Por Juan Felipe Giraldo Trejos
¿Cómo es que nadie se dio
cuenta, antes de comenzar el año, lo que significaba el número veinte (20)
escrito o pronunciado dos veces? El veinte-veinte, abreviación del dos mil
veinte, nos estaba hablando con su grafía. La cifra la vimos en los almanaques
y pequeños calendarios que a veces cargamos en la billetera con la imagen al
dorso de una modelo sexy, en las noticias, en los sueños, en el calendario tributario
que nos presentó la DIAN, o sencillamente en los propósitos de fin de año que
escribimos el pasado 31 de diciembre. Siempre estuvo el misterioso 2020 guiñándonos
un ojo con su malignidad secreta y nunca pudimos desentrañar sus oscuros
propósitos antes de que los comenzara a ejecutar.
Que ahora sí íbamos con todo,
que esa cantidad tenía magia porque indicaba el comienzo de un nuevo decenio y
por ende el surgimiento de una luz de esperanza que se encendía en los
corazones más optimistas. Que vendría una era crucial de la humanidad, una
revolución del pensamiento, y que después de esa lánguida y malograda
generación que encarnaron los Millenials;
el mundo depositaría su esperanza en los Centenials,
esos jóvenes despiertos que nacieron durante el cambio de siglo y que vendrían a
empoderarse de la situación de la mano de la tecnología y las comunicaciones
para no naufragar como sus antecesores, que en su mayoría fracasaron por buscar
un éxito profesional egoísta y estereotipado.
Y sin embargo nos pifiamos
todos con las expectativas que nos hicimos frente al 2020. No entendimos las
señales que nos trataron de enviar los profesionales de las predicciones. Ahí
está por ejemplo el caso de la vidente —si es que eso es una profesión— Nube de
María, la española, que predijo en diciembre el Coronavirus, no diciendo
exactamente que sería un virus letal que nos confinaría en casa y nos alteraría
el ritmo de la vida, sino diciendo que se vendrían días grises para el hombre,
y que la naturaleza y los animales descansarían. Muy brutos los humanos si no
supimos traducir ese lenguaje a pandemia; es que no somos capaces de
interpretar los signos. Claro que después resultó que ese video no era de diciembre,
sino de marzo, y que todo habría sido un vil montaje. Que por el contrario, en
las predicciones para el 2020 había dicho que comenzaba un ciclo positivo. Al
parecer intentaron recrear la entrevista con los mismos protagonistas en el
mismo set, y curiosamente aparece ella con una blusa de un estilo ligeramente
distinto, con unas libras de más (seguramente por comer en la cuarentena), confirmando
lo que sucedería en el 2020 con una teatral afectación que cualquiera diría que
estaba siendo iluminada por los espíritus de la revelación. Es que ni con los
hechos cumplidos somos capaces de predecir una lluvia cuando ya se anuncia la
tormenta.
Para más fue Bill Gates, ese
nerd multimillonario que en 2015 dijo que podría haber una pandemia, que
cuidado, que debíamos prepararnos porque era un riesgo inminente; y todo el
mundo tranquilo y nadie se mosqueó porque pensaron que estaba hablando de una
simple gripe, y ese bicho estaba más que controlado. Ahora le vienen a sacar a
relucir los videos acusándolo de que sabía algo, y yo creo que hasta él mismo
se dijo frente al espejo: “mierda, le atiné sin querer queriendo”; o quién
sabe, a lo mejor fue que se zafó ese día y los de producción le tuvieron que decir: “Bill, no te adelantes, que ese
negocio está presupuestado para el 2020. Por ahora sigamos con lo de los
antivirus, que lo tuyo es crear otro tipo de vacunas”.
Como a mí también me gusta
vaticinar sobre los hechos cumplidos y criticar después de jugarse el partido, yo
sí que me aventuro a decirles lo que significa el número veinte dos veces seguidas,
y créanme que mi análisis no es cualquier disertación barata de nigromantes de
programas mañaneros. Lo mío tiene el sustento científico que se necesita porque
yo sí me culturizo y me preparo. Yo leo las redes sociales, y no me digan que
allí no hay profundidad ni sapiencia: precisamente ellas están dominadas en su
mayoría por la generación nueva, la de los muchachos irreverentes que todo lo
saben y a los que no se les puede rebatir porque con un movimiento de dedos en
su pantalla táctil están en capacidad de contradecir a sus padres y a sus
maestros, y hacernos ver a los más adultos como los equivocados del paseo.
Ellos nacieron con el saber incorporado en esas maquinitas que los educan y los
entretienen, así que no veo por qué desvirtuar el conocimiento de las redes.
Para empezar, según la ciencia
de la numerología, la energía que representa el 2020 tiene un enfoque de
relaciones, de conciencia, de pragmatismo y trabajo en equipo. Todo eso se ha
cumplido, sólo que les faltó decirnos que esas relaciones iban a ser virtuales,
porque de lo contrario esta fue la excepción a la regla.
