sábado, 28 de septiembre de 2019

Verde Vs Gris

Por Juan Felipe Giraldo Trejos













  
 A nuestra ciudad llegó el cemento en las primeras décadas del siglo anterior, convirtiéndose este suceso en un paso determinante para la construcción de la reciente urbe que a partir de los años veinte cambió su fisionomía  tradicional por una que le daría un pomposo tinte comercial. 
    El otrora verde de praderas y follajes que inundaba esta tierra fértil y rica en vegetación, fue dándole paso a un gris desteñido y asfixiante que llegó para incrustarse en las aceras, en las calles, en los techos de Eternit de las viviendas modernas (que a su vez reemplazaron el ocre de las tejas de barro de las primeras casas), y en las vigas y columnas imponentes de todas las construcciones que comenzaron a levantarse precisamente cuando ese gran invento revuelto con arena atosigó el suelo y lo despojó de su naturaleza; cuando los nutrientes de la savia que alimentaban la espesa fronda fueron cambiados por los sílices, las alúminas, los álcalis y los azufres del dañino polvo gris. Ha ocurrido algo similar en las naciones del subdesarrollo y en algunas del primer mundo, en donde también el caos reina y el centro urbano es un nicho pestilente y contaminado. Pero como no es muy práctico lamentarse ni dolerse de manera general por el problema de la polución del planeta sin antes advertirlo en el propio terruño, me referiré a esta, la ciudad en la que habito, como punto de referencia para la reflexión ya tantas veces realizada por otros antes que yo y con similares conclusiones.

    En una entrevista que le hicieron al profesor e historiador Jaime Ochoa Ochoa para la conmemoración de los 150 años de Pereira en el año 2013, afirmó que esta creció de una manera desordenada, sin planificación urbanística ni arquitectónica, sin conciencia. Sus construcciones fueron eclécticas; copias de otras que los prohombres que impulsaron el progreso de esta tierra vieron en los grandes centros europeos y en la misma Nueva York. Dice el historiador que en el tránsito a la modernización, “casi ningún edificio se pareció a otro, salvo cuando llegaron los famosos conjuntos residenciales” [1] y los condominios que uniformaron las casas de la clase en ascenso. Para nadie es un secreto que este territorio fue desde el principio considerado lugar de paso, accidente del camino, cruce fortuito y no punto final de llegada. Los primeros habitantes que lo poblaron no se interesaron por establecer una acción de identidad colectiva, sino simplemente por echar raíces y generar riqueza, pues se recibió todo lo que llegó de afuera sin orden ni concierto.




