viernes, 30 de octubre de 2020

Ya vienen por nosotros

Por Juan Felipe Giraldo Trejos









      Yo no sé si después de todos los videos que hemos visto sobre las sociedades secretas, si después de todos los libros que hemos podido leer sobre Teorías de la Conspiración, si después de tanta serie y tanta película futurista y distópica —al estilo de Los juegos del hambre— que hemos tenido la ocasión de ver y que nos anuncian la implementación de un nuevo sistema de vida, todavía sigamos pensando que aquí todo va por buen camino, que nada va a pasar, y que los que desconfiamos de todo seamos simplemente unos incorregibles paranoicos. Conspiranoicos, nos dirían los incrédulos, pues ese es el nuevo término que se inventaron para referirse a quienes manifestamos nuestras reservas por lo que se nos viene encima.



    Ya sabemos que la plandemia se utilizó principalmente para restringir la libertad y acabar con la economía de las naciones en donde, ¡oh sorpresa!, se ejerce la democracia y existe el capitalismo. No faltará el que a estas alturas siga creyendo en la versión oficial de que el virus salió de un murciélago al que ya fritaron en la China. Como no falta el que aún siga confiando en la sinceridad del Papa Francisco, en la bondadosa filantropía de los Gates, los Soros o los Rockefeller, entre otros; o en el objetivo altruista de organizaciones como la ONU, la CIDH, la CEPAL, o el Foro de Puebla y demás monstruosidades que se crearon para acabar de a poquito con el único modo de producción que hasta ahora le ha traído algo de bienestar a la raza humana. No, no es el Socialismo del Siglo XXI.  



    En su libro “Un mundo que cambia”, el escritor, periodista y abogado César Vidal, expone que los seres humanos no vimos venir el panorama oscuro que estamos viviendo en la actualidad. “La gente cree que seguimos en el mismo mundo de hace treinta años, en el de la Guerra Fría, y no entendió cuáles eran los poderes que actuaban en el sistema global y cuáles los desafíos para enfrentarlo”, afirma. Por eso hasta ahora, cuando la irrupción de la peste nos puso todo de cabeza y nos obligó a interesarnos por lo que antes no nos causaba la menor preocupación, vinimos a tomar conciencia de que algo hay podrido en Dinamarca, y desde luego, en el planeta.

    Hasta hace poco se podían distinguir en las vertientes de izquierda y derecha los principios claramente identificados con los que jugaba cada uno. Hoy no importa de qué corriente vengan los jugadores mientras sirvan a un propósito mayor, dominado por otros jugadores más grandes que tienen tentáculos, tanto en las dictaduras socialistas como en las democracias de las naciones liberales para manipularlas a su antojo. El propósito es servir a un nuevo orden que no es otra cosa que el imperio del globalismo. Palabras más, palabras menos, la extensión de un nuevo socialismo con el disfraz del “mundo feliz”, como lo vaticinara alguna vez Aldous Huxley.

    Bajo este concepto las naciones pierden su soberanía, sus límites, su identidad, si es que alguna vez la tuvieron. En todo caso, ese anhelo del planeta sin fronteras, de “la igualdad, la fraternidad y la libertad” de los hombres, del respeto por los derechos universales, es el pretexto perfecto para que esta agenda global siente sus bases. 

    Ni por enterados nos dimos cuando comenzaron los discursos, y en lugar de detenernos a pensar en el trasfondo, aplaudimos como niños porque nos estaban vendiendo una gran fiesta para el futuro, sólo que a esa fiesta no íbamos a ser invitados por no tener con qué comprar el boleto para entrar. ¿Quién iba a pensar hace unos años que volvería la vieja división del mundo, sólo que esta vez ataviada con el traje de la revolución cultural? Porque ha sido así como nos ofrecieron todo este cuento de la esperanza y de la hermandad para al final dejarnos con las manos vacías.




    Ahora la guerra se llama globalismo contra patriotismo, porque ya no sólo es una cuestión de cómo organizar el modo de producción, sino todo lo concerniente al ámbito humano: el pensamiento, la religión, la moneda, el idioma, la comida, las costumbres, la moral, y sobre todo la adhesión al nuevo orden, consciente o inconscientemente; por voluntad o por obligación, da lo mismo.




