Por Juan Felipe Giraldo Trejos
A propósito de cierta serie que
transmiten por las redes sociales sobre la cual tengo mis reservas, y que está
poniendo de moda la palabra sociópata,
preciso darles la definición que encontré en el Manual Diagnóstico y
Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM 5).
Un sociópata es alguien que sufre de un
trastorno de personalidad antisocial definido como “una afección mental por la
cual una persona tiene un patrón prolongado de manipulación, explotación, o
violación de los derechos de otros”. Se caracteriza por el desprecio, la falta
de empatía, la ausencia de remordimiento, y la aparente normalidad de un comportamiento
que oculta una violencia agazapada. A ese trastorno se le conoce como sociopatía, producto, en muchos casos, de
una fallida educación en la que prevalece la omisión ante la indisciplina.
Dicho lo anterior, les cuento
que tengo un amigo muy famoso cuyo nombre no diré para que luego no lo señalen
en la calle, y al que yo cariñosamente lo identifico como El Sociópata. Él, desde luego, desconoce el mote cordial que le he
puesto, ya que surge de una idea propia que me guardo para mí y que sólo
expongo de manera anónima en este medio que muy pocos leen, por fortuna. Digamos
que se llama Nicolás.
Mi amigo Nicolás padece de intolerancia a la frustración, lo cual
le ha desencadenado una especie de personalidad sociópata. Nuestra amistad,
aunque se nutre de pensamientos comunes que de vez en cuando compartimos a la
distancia, está también motivada por cierto grado de temor de mi parte, pues
soy testigo de su conducta violenta y en varias ocasiones lo he tenido que sacar
de apuros. Su comportamiento frente a los demás adquiere un carácter enfermizo
cuando no puede controlar su ira retenida, desbordándose como una presa que se
rompe sin poder evitar el desastre, causando estragos y dejando lamentables
consecuencias.
Mi amigo ha estado en
tratamiento varias veces con psicólogos y psiquiatras, pero de poco le ha
servido: su odio a la sociedad es, en parte, un resultado de un odio a sí
mismo. Algo en su interior falla cuando no es capaz de perdonarse o aceptarse
tal cual es, y entonces explota como un volcán, siendo otros los que tienen que
pagar por sus errores. Yo lo entiendo perfectamente, pues a veces a mí también
me gustaría ser un kamikaze cuando las cosas no me salen bien. Sin embargo, en
lugar de salir a matar gente, prefiero atrincherarme en este pasquín virtual y
expresar aquí toda mi frustración, como ustedes bien saben que lo hago.
Pero no escribo para criticar
a los sociópatas como Nicolás, sino para intentar ayudarlos. Por lo menos a él,
que me llamó la otra noche a decirme que había estallado en cólera contra un
funcionario negligente de la empresa que le provee el servicio de internet. Por
fortuna fue por teléfono, ya que de lo contrario hubiera podido suceder un
hecho lamentable. No sé por qué prefiere hablar conmigo antes que con su psicólogo.
Creo que es una cuestión de confianza, y de ahí mi empeño en guardar su identidad,
aunque si ya saben quién es Nicolás, ruego no difundirlo.
Le pregunté entonces la razón
de su enojo, y me contó que al quedarse sin conexión desde hacía seis días, pretendió
comunicarse con la línea de atención al cliente. Pero por más que intentaba, la
voz robótica de una contestadora le salía al paso, sometiéndolo a un
procedimiento de cinco minutos de indicaciones sobre cuál tecla debía oprimir
según su requerimiento. Al cabo de la interacción con la contestadora vino una
interminable secuencia de música instrumental que podía durar hasta treinta
minutos, y luego una cínica publicidad en la que le decían que para la empresa,
él era la persona más importante. Luego le hacían escuchar una amplia
exposición de los medios que los clientes tenían a su alcance para ponerse al
día con el pago de sus facturas, de las múltiples opciones de estos adalides de
las comunicaciones para que conocieran ofertas y demás promociones, y de nuevo
la musiquilla burlesca que sólo sirve para exacerbar los ánimos. Resultado: la
llamada se interrumpió abruptamente al cabo de tres cuartos de hora y había que
recomenzar el procedimiento. Igual que llamar a una EPS a pedir cita con especialista.
Los días pasaron con los
intentos de mi amigo por comunicarse con un ser humano, sin lograr el éxito de
su cometido. Lo más que pudo obtener fue que un operador del Centro de Llamadas
o Call Center —como dicen los que se
las dan de saber inglés para descrestar en un país donde se habla español—, lo
atendiera y le hiciera exponer su caso para decirle al final que desde allí no
podían hacer nada y que enseguida lo transferirían con un técnico de su ciudad.