Según el calendario Chino es
el año de la rata (yo diría que del murciélago), y como dato curioso, es
bisiesto. También tiene cuatro dígitos que si se leen de a dos, forman una pareja
que se repite: veinte-veinte. Sólo en once ocasiones en la historia ha habido
años de cuatro dígitos cuyos dos primeros caracteres se repiten, y esto ocurre
cada 101 años (1010, 1111, 1212, 1313, 1414, 1515, 1616, 1717, 1818, 1919 y
2020).
Por otra parte, si sumamos
cada uno de los componentes del guarismo por separado, obtendremos un total de
cuatro, reduciéndolos siempre a una sola unidad (2+0+2+0). Los años cuyo número
base es cuatro acontecen cada noventa y nueve años, y también se han presentado
once veces en la historia (1030, 1129, 1228, 1327, 1426, 1525, 1624, 1723, 1822,
1921, 2020). Y si sumamos los dos primeros dígitos con los dos últimos, nos da
cuarenta. Tanto el cuatro como el cuarenta son números con alta carga simbólica
en las escrituras. El cuatro es signo de lealtad, fuerza, rigidez y estabilidad.
Hay muchas cosas con este número: los elementos básicos, los jinetes del
apocalipsis, los puntos cardinales, los evangelistas
El cuarenta, por su parte, representa
la idea de un cambio, el final de un
ciclo y el comienzo del otro. Miren que por ahí va la cosa. Por ejemplo, el
Diluvio Universal duró cuarenta días con sus noches, y la gente que se salvó
debió permanecer confinada en el arca, como pasa hoy que tenemos que cuidarnos
en la casa. Jesús estuvo cuarenta días en el desierto meditando, sin probar un
bocado de comida y siendo tentado por el diablo, muy similar a la situación que
viven muchas personas que actualmente están aguantando hambre y pensando en que
la única manera de sobrevivir será convirtiéndose en delincuentes (el diablo
hablando al oído). Los israelitas tuvieron que vagar cuarenta años en el
desierto sin poder hallar la tierra prometida, y así están algunos esperando tierras
y ayudas prometidas del gobierno que no les van a entregar. Aparte, que la
cuaresma es un período de cuarenta días que simboliza la ascensión de Jesús a
los cielos, y la cuarentena también es ese mismo tiempo. (Cómo me suena de
familiar esta palabra, ¿a ustedes no?). Ni qué decir de lo que dura un período
de gestación humana: cuarenta semanas. Ese podría ser el tiempo que tarde el
nacimiento de una feliz esperanza para la humanidad, acaso sea la vacuna, o en
el peor de los casos la costumbre.
¿Cuál es la relación entonces de
todos estos hechos y de esa numerología ambigua con el verdadero significado
del 2020? ¿Qué tienen que ver los episodios bíblicos con los del presente? Se
preguntarán ustedes, y yo no puedo más que responderles que no hay ninguna
relación, y que en los períodos que mencioné no ocurrió nada más extraordinario
que lo que ya refiere la historia conocida.
Salvo que se ha hablado del
cuarenta para hacer referencia a años, semanas y días, no hemos escuchado hablar
de algo que dure cuarenta meses. Pues bien, sea esta una oportunidad para acomodar
un nuevo augurio diciendo que la pandemia podría tener esa duración: tres años
y cuatro meses. ¿Será acaso que este mal de la tierra también cumple con su sino
cuaresmal?
Para que vean que predecir no
es tan difícil, yo también me aventuro a decir que el fin del mundo está cerca porque
los hechos escabrosos nos lo están anunciando. Eso lo vengo escuchando desde
que nací. Lo esperaba para el 2000 y no pasó nada. Después para el 2012 y
tampoco. Veremos si en los seis meses restantes tendremos que hacer el
equipaje. Eso sí, tampoco preciso fecha exacta, porque como lo decía nuestro
Señor Jesucristo, nadie sabe el día ni la hora. Ya sé que son meras conjeturas
y generalizaciones simbólicas, que al final no estoy diciendo nada concreto,
pero ¿acaso los grandes videntes no hacen lo mismo?
Este veinte-veinte no será significativo por cualquier hallazgo mágico
en la composición de sus dígitos, sino por el recuerdo que nos dejará marcado a
las actuales y futuras generaciones. Con el paso del tiempo nos acordaremos que
hubo una época de la historia en que la naturaleza —o la conspiración, si es
del caso— nos enseñó a valorar las cosas importantes, a retornar al hogar para
estar con nuestros seres queridos, y a prescindir de aquello que antes del
virus nos resultaba trascendental y que a la larga era simple vanidad.
De algo no me queda duda, y es
que será el año más famoso de la historia postmoderna: la entrada a un nuevo
orden mundial. No tanto en el sentido político, sino en un sentido de
mentalidad. No desfallezcamos, que el veinte-veinte promete.

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