Vuelve la minga, ahora por esta fecha en que se celebra el día de la raza. Nada nuevo que
decir sobre ella, salvo que en esta ocasión marchan alrededor de cinco mil indígenas
diseminando nubes de Coronavirus por las carreteras de este país en donde se
obliga a unos a guardar compostura y a sacrificarse por la ley, y a otros deja
hacer lo que les da la gana, especialmente si son minoría y esta minoría atenta
contra los derechos de la mayoría. Porque aquí, como en tantas otras partes, la
democracia también funciona al revés.
Vuelve la minga, y no basta ya
decir que está infiltrada por organizaciones criminales y por políticos mañosos,
porque eso ya se sabe desde hace mucho tiempo, y es un fenómeno que se repite
tanto, que ya la urdimbre revolucionaria y golpista que se teje tras el telón
no sorprende a nadie. Ya es cuento viejo, que no por viejo deja de ser cierto. Y
tampoco es ningún cuento, sino una verdad de Perogrullo.
Vuelve la minga, y para los
que no la vemos con buenos ojos sabemos que son un puñado de habitantes
financiados por unas organizaciones de dudosa procedencia que utilizan a estos
ciudadanos —cada vez menos indígenas— como el vehículo para promover sus
ideales políticos que disfrazan de empatía con el pueblo y que no son más que
intereses de poder: poder al que por cierto saben que nunca podrán llegar por
voluntad del pueblo, sino por el camino de la anarquía, la violencia y todo
aquello que conlleve a la destrucción de las instituciones.
Vuelve la minga a pedir
derechos que básicamente se resumen en dos puntos cruciales: plata y tierra. Y
de paso solicitar que el Estado claudique en sus políticas que no competen sólo
a los indígenas, sino a todos los colombianos, como aquel punto de la agenda
que propugna por el desmantelamiento del ESMAD, como si con ellos tuviera qué
conversarse ese tema.
Vuelve la minga a pretender
cambiar un programa de gobierno, que si bien no satisface lo que el pueblo
eligió en 2018, tampoco tiene por qué obedecer a lo que el pueblo no eligió. A
quejarse y a culpar al gobierno porque los están matando, pero cuando la fuerza
pública se ve avocada a entrar a sus territorios para ejercer la autoridad,
inmediatamente es sacada a punta de machete, que porque ellos son autónomos en
su jurisdicción.
Vuelve la minga con sus arengas,
sus bloqueos, sus fiestas y sancochos en mitad de la vía pública; sin tomar las
medidas de protección para no agravar más la situación de pandemia, y dispuestos
a las vías de hecho; con total libertad para hacer y deshacer a lo largo y
ancho del país. Mientras que al resto de los ciudadanos nos obligan a cerrar
negocios, a restringir afectos, a posponer nuestras ínfimas celebraciones en
familia y a regular las salidas, todo porque resulta peligroso una reunión de más
de seis personas, pero no una aglomeración de cinco mil.
Ni medio gabinete que se fue a
conversar con ellos a Cali resultó suficiente para contener su marcha, porque
decían que es con el presidente con quien tenían que hablar en persona. La
verdad es que no iban a detenerse ante nadie, pues está previsto de antemano
que minga y Paro Nacional se encuentren en la misma plaza, el 21 de octubre,
para volver la capital una porquería, pues bien se sabe cómo aquellos que dicen
respetar la Madre Tierra dejan los espacios en los que se reúnen. A Cali, por
ejemplo, la dejaron convertida en un basurero.
Es que vuelve la Minga, y nosotros
como colombianos estamos obligados a entender y solidarizarnos con su reclamo. Desde
luego, lo que es justo es justo. Pero ¿quién se solidarizará con el resto del
país cuando se incrementen de forma alarmante los casos de Covid como producto
de esta peregrinación? Puedo apostar a que en esa minga hay más de uno
positivo.
Vuelve la minga, preparémonos
para desembolsar un nuevo cheque. Eso se recupera después con impuestos que pagaremos
en la reforma tributaria, no nos preocupemos, pero es que a los nativos de
nuestro país no les alcanza. Por cierto, yo también soy un nativo colombiano, y
a mí el gobierno no me gira un peso.
¿Sabemos cuánto ha girado el
gobierno al CRIC en los últimos años? ¿Nos han dicho en qué van los programas o
planes de inversión para atender las necesidades de la población indígena, o sencillamente
en qué se ha invertido la plata? ¿Existe alguna veeduría que vigile a los líderes
del CRIC, o al menos a los que manejan las transferencias?
Fueron noventa y tres mil
millones de pesos que se les giró el año pasado. Este año el giro ascendió a
doscientos cincuenta mil millones. Se espera que para el próximo año se destinen
a la minga indígena doscientos noventa mil millones de pesos. Este, paradójicamente,
es el gobierno que más les ha dado y al que quieren hacerle un juicio político cuando
lleguen a Bogotá.
Así las cosas, uno no se
explica por qué los verdaderos indígenas, los que sufren hambre y están en
situación de desplazamiento en las ciudades, no son tenidos en cuenta en la
destinación de semejante presupuesto. Uno no se explica que el dinero que se
les gira sólo sea para que sus líderes se movilicen en camionetas cuatro por
cuatro, y las casas de los cabildos en Popayán sean casas de cuatrocientos
millones. Uno no se explica qué hace un señor de apellido español (Valencia) diciendo
que es nativo y representa a los primeros pobladores de estas tierras, cuando
en realidad, quinientos años después del Descubrimiento de América, ya todos somos
una amalgama de razas y compartimos los mismos ancestros.
En fin, que vuelve la minga y
no nos extrañe que estén reclamando las tierras estratégicas que les conviene a
quienes se lucran de la coca, porque estos últimos han convertido la condición étnica
en un instrumento para ensanchar su poderío criminal.
Vuelve la minga, y como diría
alguien por ahí, este seguirá siendo un país de indios, aunque cada vez haya menos
indígenas.




No hay comentarios.:
Publicar un comentario