miércoles, 24 de junio de 2020

Incitación a la violencia


Por Juan Felipe Giraldo Trejos


Para tener enemigos
no hace falta declarar la guerra;
sólo basta decir lo que se piensa.

 Martin Luther King






    En días pasados di a conocer un artículo que se titula “Sociópatas”, en este mismo espacio, en el que se narra la historia de mi amigo Nicolás y su drama con el proveedor de internet: un pésimo servicio técnico dejó a Nicolás sin conexión durante varios días. Allí expuse también la sensación de frustración de la que yo mismo fui presa, porque me ocurrió una circunstancia similar. En ambos casos nuestra reacción se encuadró dentro de un marco figurado de violencia. En el caso de él, a través de un intento premeditado —y a Dios gracias frustrado— de matar al personal de la compañía valiéndose de un cuchillo; y en mi caso, a través de la fantasía, pues en medio de mi impotencia y la burla de la cual me sentí objeto por parte de la empresa de internet, recreé en mi aturdida columna que era yo quien tomaba venganza convirtiéndome en un kamikaze.
    Fueron centenares las cartas de los lectores (porque aquí todavía nos gustan las cartas físicas, pues no tenemos redes sociales) que llegaron a la oficina del director del mundo al revés exigiendo mi salida definitiva del medio ante mi cínica “incitación a la violencia”, que según dichos lectores, ostenté en el escrito. Los insultos a este servidor no fueron pocos. Entre ellos me tildaron de “Matarife II” y “Yihadista criollo”, y hasta amenazaron con reportar el semanario al Ministerio de Comunicaciones, y con llamar a los censores si continuaba en esa tónica tan ofensiva. Me acusaron los lectores de ser un sociópata peligroso, tal como lo reconocía el título de la columna; de incitar a los compatriotas a inmolarse en las empresas de servicios públicos y de telecomunicaciones, y en las oficinas del Estado dedicadas a la recaudación de impuestos u otros cobros gubernamentales. Manifestaron su temor de que oficinas como la Secretaría de Hacienda, la de expedición de pasaportes, las notarías, el Tránsito, Las Cámaras de Comercio, la Alcaldía Municipal, Catastro, los fondos de pensiones, y hasta los bancos privados y las EPS; estuvieran en peligro.
   
