Por Juan Felipe Giraldo Trejos
Para tener enemigos
no hace falta declarar la guerra;
sólo basta decir lo que se piensa.
Martin Luther King
En días pasados di a conocer
un artículo que se titula “Sociópatas”, en este mismo espacio, en el que se
narra la historia de mi amigo Nicolás y su drama con el proveedor de internet: un
pésimo servicio técnico dejó a Nicolás sin conexión durante varios días. Allí
expuse también la sensación de frustración de la que yo mismo fui presa, porque
me ocurrió una circunstancia similar. En ambos casos nuestra reacción se encuadró dentro de un marco figurado de violencia. En el caso de él, a través de un intento
premeditado —y a Dios gracias frustrado— de matar al personal de la compañía
valiéndose de un cuchillo; y en mi caso, a través de la fantasía, pues en medio
de mi impotencia y la burla de la cual me sentí objeto por parte de la empresa
de internet, recreé en mi aturdida columna que era yo quien tomaba venganza convirtiéndome
en un kamikaze.
Fueron centenares las cartas
de los lectores (porque aquí todavía nos gustan las cartas físicas, pues no
tenemos redes sociales) que llegaron a la oficina del director del mundo al revés exigiendo mi salida
definitiva del medio ante mi cínica “incitación a la violencia”, que según dichos lectores, ostenté en el escrito. Los insultos a este servidor no fueron pocos.
Entre ellos me tildaron de “Matarife II” y “Yihadista criollo”, y hasta
amenazaron con reportar el semanario al Ministerio de Comunicaciones, y con
llamar a los censores si continuaba en esa tónica tan ofensiva. Me acusaron los
lectores de ser un sociópata peligroso, tal como lo reconocía el título de la columna; de incitar a los compatriotas a inmolarse en las empresas de servicios públicos
y de telecomunicaciones, y en las oficinas del Estado dedicadas a la recaudación
de impuestos u otros cobros gubernamentales. Manifestaron su temor de que oficinas como la
Secretaría de Hacienda, la de expedición de pasaportes, las notarías,
el Tránsito, Las Cámaras de Comercio, la Alcaldía Municipal, Catastro, los fondos de pensiones, y hasta
los bancos privados y las EPS; estuvieran en peligro.
Alarmado por la gravedad del asunto, el director me llamó a su oficina para hablar de mi publicación. Lo había previsto desde que leí la primera carta de un lector. Este me advirtió que tuviera cuidado de no cometer un exabrupto en la empresa de internet: su novia era la que asignaba los turnos en el lugar, y si algo le pasaba, él ya sabía en qué subterfugio del Hades encontrarme. Temí lo peor, que no era la muerte, sino el despido, pero recordé que no sería la primera vez que estaría en esa oficina. En otras ocasiones me citaron por cartas que enviaron los lectores quejándose abiertamente de mi tendenciosa hostilidad por las figuras de la izquierda; o por sufrir de una presunta homofobia de la cual era sospechoso al no haber hablado en defensa de la marcha LGTBXXX durante un foro sobre derechos especiales. Se quejaron por mis aparentes rencillas contra los maestros públicos sindicalizados y contra los muchachos de la nueva generación; por mi falta de juicio para el planteo de temas psicológicos, y por mi escasa y errática información que era sospechosa de ser extractada de las redes sociales, las cuales no me permitían ser imparcial. De todo eso injustamente me acusaron.
Alarmado por la gravedad del asunto, el director me llamó a su oficina para hablar de mi publicación. Lo había previsto desde que leí la primera carta de un lector. Este me advirtió que tuviera cuidado de no cometer un exabrupto en la empresa de internet: su novia era la que asignaba los turnos en el lugar, y si algo le pasaba, él ya sabía en qué subterfugio del Hades encontrarme. Temí lo peor, que no era la muerte, sino el despido, pero recordé que no sería la primera vez que estaría en esa oficina. En otras ocasiones me citaron por cartas que enviaron los lectores quejándose abiertamente de mi tendenciosa hostilidad por las figuras de la izquierda; o por sufrir de una presunta homofobia de la cual era sospechoso al no haber hablado en defensa de la marcha LGTBXXX durante un foro sobre derechos especiales. Se quejaron por mis aparentes rencillas contra los maestros públicos sindicalizados y contra los muchachos de la nueva generación; por mi falta de juicio para el planteo de temas psicológicos, y por mi escasa y errática información que era sospechosa de ser extractada de las redes sociales, las cuales no me permitían ser imparcial. De todo eso injustamente me acusaron.
