jueves, 28 de mayo de 2020

Por una Colombia sin matarifes


Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    
La serie que todos estábamos esperando. Ya salió al aire por las redes sociales. Me senté juicioso a verla, creyendo que por fin encontraríamos las irrebatibles pruebas que le conferirían la prisión a Álvaro Uribe Vélez, de la cual ni el más santista de los jueces de la Corte Suprema que tanto quieren al ex presidente, pudiera absolverlo. La serie sería contundente, porque según tengo entendido, está basada en un trabajo muy serio de investigación de unos periodistas que llevan años siguiéndole la pista a Uribe. Los motes de asesino, paramilitar, genocida, y por supuesto el de matarife, quedarían entonces revalidados ante la ley por las evidencias de las cuales ya no se podría salvar el personaje en cuestión.
    Pero qué gran sorpresa me he llevado cuando encuentro que la palabra de connotación negativa que le endilgan al Álvaro Uribe está respaldada por un fallo que le dio un juez a un periodista (Gonzalo Guillén) para que pudiera referirse al señor como quisiera, en respuesta a una demanda por difamación que interpuso el hoy Senador. Así lo explicó el abogado de Guillén, el también periodista Daniel Mendoza, creador de la serie. De manera que el uso de las palabras asesino, matarife, paramilitar, homicida, entre otras, para referirse a cualquier personaje de la vida pública, quedará expresamente autorizado: la condición de igualdad ante la ley que debemos tener todos los colombianos impedirá que nos censuren si a algún congresista del partido Farc lo llamamos guerrillero, terrorista, secuestrador, violador de menores, rata miserable; o si a algún Premio Nóbel de Paz le queremos decir traicionero vendepatria, pues entiendo que en aras de la libertad de expresión, la rama judicial le quitó todo el poder de ofensa y peligrosidad a estos adjetivos, y no se podrá requerir ante los estrados a nadie por eso. No debería obligarse a la rectificación, porque si a otro lo avaló la justicia, ¿por qué a mí no? Señores, con esta serie, se acabó el delito de Injuria y Calumnia en Colombia.
    Sí, ya me imagino que para mí también habrá lluvia de improperios con la palabra que los antiuribistas creen más letal: Uribestia. Piensan que con eso voy a saltar de la ira. Pero es más bien un mal chiste que en vez de risa da lástima por quienes lo promulgan. A mí la suerte del señor Uribe no me preocupa, ni para bien ni para mal. Lo que me preocupa, sí, es que la rama judicial del poder público, que debe ser la más imparcial, no administre justicia para corroborar o desmentir, si es del caso, las injurias que atenten contra el buen nombre. Esto aplica para todos.   
    No me considero Uribista. Nunca lo he sido. No voté por el hombre las dos veces en que fue presidente. En ese tiempo no me interesaba la política. Y si hace casi veinte años lo vi con alguna simpatía, hoy lo veo con cierta sensación de… ¿hastío? De hecho pienso que al ex presidente lo obnubiló el poder que un día tuvo entre sus manos, creyendo que Colombia debería aferrarse a su imagen como si fuera un salvador. Y en verdad que logró perpetuar esa sensación entre sus seguidores. En algún momento fue una esperanza para este país carente de líderes y caudillos. Le reconozco sus logros, su acción combativa contra los intentos de la extrema izquierda por imponernos un modelo socialista en nuestro país, su lucha contra la subversión comprobadamente terrorista que tanto daño nos hizo; lo que quiera que haya hecho, pero ya no debería incursionar más en los estamentos de la política. Por su propio bien debió haberse retirado, porque hasta que él no se retire de la palestra pública, no lo van a dejar en paz sus detractores, quienes ven en su figura al mismo demonio encarnado, responsable de todos los problemas del país y de sus propios problemas personales. Para ellos el juego es muy simple: culpar a Uribe de todo lo malo que pasa, como si aquí no hubiesen problemas más graves. Viven por él y para él: lo necesitan para perpetuar su odio. Porque si hay quienes se benefician de verlo sentado en el Congreso, son sus mismos enemigos, porque ganan votos a costa del menosprecio de otros, tan matarifes y carniceros como dicen que es él. Es una simbiosis de dos microorganismos mutuamente incluyentes, porque donde está uno está el otro.
