viernes, 15 de mayo de 2020

Coronavirus, la excusa para volvernos socialistas


Por  Juan Felipe Giraldo Trejos



    Tan ilógico como encontrar un judío integrando las filas de un regimiento nazi, me resulta a mí la propuesta de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) con miras a enfrentar el impacto de la crisis producida por la enfermedad del Covid-19. La organización, en su sana intención de combatir la pobreza, propone que los gobiernos realicen transferencias monetarias para satisfacer las necesidades de los más vulnerables; lo que ellos consideran crucial en el camino de una reactivación rápida de la economía. Esto se realizaría con perspectivas a permanecer en el tiempo, como lo afirma su portavoz, la Secretaria Ejecutiva Alicia Bárcena, a través de un ingreso básico de emergencia que sería por unos seis meses (¿contradicción?), o por lo menos el tiempo que dure la pandemia, dado que habrá que convivir con ella y que por ahora no se vislumbra una solución definitiva que permita superarla.
    Hasta ahí uno diría que en verdad es necesario que en esta debacle económica, en donde no es posible trabajar con normalidad (de hecho es imposible pensar siquiera en salir a trabajar por la cantidad de limitantes que existen), el Estado deba meterse la mano al bolsillo y sostener a los más pobres; a quienes ven en peligro su supervivencia ante la imposibilidad de generar ingresos. Me parece, incluso, que en el caso de Colombia, no se ha debido utilizar la banca privada como intermediaria para realizar los desembolsos, cuando sabíamos que esto podía llegar a ser un arma de doble filo y convertirse en otra estratagema de los dueños del capital para seguir enriqueciéndose a costa de la desgracia ajena. ¿Acaso a los bancos les interesa ayudar? El subsidio debió habérsele entregado directamente a la gente que no tiene ni para comprarse una libra de arroz; a los dueños de pequeños negocios que por acción del cierre no pudieron derivar su sustento de los mismos y se quedaron sin el pan diario, a los miles de informales y ambulantes que viven de lo que hacen en el día, y que a condición de que se quedaran en la casa, el Estado les proveyera lo necesario para su manutención mientras durara esta plaga. En eso me parece que el gobierno en Colombia fue errático a pesar de sus muy buenas intenciones, porque apelar al sistema bancario para que nos diera una mano en la emergencia fue como dejar a los ratones cuidando el queso.
    Y hay que ayudar, como sea, porque se trata es de combatir no sólo al coronavirus, sino también al hambre. No podemos dejarnos enfermar, pero tampoco podemos dejar que se nos caigan las empresas, ni el empleo, ni tirar por la borda lo poquito que hemos construido. Lo único que toca tirar en este momento es la ortodoxia económica, a la que tanto se quieren apegar los financistas de este país, como el Señor Ministro de Hacienda, quien todavía tiene la desfachatez de proponer una reforma tributaria cuando estamos con el agua al cuello. Aquí valen un rábano las metas estadísticas, y que se vaya al diablo el crecimiento y la nota de las calificadoras de riesgo que son las que dicen si un país es viable para invertir o no. Aquí lo que tenemos que hacer es empezar a producir comida a dos manos, para nosotros y para el mundo, porque tierra tenemos, y sería de la única manera como no acosaría el hambre: no olvidemos que un país con hambre es un país en guerra. Ya dejemos de proyectar nuestros ingresos basados en los capitales extranjeros, en el petróleo, que hoy vale poco y que seguirá bajando, para bien de la naturaleza. Hasta ahí, repito, estaría yo de acuerdo en que el Estado nos sostenga, pero sólo y únicamente mientras nos levantamos y salimos de esta, como dicen los optimistas. ¿Y si no se termina el virus qué hacemos? Me preguntó un día mi amiga Cata. Ni modo, habrá que salir y tomar las medidas de prevención por nuestra propia cuenta y riesgo. Ya el problema serían los irresponsables y los inconscientes que no quieren hacer caso. El Estado no tiene forma de controlar a cada uno, ni recursos infinitos, tampoco. No comparto la posición de mi amiga Cata, La marxista, cuando dice que el gobierno es el que tiene que mantenernos indefinidamente. Yo digo que lo que tiene que hacer es invertir bien lo poquito que hay, en lugar de gastar del presupuesto para mejorar la imagen, comprar camionetas blindadas o pasajes aéreos, que eso sí es un pecado terrible.