Luego lo invitaban a responder una encuesta sobre la calidad del servicio.
Alguien le tomó unos datos y quedaron de ir a revisar al día siguiente. No
fueron. Y el fin de semana tampoco apareció nadie de la empresa a resolverle su
problema, así que Nicolás completó una semana sin su servicio de internet y se
perdió la oportunidad de estar informado, de ver sus tutoriales de meditación, de
enterarse quién había escrito en su perfil, de adelantar el trabajo de
investigación sobre la conducta humana, de comunicarse con su familia que vive
lejos y por supuesto, no pudo tele-trabajar, lo cual le ocasionó cierta inquina
de parte de su jefe que no le creyó mucho el cuento de llevar una semana sin
internet por negligencia del proveedor.
—Hombre, Nico —le dije en tono
conciliador—, no se aflija por esas cosas que no tienen importancia. Esos son
gajes del oficio y a muchos nos ha pasado que nos quedamos sin conexión y
tenemos que esperar. Mire por ejemplo en esta crisis de la pandemia cómo se han
perdido de vidas humanas, cómo se han resquebrajado anímica y económicamente
los hogares, cómo toda la humanidad ha estancado el nivel de vida que llevaba
hasta el momento, cómo se han derrumbado los sueños de la gente, y usted se
queja por una situación mínima en lugar de estar agradecido por la vida que
Dios le da. No se preocupe, hermano. Si mañana no tiene pico y cédula véngase
para mi casa y desde aquí puede trabajar tranquilo, que yo no voy a estar —le
ofrecí una solución sin darle importancia al asunto, pero Nicolás me dijo que
aún no terminaba la historia, y me contó cómo, después de haber hecho catorce
intentos frustrados solicitando servicio técnico, se despachó contra el primer
operador que le contestó y lo trató de desgraciado y de hijo de…
—Bueno, pero eso ya pasó —dije
aterrado por su actitud inmadura—. Vaya mañana a la oficina y pone la queja personalmente
—le recomendé—. Pero vaya calmado, no pierda el control, y por favor use el
tapabocas que los contagios se siguen incrementando.
Sin embargo, tratar de razonar
con un sociópata es como tratar de convencer a un progresista. Nunca te darán
la razón y se enfrascan en su ceguera. Nicolás dijo que ya no había nada que
hacer. Ante la imposibilidad de coger a batazos al empleado que le colgó el
teléfono por su grosería, fue él quien se olvidó de lo que estaba haciendo y
tiró su computador contra la pared, pateó sus libros, destrozó las ventanas de
su casa, rasgó su ropa y se arrancó el cabello. Quiso salir con cuchillo en
mano a destazar el incauto funcionario que le dijo que no podía ayudarle y que debía
seguir intentando, pero se acordó que el Centro de Llamadas estaba en Medellín,
y él estaba en Pereira. Me aseguró que madrugaría el lunes a primera hora, y
así se contagiara de Coronavirus, llegaría a la compañía de internet y los
atravesaría a todos, desde el gerente hasta la recepcionista, pues ellos, con
su inoperancia, lo llevarían al extremo de convertirlo en un criminal, eso me
dijo.
Reprendí severamente a Nicolás,
¿cómo era posible? Esos pensamientos no son de un hombre, y mucho me temí que a
pesar de ser amigos, no iba a poder sostener esa difícil amistad. Ya Nicolás me
estaba pareciendo un mal sujeto. Los empleados de la empresa no tenían la
culpa, y si estaban prestando un mal servicio por políticas de la compañía, habría
que hacer el reclamo ante otras instancias, pero no así.
—Usted no sabe —me dijo meditabundo—,
a mí ya no me importa mi vida, ni lo que vaya a pasar. Esté pendiente en las
noticias, que mañana va a ocurrir una tragedia en Pereira, en esa empresa de
internet que está cerca de la Plaza Cívica.
Traté de advertirle que no
fuera a cometer una locura, pero ya me había colgado. Su propósito, más que
dejarme preocupado, fue el de llamar la atención. Sin duda se sentía ignorado y
necesitaba brindar un espectáculo para que atendieran su justo reclamo, aunque
no supe si se iba atrever a tanto. Bueno, viniendo de Nicolás cualquier cosa
podía suceder.