    Y henos aquí desbocados, en la ampliación de la mancha gris como producto de una temible vocación comercial que ha devorado sin remordimiento el verde y todo aquello que se interponga por delante, máxime si se trata de medio ambiente. Como si de repente hubiéramos olvidado la importancia de esas matas de café que le propiciaron tanto auge a nuestra economía en los inicios del siglo pasado y que hoy apenas pueden sostenerse en pie.
    Mi ciudad, entonces, la vengo percibiendo como un ente de concreto adusto y asfixiante en el que no se volvió a construir un parque nuevo desde hace por lo menos quince años, como si con esos parquecitos de barrio ya fuera suficiente para entretener a unos habitantes maleables y desapercibidos de su espacio. Si pongo en la balanza el número de las zonas verdes de importancia que se han adecuado versus el número de centros comerciales que se han construido, ya me formo una idea clara sobre cuál lado de dicha balanza se inclinará. No nos debe extrañar entonces que la obra de albañilería se haya impuesto sobre este paisaje que una vez fue bosque. Ni un solo parque nuevo; podría apostar con el temor de ganar.
    Tal vez el consuelo que nos quede sea la siembra de no sé cuántos miles de árboles en las afueras del perímetro urbano, pero no entendemos que es en el corazón del sistema donde se requiere con urgencia la oxigenación. Otro consuelo es que remodelan los parques ya existentes y que han estado ahí casi que desde el inicio de esta villa, pero eso sí, no me cabe duda que la obra de cemento vuelve y le da otro golpe contundente a la obra de la naturaleza. Miremos nada más cómo intervinieron los parques de la Avenida Circunvalar durante esta administración. Claro que los embellecieron y los hicieron más amigables para el paseante, y agradables a la vista, ni más faltaba que no lo reconociera; no estoy en contra de la urbanización ni del sector de la construcción, quiero aclarar. Por el contrario, apoyo una renovación urbana, sensata, y con sentido ecológico, pero a mí no me engañan. ¿Cuánto pasto nos tapizaron con el vil mortero?, dejaron escasamente una pequeña porción de tierra a los árboles más viejos que estuvieron tentados de tumbar; como aquellos centenarios mangos y aquellas palmeras de playa que fueron echadas abajo no hace mucho. Reinaban sobre el Parque Olaya, que por cierto es el único pulmón urbano importante con que cuenta el centro de Pereira. Sin embargo, era preciso construir la estación de cable aéreo requerida en este punto. No había otro espacio mejor para realizarla, y como bien se sabe, resulta mucho más económico remover la naturaleza atravesada en el camino que comprar predios aledaños: la vocación comercial por encima de todo.
    El profesor y escritor Rodrigo Argüello en su libro Ciudad gótica, esperpéntica y mediática lo expresa de una manera contundente: “…el espacio urbano se ha convertido en un cuerpo inmovilizado por el yeso. Se pavimentan las calles, los caminos, los patios de las casas, de los colegios y las escuelas. La naturaleza en la ciudad es aplastada por planchas de cemento”.[2]   
    Y aunque lo menciona para describir en general a la metrópoli moderna, también Pereira, de alguna manera, lo viene siendo. Es una forma de vida urbana, y bien lo refiere el libro. Es una ciudad caleidoscópica como lo afirmó ese otro escritor de la comarca cafetera, Rigoberto Gil Montoya: “…ligada a la memoria de los seres que la componen y la han hecho visible en un tejido histórico y social (...)”[3].
    Me aventuro a pensar una hipótesis un tanto simple pero bastante metafórica para explicar que uno de los primeros signos que advirtieron sobre la pérdida de esta batalla del gris sobre el verde, tanto en la pequeña urbe como en los grandes emporios latinoamericanos y tercermundistas que se jactan de una simbólica renovación; fue la abolición definitiva del lugar más importante de la vieja casa: el patio.
    En principio, fue este un solar grande colmado de arbustos y floresta de toda clase que cuidaban las abuelas, cuando las primeras viviendas que se construyeron estaban en el centro de un espacio natural, rodeadas escasamente por alambrados, y chambranas, sin muros de piedra que propiciaran la dureza de los sentimientos. Luego, cuando se levantaron casas de balcones con fachadas coloniales en la parte céntrica o en los alrededores de la plaza importante y se prohibieron ciertas actividades de índole rural como dar de comer a las bestias en la calle; el patio quedó encuadrado en el centro de la vivienda, delimitado por largos corredores que albergaban los cuartos como en hilera. Las chambranas se situaron al interior rodeando ese imprescindible escenario, ahora recubierto con piedra, pues la aldea rural del inicio de sus tiempos se presentaba ya rebelde y anarquista como si obedeciera a un germen de independencia. Más tarde, los egregios padres de la villa copiaron las ideas arquitectónicas que vieron en sus viajes por el exterior, y se pensó que el solar debía ubicarse en el último rincón de la casa, en la parte de atrás, allí donde se escondiera de los transeuntes. Aún en esos tiempos podía conservar algo de su majestuosidad, siendo lugar de reunión de los adultos en las fiestas familiares; de distracción de los viejos anhelantes por respirar un poco de aire puro; solaz de los niños en sus juegos infantiles y sitio de flirteo para los adolescentes. Siempre representando el centro de las actividades hogareñas, incluso más que la misma sala. Poco a poco fue haciéndose más reducido y ahora las viviendas vanguardistas han minimizado la importancia del espacio abierto y lo reemplazaron por eso que eufemísticamente llaman la zona de ropas: cerrada, estrecha, húmeda y mural. Nos quitaron el patio de las casas y con él la posibilidad de tener un pedazo de vida natural con sólo abrir la puerta de la habitación. En los apartamentos ni hablemos de la palabra, borrada totalmente de su diccionario arquitectónico.
    Y así como en las viviendas, en la ciudad también venimos perdiendo los otros patios de nuestra geografía y de nuestra mente; es decir, los parques; cada vez más sitiados por la jungla del cemento, con el que el maduro sol de la aldea del maestro Eduardo López Jaramillo jugó alguna vez. “Lo demás es lo mismo: rostros, demoliciones, los milagros que puede hacer un blue-jean o una camisa a rayas cuando cruzan la esquina.”[4]

  
    28/09/19



[1] Pereira, 150 líderes – Jaime Ochoa Ochoa, Proyecto de investigación del programa de Comunicación Audiovisual y Multimedios, Facultad de
Diseño, Comunicación y Bellas Artes de la Fundación Universitaria del Área Andina, 2013
https://www.youtube.com/watch?v=JrHlXeM6aRc
[2] ARGÜELLO, Guzmán Rodrigo, Ciudad gótica, esperpéntica y mediática, Ensayos de simbólica (y diabólica) urbana, Ambrosía editores, Bogotá, 2004, Pág 21
[3] GIL, Montoya, Rigoberto, Pereira, visión caleidoscópica, Colección de escritores pereiranos, Pereira, 2001, Pág 25
[4] Carta en prosa (fragmento) de Eduardo López Jaramillo, recuperado en la cartilla Homenaje a Eduardo López 1947-2003

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