     David Rockefeller, el magnate, escribió en sus memorias algo relacionado con la conspiración oculta. César Vidal, quien lo investigó de cerca, afirma que en la página 405 de ese libro el señor Rockefeller dice que la gente cree que él y su familia son parte de una cábala secreta que conspira contra los Estados Unidos para “construir una estructura más integrada global, política y económica”. Al final reconfirma que aquello es cierto, y que se declara orgullosamente culpable de esas intenciones. Así, abiertamente lo dice sin ruborizarse ni un poquito. En el mismo sentido el nonagenario Soros admite que la crisis del 2020 fue la crisis de su vida, la que le ayudó a impulsar su agenda (del mal) de una manera brillante para él.




    ¿Y los medios? El papel de los medios es preponderante. Bajo la vieja premisa de que quien tiene la información tiene el poder, los dueños de las trasnacionales se apoderaron también de la prensa y la libertad de opinión, y es por esto que cada vez las grandes cadenas gozan de menos credibilidad y son menos imparciales. ¿Quién está por ejemplo detrás de los diarios de prestigio como Washington Post, The New York Times, o El Tiempo en Colombia?; ¿o de cadenas como NBC, CBS, o RT? Estos mismos emporios se prestan para la autocensura porque así benefician a sus amigos poderosos, publicando sólo aquello que les conviene que se sepa: entre menos medios independientes, mayor es la posibilidad de controlarlo todo.

    Según Vidal, el 80% de la información que recibimos a través de la prensa escrita, la televisión, la radio, las series, las películas, los documentales, los libros que se publican, y hasta las producciones artísticas, están en manos de ocho grandes trasnacionales. De esta manera se hace percibir la realidad con uno solo de los miles de prismas con que se puede ver.

    Uno, por ejemplo, no ve que en las noticias de la televisión tradicional traten el tema de Soros, ni del supranacionalismo, ni se preocupen por investigar qué es lo que está pasando con estas organizaciones que reciben financiación para desestabilizar las democracias en Latinoamérica. Es como si ellos estuvieran informando de otra realidad. Si no existieran en internet los canales independientes como el de Isabel Cuervo, El Nodo, G24, entre otros, uno no sabría qué es lo que realmente nos están preparando.

    Pero como entre cielo y tierra no hay nada oculto, y como los perversos ya se vieron descubiertos en sus intenciones, no les quedó de otra que admitir que lo que buscan es un nuevo orden, en efecto, pero “para que todo mejore”, dicen ellos.




    Y si vemos la liberalidad y el progresismo con que se está conduciendo el mundo, podemos constatar que sí, que hay más derechos, más garantías, más leyes para despenalizar el aborto, las drogas, prohibir los cuerpos policiales e incluir la ideología de género como política de estado; y de paso promover nuevas constituciones para las repúblicas, que las llevarán a desconocer su historia y a borrar de su pasado lo que les dé la gana. En verdad pareciera ser este un mundo mejor, liberado de las cadenas que imponían las superestructuras como la familia, la religión, la escuela y el Estado, y cualquier cosa que intentara formarnos en valores.

    Y si hasta el Papa Francisco está colaborando para ese complot globalista través de sus declaraciones cada vez más descabelladas, y una encíclica papal en la que se habla de fraternidad pero que no se menciona a Dios por ninguna parte, uno ya no sabe en quién confiar.




   La izquierda radical, apoyada por el globalismo, campea feliz porque piensa que ahora sí le ha llegado su turno de gobernar, y no sabe que en realidad va es a cogobernar, porque las órdenes las darán de arriba. En Cuba, Venezuela, México, Nicaragua, Argentina, Bolivia y Uruguay, ya están acomodados en el poder y sirviendo a los intereses de la nueva élite. En España manda el partido de los trabajadores que no defiende a ningún trabajador. En Francia van por la misma vía, y en Estados Unidos posiblemente gane Biden, cuyo partido demócrata es el gran aliado de los globalistas a los que poco les importa el valor de la libertad ni el sentimiento nacionalista americano. En Chile ya les aprobaron la elaboración de su próxima Constitución de corte socialista, y nosotros vamos por un camino similar, cuando el candidato de la extrema izquierda se suba al trono para nunca más dejarlo. No nos extrañe tantas casualidades porque todo hace parte del engranaje. Colombia está en la mira. Tenemos muchos lacayos sirviéndole a ese propósito del gobierno único mundial. Debemos estar alertas porque ya vienen por nosotros.  

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