Alarmado por la gravedad del asunto, el director me llamó a su oficina para hablar de mi publicación. Lo había previsto desde que leí la primera carta de un lector. Este me advirtió que tuviera cuidado de no cometer un exabrupto en la empresa de internet: su novia era la que asignaba los turnos en el lugar, y si algo le pasaba, él ya sabía en qué subterfugio del Hades  encontrarme. Temí lo peor, que no era la muerte, sino el despido, pero recordé que no sería la primera vez que estaría en esa oficina. En otras ocasiones me citaron por cartas que enviaron los lectores quejándose abiertamente de mi tendenciosa hostilidad por las figuras de la izquierda; o por sufrir de una presunta homofobia de la cual era sospechoso al no haber hablado en defensa de la marcha LGTBXXX durante un foro sobre derechos especiales. Se quejaron por mis aparentes rencillas contra los maestros públicos sindicalizados y contra los muchachos de la nueva generación; por mi falta de juicio para el planteo de temas psicológicos, y por mi escasa y errática información que era sospechosa de ser extractada de las redes sociales, las cuales no me permitían ser imparcial. De todo eso injustamente me acusaron.
    Llegué a la oficina del director, y este me hizo sentar y me sugirió que me tomara un agua aromática. La conversación sería aguda. Enseguida apareció doña Rosita, la amable señora que se encarga de los servicios generales del informativo, y depositando el pocillo del agua en mis manos, me dijo con sonrisa maliciosa:
    —Uy, Juan, leí su artículo del sociópata. Qué malo usted pensando eso, pero seguro que como siga abusando esa gente con el mal servicio, algún día van a tener un loco que les explote una bomba; es que no le digo, que son mucho lo descarados. Cuando lo van a engrampar a uno con el contrato de afiliación, le prometen un poco de canales y que no sé cuántas megas de velocidad, y que el paquete de no sé qué, y después se da uno cuenta que son puros canales de relleno y que ese internet mantiene caído, y luego le suben la tarifa sin que se cumpla un año, y si uno llama a pedir un mantenimiento se demoran lo que les da la gana, qué porquerías…
    —Rosita —interrumpió el director en tono seco—, muchas gracias por el agua y se puede retirar.
    Rosita se marchó de la oficina y sentí que me quedaba enfrentando a un juez temible. Comenzó preguntándome por qué había escrito esa columna de forma tan visceral sabiendo que mis anteriores razonamientos habían sido tan profundos, y mis conceptos tan lúcidos, y mi mensaje intrínseco tan moral y políticamente correcto.
    — ¿Qué pasa, Juan? —cuestionó—. Ya no se ve en usted esa escritura analítica y coherente que tan bien se identificaba con los principios de nuestra editorial. De un tiempo para acá sus escritos parecen más una opinión larga y banal de cualquier twittero peli pintado que forma bronca en las redes, que la de todo un… bueno, la de un opinador serio que pensábamos que usted era. Se le nota una especie de irreverencia tardía que ya no le queda. Ya tiene cincuenta y dos años, y aunque sigue siendo soltero y todavía vive en su casa materna, ya es hora de que deje de comportarse como un adolescente rebelde de esos que usted tanto critica. Dígame una cosa, ¿está incitando a la violencia?
    —No señor, de ninguna manera —respondí sumiso.
    —Déjeme le voy a leer textualmente lo que encontré en el Código Penal, a ver si logra dimensionar la gravedad de sus palabras. —me dijo el director poniéndose sus lentes y sacando un grueso libro que tenía en su escritorio. Yo tragué saliva, y supe que de esa oficina no saldría completo. Entonces leyó:
Artículo 348. Instigación a delinquir. El que pública y directamente incite a otro u otros a la comisión de un determinado delito o género de delitos, incurrirá en multa.
Si la conducta se realiza para cometer delitos de genocidio, desaparición forzada de personas, secuestro extorsivo, tortura, traslado forzoso de población u homicidio o con fines terroristas, la pena será de ochenta (80) a ciento ochenta (180) meses de prisión y multa de seiscientos sesenta y seis punto sesenta y seis (666.66) a mil quinientos (1.500) salarios mínimos mensuales legales vigentes.
    El director se detuvo y me miró después de leer:
    —Usted no quiere eso, ¿o sí?
    —No, claro que no.
    —¿Se imagina cuántos locos no estarán en alguna de las oficinas públicas queriendo cumplir ese mismo sueño criminal? ¿Qué cree que pasaría si ocurre una tragedia tal y como la describe? Habría inocentes muertos, todo por un odio alimentado por su artículo. No crea que todos son unos cobardes como usted que sólo sueñan sin atreverse. En este mundo real hay gente que no sueña, sino que actúa sin pensar, como ese amigo suyo, Nicolás. O mire por ejemplo Rosita, celebrándole muerta de risa su incitación, porque ella hace parte del grupo de colombianos que anhela con tomar justicia por su propia mano ante la opresión, y encima gente como usted alentándolos.
    —Perdón, señor director. No volverá a pasar —le dije sumergido en la indignación.
    —Es que no debería escribir más, pero para que vea que no soy tan mala gente, le voy a dar la oportunidad de retractarse. Me hace el favor y escribe otro artículo pidiendo disculpas y aconsejando que esa actitud no la debiera tomar nadie. Ni pensarlo si quiera.
    Así terminaron las cosas en la oficina del director. Yo me he tenido que tragar mis palabras. Desde ese día no volví a expresar mis pensamientos “incorrectos” por el temor de una demanda. Tuve que escribir la nota de rectificación, y aquí se las dejo “para que vean que yo no soy tan mala gente”, como dice el director.

