jueves, 21 de mayo de 2020

Privados de la privacidad


Por Juan Felipe Giraldo Trejos



    Es una realidad: ya uno no puede tener una pelea a puño limpio en una calle con tranquilidad sin que lo estén grabando. No hay privacidad una vez que se ha abierto la puerta de la casa. Un pie afuera y comienza el protagonismo de una película desconocida que sólo se hará famosa según su comportamiento. No es sino tener la menor discrepancia con un vecino que nos hace la vida imposible, con el socio que nos viene timando hace tiempo y ha sido descubierto,  con el portero del edificio que reveló nuestro peor chisme, con el policía de tránsito urgido de hacer su cuota y quiere cuadrarse con uno, con el truhán que desvergonzadamente pretende seducir a nuestra mujer en nuestra propia cara, o hasta con la mujer misma por hacerle caso; y ya está alguien encima con el celular apuntando, en medio de los dos contendientes, oficiando como un testigo que nadie llamó y otorgándose la licencia de intervenir en el problema, o azuzar, según el caso. Hace el papel de relator de los hechos y toma posición para que sus seguidores en la red vean el canalla que le refuta acalorado a su prójimo. Porque en este país, cuando a uno le toca hacer valer sus derechos y exigir respeto, infortunadamente toca hacerlo con unos decibeles mayores a los permitidos que no dan fe de una buena educación.
    Al mínimo reclamo, a la mínima subida de voz, el lente de una cámara que antes nadie había percibido ya está operando para refrenar nuestra posible agresión o evidenciar nuestra falta de control cuando el problema se ha salido de madre. En otras palabras, alguien nos mira. Y nos graba. Y nos exhibe sin autorización. Pero ni siquiera ese es el objetivo de que nos den nuestros quince minutos de deplorable fama, en nuestro peor momento. El objetivo, sin duda, será la popularidad del que graba. Sabe que su video se hará viral, que le darán muchos likes, que colmará las expectativas de los adeptos al morbo por los problemas y las desgracias ajenas. Porque ante todo, el ser humano posee una neurona que salta de euforia cuando es testigo de las peleas de los otros. Aquella neurona se relame con la violencia que exhiben quienes han agotado sus argumentos. Goza además con esos videos que aparecen en las redes, en los que existe un conflicto serio de por medio, que es real, pero en el que poco interesan las situaciones previas que llevaron las acciones hasta ese punto. Bastará entonces titularlo de una forma llamativa, y se habrá creado una noticia amarillista amateur.
    Algunos titulares que mi neurona maléfica se ha detenido a mirar, dicen cosas como “hombre maltrata a un perro que lleva amarrado en el platón de su camioneta”, ó “abuso policial contra mujer indefensa”, ó “por gritón recibe la muñequera de su vida”, ó “mira cómo están matando en los hospitales”, ó “paramilitares detienen y maltratan a un hombre por no llevar tapabocas”, cualquier cosa por el estilo.  Pero nadie explica que el perro en la camioneta iba amarrado para que no se fuera a tirar y de pronto maltratarse; que iba viajando cómodo, tranquilo, a lo mejor sintiéndose libre a pesar de la cadena. Ni tampoco dicen que el hombre que gritaba a otro, y que al fin fue golpeado, lo hizo porque su verdugo había estado a punto de atropellar a su anciana madre por la brutalidad de ir conduciendo mientras manipulaba el móvil. Mucho menos la mujer indefensa había sido tal. Fue una escena en donde la autoridad tuvo que hacer uso de la fuerza para retenerla, pues pretendía saltarse la ley y poner en peligro a otros ciudadanos con su agresividad. El video de los hospitales que vi se trataba de una mujer gritando y corriendo con el celular en la mano, sin enfocar nada en concreto, sino apenas unas imágenes difusas de un anfiteatro que no aclaraban nada. Y qué decir de los supuestos paramilitares que maltrataron al hombre sin tapabocas en estos tiempos del virus. Eran simplemente ciudadanos ofuscados, que dejados llevar por el miedo y la desinformación, optaron por cerrarle el paso y exigirle el uso de protección y el respeto a la cuarentena. De una forma indebida, es cierto, pero a la que le faltaba demasiado para calificarse como una conducta paramilitar: ni siquiera lo tocaron. De haberlo hecho, los habrían catalogado de… ¿militares?  
    Y así por el estilo vamos cayendo en un entramado de engaños que se prestan para confundir, al tiempo que les proveemos a los aficionados del registro el material que necesitan para seguir llenando la red con basura deliciosa.
