Por Juan Felipe Giraldo Trejos
De la moda
Si la moda es una de las maneras de expresarse y mostrar
al mundo quién es uno, ¿por qué a la moda le incomoda a quienes no seguimos
su moda? Si ella hace gala de una naturaleza cambiante, ¿por qué también la
sociedad no cambia su imbécil manera de desperdiciar dinero y termina de usar
la ropa que todavía tiene en buen estado dentro del closet en lugar de lanzarse
a la aventura de insertarse, precisamente, en lo que está de moda? Mucho me
temo que este artículo no será del agrado de los adeptos a las boutiques y al estrén,
y de una vez les digo que en mí encontrarán a un enemigo acérrimo de las
tendencias modernas, a quien desde ya les declaro la guerra. Así que si no se
sienten identificados con el tema, les ruego el favor de cerrar por hoy el
documento y esperar una próxima oportunidad en la que me iré lanza en ristre
contra los mal vestidos, que ahí sí nos podremos entender.
Por el momento diré que en
una de las cosas en las que sí estoy de acuerdo con los gurúes del fashion es que la forma de vestir, de
peinarse, de lucir los accesorios; en últimas, la forma de verse, habla mucho
de la persona. Por eso a veces preferiría no llevar nada puesto, para que no
reparen en mi indumentaria ni hablen de mi. Lastimosamente hay que ataviarse
cualquier chirajo y dejar que este hable por uno, como si las ideas no pudieran
defenderse por sí solas.
Me pregunto quién es el que impone
y juzga si uno está mal o bien vestido. A quién se le dio semejante potestad
que raya en el totalitarismo dictatorial. Me imagino que como todo en este
mundo, siempre existe un poder superior, oculto entre bambalinas, que maneja
los hilos de la moda. Un imperio tenebroso que nos uniforma y tiene el cinismo
de hacernos creer que tenemos un swing
original, cómo no. Sin embargo, tipejos como yo que se ponen lo primero que encuentran
limpio y a veces no tienen la precaución mirarse al espejo y salen de cualquier
manera; que se ponen la ropa hasta que el uso deteriora la prenda y no hasta
que pase el relámpago del momento; y que menos conocen cuáles son las tendencias
en vestido, peinado y calzado, nos hemos convertido en el motivo vergonzante de
una sociedad que pretende estar a la moda. Una piedra que a la moda le incomoda.
Sé que no es conveniente en este orbe de
artilugio reflejar una presencia abandonada, primitiva, poco evolucionada del
que no se preocupa por ganar la aceptación de la cada vez más exigente masa esnobista.
Sé que se corre el riesgo de ser excluido. Que este tipo de conductas corresponden
a individuos que no están sintonizados con lo que mandan los cánones de la estética
y la belleza, y son motivo de burla porque no atienden los llamados publicitarios,
hacen caso omiso de la apariencia y se olvidan de cultivar el buen gusto que comparte
la mayoría. Le llevan la contraria a los mandamientos sociales y quedan rechazados
por la poderosa industria de la moda y sus derivados. En otras palabras, no son
ni quieren ser bellos. Yo sé todo eso, y sin embargo me niego por principio a
formar parte del emporio. La verdad me abruma tanta esclavitud a la apariencia
sabiendo que como lo decía El Principito, lo
esencial es invisible a los ojos.
Ahora bien, no porque sea
primitiva la facha, necesariamente se incurre en una señal de desaprobación,
sino porque si no es lo que se está usando, eso no luce. Si a los guardianes del
glamour les da porque lo in es salir envueltos en costales de
empacar café y dejarse el pelo enmarañado, ya no tendríamos loquitos en nuestras calles y acudiríamos
a la boutique de confianza a comprar nuestro pedazo de fique de la mejor
calidad colombiana.
De la barba
Durante finales de los
noventa y primeros cinco años de la década del dos mil, más o menos, el
afeitado y evolucionado rostro de George Clooney dictaminó lo que debía ser el
patrón masculino. La piel del rostro límpida, fresca, emanando fragancias
varoniles que harían derretir a cualquier mujer; el cabello entrecano, corto al
ras, bien delineada la patilla; camisa negra y gabán elegante de paño del mismo
color, lucido con elegancia; usando los lentes de montura pequeña que le daban
un toque de madurez y respetabilidad a su mirada. Todo en él denotaba
sofisticación y evolución: era una visión aséptica la masculinidad. No había
lugar a la primigenia. Atrás quedaban las melenas rockeras de los ochenta; sus
pantalones rasgados. También fue hora de recoger las camisetas anchas de skate,
las camisas leñadoras y las botas texanas que se impusieron en los noventa.
Comenzaba la pureza de la moda para el nuevo milenio. Todo lo que fuera pelo de
sobra hubo que eliminarlo, incluso en las partes donde antes los hombres no
teníamos por qué rasurarnos. De las mujeres ni se diga. A ellas no les bastó
con la simple cuchilla, sino que idearon otros métodos más dolorosos e
incómodos, y por lo tanto más científicos. La cera, el hilo y la depilación
láser les hicieron un nuevo hueco en el presupuesto. De alguna manera, los
lampiños estuvieron en su cuarto de hora. Fue como un retorno a la moda de los
cuarenta y cincuenta, pero con el sello propio del nuevo siglo. Entonces
recuerdo que tres veces por semana tenía que pasarme la Gillette por mi cara
para acceder a los besos tiernos de una novia que tenía por esa época, y que
como la mayoría de las mujeres, aborrecían la barba.