Llegué a la oficina del
director, y este me hizo sentar y me sugirió que me tomara un agua aromática.
La conversación sería aguda. Enseguida apareció doña Rosita, la amable señora
que se encarga de los servicios generales del informativo, y depositando el pocillo
del agua en mis manos, me dijo con sonrisa maliciosa:
—Uy, Juan, leí su artículo del
sociópata. Qué malo usted pensando
eso, pero seguro que como siga abusando esa gente con el mal servicio, algún
día van a tener un loco que les explote una bomba; es que no le digo, que son
mucho lo descarados. Cuando lo van a engrampar a uno con el contrato de
afiliación, le prometen un poco de canales y que no sé cuántas megas de velocidad,
y que el paquete de no sé qué, y después se da uno cuenta que son puros canales
de relleno y que ese internet mantiene caído, y luego le suben la tarifa sin
que se cumpla un año, y si uno llama a pedir un mantenimiento se demoran lo que
les da la gana, qué porquerías…
—Rosita —interrumpió el
director en tono seco—, muchas gracias por el agua y se puede retirar.
Rosita se marchó de la oficina
y sentí que me quedaba enfrentando a un juez temible. Comenzó preguntándome por
qué había escrito esa columna de forma tan visceral sabiendo que mis anteriores
razonamientos habían sido tan profundos, y mis conceptos tan lúcidos, y mi
mensaje intrínseco tan moral y políticamente correcto.
— ¿Qué pasa, Juan? —cuestionó—.
Ya no se ve en usted esa escritura analítica y coherente que tan bien se
identificaba con los principios de nuestra editorial. De un tiempo para acá sus
escritos parecen más una opinión larga y banal de cualquier twittero peli pintado que forma bronca
en las redes, que la de todo un… bueno, la de un opinador serio que pensábamos
que usted era. Se le nota una especie de irreverencia tardía que ya no le queda.
Ya tiene cincuenta y dos años, y aunque sigue siendo soltero y todavía vive en su
casa materna, ya es hora de que deje de comportarse como un adolescente rebelde
de esos que usted tanto critica. Dígame una cosa, ¿está incitando a la violencia?
—No señor, de ninguna manera
—respondí sumiso.
—Déjeme le voy a leer
textualmente lo que encontré en el Código Penal, a ver si logra dimensionar la
gravedad de sus palabras. —me dijo el director poniéndose sus lentes y sacando
un grueso libro que tenía en su escritorio. Yo tragué saliva, y supe que de esa
oficina no saldría completo. Entonces leyó:
—Artículo
348. Instigación a delinquir. El que pública y directamente incite a otro u
otros a la comisión de un determinado delito o género de delitos, incurrirá en
multa.
Si la conducta se realiza para cometer delitos de genocidio, desaparición forzada de personas, secuestro extorsivo, tortura, traslado forzoso de población u homicidio o con fines terroristas, la pena será de ochenta (80) a ciento ochenta (180) meses de prisión y multa de seiscientos sesenta y seis punto sesenta y seis (666.66) a mil quinientos (1.500) salarios mínimos mensuales legales vigentes.
Si la conducta se realiza para cometer delitos de genocidio, desaparición forzada de personas, secuestro extorsivo, tortura, traslado forzoso de población u homicidio o con fines terroristas, la pena será de ochenta (80) a ciento ochenta (180) meses de prisión y multa de seiscientos sesenta y seis punto sesenta y seis (666.66) a mil quinientos (1.500) salarios mínimos mensuales legales vigentes.
El director se detuvo y me miró después de
leer:
—Usted
no quiere eso, ¿o sí?
—No, claro que no.
—¿Se imagina cuántos locos no
estarán en alguna de las oficinas públicas queriendo cumplir ese mismo sueño criminal?
¿Qué cree que pasaría si ocurre una tragedia tal y como la describe? Habría
inocentes muertos, todo por un odio alimentado por su artículo. No crea
que todos son unos cobardes como usted que sólo sueñan sin atreverse. En este
mundo real hay gente que no sueña, sino que actúa sin pensar, como ese amigo
suyo, Nicolás. O mire por ejemplo Rosita, celebrándole muerta de risa su incitación,
porque ella hace parte del grupo de colombianos que anhela con tomar justicia
por su propia mano ante la opresión, y encima gente como usted alentándolos.
—Perdón, señor director. No
volverá a pasar —le dije sumergido en la indignación.
