Por Juan Felipe Giraldo Trejos
Es una realidad: ya uno no
puede tener una pelea a puño limpio en una calle con tranquilidad sin que lo
estén grabando. No hay privacidad una vez que se ha abierto la puerta de la
casa. Un pie afuera y comienza el protagonismo de una película desconocida que
sólo se hará famosa según su comportamiento. No es sino tener la menor discrepancia
con un vecino que nos hace la vida imposible, con el socio que nos viene
timando hace tiempo y ha sido descubierto,
con el portero del edificio que reveló nuestro peor chisme, con el
policía de tránsito urgido de hacer su cuota y quiere cuadrarse con uno, con el
truhán que desvergonzadamente pretende seducir a nuestra mujer en nuestra
propia cara, o hasta con la mujer misma por hacerle caso; y ya está alguien encima
con el celular apuntando, en medio de los dos contendientes, oficiando como un
testigo que nadie llamó y otorgándose la licencia de intervenir en el problema,
o azuzar, según el caso. Hace el papel de relator de los hechos y toma posición
para que sus seguidores en la red vean el canalla que le refuta acalorado a su
prójimo. Porque en este país, cuando a uno le toca hacer valer sus derechos y
exigir respeto, infortunadamente toca hacerlo con unos decibeles mayores a los
permitidos que no dan fe de una buena educación.
Al mínimo reclamo, a la mínima subida de voz,
el lente de una cámara que antes nadie había percibido ya está operando para
refrenar nuestra posible agresión o evidenciar nuestra falta de control cuando
el problema se ha salido de madre. En otras palabras, alguien nos mira. Y nos
graba. Y nos exhibe sin autorización. Pero ni siquiera ese es el objetivo de
que nos den nuestros quince minutos de deplorable fama, en nuestro peor momento.
El objetivo, sin duda, será la popularidad del que graba. Sabe que su video se
hará viral, que le darán muchos likes,
que colmará las expectativas de los adeptos al morbo por los problemas y las
desgracias ajenas. Porque ante todo, el ser humano posee una neurona que salta
de euforia cuando es testigo de las peleas de los otros. Aquella neurona se relame
con la violencia que exhiben quienes han agotado sus argumentos. Goza además
con esos videos que aparecen en las redes, en los que existe un conflicto serio
de por medio, que es real, pero en el que poco interesan las situaciones previas
que llevaron las acciones hasta ese punto. Bastará entonces titularlo de una
forma llamativa, y se habrá creado una noticia amarillista amateur.
Algunos titulares que mi
neurona maléfica se ha detenido a mirar, dicen cosas como “hombre maltrata a un
perro que lleva amarrado en el platón de su camioneta”, ó “abuso policial contra
mujer indefensa”, ó “por gritón recibe la muñequera de su vida”, ó “mira cómo
están matando en los hospitales”, ó “paramilitares detienen y maltratan a un
hombre por no llevar tapabocas”, cualquier cosa por el estilo. Pero nadie explica que el perro en la camioneta
iba amarrado para que no se fuera a tirar y de pronto maltratarse; que iba viajando
cómodo, tranquilo, a lo mejor sintiéndose libre a pesar de la cadena. Ni
tampoco dicen que el hombre que gritaba a otro, y que al fin fue golpeado, lo
hizo porque su verdugo había estado a punto de atropellar a su anciana madre
por la brutalidad de ir conduciendo mientras manipulaba el móvil. Mucho menos
la mujer indefensa había sido tal. Fue una escena en donde la autoridad tuvo
que hacer uso de la fuerza para retenerla, pues pretendía saltarse la ley y
poner en peligro a otros ciudadanos con su agresividad. El video de los hospitales
que vi se trataba de una mujer gritando y corriendo con el celular en la mano,
sin enfocar nada en concreto, sino apenas unas imágenes difusas de un
anfiteatro que no aclaraban nada. Y qué decir de los supuestos paramilitares
que maltrataron al hombre sin tapabocas en estos tiempos del virus. Eran
simplemente ciudadanos ofuscados, que dejados llevar por el miedo y la
desinformación, optaron por cerrarle el paso y exigirle el uso de protección y
el respeto a la cuarentena. De una forma indebida, es cierto, pero a la que le
faltaba demasiado para calificarse como una conducta paramilitar: ni siquiera
lo tocaron. De haberlo hecho, los habrían catalogado de… ¿militares?
Y así por el estilo vamos
cayendo en un entramado de engaños que se prestan para confundir, al tiempo que
les proveemos a los aficionados del registro el material que necesitan para
seguir llenando la red con basura deliciosa.
