sábado, 17 de octubre de 2020

Todos al protestódromo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




  Uno escucha opiniones en la calle, ve videos, lee los diarios, las columnas de opinión serias y hasta los comentarios superfluos de las redes sociales; recoge ecos de aquí y de allá, y en todos ellos encuentra siempre un clamor general, una queja colectiva: “la situación está muy difícil”, “El gobierno no sirve para nada”, “toca es salir a protestar”, son frases que se repiten por todas partes, más ahora, cuando vivimos en medio de la incertidumbre económica por una pandemia que no está dispuesta a rendirse y no deja recobrar el tiempo perdido. Uno escucha todo eso, como les digo, y no deja de preguntarse si acaso no deberíamos ser nosotros mismos los que encaremos esa difícil situación por nuestra cuenta y riesgo en lugar de esperar a que el gobierno, que sabemos bien que nunca ha servido ni servirá para nada, nos solucione los problemas.

    El primer paso, como mecanismo para conjurar la crisis, debería ser el de la despolarización. Bien sabemos que hay dos vertientes opuestas en el país en materia política, y que lo que se diga en favor o en contra de cualquiera, nos condena a portar el remoquete de fachistas o mamertos.

    Otro paso debería ser el de ser solidarios entre nosotros mismos. Si el otro protesta, dejarlo que reclame lo que considera que le ha sido vulnerado, y si no es de mi incumbencia, no criticarle su bandera. Si soy yo el que tengo que protestar, hacerlo con el máximo respeto por quienes no lo hacen, sin causar traumatismos, sin obstruir el tráfico, sin bloqueos de vía pública, sin actos obscenos ni violentos, porque de eso se trata la democracia: más que reclamar derechos propios, respetar los ajenos.

    Pero como estamos en un país que se acostumbró a exigir prerrogativas antes que cumplir con sus deberes, va a ser muy difícil que nos pongamos de acuerdo en lo fundamental, que es el respeto por el otro.



    De un tiempo para acá, por ejemplo, está imponiéndose la tendencia de engrandecer el derecho a la protesta, porque hoy se está convirtiendo en el más importante de todos los derechos; más que el del trabajo, el de la libre movilidad y el de la vida misma. La lógica de aquellos que lo defienden a ultranza es: “si los demás no reclaman lo que les pertenece, nosotros sí luchamos por lo nuestro”.

    Es que no solamente a quienes alzan la voz les debe conceder la importancia merecida. Resulta que hay personas que aunque silencian y no pueden (o no quieren) ser partícipes de marchas y plantones por múltiples factores, también tienen derechos que en muchos casos no son respetados por quienes dicen representar al pueblo humilde y sometido.

    Sometidos estamos todos, no importa el color del partido que nos gobierne, porque se supone que hay una ley que tenemos que cumplir por igual. Pero en el escenario de la calle no se aplican los ideales de la Carta Magna, y el “sálvese quien pueda” es la solución a la que nos toca recurrir.

    Aquellos que tanto claman por la igualdad, lo hacen pisoteando, la mayoría de las veces, los derechos de quienes no piden nada, salvo que los dejen trabajar con dignidad, moverse con libertad y vivir con tranquilidad. El bloqueo de una vía anula la protesta pacífica y coerce la voluntad de un conglomerado que también debe tener la misma posibilidad de transitarla. La violencia no la ejerce primero el cuerpo policial cuando obliga a desalojar una calle obstaculizada, sino los manifestantes que le niegan la posibilidad a otros de llegar a tiempo a sus sitios de trabajo, de ir a recoger a sus hijos, de cumplir con una cita médica, de ir a descansar a su casa, de abrir su negocio, de vivir y tratar de salir adelante entre las condiciones que ya de por sí son difíciles y que todos tenemos que enfrentar. 




Porque se nos volvió costumbre que los promotores del Comité del Paro Cívico nos amenacen con paro cada mes, o cada quince días. Los manifestantes, muchos de ellos sin saber quién los dirige, se prestan al juego para hacer desmanes. Hay algunos que allí se infiltran, generando al resto de la sociedad una dinámica de terror que impide cualquier intento ser feliz en esta vida dura.

    Ya basta de tanta hipocresía, de decir que los están estigmatizando, de utilizar al pueblo como instrumento para lograr avanzadas políticas. Ya basta de reclamar por reclamar cuando se omite el cumplimiento de los deberes esenciales para pedir derechos que a veces no tienen fundamento. Ya basta también el gobierno de hacer caso omiso a los problemas y no enfrentar el toro por los cuernos.

    Por esa razón yo me uno a la propuesta que en algún momento lanzó el concejal Diego Molano en Bogotá, de construir un protestódromo con recursos del Estado; un escenario donde se les permita a los manifestantes debidamente individualizados asistir y ejecutar sus actos lúdicos, gritar sus consignas y desahogar su furia con tranquilidad, a ver si así nos evitamos esta destrucción de las ciudades capitales cada que las minorías salen a reclamar sus derechos; a ver si así sólo entran los que tienen que entrar y no se les infiltra tanto vándalo. Aunque me imagino que la pelea sería en los alrededores del escenario, cuando el acto de protesta culmine, como en los partidos de fútbol, y los revoltosos quieran hacer afuera lo que los promotores de la protesta no los dejarán hacer adentro, pues ellos serían responsables del cuidado y el aseo del recinto público que deberá ser administrado por una entidad territorial o un organismo de control, digamos por ejemplo la Defensoría del Pueblo.

    Fue una idea descabellada que ahora nos tienta. Ya en la Francia de la Revolución lo habían intentado cuando el rey autorizó un lugar para que los ciudadanos concurrieran y le tiraran tomates podridos a una figura de cartón que lo representaba, y de paso lo insultaran a sus anchas sin consecuencias.




Aunque si no están de acuerdo, no nos preocupemos: los del Comité del Paro Cívico y las centrales obreras tampoco aceptarán que se les asigne un escenario, porque según lo que estamos viendo, el objetivo no es salir a reclamar derechos, sino causar desorden y estragos; un estado de anarquía que lleve a las masas a pedir la cabeza del gobernante de turno por haber permitido que la situación se saliera de control.

    Ya me los imagino oponiéndose rotundamente a la proposición, diciendo que es anticonstitucional, porque el derecho debe ser ejercido en las calles. Ya me los imagino victimizándose y diciendo que los estamos acusando de Castrochavistas o quién sabe qué. Y como el hecho es hacerse sentir, no falta quién recurra a las vías de hecho, porque los políticos que apoyan su causa saben cómo utilizar la combinación de todas las formas de lucha.

    Es una lástima, me habría gustado un país en el que se pueda protestar con arreglo a la ley al mismo tiempo que se pueda trabajar y transitar libremente, sin que entre uno y otro grupo se causen interferencias.

 

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