viernes, 19 de junio de 2020

El verdadero significado del 20-20


Por Juan Felipe Giraldo Trejos


    ¿Cómo es que nadie se dio cuenta, antes de comenzar el año, lo que significaba el número veinte (20) escrito o pronunciado dos veces? El veinte-veinte, abreviación del dos mil veinte, nos estaba hablando con su grafía. La cifra la vimos en los almanaques y pequeños calendarios que a veces cargamos en la billetera con la imagen al dorso de una modelo sexy, en las noticias, en los sueños, en el calendario tributario que nos presentó la DIAN, o sencillamente en los propósitos de fin de año que escribimos el pasado 31 de diciembre. Siempre estuvo el misterioso 2020 guiñándonos un ojo con su malignidad secreta y nunca pudimos desentrañar sus oscuros propósitos antes de que los comenzara a ejecutar.
    Que ahora sí íbamos con todo, que esa cantidad tenía magia porque indicaba el comienzo de un nuevo decenio y por ende el surgimiento de una luz de esperanza que se encendía en los corazones más optimistas. Que vendría una era crucial de la humanidad, una revolución del pensamiento, y que después de esa lánguida y malograda generación que encarnaron los Millenials; el mundo depositaría su esperanza en los Centenials, esos jóvenes despiertos que nacieron durante el cambio de siglo y que vendrían a empoderarse de la situación de la mano de la tecnología y las comunicaciones para no naufragar como sus antecesores, que en su mayoría fracasaron por buscar un éxito profesional egoísta y estereotipado.
    Y sin embargo nos pifiamos todos con las expectativas que nos hicimos frente al 2020. No entendimos las señales que nos trataron de enviar los profesionales de las predicciones. Ahí está por ejemplo el caso de la vidente —si es que eso es una profesión— Nube de María, la española, que predijo en diciembre el Coronavirus, no diciendo exactamente que sería un virus letal que nos confinaría en casa y nos alteraría el ritmo de la vida, sino diciendo que se vendrían días grises para el hombre, y que la naturaleza y los animales descansarían. Muy brutos los humanos si no supimos traducir ese lenguaje a pandemia; es que no somos capaces de interpretar los signos. Claro que después resultó que ese video no era de diciembre, sino de marzo, y que todo habría sido un vil montaje. Que por el contrario, en las predicciones para el 2020 había dicho que comenzaba un ciclo positivo. Al parecer intentaron recrear la entrevista con los mismos protagonistas en el mismo set, y curiosamente aparece ella con una blusa de un estilo ligeramente distinto, con unas libras de más (seguramente por comer en la cuarentena), confirmando lo que sucedería en el 2020 con una teatral afectación que cualquiera diría que estaba siendo iluminada por los espíritus de la revelación. Es que ni con los hechos cumplidos somos capaces de predecir una lluvia cuando ya se anuncia la tormenta.
    Para más fue Bill Gates, ese nerd multimillonario que en 2015 dijo que podría haber una pandemia, que cuidado, que debíamos prepararnos porque era un riesgo inminente; y todo el mundo tranquilo y nadie se mosqueó porque pensaron que estaba hablando de una simple gripe, y ese bicho estaba más que controlado. Ahora le vienen a sacar a relucir los videos acusándolo de que sabía algo, y yo creo que hasta él mismo se dijo frente al espejo: “mierda, le atiné sin querer queriendo”; o quién sabe, a lo mejor fue que se zafó ese día y los de producción le tuvieron que decir: “Bill, no te adelantes, que ese negocio está presupuestado para el 2020. Por ahora sigamos con lo de los antivirus, que lo tuyo es crear otro tipo de vacunas”.
    Como a mí también me gusta vaticinar sobre los hechos cumplidos y criticar después de jugarse el partido, yo sí que me aventuro a decirles lo que significa el número veinte dos veces seguidas, y créanme que mi análisis no es cualquier disertación barata de nigromantes de programas mañaneros. Lo mío tiene el sustento científico que se necesita porque yo sí me culturizo y me preparo. Yo leo las redes sociales, y no me digan que allí no hay profundidad ni sapiencia: precisamente ellas están dominadas en su mayoría por la generación nueva, la de los muchachos irreverentes que todo lo saben y a los que no se les puede rebatir porque con un movimiento de dedos en su pantalla táctil están en capacidad de contradecir a sus padres y a sus maestros, y hacernos ver a los más adultos como los equivocados del paseo. Ellos nacieron con el saber incorporado en esas maquinitas que los educan y los entretienen, así que no veo por qué desvirtuar el conocimiento de las redes.
    Para empezar, según la ciencia de la numerología, la energía que representa el 2020 tiene un enfoque de relaciones, de conciencia, de pragmatismo y trabajo en equipo. Todo eso se ha cumplido, sólo que les faltó decirnos que esas relaciones iban a ser virtuales, porque de lo contrario esta fue la excepción a la regla.