    Por otro lado, existe otro tipo de seguimiento sobre nuestras cabezas, y es el que nos hacemos a nosotros mismos. En ocasiones tampoco tiene uno privacidad en su propio hogar, con tantos oídos en las paredes y tantos visores en las esquinas. Y mucho menos si se pertenece a ese selecto grupo de los que contratan empresas que ofrecen servicios de vigilancia privada, quienes para garantizar una supuesta seguridad del cliente, instalan un complejo circuito de monitoreo con cámaras y sensores que se tornan en enemigos íntimos del mismo dueño de la propiedad. Sin saberlo, unos guardianes silenciosos, a muchos kilómetros de distancia, están en capacidad de escudriñar los aposentos más privados de una vivienda en donde sus habitantes ya se han convertido en hombres públicos. Carecen de intimidad; ese sagrado derecho que tenemos los seres humanos y que ya no pertenece al fuero interno.
    Siendo así las cosas, el ser humano, en su afán de controlar el comportamiento de sus congéneres, sus empleados y hasta de sus mascotas, ha decidido poner una cámara en cada ángulo como parodiando la fisgona labor del Gran Hermano, como bien nos lo refiriera George Orwell en su novela titulada 1984. Y como si fuera insuficiente exponerse al lente con el pretexto de la seguridad, también posa para su propia película, con el ánimo de mostrar más de lo debido en las redes sociales, que por lo general son el espacio de los narcisos, los exhibicionistas y los emplazados a dar ejemplo de perfección: no encuentran otra forma de inspirar envidia que exponiendo su intimidad de forma grotesca, inventándola si es necesario. Elaboran así su teatro de los sueños bajo la inocua etiqueta de “compartir”. ¿Para qué entonces exigimos los seres humanos respeto por nuestra privacidad si nos hemos encargado de exhibirla tan descaradamente?
    En ambos casos, cuando nos graban en la calle por nuestro mal comportamiento, o cuando lo hacemos nosotros mismos en pos de demostrar nuestro laureado bienestar, le damos la oportunidad a los terceros para que nos juzguen según sus criterios de moral y se formen una opinión de nosotros sin conocernos. No es que me parezca muy importante lo que piensen los demás de uno, pero a propósito del escándalo que se destapó hace poco en el ejército, existe en el mundo moderno algo llamado perfilamiento. Lo hacemos siempre, con nosotros mismos y con los demás. Es una técnica para procesar los datos personales con los que se evalúa y se cataloga a un individuo con el fin de enmarcarlo dentro de ciertas pautas y establecer predicciones sobre su comportamiento. El concepto es mucho más profundo que esto, aunque digamos que más o menos esa es la idea del perfilamiento. Lo hace todo el mundo: los bancos, los departamentos de talento humano, el gobierno, las centrales de crédito, Facebook, las empresas de marketing, y por supuesto el ejército. Yo lo llamaría más bien inteligencia. Es mala según como se utilice la pesquisa. Si es violatoria de los derechos fundamentales, desde luego es peligrosa, pero entonces el problema ya sería el qué hicieron con la información y no la información per sé. El peligro, entonces, es que nos perfilen con base en unos criterios erróneos, obtenidos por medios públicos que atentan con nuestro derecho a la intimidad. Si fuimos nosotros los que dimos puntadas en nuestras redes, o nos grabaron incurriendo en conductas que se pueden prestar para malos entendidos, no importa: todo sirve para el perfilamiento, para vernos privados de una privacidad cada vez más inexistente. Ellos saben todo de nosotros, ¿y qué?
    En mi caso no hay mucho que mostrar. Nada que pueda interesar a los maestros del espionaje: unas arcas vacías, una vida aburrida, un anonimato lastimero, una opinión inofensiva, un poder de convencimiento intrascendente, una soledad enfermiza, un mal cliente potencial del consumismo, una nulidad en casi todos los aspectos; que quien decida perfilarme habrá perdido su tiempo. Y mi pensamiento amargo es de sobra conocido en estos textos que se habrán de comer los gusanos cibernéticos.
    Salvo una irascible reacción que pueda dar para que me tomen un bufonesco video teniendo uno de mis ataques coléricos (que no llegan a materializarse), nada habrá digno de llamar la atención. Aquellos que se precian de tener algún grado de importancia para las sociedades secretas, les aconsejo que se cuiden: en todas partes están dejando sus huellas.

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