En su libro “Un mundo que
cambia”, el escritor, periodista y abogado César Vidal, expone que los seres
humanos no vimos venir el panorama oscuro que estamos viviendo en la actualidad.
“La gente cree que seguimos en el mismo mundo de hace treinta años, en el de la
Guerra Fría, y no entendió cuáles eran los poderes que actuaban en el sistema
global y cuáles los desafíos para enfrentarlo”, afirma. Por eso hasta ahora,
cuando la irrupción de la peste nos puso todo de cabeza y nos obligó a interesarnos
por lo que antes no nos causaba la menor preocupación, vinimos a tomar
conciencia de que algo hay podrido en Dinamarca,
y desde luego, en el planeta.
Hasta hace poco se podían
distinguir en las vertientes de izquierda y derecha los principios claramente
identificados con los que jugaba cada uno. Hoy no importa de qué corriente
vengan los jugadores mientras sirvan a un propósito mayor, dominado por otros
jugadores más grandes que tienen tentáculos, tanto en las dictaduras
socialistas como en las democracias de las naciones liberales para manipularlas
a su antojo. El propósito es servir a un nuevo orden que no es otra cosa que el
imperio del globalismo. Palabras más, palabras menos, la extensión de un nuevo
socialismo con el disfraz del “mundo
feliz”, como lo vaticinara alguna vez Aldous Huxley.
Bajo este concepto las naciones pierden su soberanía, sus límites, su identidad, si es que alguna vez la tuvieron. En todo caso, ese anhelo del planeta sin fronteras, de “la igualdad, la fraternidad y la libertad” de los hombres, del respeto por los derechos universales, es el pretexto perfecto para que esta agenda global siente sus bases.
Ni por enterados nos dimos
cuando comenzaron los discursos, y en lugar de detenernos a pensar en el trasfondo,
aplaudimos como niños porque nos estaban vendiendo una gran fiesta para el
futuro, sólo que a esa fiesta no íbamos a ser invitados por no tener con qué
comprar el boleto para entrar. ¿Quién iba a pensar hace unos años que volvería
la vieja división del mundo, sólo que esta vez ataviada con el traje de la
revolución cultural? Porque ha sido así como nos ofrecieron todo este cuento de
la esperanza y de la hermandad para al final dejarnos con las manos vacías.
Ahora la guerra se llama globalismo contra patriotismo, porque ya no sólo es una cuestión de cómo organizar el
modo de producción, sino todo lo concerniente al ámbito humano: el pensamiento,
la religión, la moneda, el idioma, la comida, las costumbres, la moral, y sobre
todo la adhesión al nuevo orden, consciente o inconscientemente; por voluntad o
por obligación, da lo mismo.
David Rockefeller, el magnate, escribió en sus
memorias algo relacionado con la conspiración oculta. César Vidal, quien lo investigó
de cerca, afirma que en la página 405 de ese libro el señor Rockefeller dice
que la gente cree que él y su familia son parte de una cábala secreta que
conspira contra los Estados Unidos para “construir una estructura más integrada
global, política y económica”. Al final reconfirma que aquello es cierto, y que
se declara orgullosamente culpable de esas intenciones. Así, abiertamente lo
dice sin ruborizarse ni un poquito. En el mismo sentido el nonagenario Soros
admite que la crisis del 2020 fue la crisis de su vida, la que le ayudó a impulsar
su agenda (del mal) de una manera brillante para él.
¿Y los medios? El papel de los
medios es preponderante. Bajo la vieja premisa de que quien tiene la información
tiene el poder, los dueños de las trasnacionales se apoderaron también de la
prensa y la libertad de opinión, y es por esto que cada vez las grandes cadenas
gozan de menos credibilidad y son menos imparciales. ¿Quién está por ejemplo
detrás de los diarios de prestigio como Washington Post, The New York Times, o
El Tiempo en Colombia?; ¿o de cadenas como NBC, CBS, o RT? Estos mismos emporios
se prestan para la autocensura porque así benefician a sus amigos poderosos, publicando
sólo aquello que les conviene que se sepa: entre menos medios independientes,
mayor es la posibilidad de controlarlo todo.
Según Vidal, el 80% de la
información que recibimos a través de la prensa escrita, la televisión, la
radio, las series, las películas, los documentales, los libros que se publican,
y hasta las producciones artísticas, están en manos de ocho grandes trasnacionales.
De esta manera se hace percibir la realidad con uno solo de los miles de prismas
con que se puede ver.
Uno, por ejemplo, no ve que en
las noticias de la televisión tradicional traten el tema de Soros, ni del
supranacionalismo, ni se preocupen por investigar qué es lo que está pasando
con estas organizaciones que reciben financiación para desestabilizar las democracias
en Latinoamérica. Es como si ellos estuvieran informando de otra realidad. Si
no existieran en internet los canales independientes como el de Isabel Cuervo,
El Nodo, G24, entre otros, uno no sabría qué es lo que realmente nos están
preparando.
Pero como entre cielo y tierra
no hay nada oculto, y como los perversos ya se vieron descubiertos en sus
intenciones, no les quedó de otra que admitir que lo que buscan es un nuevo
orden, en efecto, pero “para que todo mejore”, dicen ellos.
Y si vemos la liberalidad y el
progresismo con que se está conduciendo el mundo, podemos constatar que sí, que
hay más derechos, más garantías, más leyes para despenalizar el aborto, las
drogas, prohibir los cuerpos policiales e incluir la ideología de género como política
de estado; y de paso promover nuevas constituciones para las repúblicas, que
las llevarán a desconocer su historia y a borrar de su pasado lo que les dé la
gana. En verdad pareciera ser este un mundo mejor, liberado de las cadenas que
imponían las superestructuras como la familia, la religión, la escuela y el
Estado, y cualquier cosa que intentara formarnos en valores.
Y si hasta el Papa Francisco
está colaborando para ese complot globalista través de sus declaraciones cada
vez más descabelladas, y una encíclica papal en la que se habla de fraternidad
pero que no se menciona a Dios por ninguna parte, uno ya no sabe en quién
confiar.
La izquierda radical, apoyada
por el globalismo, campea feliz porque piensa que ahora sí le ha llegado su
turno de gobernar, y no sabe que en realidad va es a cogobernar, porque las órdenes
las darán de arriba. En Cuba, Venezuela, México, Nicaragua, Argentina, Bolivia
y Uruguay, ya están acomodados en el poder y sirviendo a los intereses de la
nueva élite. En España manda el partido de los trabajadores que no defiende a
ningún trabajador. En Francia van por la misma vía, y en Estados Unidos
posiblemente gane Biden, cuyo partido demócrata es el gran aliado de los
globalistas a los que poco les importa el valor de la libertad ni el sentimiento
nacionalista americano. En Chile ya les aprobaron la elaboración de su próxima
Constitución de corte socialista, y nosotros vamos por un camino similar, cuando
el candidato de la extrema izquierda se suba al trono para nunca más dejarlo. No
nos extrañe tantas casualidades porque todo hace parte del engranaje. Colombia
está en la mira. Tenemos muchos lacayos sirviéndole a ese propósito del
gobierno único mundial. Debemos estar alertas porque ya vienen por nosotros.








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