lunes, 9 de septiembre de 2019

Los apotegmas de Lucía


Por Juan Felipe Giraldo Trejos                                                                                                




De nada sirve cerrar los ojos
para perderse en el sueño
si el monstruo tiene
su guarida adentro

Siete veces Lucía, Juliana Javierre


    Pocas veces se encuentra uno con una obra en la que se condensan, a través de la metáfora, el aforismo y la alegoría; los estados alterados del pensamiento, las tragedias de la vida y los misterios de los sueños; todo el sentido mismo de la existencia que a veces sólo puede ser entendido desde el receptáculo exclusivo de la psiquis ajena que otros no pueden horadar.
    He aquí que he encontrado esa obra en la que el símbolo se funde con la poética y surge la consciencia iluminada y esclarecida para revelarnos la pared de ladrillo que marca el final del sendero y que sería inútil traspasar si otra pared idéntica la sucede. Es la obra ganadora del XXXIV Concurso Anual de Novela Aniversario Ciudad de Pereira del año 2018 editada por la Secretaría de Cultura de esta ciudad y cuyo título es Siete Veces Lucía, de la joven escritora pereirana Juliana Javierre.
    Sobre Juliana puedo decir que tuve la fortuna, como pocas veces uno tiene con los escritores, de conocerla en persona en una charla del taller de escritura al que asisto. Al fin y al cabo es paisana mía y todavía uno se la puede topar en las actividades culturales de la ciudad. Me temo que si ella sigue así, con esa pluma tan desenvuelta y fascinante, a la vuelta de unos años no estará tan disponible para los seguidores que ya comenzamos a admirarla. Se acordarán de mí que es sólo cuestión de tiempo para que su nombre engalane el panorama de las letras nacionales, y seguro de las internacionales también. De pronto tendremos que resignarnos a verla afincada en los círculos de la élite intelectual, y cuando eso pase, difícilmente vendrá a Pereira a dar una charla. Tiene juventud y experiencia a la vez, dos condiciones que en ella no son mutuamente excluyentes, y hace tiempo dejó de ser promesa para convertirse en una realidad. Es profesional en estudios literarios, correctora de estilo, directora de un sello editorial, y además tiene un interesante trabajo sobre José Martí al que habrá que prestarle más atención.
    Independientemente que me haya encontrado esta obra en una jornada de caza literaria en la que estaba deseoso de escuchar las nuevas voces escriturales de la región, quiero decir que la novela de Juliana Javierre me aplacó las ansias y me sació bastante el desmedido apetito intelectual que a veces me embarga. Como no es alimento fácil de digerir, tuve que serenarme y leer despacio, tomando conciencia de que lo que es demasiado claro no es interesante, como le escuché decir al profesor Rodrigo Argüello. Así que atorado de vida, me encerré para devorar, caníbal, cada una de las páginas del libro, o como le sucedería a Lucía, la protagonista, devorar cada una de mis culpas.
    De entrada me encuentro con una serie frases que podrían inscribirse en el compendio de los aforismos profundos y que desarmarían a cualquier crítico feroz, y por supuesto, el corazón de un desprevenido lector que no puede más que aceptar que las máscaras pierden eficacia cuando se abusa de ellas. También como diría uno de los personajes, en este mundo mediado por el azar nos esforzamos en hacer que la ruleta nos sea cómplice. En lugar de uno luchar contra el destino mejor amistarse con él, no sea que a la vuelta de la esquina nos despojen de las máscaras que tantas veces hemos utilizado, ya sin lograr engañar a nadie. Y así debe uno volverse cómplice de Lucía, de Carlitos, de Carmen y de esos personajes que enfrentan a su manera la falsa certeza de su propia realidad, incluso hasta evadiéndola o reinventándola.
    Sobre la novela de Juliana Javierre, ¿qué puede uno decir?, que es un escrito inacabado —en el buen sentido de la palabra—, como todas las obras de arte; que me la he leído dos veces pero todavía no la he terminado de leer porque sigo esperando que Lucía me aclare las mil dudas que germinó en mi cabeza; que necesito que ella, la protagonista, no me deje absorto en mí mismo, soñándome posible en otra vida. Una mejor, más feliz donde me haya equivocado menos. Se puede decir que es una novela que no conviene a quienes desean seguir escondiendo el secreto familiar, esquivando la culpa y evitando enfrentar los fantasmas del pasado. Al final todo sale a la luz. No hay muro que no caiga. Y si existe el miedo a las consecuencias habrá que inventarse otros mundos en donde esa clase de trivialidades no tengan importancia. Porque también existe la posibilidad, en esta novela, de perderse. El lector puede perderse, no tanto en el hilo narrativo, sino perderse en las leyes propias de los que aquí gobiernan. Hay que tener mucho cuidado con cada palabra. Cada línea es una clave, una puerta de salida del laberinto en el que magistralmente la escritora nos introdujo. No sé cuál sería su intención, pero intuyo que conoce nuestras debilidades como lectores. A mí también me pasa con esta novela lo que le pasa a Carlos con Lucía. De ella, su oscuridad, es lo que más me atrae.
    Si se notan las cursivas, estas son extraídas de la misma boca de los personajes. Se podrá apreciar que la obra está estructurada con esas metáforas peligrosas que pueden quemar el cerebro de los que no suelen pensar mucho. Peligrosas pero hermosas e inteligentemente bien construidas. Y no es que sea una novela de complejos tintes siquiátricos, filosóficos ni sicológicos —a pesar que en sus páginas se entretejen muy bien las fases de la esquizofrenia y se teme perder el sentido de la existencia por el comportamiento de unos personajes en apariencia mentalmente trastornados—, sino que es en sí misma un fiel reflejo de la vida: nos habla de la desintegración familiar, de la violencia de una sociedad que mata a quienes la intentan alumbrar, de la incapacidad de prolongar los sueños cuando posibilitan ventanas que la realidad niega, como bien lo afirma un personaje; de las complejas relaciones de los seres humanos tan dados a caer en las trampas, los disfraces, el maltrato, el odio compartido en silencio que es donde nos encontramos. En cada página pesca uno la frase precisa que hace levantar la vista y acordarse de que uno es parte de esa naturaleza que nos atañe a todos. Reconozco que al principio no entendía, que me parecía estar cayendo en una celada típica de Cortázar, de esas que uno encuentra en sus cuentos o en la misma Rayuela. Sin embargo, robándome otra vez las palabras del narrador de la historia, no se necesita entender nada, sólo contarlo para que en las palabras ese hecho difuso vaya cobrando cuerpo. El mismo lenguaje poético le va dando la clave al lector. Las palabras no cobran vida. Ellas son la vida.
    Así pues, que Siete veces Lucía es la reafirmación de esa levedad que Kundera también nos reveló; la pequeñez que todos llevamos dentro y que creemos que es grandeza. Somos medio, jamás fin, lo reitera el personaje narrador en medio de la algarabía de voces y recónditos entendimientos consigo mismo.
    Recomiendo ampliamente la lectura de esta novela. Cualquiera que sea el objetivo, al terminar cada capítulo, el lector inevitablemente evocará una angustia de su pasado o se encontrará con la afinidad emocional que lo hará detener la marcha. Sí, garantizo que si todavía quedan sentimientos en el corazón, esta novela los hará palpitar. En caso contrario, la estética del lenguaje bastará para revelarlos.

09/09/19

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