, ese”, afirmó el editor. “el tipo que se dedicó a la extravagancia y a la charlatanería para denigrar del oficio de periodista. Un mequetrefe, un embustero, un payaso sin gracia que se cree que tiene estilo haciendo columnas y videos que resultan un hueso peor que los chistes de sábados felices, porque si al menos hiciera reír, uno diría, qué bueno, qué humor ácido tiene este señor. Pero no, él piensa que insultar a través del ridículo, burlarse de las particularidades físicas y caricaturizar sin elegancia a sus detractores va a engrandecer al periodismo, y lo único que hace es envilecerlo, como su tío, que envileció la política. Lástima que lo único que le heredó al papá fue la calva, porque ese otro señor por lo menos sí me divertía y sí se podía decir que era un señor. El hijo es solamente un patán, y así está usted con esta columna que escribió, burlándose de los doscientos años de la patria y de los próceres. Además qué mala redacción, déjeme decirle, qué falta de estilo y eficacia. Igualito a las crónicas del Samper sobrino.”.
    Sobra decir que mi columna no fue publicada en ese medio, como ninguna de las que escribí. El editor, en un arranque de furor uribesco me las rasgó en la cara, marica. Así de frente, pero mejor. No me hubiera gustado la táctica Juanmanuelista de haberme dado la palmadita en la espalda y después mandarme a través de un tercero una patada en el trasero sin que yo me diera cuenta, eso sí que me habría dolido. En cuanto a los periodistas mencionados, no los tengo en tan mal concepto. El primero incisivo y acucioso. El segundo mordaz  y creativo, todo hay que decirlo. Aunque sí tengo que distanciarme en cuanto a sus opiniones. Ellos, con su particular estilo, se quedaron anclados en una posición de ataque exclusivo al contradictor político, cosa que es bien polarizante. Pero no los juzgo. Sus razones tendrán.
    Y yo, que no tengo contradictores por no tener ideales políticos, me quedo en la mitad del asunto, rogando al cielo que  la justicia obre para todos. No que exima a unos y castigue a otros según la posición política. Porque aquí no es malo el que comete un delito sino el que no piensa como uno, y si el juez es del equipo ya estamos ganados. Es triste que todo lo tengamos que llevar a los extremos y responsabilizar al bando contrario por los problemas que nos aquejan. En caso de no tener el otro la culpa, uno alista el jabón, y a lavarse las manos. Vieja enseñanza de nuestros gobernantes. Y no sé por qué terminé hablando de esto si al fin y al cabo lo único que pretendía era escribir otra reflexión filosófica.

05/08/19

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