viernes, 16 de octubre de 2020

Vuelve la minga

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Vuelve la minga, ahora por esta fecha en que se celebra el día de la raza. Nada nuevo que decir sobre ella, salvo que en esta ocasión marchan alrededor de cinco mil indígenas diseminando nubes de Coronavirus por las carreteras de este país en donde se obliga a unos a guardar compostura y a sacrificarse por la ley, y a otros deja hacer lo que les da la gana, especialmente si son minoría y esta minoría atenta contra los derechos de la mayoría. Porque aquí, como en tantas otras partes, la democracia también funciona al revés.

    Vuelve la minga, y no basta ya decir que está infiltrada por organizaciones criminales y por políticos mañosos, porque eso ya se sabe desde hace mucho tiempo, y es un fenómeno que se repite tanto, que ya la urdimbre revolucionaria y golpista que se teje tras el telón no sorprende a nadie. Ya es cuento viejo, que no por viejo deja de ser cierto. Y tampoco es ningún cuento, sino una verdad de Perogrullo.

    Vuelve la minga, y para los que no la vemos con buenos ojos sabemos que son un puñado de habitantes financiados por unas organizaciones de dudosa procedencia que utilizan a estos ciudadanos —cada vez menos indígenas— como el vehículo para promover sus ideales políticos que disfrazan de empatía con el pueblo y que no son más que intereses de poder: poder al que por cierto saben que nunca podrán llegar por voluntad del pueblo, sino por el camino de la anarquía, la violencia y todo aquello que conlleve a la destrucción de las instituciones.




    Vuelve la minga a pedir derechos que básicamente se resumen en dos puntos cruciales: plata y tierra. Y de paso solicitar que el Estado claudique en sus políticas que no competen sólo a los indígenas, sino a todos los colombianos, como aquel punto de la agenda que propugna por el desmantelamiento del ESMAD, como si con ellos tuviera qué conversarse ese tema.

    Vuelve la minga a pretender cambiar un programa de gobierno, que si bien no satisface lo que el pueblo eligió en 2018, tampoco tiene por qué obedecer a lo que el pueblo no eligió. A quejarse y a culpar al gobierno porque los están matando, pero cuando la fuerza pública se ve avocada a entrar a sus territorios para ejercer la autoridad, inmediatamente es sacada a punta de machete, que porque ellos son autónomos en su jurisdicción.

    Vuelve la minga con sus arengas, sus bloqueos, sus fiestas y sancochos en mitad de la vía pública; sin tomar las medidas de protección para no agravar más la situación de pandemia, y dispuestos a las vías de hecho; con total libertad para hacer y deshacer a lo largo y ancho del país. Mientras que al resto de los ciudadanos nos obligan a cerrar negocios, a restringir afectos, a posponer nuestras ínfimas celebraciones en familia y a regular las salidas, todo porque resulta peligroso una reunión de más de seis personas, pero no una aglomeración de cinco mil.  



    Ni medio gabinete que se fue a conversar con ellos a Cali resultó suficiente para contener su marcha, porque decían que es con el presidente con quien tenían que hablar en persona. La verdad es que no iban a detenerse ante nadie, pues está previsto de antemano que minga y Paro Nacional se encuentren en la misma plaza, el 21 de octubre, para volver la capital una porquería, pues bien se sabe cómo aquellos que dicen respetar la Madre Tierra dejan los espacios en los que se reúnen. A Cali, por ejemplo, la dejaron convertida en un basurero.

    Es que vuelve la Minga, y nosotros como colombianos estamos obligados a entender y solidarizarnos con su reclamo. Desde luego, lo que es justo es justo. Pero ¿quién se solidarizará con el resto del país cuando se incrementen de forma alarmante los casos de Covid como producto de esta peregrinación? Puedo apostar a que en esa minga hay más de uno positivo.

    Vuelve la minga, preparémonos para desembolsar un nuevo cheque. Eso se recupera después con impuestos que pagaremos en la reforma tributaria, no nos preocupemos, pero es que a los nativos de nuestro país no les alcanza. Por cierto, yo también soy un nativo colombiano, y a mí el gobierno no me gira un peso.

    ¿Sabemos cuánto ha girado el gobierno al CRIC en los últimos años? ¿Nos han dicho en qué van los programas o planes de inversión para atender las necesidades de la población indígena, o sencillamente en qué se ha invertido la plata? ¿Existe alguna veeduría que vigile a los líderes del CRIC, o al menos a los que manejan las transferencias?

    Fueron noventa y tres mil millones de pesos que se les giró el año pasado. Este año el giro ascendió a doscientos cincuenta mil millones. Se espera que para el próximo año se destinen a la minga indígena doscientos noventa mil millones de pesos. Este, paradójicamente, es el gobierno que más les ha dado y al que quieren hacerle un juicio político cuando lleguen a Bogotá.



    Así las cosas, uno no se explica por qué los verdaderos indígenas, los que sufren hambre y están en situación de desplazamiento en las ciudades, no son tenidos en cuenta en la destinación de semejante presupuesto. Uno no se explica que el dinero que se les gira sólo sea para que sus líderes se movilicen en camionetas cuatro por cuatro, y las casas de los cabildos en Popayán sean casas de cuatrocientos millones. Uno no se explica qué hace un señor de apellido español (Valencia) diciendo que es nativo y representa a los primeros pobladores de estas tierras, cuando en realidad, quinientos años después del Descubrimiento de América, ya todos somos una amalgama de razas y compartimos los mismos ancestros.

    En fin, que vuelve la minga y no nos extrañe que estén reclamando las tierras estratégicas que les conviene a quienes se lucran de la coca, porque estos últimos han convertido la condición étnica en un instrumento para ensanchar su poderío criminal.

    Vuelve la minga, y como diría alguien por ahí, este seguirá siendo un país de indios, aunque cada vez haya menos indígenas.

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