Por Juan Felipe Giraldo Trejos
Tan ilógico como encontrar un judío integrando las filas de un
regimiento nazi, me resulta a mí la propuesta de la CEPAL (Comisión Económica
para América Latina y el Caribe) con miras a enfrentar el impacto de la crisis
producida por la enfermedad del Covid-19. La organización, en su sana intención
de combatir la pobreza, propone que los gobiernos realicen transferencias
monetarias para satisfacer las necesidades de los más vulnerables; lo que ellos
consideran crucial en el camino de una reactivación rápida de la economía. Esto
se realizaría con perspectivas a
permanecer en el tiempo, como lo afirma su portavoz, la Secretaria
Ejecutiva Alicia Bárcena, a través de un ingreso
básico de emergencia que sería por unos seis
meses (¿contradicción?), o por lo menos el tiempo que dure la pandemia,
dado que habrá que convivir con ella y que por ahora no se vislumbra una
solución definitiva que permita superarla.
Hasta ahí uno diría que en
verdad es necesario que en esta debacle económica, en donde no es posible
trabajar con normalidad (de hecho es imposible pensar siquiera en salir a
trabajar por la cantidad de limitantes que existen), el Estado deba meterse la
mano al bolsillo y sostener a los más pobres; a quienes ven en peligro su
supervivencia ante la imposibilidad de generar ingresos. Me parece, incluso,
que en el caso de Colombia, no se ha debido utilizar la banca privada como
intermediaria para realizar los desembolsos, cuando sabíamos que esto podía
llegar a ser un arma de doble filo y convertirse en otra estratagema de los
dueños del capital para seguir enriqueciéndose a costa de la desgracia ajena.
¿Acaso a los bancos les interesa ayudar? El subsidio debió habérsele entregado
directamente a la gente que no tiene ni para comprarse una libra de arroz; a
los dueños de pequeños negocios que por acción del cierre no pudieron derivar su
sustento de los mismos y se quedaron sin el pan diario, a los miles de informales
y ambulantes que viven de lo que hacen en el día, y que a condición de que se
quedaran en la casa, el Estado les proveyera lo necesario para su manutención
mientras durara esta plaga. En eso me parece que el gobierno en Colombia fue errático
a pesar de sus muy buenas intenciones, porque apelar al sistema bancario para
que nos diera una mano en la emergencia fue como dejar a los ratones cuidando
el queso.
Y hay que ayudar, como sea,
porque se trata es de combatir no sólo al coronavirus, sino también al hambre.
No podemos dejarnos enfermar, pero tampoco podemos dejar que se nos caigan las
empresas, ni el empleo, ni tirar por la borda lo poquito que hemos construido.
Lo único que toca tirar en este momento es la ortodoxia económica, a la que
tanto se quieren apegar los financistas de este país, como el Señor Ministro de
Hacienda, quien todavía tiene la desfachatez de proponer una reforma tributaria
cuando estamos con el agua al cuello. Aquí valen un rábano las metas
estadísticas, y que se vaya al diablo el crecimiento y la nota de las calificadoras
de riesgo que son las que dicen si un país es viable para invertir o no. Aquí
lo que tenemos que hacer es empezar a producir comida a dos manos, para
nosotros y para el mundo, porque tierra tenemos, y sería de la única manera
como no acosaría el hambre: no olvidemos que un país con hambre es un país en
guerra. Ya dejemos de proyectar nuestros ingresos basados en los capitales
extranjeros, en el petróleo, que hoy vale poco y que seguirá bajando, para bien
de la naturaleza. Hasta ahí, repito, estaría yo de acuerdo en que el Estado nos
sostenga, pero sólo y únicamente mientras nos levantamos y salimos de esta, como
dicen los optimistas. ¿Y si no se termina el virus qué hacemos? Me preguntó un
día mi amiga Cata. Ni modo, habrá que salir y tomar las medidas de prevención
por nuestra propia cuenta y riesgo. Ya el problema serían los irresponsables y
los inconscientes que no quieren hacer caso. El Estado no tiene forma de
controlar a cada uno, ni recursos infinitos, tampoco. No comparto la posición
de mi amiga Cata, La marxista, cuando
dice que el gobierno es el que tiene que mantenernos indefinidamente. Yo digo
que lo que tiene que hacer es invertir bien lo poquito que hay, en lugar de gastar
del presupuesto para mejorar la imagen, comprar camionetas blindadas o pasajes
aéreos, que eso sí es un pecado terrible.