Hasta que a mediados de los
dos mil a un famoso le dio por imponer el look arcaico y hubo que dejarse crecer
la barba. Fue la forma en que el sexo débil se conectó con la animalidad de un
instinto protector que le atrajo de manera inconsciente. Esa barba espesa fue el
símbolo de lo que anhelaba el sentimiento de fragilidad y delicadeza, y de paso
otorgó mayor poder seductor a los hombres que pretendían emular, por ejemplo, a
Brad Pitt y a otros íconos de la farándula que fueron vistos como los nuevos
modelos a seguir. Hasta el mismo Clooney, tan bien puesto y refinado en la
década anterior, decidió usarla ya en el inicio de su adultez tardía. A pesar
de verse como unos ermitaños desaliñados, se trataba de Brad Pitt, de George
Clooney, de Ben Affleck, de Leonardo Di Caprio, y todos “se veían tan
masculinos”, según las voces que sabían del asunto. El prototipo del hombre
metrosexual quedó obsoleto. Los que por cuestiones laborales tuvieron que ir
afeitados al ras, o por falencias de la genética no pudieron cultivar vellos
sugestivos en la cara, perdieron algo de participación en el mercado viril.
Bajaron sus acciones por no tener el look actualizado con la moda. El hombre
lampiño se vio desplazado de pronto por una horda de barbados que movieron en
las féminas alguna hormona de su época prehistórica que no se civilizó, y así
la onda cavernícola fue mucho más apetecida. Pero entonces los señoritos
modistos, los estilistas (palabra que por cierto es un eufemismo de peluquero, que suena más original), los
asesores de imagen y toda esa pléyade de insaciables
que controlan el poder superior del cual nos han hecho esclavos, se inventaron
que a la moda de la barba había que ponerle ese aderezo que precisamente nos
complicó la vida a los que no lo tenemos. La misma palabra me resulta ofensiva:
estilo. Que la barba tenía que ser
lucida con estilo, para que aquellos alebrestados de barba crespa y frondosa,
prolífica en amorfas contexturas, no se creyeran que podían entrar al club de
los galanes así tan fácil. Se requería el conjunto de normas a seguir y crear
una nueva corriente que además implicara ropa, zapatos y accesorios para
generar todo un movimiento fashion
que motivara a la sociedad cosmopólita a pensar en un cambio de imagen.
De los hipsters
Se inventaron
una tribu urbana llamada hipster, esa
pseudo-cultura que adopta un estilo de vida con gustos alternativos, vintage (palabrita que ahora a todo el
mundo le dio por usar y que me servirá para otro artículo), e independientes
que dicen rechazar los valores de la cultura comercial y las convenciones
sociales pero que ya nos las han impuesto en todos los almacenes de los centros
comerciales. Ya hasta en los matrimonios le dicen a uno que la temática será hipster, y uno corra a buscarse unas gafas
de retrasado, como si con la sola
cara no fuera suficiente. Paradójicamente, al popularizar su propia tendencia,
los hipster se conviertieron en todo
aquello que no deseaban, o en todo lo que ellos pretendían rechazar.
Siendo así las cosas, en el aspecto
de la barba, no cualquier barba sirve para ser miembro del movimiento: debe ser
larga, lacia y sedosa al mejor estilo del futbolista Messi. Hay que llevar unas
gafotas de pasta gruesa y sicodélica
que habría sido la dicha de Mr Magoo cuando era un adolescente. De haber
existido en su tiempo él habría sido la sensación de la fiesta. Se requiere
además unos pantalones de pitillo que favorecen poco a los que tenemos un
trasero de conductor de camión, por lo cual no me apuntaría al club, porque es
tan malo para un hombre no tener trasero como tenerlo muy bien formado. Hasta
allá no. Y aparte de la indumentaria se necesita también del uso extenuado de
los aparatos tecnológicos y las redes sociales, cosa para lo cual no poseo
mucha habilidad, ¿o sí? En lo único que puedo coincidir con esta tribu es en el
uso de prendas antiguas, pues tengo camisas que datan de la década pasada,
algunas con un efecto envejecido pero enteritas. Insisto: la barba es lo
principal, y no demoran los barberos en implementar el servicio para adecuar la
imagen a lo que demandan sus arbitrios: el laciado de la barba.
De modo que como mi barba no
se pareció nunca a la que tuvo Brad, sino a la de san Juan El Bautista, lo
mejor fue dejarme una sombra incipiente que disimulara el descuido las primeras
dos semanas, y ya cuando fuera tiempo de pulirla, sostener el cañazo por otras
tres semanas más y asumir mi condición de desterrado feliz de la moda, pues ya
es demasiada presión para mí este tipo de requerimientos sociales. Tampoco me
crecen los bigotes al estilo Dalí, que era la otra opción. En el mejor de los
casos puedo cultivar un bigote de charro mexicano, pero ese ya pasó de moda.
Las gafas grandes menos lucen en la redondez de mi cara de nerd consumado, y
los corbatines que en otros simbolizan un look vanguardista y rebelde, a mí
sólo me acrecentarían el aspecto de la ñoñería.
Espero, por lo pronto, que
retorne una moda de esas que pasan y con el tiempo vuelven. La que más me
favorecería, por ejemplo, podría ser la de los años treinta. No la de los años
treinta inspirada en la elegancia de los gangsters, sino la de los años treinta
del siglo primero, en plena época de Jesucristo.
14/09/19

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