La otra vez fue arrestado por
quebrar el vidrio de la ventanilla donde se pagaban los impuestos, en la
oficina de la DIAN, pues le estaban cobrando no sé qué cantidad astronómica por
concepto de multas y sanciones. Tuve que prestarle un dinero para pagar la
fianza.
Mi amigo, en definitiva, también
estaba adquiriendo tintes del Síndrome de
Amok. En psiquiatría, el Síndrome de
Amok está ligado a una explosión súbita de rabia salvaje que hace que la
persona atente contra su vida y la de los demás hasta que sea neutralizado. La
idea de matar a los miembros de una empresa sólo podía provenir de una mente con
ese trastorno, que también es una manifestación de la sociopatía. Claro, llevar
eso a la práctica resultaría catastrófico para Nicolás, porque en esos sitios
tienen alarmas y sistemas de seguridad, y personal capacitado para detener loquitos
con cuchillo.
Se me viene a la memoria ese
personaje llamado William Foster que encarnó Michael Douglas en la película Un día de furia, quien decide
enfrentarse a las adversidades de la forma más violenta. El detonante fue el
daño del aire acondicionado de su carro, algo que no debía revestir mayor
importancia, pero lo que lo hizo actuar como un destructor, al parecer, fue esa
carga de tensión y resentimiento que llevaba acumulada hacía mucho, igual que
esos asesinos seriales que cada cierto tiempo resultan en Estados Unidos y en
países del primer mundo masacrando gente en las escuelas, en los paraderos de
bus, en los parques, en los centros comerciales, y que al estudiar su perfil,
descubren que tenían todas las condiciones de un sociópata afectado por el
Síndrome de Amok. Ese pudiera ser el caso de Nicolás.
Como no pude hacerlo entrar en
razón, lo único que pude hacer fue llamar a la policía y alertar sobre el
posible peligro. Tenía que denunciar a mi amigo y traicionar su confianza por
lo que me acababa de confesar, pero había que evitar una tragedia a toda costa.
La policía apostó una patrulla en la carrera décima, al lado de la plaza, y
estuvo pendiente. Cuando vieron llegar a Nicolás con intenciones secretas de atacar,
lo detuvieron a tiempo por sospecha, antes que agrediera a alguien; le quitaron
el cuchillo y se lo llevaron detenido por porte ilegal de armas. La tragedia se
evitó. Mi amigo nuevamente manchó su historia judicial con otra detención, pero
mi conciencia quedó tranquila. Me imagino que esta es la hora que en la casa de
Nicolás todavía no han restablecido el servicio de internet, pues le estoy
enviando un mensaje de ayuda psicológica y no me aparece como recibido.
Hace unos días me dispuse a
elaborar un ensayo sobre Charles Mason, el criminal sectario. Quise indagar
unos datos en internet, y qué sorpresa me llevé al encontrarme sin servicio.
Probé los cables, el modem, rectifiqué las conexiones, y nada. Llamé entonces a
la línea de Atención al Cliente y escuché la voz del contestador comunicándome
las opciones, luego la publicidad de lo buena que es la empresa y lo mucho que
piensan en nosotros para facilitarnos el pago de nuestras facturas, que hasta
recogen la plata a domicilio si es del caso. Después la infernal melodía que pareciera
contener mensajes subliminales que en el fondo hacen una invitación al verbo
“matar”. Otra vez la espera, la música, un operador contestándome desde una
ciudad lejana, haciéndome contar el cuento para luego decirme que me va a
transferir con un técnico de mi ciudad, y luego nada, el repiqueteo, más música,
más espera, la publicidad, el jingle que me dice que soy el más importante,
otra vez la despiadada canción, otro operador diciéndome lo mismo, que espere,
que no me puede contactar, que intente más tarde, y tras ello la llamada que se
corta abruptamente, y mientras tanto mi ensayo frustrado.
He realizado veintisiete
intentos para que al menos un funcionario me radique la queja de que me
encuentro sin servicio hace más de diez días y que la factura me sigue llegando
como si nada. A diferencia de Nicolás, yo jamás pensaría en clavarle un cuchillo
a nadie, eso es de salvajes. Yo mejor optaría por el sofisticado uso del arma
de fuego, que es más práctico, o en su defecto, abrirme el gabán antes que comience
a llegar el público y mostrarles el circuito con la cuenta regresiva que dice
que quedan cinco segundos para el boom. Y cuando todo esté en llamas, decirles
desde el más allá que mi suscripción queda cancelada, que su música de espera
me ha convertido, ya no en un sociópata, sino en un psicópata.

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