    Según el calendario Chino es el año de la rata (yo diría que del murciélago), y como dato curioso, es bisiesto. También tiene cuatro dígitos que si se leen de a dos, forman una pareja que se repite: veinte-veinte. Sólo en once ocasiones en la historia ha habido años de cuatro dígitos cuyos dos primeros caracteres se repiten, y esto ocurre cada 101 años (1010, 1111, 1212, 1313, 1414, 1515, 1616, 1717, 1818, 1919 y 2020).
    Por otra parte, si sumamos cada uno de los componentes del guarismo por separado, obtendremos un total de cuatro, reduciéndolos siempre a una sola unidad (2+0+2+0). Los años cuyo número base es cuatro acontecen cada noventa y nueve años, y también se han presentado once veces en la historia (1030, 1129, 1228, 1327, 1426, 1525, 1624, 1723, 1822, 1921, 2020). Y si sumamos los dos primeros dígitos con los dos últimos, nos da cuarenta. Tanto el cuatro como el cuarenta son números con alta carga simbólica en las escrituras. El cuatro es signo de lealtad, fuerza, rigidez y estabilidad. Hay muchas cosas con este número: los elementos básicos, los jinetes del apocalipsis, los puntos cardinales, los evangelistas   
    El cuarenta, por su parte, representa la idea de un cambio, el final de un ciclo y el comienzo del otro. Miren que por ahí va la cosa. Por ejemplo, el Diluvio Universal duró cuarenta días con sus noches, y la gente que se salvó debió permanecer confinada en el arca, como pasa hoy que tenemos que cuidarnos en la casa. Jesús estuvo cuarenta días en el desierto meditando, sin probar un bocado de comida y siendo tentado por el diablo, muy similar a la situación que viven muchas personas que actualmente están aguantando hambre y pensando en que la única manera de sobrevivir será convirtiéndose en delincuentes (el diablo hablando al oído). Los israelitas tuvieron que vagar cuarenta años en el desierto sin poder hallar la tierra prometida, y así están algunos esperando tierras y ayudas prometidas del gobierno que no les van a entregar. Aparte, que la cuaresma es un período de cuarenta días que simboliza la ascensión de Jesús a los cielos, y la cuarentena también es ese mismo tiempo. (Cómo me suena de familiar esta palabra, ¿a ustedes no?). Ni qué decir de lo que dura un período de gestación humana: cuarenta semanas. Ese podría ser el tiempo que tarde el nacimiento de una feliz esperanza para la humanidad, acaso sea la vacuna, o en el peor de los casos la costumbre.
    ¿Cuál es la relación entonces de todos estos hechos y de esa numerología ambigua con el verdadero significado del 2020? ¿Qué tienen que ver los episodios bíblicos con los del presente? Se preguntarán ustedes, y yo no puedo más que responderles que no hay ninguna relación, y que en los períodos que mencioné no ocurrió nada más extraordinario que lo que ya refiere la historia conocida.
    Salvo que se ha hablado del cuarenta para hacer referencia a años, semanas y días, no hemos escuchado hablar de algo que dure cuarenta meses. Pues bien, sea esta una oportunidad para acomodar un nuevo augurio diciendo que la pandemia podría tener esa duración: tres años y cuatro meses. ¿Será acaso que este mal de la tierra también cumple con su sino cuaresmal?
    Para que vean que predecir no es tan difícil, yo también me aventuro a decir que el fin del mundo está cerca porque los hechos escabrosos nos lo están anunciando. Eso lo vengo escuchando desde que nací. Lo esperaba para el 2000 y no pasó nada. Después para el 2012 y tampoco. Veremos si en los seis meses restantes tendremos que hacer el equipaje. Eso sí, tampoco preciso fecha exacta, porque como lo decía nuestro Señor Jesucristo, nadie sabe el día ni la hora. Ya sé que son meras conjeturas y generalizaciones simbólicas, que al final no estoy diciendo nada concreto, pero ¿acaso los grandes videntes no hacen lo mismo?
    Este veinte-veinte no será significativo por cualquier hallazgo mágico en la composición de sus dígitos, sino por el recuerdo que nos dejará marcado a las actuales y futuras generaciones. Con el paso del tiempo nos acordaremos que hubo una época de la historia en que la naturaleza —o la conspiración, si es del caso— nos enseñó a valorar las cosas importantes, a retornar al hogar para estar con nuestros seres queridos, y a prescindir de aquello que antes del virus nos resultaba trascendental y que a la larga era simple vanidad.
    De algo no me queda duda, y es que será el año más famoso de la historia postmoderna: la entrada a un nuevo orden mundial. No tanto en el sentido político, sino en un sentido de mentalidad. No desfallezcamos, que el veinte-veinte promete.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...