    Por otro lado, me preocupa la notoria contradicción de la señora Alicia Bárcena, porque primero habla de que el Estado benefactor operaría por seis meses, luego por el tiempo que dure la crisis, pero lo más grave es cuando habla de las perspectivas a permanecer en el tiempo. Aquí la Alta Funcionaria de las Naciones Unidas tiró el zarpazo para proponer un socialismo disimulado y como tal, peligroso. Veamos:
    La CEPAL reitera que es el momento de implementar políticas universales, redistributivas, solidarias, cambiar el modelo económico, proponer un Estado de bienestar. Un momentico, señora Bárcena, que una cosa es que los gobiernos tienen la obligación de velar porque su gente no aguante hambre, y otra muy distinta es que el Estado se convierta en la superestructura que tanto promulga el mamertismo. Eso sí que no. Lo que soterradamente, como quien no quiere la cosa, como con alma dadivosa y caritativa, propone la funcionaria Alicia Bárcena, es prácticamente un modelo de economía Socialista. Ya decía yo que aquel que dice defender tanto a los desfavorecidos, en el fondo es quien más los necesita para mantenerse en su zona de confort. Eso de coger al coronavirus para decir que todo estaba funcionando mal y que tenemos que volcarnos al modelo opuesto me parece un ardid muy peligroso con el que no comulgo, porque en vez de promover alternativas para que los pobres generen riqueza, lo que propone es que Papá Estado los sostenga, y qué tan bueno al principio cuando nos dan todo porque somos unas criaturas hambrientas, pero qué tan malo después, cuando el Estado se hace grande y fuerte, y no hay quien lo controle, y se vuelve dueño de nuestra libertad, nuestras aspiraciones, nuestro pensamiento; y termina, igualmente, dejándonos morir de hambre.
    Esta CEPAL se queda corta en la proposición. Le sugiero, que más que un ingreso básico indefinido, cosa que tampoco es viable en ningún país latinoamericano, proponga la creación de riqueza a través de proyectos en los que todos podamos trabajar. Que impere un nuevo orden mundial, pero igualmente productivo. El problema de que empecemos a recibir un ingreso básico de emergencia se evidenciará a largo plazo, cuando por cuenta de un Covid-19 descontrolado y una pobreza que haya invadido hasta el espíritu, nos hayamos vuelto unos incompetentes y no nos quede otra alternativa, esa sí nefasta, que la de seguir ateniéndonos a lo que digan los gobiernos. Y bien sabemos que en Latinoamérica no es que contemos propiamente con líderes dechados de virtudes. Conocemos por la historia que nuestros gobernantes sólo necesitan de una pequeña gabela para resultar convertidos en unos caudillos dictadores, si es que no es la misma cosa; tanto de un lado como del otro, porque no se crea que la tiranía viene sólo de los capitalistas ultraliberales, no señor. Miremos que por causa del totalitarismo del gobierno chino fue que se extendió este flagelo que nos jorobó la vida a todos. Eso de esconder el problema, y que no alertemos al mundo porque no es políticamente correcto, si mal no recuerdo, provino de ese régimen comunista totalitario, quien en contubernio con el director de la OMS se aseguró de salvaguardar su buen nombre en caso de que lo señalaran a él de haber creado el virus. Acuérdense lo que dijo la Organización Mundial de la Salud, cómplice en todo esto: “No existen pruebas de que el Covid-19 se haya fabricado en un laboratorio”. Y yo le digo que tampoco hay pruebas de que haya salido de un murciélago. No sé por qué me late que a un puñado de manipuladores le conviene culpar al capitalismo de esto; que por el consumismo desmedido, por el exceso de globalización, por la explotación de los recursos de la tierra, por la avaricia, la soberbia, la vanidad, y una serie de antivalores que deberían ser responsabilidad de cada individuo, porque a nadie están obligando a antojarse de cuanto bien y servicio ofrecen en las vitrinas de los centros comerciales. Eso sí, le recuerdo a doña Alicia Bárcena que precisamente de un país comunista fue que salió el virus, y que muy probablemente de allá mismo vendrá la vacuna (me atrevo a profetizarlo), si es que ya no la tienen lista, esperando un poquito más de muertos para sacarla al mercado. Como sospechoso, ¿no?

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