Por otro lado, me preocupa la
notoria contradicción de la señora Alicia Bárcena, porque primero habla de que
el Estado benefactor operaría por seis meses, luego por el tiempo que dure la
crisis, pero lo más grave es cuando habla de las perspectivas a permanecer en el tiempo. Aquí la Alta Funcionaria de
las Naciones Unidas tiró el zarpazo para proponer un socialismo disimulado y
como tal, peligroso. Veamos:
La CEPAL reitera que es el momento de implementar políticas
universales, redistributivas, solidarias, cambiar el modelo económico, proponer
un Estado de bienestar. Un momentico, señora Bárcena, que una cosa es que
los gobiernos tienen la obligación de velar porque su gente no aguante hambre,
y otra muy distinta es que el Estado se convierta en la superestructura que
tanto promulga el mamertismo. Eso sí que no. Lo que soterradamente, como quien
no quiere la cosa, como con alma dadivosa y caritativa, propone la funcionaria
Alicia Bárcena, es prácticamente un modelo de economía Socialista. Ya decía yo
que aquel que dice defender tanto a los desfavorecidos, en el fondo es quien
más los necesita para mantenerse en su zona de confort. Eso de coger al coronavirus
para decir que todo estaba funcionando mal y que tenemos que volcarnos al
modelo opuesto me parece un ardid muy peligroso con el que no comulgo, porque
en vez de promover alternativas para que los pobres generen riqueza, lo que propone
es que Papá Estado los sostenga, y qué tan bueno al principio cuando nos dan
todo porque somos unas criaturas hambrientas, pero qué tan malo después, cuando
el Estado se hace grande y fuerte, y no hay quien lo controle, y se vuelve dueño
de nuestra libertad, nuestras aspiraciones, nuestro pensamiento; y termina,
igualmente, dejándonos morir de hambre.
Esta CEPAL se queda corta en
la proposición. Le sugiero, que más que un ingreso básico indefinido, cosa que
tampoco es viable en ningún país latinoamericano, proponga la creación de
riqueza a través de proyectos en los que todos podamos trabajar. Que impere un
nuevo orden mundial, pero igualmente productivo. El problema de que empecemos a
recibir un ingreso básico de emergencia se evidenciará a largo plazo, cuando
por cuenta de un Covid-19 descontrolado y una pobreza que haya invadido hasta
el espíritu, nos hayamos vuelto unos incompetentes y no nos quede otra alternativa,
esa sí nefasta, que la de seguir ateniéndonos a lo que digan los gobiernos. Y
bien sabemos que en Latinoamérica no es que contemos propiamente con líderes dechados
de virtudes. Conocemos por la historia que nuestros gobernantes sólo necesitan
de una pequeña gabela para resultar convertidos en unos caudillos dictadores,
si es que no es la misma cosa; tanto de un lado como del otro, porque no se
crea que la tiranía viene sólo de los capitalistas ultraliberales, no señor. Miremos
que por causa del totalitarismo del gobierno chino fue que se extendió este
flagelo que nos jorobó la vida a todos. Eso de esconder el problema, y que no
alertemos al mundo porque no es políticamente correcto, si mal no recuerdo,
provino de ese régimen comunista totalitario, quien en contubernio con el
director de la OMS se aseguró de salvaguardar su buen nombre en caso de que lo
señalaran a él de haber creado el virus. Acuérdense lo que dijo la Organización
Mundial de la Salud, cómplice en todo esto: “No existen pruebas de que el Covid-19
se haya fabricado en un laboratorio”. Y yo le digo que tampoco hay pruebas de
que haya salido de un murciélago. No sé por qué me late que a un puñado de
manipuladores le conviene culpar al capitalismo de esto; que por el consumismo
desmedido, por el exceso de globalización, por la explotación de los recursos
de la tierra, por la avaricia, la soberbia, la vanidad, y una serie de antivalores
que deberían ser responsabilidad de cada individuo, porque a nadie están obligando
a antojarse de cuanto bien y servicio ofrecen en las vitrinas de los centros
comerciales. Eso sí, le recuerdo a doña Alicia Bárcena que precisamente de un
país comunista fue que salió el virus, y que muy probablemente de allá mismo vendrá
la vacuna (me atrevo a profetizarlo), si es que ya no la tienen lista, esperando
un poquito más de muertos para sacarla al mercado. Como sospechoso, ¿no?

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