    Si Uribe, como dice Mendoza, montó una gran corporación criminal a su servicio, mucho más poderosa que cualquiera otra, ¿por qué entonces no obran los jueces y los magistrados que tantas ganas le tienen? ¿Será acaso que las pruebas no son tan claras como lo dice el señalador y que están basadas en testimonios o en opiniones? O definitivamente no hay piso jurídico para una condena, o el señor Uribe es un zorro para saberse defender de más de doscientas imputaciones que le han hecho sin que en ninguna caiga. Santos y las Farc por lo menos montaron su propia justicia, pero uno no entiende cómo los magistrados de las cortes colombianas, que no son propiamente simpatizantes de Álvaro Uribe, que no pertenecen a su aparato de poder, no actúan para administrar justicia. En ese caso no culpo a los promotores de la serie por querer hacer un tipo de justicia moral, pero me parece que ellos, como portavoces de esa moral de la que se creen dueños, también deberían realizar series sobre otros personajes oscuros de la vida política, y que son de la tendencia que a ellos tanto les simpatiza.
    Lo que sí es cierto es que el señor Uribe anda tan desprestigiado, que su opinión no pesa, contrario a lo que están haciendo creer desde la orilla opuesta. Si fuera el titiritero mayor, a este gobierno lo alabaría la derecha, que fue la que lo eligió. Sin embargo, no hay un sector más desinflado con el bizoño de Ivan Duque, que el ala más radical del uribismo, quienes miran con cierta tristeza y mucha decepción al pupilo: más bien pareciera prolongar un tercer reinado del farsante Santos.
    El juego, entonces, se llama “odiar a Álvaro Uribe”. Y a todos nos exigen alinearnos con ese supuesto. Si no lo haces, te cae la violencia pacifista de la izquierda encima y te gradúan de fascista. Eso sí, no es odiar a la delincuencia entera, con sus corruptos y bandidos de la contraparte que este señor en su calidad de mandatario persiguió. No. A ellos se les debe respetar y llamarlos Honorables, con H de hijueputas, aunque pesen sobre ellos más de quinientos años de condenas, esas sí comprobadas y confesas. Con los enemigos del Patriarca no se metan, que no es correcto. Ellos ya están en paz, tramando cómo serán en el futuro los despojos que realizarán a su manera. Porque aquí los matarifes son de todos los partidos, las tendencias, las clases sociales. Hagamos democrático el señalamiento. Popularicemos los crímenes de parte y parte, ahora que está de moda señalar a las personas sin que haya un veredicto de por medio. Porque son tan lamentables los muertos de la guerrilla como los del paramilitarismo, y la podredumbre de la izquierda como la de la derecha, si es que en eso se va a centrar la discusión.
    Mi conclusión es que la serie me deja un mal sabor de boca, no porque hable mal del ex presidente, sino porque no me cuenta nada nuevo. Es lo que siempre se ha sabido: verdades a medias, secretos a voces, rumores, sospechas, pero ni una sola prueba irrefutable. Los detractores insistirán en que al ser mayoría son dueños de su verdad. Uribe, por su parte, exhortará su defensa con el argumento de siempre: es un ataque político. Al final los ciudadanos quedamos en el mismo limbo: no podemos tildar de matarife a Uribe si no hay una sentencia ejecutoria, pero tampoco podemos abogar por su inocencia. Y la serie se quedará en un memorial de agravios bastante subjetivo que conviene para seguir enlodando una imagen a la que ya no le cabe una salpicadura más de barro. Será un éxito en rating, no lo dudo. El título vende. Pero aparte de un espacio para entretener a los espectadores desocupados en esta cuarentena, no hará más que seguir promoviendo el odio y la polarización de esta Colombia violenta, mezclando sus pasiones personales con las periodísticas, extraviados ya de toda imparcialidad. Desde luego que no la tienen, porque lo que muestran es sólo su opinión. Afortunadamente todos tenemos miradas distintas sobre el mismo fenómeno, qué le vamos a hacer.
    Se me olvidaba decirles que en derecho existe la figura de la “presunción”, y sobre eso iba a hablar, pero no me alcanzó el espacio. Se las dejo de tarea.    

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