Tuve la fortuna de estar en la
Feria del Libro del Eje Cafetero, Paisaje, Café
y Libro, el año pasado, siendo aquella la primera vez que asistía a una,
pues aún no había incursionado de lleno en el interés por la actividad
literaria como lo he estado durante los dos últimos años. En aquella ocasión la
disfruté como si hubiera sido un niño inmerso en una juguetería, y hasta recuerdo
que esa vivencia mereció algún artículo de parte mía que debe estar por ahí
divagando en el limbo cibernético.
En ese mismo limbo en el que
la humanidad hoy día se pierde y se encuentra, se ha realizado este año la Sexta
Feria del Libro de la ciudad de Pereira con un componente muy particular: fue virtual,
como casi todo lo de este 2020 que no sólo pasará a la historia por ser el año
de la peste, sino por ser el año de la realidad vivida de la mano con la tecnología.
Por razones del todo conocidas
y perfectamente entendibles, en esta versión de la feria debimos apreciar a los
autores a través de los dispositivos, y conformarnos con sus palabras en la distancia.
La figura de la celebridad inalcanzable que existió en otro tiempo se consolidó
nuevamente. Tuve la sensación de que quienes fabrican las historias y construyen
un mundo nuevo a través de las letras, son en realidad pequeños dioses del
Olimpo que se nos presentan en el oráculo de la pantalla para dejarnos sus
enseñanzas y motivarnos con su experiencia, sin la posibilidad de materializarse en el espacio físico real. Bueno, al menos hemos podido disfrutar
de la feria virtual a pesar de las limitantes que ofrecen las telecomunicaciones
modernas, y es un logro grande de la humanidad que hayamos sorteado, a través
de la tecnología, los escollos que nos presentó la pandemia.
Anteriormente, digamos a
principios del siglo XVIII, como para no ir tan lejos, los eventos en los que
un escritor o un intelectual promovían su trabajo sólo eran posibles para una
reducida élite: un puñado de escogidos, entre los que se encontraban los más
amigos, eran los únicos que podían acceder directamente al autor y su obra. Poco
era lo que podía masificarse por la precaria difusión que los recursos de la época
ofrecían.
Con la evolución de la
imprenta en los años 1500’s, que permitió reproducir más copias de escritos en
materiales diferentes al papiro y al pergamino, que eran muy delicados, el
mundo reverberó en una gran actividad intelectual que trajo consigo una mayor
demanda de libros. Entonces el negocio comenzó a tomar forma, pero aún la
producción era muy costosa e incipiente como para satisfacer la demanda de un
público que en la edad media estaba ávido por ilustrarse, y ni siquiera se lo
permitían. Luego vinieron las planchas con caracteres móviles, la máquina de
cilindros, la máquina de reacción que surgió con la Revolución Industrial, las
máquinas rotativas, la Linotipia, la fotocopiadora, y el láser. De esta forma
se fue articulando el mercado editorial que ahora permite sacar millones de
ejemplares de una sola obra sin que el escritor tenga que hacer un esfuerzo
adicional por eso, salvo en lo concerniente a la promoción, en la cual, por supuesto,
están incluidas las ferias de libros. Y en esa tarea de publicidad y de ganarse
un nombre, la competencia devino en una complejidad mayor para el artista: ahora
no bastaba con escribir las obras, sino que había que conferenciarlas, hacer
interesar al público lector para engancharlo y capturarlo.
Fue por eso que las primeras ferias de libros, que fueron precarias casetas coloridas con los mejores títulos del oficio literario, tuvieron que irse transformando poco a poco en centros de negocios en los que el consumo se privilegiara por encima del arte. Y para ello se tuvo que apelar a la figura del escritor como un ídolo de multitudes, el cual, con su sola presencia en la vitrina del evento, garantizaba el éxito de la comercialización. No por nada, ahora muchos de ellos ganan más por las conferencias a las que son invitados a hablar, que por las regalías de los mismos libros que escriben.
Sin embargo, aquella percepción
del autor como figura promocional de su propia obra, le otorgó al negocio una
ventaja incuestionable —independientemente del realce que se le pone al nombre del santo sobre
el milagro realizado—, y es que el público al fin pudo darse cuenta de que la
celebridad es una persona tan real, tan de carne y hueso como cualquier otra,
que no es necesaria la veneración irracional de su humanidad. Basta con
estrecharle la mano, intercambiar uno o dos conceptos sobre el trabajo
propuesto, y solicitar el autógrafo de cortesía para entender que no hay nada
de divino en ese pobre mortal que se devana los sesos buscando la historia apropiada,
eligiendo la palabra precisa con el fin de atraparnos en su redada; que ese ser
que nos comparte sus locuras es tal vez el más cuerdo y el que posee el mayor
sentido práctico en la sociedad en estos tiempos en los que hasta leer es un
negocio.
Claro que negocio de los
buenos.
La Feria del Libro de este año
en Pereira (y creo que en todos los lugares del mundo), tuvo una particularidad,
y es que por haber sido virtual, pudo llegar masivamente a muchas más personas
de las que hubieran podido asistir físicamente a las instalaciones de Expo
futuro, donde se han realizado las cinco versiones anteriores. A través de los
videos que colgaron en la página de la Cámara de Comercio, y que un mes después
todavía permanecen allí, he podido asistir a todos los conversatorios como si
lo estuviera haciendo en forma presencial. Y no sólo eso, sino que he tenido el
honor de repetir la experiencia con los que más me han gustado.
Aunque lastimosamente, con el
desbarajuste, los autores volvieron a ser lejanos, a ser hombres ideales e
inalcanzables, como estrellas de la farándula. Desde luego algunos lo son, pero
no todos. Ya no es posible estrecharles la mano ni tratarlos como iguales. Hace
un año vi a algunos de ellos y me sentí que me codeaba con los grandes. Hoy tan
solo me parecen estrellas fugaces que nos dejan sus libros como el testimonio
viviente de que existen.
Ellos también nos extrañan,
también quieren estrechar la mano de sus lectores, tomarse un café con alguno
que otro fanático de corazón, volver a ver llenos esos auditorios. A lo mejor
también están pensando que ese público ausente que tuvieron en otros escenarios
fue producto de su imaginación: que sus lectores también son una constelación diseminada por la galaxia a la que sólo es posible asomarse a través del firmamento de la
pantalla, y que tienen nombres caros a los símbolos de la computación como las
arrobas y los numerales; anónimos en la Vía Láctea del ciberespacio.
El próximo año, si la Divina
Providencia lo permite, nos volveremos a encontrar cara a cara en este paisaje
verde, con una taza de café en una mano y un libro en la otra, en la que podría
ser la Séptima Feria del Libro del Eje Cafetero, Paisaje,
Café y Libro. Allá nos veremos.
04/10/20






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