—Es que no debería escribir
más, pero para que vea que no soy tan mala gente, le voy a dar la oportunidad
de retractarse. Me hace el favor y escribe otro artículo pidiendo disculpas
y aconsejando que esa actitud no la debiera tomar nadie. Ni pensarlo si quiera.
Así terminaron las cosas en la
oficina del director. Yo me he tenido que tragar mis palabras. Desde ese día no volví a expresar mis pensamientos “incorrectos” por el temor de una
demanda. Tuve que escribir la nota de rectificación, y aquí se las dejo “para
que vean que yo no soy tan mala gente”, como dice el director.
Junio 21 de 2020.
Queridos lectores de El mundo al
revés
En vista de mi convulsionada
cabeza, que a veces me juega unas malas pasadas, quiero expresarles, desde lo
más hondo de mi corazón, que en ningún momento he sentido ganas de atentar
contra el personal de la compañía de internet ni contra su buen nombre. Todo lo
contrario, me parece que es una organización con gente muy valiosa,
profesional, servicial, honesta, diligente, cuyos directivos se han encargado
de hacernos la vida más fácil a los colombianos prestándonos ese fenomenal
servicio al cliente y en especial esa pronta acción de reparación técnica
cuando por alguna razón esporádica presentamos fallas con la red. Es tan
correcta esta empresa que no sé por qué no incluyen un cobro aparte para que los clientes compensemos todos sus esfuerzos, así sea que debamos pagar una factura aumentada; todo sea por el
bien de nosotros, quienes somos la prioridad número uno para la
compañía; esa misma a quien en estos tiempos le debemos prácticamente la vida.
Así que lo que dije no es cierto y me rectifico. Jamás vayan ustedes a
apropiarse de esos malos pensamientos. No intenten eso en sus casas ni en las oficinas
de servicios públicos o gubernamentales de sus ciudades. Les propongo mejor,
que en aras de la paz, los llamemos, no a importunarlos con nuestras
peticiones, quejas, ni reclamos, sino a agradecerles por existir. Son lo
máximo. Se despide este servidor. Muchas gracias, etc, etc.
Cerrado este capítulo,
quisiera decir, para terminar, que aparte de las situaciones hipotéticas que
los aprendices de escritores nos planteamos, también existen muchos factores
que inducen a la violencia en nuestro país. Espero que la ley los tenga en
cuenta algún día, para equilibrar las cargas.
La corrupción de nuestros
gobernantes, los abusos de las empresas, los excesivos e injustos impuestos que
cobra el Estado a los más pobres, las leyes que oprimen, la burocracia, el robo
del erario público, el abuso de autoridad, la inseguridad, el desplazamiento forzado,
el cinismo con el que el gobierno y las grandes corporaciones se nos burlan en
la cara al decir que trabajan para nosotros, la depredación de nuestros recursos
naturales a manos de narcotraficantes y multinacionales que vienen a desangrar
la tierra que no les pertenece; el abuso contra las mujeres, los niños, los
ancianos y los débiles que no se pueden defender, incluso contra los animales;
la injusticia misma de nuestro sistema; todo ello son cosas que por su sola
existencia generan dolor en el corazón de los hombres, que por más que
quisieran ser buenos, no los dejan ser. Ya lo decía sabiamente Roussseau: “El
hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”. Desde luego, la justicia por mano
propia va contra la ley, pero nos están asfixiando de tal manera, que se ve
venir el estallido social; el efecto de la olla a presión en la que nos
cocinamos todos.
No sé si los lectores me harán
a rectificar nuevamente, pero advierto que estamos atravesando un período de la
historia demasiado susceptible, en el que cualquier excusa se utilizará como Florero de Llorente para desatar una
locura colectiva, una guerra sin cuartel de todos contra todos.
Incitar a delinquir no se logra
solamente con palabras ni con relatos de horror como los que se gestan en las mentes
más delirantes. Acorralar al pueblo desde todos los ángulos como lo están
haciendo hoy, es llevarlo a que su única respuesta sea esa, la violencia.
Todos hemos asesinado a alguien en nuestras umbrosas fantasías. Todos, en
algún instante de la vida, hemos vislumbrado en la mente la muerte de nuestro ofensor,
así en la realidad no seamos capaces de empuñar un arma. Y si usted no lo ha sido,
amigo lector; si usted jamás ha tenido esas ideas homicidas, ni ha ofendido siquiera
con la imaginación a su prójimo, es porque a usted es al que han querido matar.
Aunque sea con el pensamiento.

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