Por Juan Felipe Giraldo Trejos
Como esta es una época en donde los alimentos están escaseando
en Colombia, y como este es un país en el que a pesar de tener las tierras
suficientes para la producción agrícola, se sigue importando la comida
(solamente si sembráramos una extensión de tierra equivalente al departamento
del Meta, tendríamos forma de alimentar al mundo entero), yo quisiera alertar a
mis compatriotas para que nos preparemos desde ahora a comer menos arroz. Es
posible que nos corten el suministro de afuera. Sí señores, casi todo nuestro
arroz es importado, de mala calidad, y por supuesto, más caro; porque de lo que
se trata es de cumplir con los compromisos adquiridos a raíz de los tratados
comerciales con otros países. En especial con Estados Unidos, país al que le
tengo gran cariño, pero que nos está mandando cien mil toneladas de arroz, y no
es por cuestión humanitaria. Y de nuestro vecino, que está viviendo unas
circunstancias peores que las nuestras a raíz de la pandemia, nuestro
queridísimo Perú, estamos trayendo sesenta mil toneladas. Es que definitivamente
los colombianos sí comemos mucho arroz. Lástima por un país tan rico, pero tan
pobre al mismo tiempo. Lástima por este país que se va a morir de hambre con la
despensa llena, o por lo menos con la capacidad para surtirla.
Aquí no importa
que se quiebren los arroceros nacionales, ni los cafeteros. Porque café también
estamos trayendo del Brasil y de Bolivia, qué increíble. Aquí lo que importa,
como lo mencionó recientemente en una entrevista el presidente de Fedearroz, el
señor Rafael Hernández, es dar cumplimiento a los compromisos. Por supuesto, de
la misma manera irónica como lo estoy escribiendo, lo afirmó el doctor
Hernández. “Hay compromisos firmados”, manifestó. Y agregó que por el Tratado
de Libre Comercio (TLC), en donde se utiliza al arroz como comodín, la
importación del cereal aumenta y seguirá aumentando gradualmente en un 4.5%
anual gracias a unas contingencias que afectan directamente la producción
nacional. Y resulta que con los países andinos firmamos un tratado que ya cumple
cincuenta años, el famoso Pacto Andino, en el que por una cuestión de favorabilidad
se beneficiaba a la nación menos desarrollada, que en ese momento eran Perú y
Ecuador, porque ¡qué nostalgia!, en aquel tiempo bendecido nosotros estábamos
muy bien y ellos no tanto. Resulta que las cosas cambiaron. Ellos ahora tienen
excedentes para exportar y nosotros perdimos nuestra soberanía alimentaria.
“El producto
más caro es aquel que no se tiene pudiéndose producir”, fue una frase que me
quedó sonando de lo que dijo el presidente de Fedearroz. Ahí está la causa de
que los colombianos, muchas veces sin percibirlo de manera alarmante, paguemos
tres o cuatro subidas del precio del arroz durante el año, y con esta tragedia
de salud pública que ha golpeado en todo el mundo, mucho más. ¿Y por qué no se
produce? Pues la respuesta es obvia. Si entran camionados como arroz desde Ecuador;
y si además llegan en forma ilícita, es decir contrabando, sin que autoridad alguna
lo controle; al productor colombiano no le queda de otra que dejarlo de lado.
Es que no tiene cómo competir. Primero tiene que limitar su área productiva. Segundo,
el costo de sacarlo al mercado es tan alto, que será bobada endeudarse para producirlo
y después no tener con qué pagar. Tercero, el flete. Nuestra geografía montañosa,
nuestras carreteras a medio construir o sin construir del todo, nuestro combustible
tan caro, han hecho que sea más oneroso llevar el arroz de Villavicencio a Barranquilla
que a la China. Siendo así las cosas, no nos queda de otra que comernos el
arroz cultivado en tierras extranjeras. Como la crisis que provocó el problema
mundial de la pandemia ha obligado a todos los países a asegurar primero la
alimentación de sus propios pueblos, nos veremos avocados un poco a prescindir
del alimento blanco. Y lo bueno es que nosotros podríamos producir mucho más de
lo que se está produciendo. Y no sólo arroz, sino café, cacao, frijol, maíz,
cualquier otro cereal y alimento. Con la tierra que tenemos, los climas, el
agua, los minerales, podríamos producir comida para calmar el hambre del mundo.
Pero no lo hacemos.
Mi amiga Cata,
la marxista, me dijo un día que eso se debía a que los gobiernos que nosotros
elegíamos no se preocupaban de invertir en el campo y sólo se habían dedicado a
vivir del petróleo… y a robar. Que se habían robado toda la plata. En parte
tiene razón, porque no se reinvirtieron los dineros de la bonanza petrolera en
mejorar la infraestructura del campo para que este fuera más competitivo, sino
que fueron a parar a los bolsillos de cuanto politiquero corrupto se lucra del
presupuesto nacional. “Por eso hay que cambiar este sistema”, me reiteró con su
consabida monserga en defensa del socialismo. Me quedé pensando y he llegado a
una conclusión: el hecho no es cambiar el sistema para cerrar las importaciones
y volvernos una isla económica. Creo más bien que con tanta ventaja comparativa
deberíamos aprovecharla y volvernos nosotros más fuertes en producción de
comida que el Perú, que Ecuador, que Estados Unidos, como para citar esos tres
casos de donde nos está llegando la mayor cantidad de arroz. El capital, la
tecnología, la mano de obra calificada al servicio de la producción agraria nos
contaría otra historia: nos haría una potencia agrícola, la despensa de la cual
se surtiría el mundo. Y nos convertiría tal vez en el responsable de que los
precios de la comida fueran tan baratos, y de que el hambre en el mundo no
existiera. ¿Se imaginan el paraíso? Entonces nos ganaríamos también la
antipatía de algunos vecinos porque fuimos más competitivos que ellos. Nos
tildarían de explotadores agrícolas, pues habríamos invadido al mundo de comida,
así como en otro tiempo las potencias nos invadieron de carros, de dispositivos
electrónicos, de chatarra tecnológica, de todo lo que no es vital para vivir. Nos
quedó claro que en medio de todo, lo único de lo cual el hombre no puede
prescindir para sobrevivir como especie, es de la comida y del agua. Todo lo
demás está sobrando. Y desde luego la comida la encontramos en el campo que no
hemos sabido valorar.
Si con esto que
le pasó al mundo los colombianos no descubrimos que el agro es el futuro,
entonces no merecemos los privilegios con los que la naturaleza nos premió en
estas tierras. Despotricaron de las potencias porque se hicieron fuertes y
supieron salir adelante en un sector que supieron explotar. A lo mejor todo eso
se acabó y tocará recomenzar. Es el momento del campo, como ningún otro en la
historia de la humanidad. En Colombia no hemos querido aceptar nuestro destino
de país rural y queremos vivir con el nivel de vida de Suecia, país que tanto
le sirve de modelo a quienes reniegan de su patria. Y se olvidan que el tal
socialismo que pregonan no existe en el país nórdico. Allá no todos son iguales
de ricos.
Si no queremos que vengan los chinos a
colonizarnos, como algunos estarán pensando (y hasta alentando) que va a
suceder, tendremos que pellizcarnos, y dejar de estar aspirando a conocer
Disneyworld y la torre Eiffel, y la moda de Milán. A ponerse las botas
pantaneras, porque el campo es el futuro. El resto es prescindible.

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