Junio 21 de 2020.
Queridos lectores de El mundo al revés

    En vista de mi convulsionada cabeza, que a veces me juega unas malas pasadas, quiero expresarles, desde lo más hondo de mi corazón, que en ningún momento he sentido ganas de atentar contra el personal de la compañía de internet ni contra su buen nombre. Todo lo contrario, me parece que es una organización con gente muy valiosa, profesional, servicial, honesta, diligente, cuyos directivos se han encargado de hacernos la vida más fácil a los colombianos prestándonos ese fenomenal servicio al cliente y en especial esa pronta acción de reparación técnica cuando por alguna razón esporádica presentamos fallas con la red. Es tan correcta esta empresa que no sé por qué no incluyen un cobro aparte para que los clientes compensemos todos sus esfuerzos, así sea que debamos pagar una factura aumentada; todo sea por el bien de nosotros, quienes somos la prioridad número uno para la compañía; esa misma a quien en estos tiempos le debemos prácticamente la vida. Así que lo que dije no es cierto y me rectifico. Jamás vayan ustedes a apropiarse de esos malos pensamientos. No intenten eso en sus casas ni en las oficinas de servicios públicos o gubernamentales de sus ciudades. Les propongo mejor, que en aras de la paz, los llamemos, no a importunarlos con nuestras peticiones, quejas, ni reclamos, sino a agradecerles por existir. Son lo máximo. Se despide este servidor. Muchas gracias, etc, etc.

    Cerrado este capítulo, quisiera decir, para terminar, que aparte de las situaciones hipotéticas que los aprendices de escritores nos planteamos, también existen muchos factores que inducen a la violencia en nuestro país. Espero que la ley los tenga en cuenta algún día, para equilibrar las cargas.
    La corrupción de nuestros gobernantes, los abusos de las empresas, los excesivos e injustos impuestos que cobra el Estado a los más pobres, las leyes que oprimen, la burocracia, el robo del erario público, el abuso de autoridad, la inseguridad, el desplazamiento forzado, el cinismo con el que el gobierno y las grandes corporaciones se nos burlan en la cara al decir que trabajan para nosotros, la depredación de nuestros recursos naturales a manos de narcotraficantes y multinacionales que vienen a desangrar la tierra que no les pertenece; el abuso contra las mujeres, los niños, los ancianos y los débiles que no se pueden defender, incluso contra los animales; la injusticia misma de nuestro sistema; todo ello son cosas que por su sola existencia generan dolor en el corazón de los hombres, que por más que quisieran ser buenos, no los dejan ser. Ya lo decía sabiamente Roussseau: “El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”. Desde luego, la justicia por mano propia va contra la ley, pero nos están asfixiando de tal manera, que se ve venir el estallido social; el efecto de la olla a presión en la que nos cocinamos todos.
    No sé si los lectores me harán a rectificar nuevamente, pero advierto que estamos atravesando un período de la historia demasiado susceptible, en el que cualquier excusa se utilizará como Florero de Llorente para desatar una locura colectiva, una guerra sin cuartel de todos contra todos.    
    Incitar a delinquir no se logra solamente con palabras ni con relatos de horror como los que se gestan en las mentes más delirantes. Acorralar al pueblo desde todos los ángulos como lo están haciendo hoy, es llevarlo a que su única respuesta sea esa, la violencia. 
  Todos hemos asesinado a alguien en nuestras umbrosas fantasías. Todos, en algún instante de la vida, hemos vislumbrado en la mente la muerte de nuestro ofensor, así en la realidad no seamos capaces de empuñar un arma. Y si usted no lo ha sido, amigo lector; si usted jamás ha tenido esas ideas homicidas, ni ha ofendido siquiera con la imaginación a su prójimo, es porque a usted es al que han querido matar. Aunque sea con el pensamiento. 


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...