Por otro lado, existe otro
tipo de seguimiento sobre nuestras cabezas, y es el que nos hacemos a nosotros
mismos. En ocasiones tampoco tiene uno privacidad en su propio hogar, con
tantos oídos en las paredes y tantos visores en las esquinas. Y mucho menos si se
pertenece a ese selecto grupo de los que contratan empresas que ofrecen
servicios de vigilancia privada, quienes para garantizar una supuesta seguridad del cliente, instalan un
complejo circuito de monitoreo con cámaras y sensores que se tornan en enemigos
íntimos del mismo dueño de la propiedad. Sin saberlo, unos guardianes
silenciosos, a muchos kilómetros de distancia, están en capacidad de escudriñar
los aposentos más privados de una vivienda en donde sus habitantes ya se han
convertido en hombres públicos. Carecen de intimidad; ese sagrado derecho que
tenemos los seres humanos y que ya no pertenece al fuero interno.
Siendo así las cosas, el ser
humano, en su afán de controlar el comportamiento de sus congéneres, sus
empleados y hasta de sus mascotas, ha decidido poner una cámara en cada ángulo
como parodiando la fisgona labor del Gran Hermano, como bien nos lo refiriera
George Orwell en su novela titulada 1984.
Y como si fuera insuficiente exponerse al lente con el pretexto de la
seguridad, también posa para su propia película, con el ánimo de mostrar más de
lo debido en las redes sociales, que por lo general son el espacio de los narcisos,
los exhibicionistas y los emplazados a dar ejemplo de perfección: no encuentran
otra forma de inspirar envidia que exponiendo su intimidad de forma grotesca,
inventándola si es necesario. Elaboran así su teatro de los sueños bajo la inocua
etiqueta de “compartir”. ¿Para qué entonces exigimos los seres humanos respeto
por nuestra privacidad si nos hemos encargado de exhibirla tan descaradamente?
En ambos casos, cuando nos
graban en la calle por nuestro mal comportamiento, o cuando lo hacemos nosotros
mismos en pos de demostrar nuestro laureado bienestar, le damos la oportunidad
a los terceros para que nos juzguen según sus criterios de moral y se formen
una opinión de nosotros sin conocernos. No es que me parezca muy importante lo
que piensen los demás de uno, pero a propósito del escándalo que se destapó
hace poco en el ejército, existe en el mundo moderno algo llamado perfilamiento. Lo hacemos siempre, con
nosotros mismos y con los demás. Es una técnica para procesar los datos
personales con los que se evalúa y se cataloga a un individuo con el fin de
enmarcarlo dentro de ciertas pautas y establecer predicciones sobre su
comportamiento. El concepto es mucho más profundo que esto, aunque digamos que
más o menos esa es la idea del perfilamiento. Lo hace todo el mundo: los
bancos, los departamentos de talento humano, el gobierno, las centrales de
crédito, Facebook, las empresas de marketing, y por supuesto el ejército. Yo lo
llamaría más bien inteligencia. Es mala según como se utilice la pesquisa. Si
es violatoria de los derechos fundamentales, desde luego es peligrosa, pero
entonces el problema ya sería el qué hicieron con la información y no la información
per sé. El peligro, entonces, es que nos perfilen con base en unos criterios
erróneos, obtenidos por medios públicos que atentan con nuestro derecho a la
intimidad. Si fuimos nosotros los que dimos puntadas en nuestras redes, o nos
grabaron incurriendo en conductas que se pueden prestar para malos entendidos,
no importa: todo sirve para el perfilamiento, para vernos privados de una
privacidad cada vez más inexistente. Ellos saben todo de nosotros, ¿y qué?
En mi caso no hay mucho que
mostrar. Nada que pueda interesar a los maestros del espionaje: unas arcas
vacías, una vida aburrida, un anonimato lastimero, una opinión inofensiva, un
poder de convencimiento intrascendente, una soledad enfermiza, un mal cliente
potencial del consumismo, una nulidad en casi todos los aspectos; que quien
decida perfilarme habrá perdido su tiempo. Y mi pensamiento amargo es de sobra
conocido en estos textos que se habrán de comer los gusanos cibernéticos.
Salvo una irascible reacción
que pueda dar para que me tomen un bufonesco video teniendo uno de mis ataques coléricos
(que no llegan a materializarse), nada habrá digno de llamar la atención.
Aquellos que se precian de tener algún grado de importancia para las sociedades
secretas, les aconsejo que se cuiden: en todas partes están dejando sus huellas.

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