jueves, 22 de octubre de 2020

Una feria real

Por Juan Felipe Giraldo Trejos


Este artículo sobre la sexta Feria del Libro del Eje Cafetero fue escrito el pasado cuatro de octubre. Sin embargo, hasta hoy sólo lo subo al blog porque estaba a la espera de la autorización para la publicación de imágenes con derechos de autor. La autorización nunca me llegó, de modo que opto por publicar las imágenes por mi cuenta y riesgo, a sabiendas de que lo hago sin permiso y sin lucrarme, ya quisiera yo. 





    Tuve la fortuna de estar en la Feria del Libro del Eje Cafetero, Paisaje, Café y Libro, el año pasado, siendo aquella la primera vez que asistía a una, pues aún no había incursionado de lleno en el interés por la actividad literaria como lo he estado durante los dos últimos años. En aquella ocasión la disfruté como si hubiera sido un niño inmerso en una juguetería, y hasta recuerdo que esa vivencia mereció algún artículo de parte mía que debe estar por ahí divagando en el limbo cibernético.

    En ese mismo limbo en el que la humanidad hoy día se pierde y se encuentra, se ha realizado este año la Sexta Feria del Libro de la ciudad de Pereira con un componente muy particular: fue virtual, como casi todo lo de este 2020 que no sólo pasará a la historia por ser el año de la peste, sino por ser el año de la realidad vivida de la mano con la tecnología.



 

    Por razones del todo conocidas y perfectamente entendibles, en esta versión de la feria debimos apreciar a los autores a través de los dispositivos, y conformarnos con sus palabras en la distancia. La figura de la celebridad inalcanzable que existió en otro tiempo se consolidó nuevamente. Tuve la sensación de que quienes fabrican las historias y construyen un mundo nuevo a través de las letras, son en realidad pequeños dioses del Olimpo que se nos presentan en el oráculo de la pantalla para dejarnos sus enseñanzas y motivarnos con su experiencia, sin la posibilidad de materializarse en el espacio físico real. Bueno, al menos hemos podido disfrutar de la feria virtual a pesar de las limitantes que ofrecen las telecomunicaciones modernas, y es un logro grande de la humanidad que hayamos sorteado, a través de la tecnología, los escollos que nos presentó la pandemia.




    Anteriormente, digamos a principios del siglo XVIII, como para no ir tan lejos, los eventos en los que un escritor o un intelectual promovían su trabajo sólo eran posibles para una reducida élite: un puñado de escogidos, entre los que se encontraban los más amigos, eran los únicos que podían acceder directamente al autor y su obra. Poco era lo que podía masificarse por la precaria difusión que los recursos de la época ofrecían.

    Con la evolución de la imprenta en los años 1500’s, que permitió reproducir más copias de escritos en materiales diferentes al papiro y al pergamino, que eran muy delicados, el mundo reverberó en una gran actividad intelectual que trajo consigo una mayor demanda de libros. Entonces el negocio comenzó a tomar forma, pero aún la producción era muy costosa e incipiente como para satisfacer la demanda de un público que en la edad media estaba ávido por ilustrarse, y ni siquiera se lo permitían. Luego vinieron las planchas con caracteres móviles, la máquina de cilindros, la máquina de reacción que surgió con la Revolución Industrial, las máquinas rotativas, la Linotipia, la fotocopiadora, y el láser. De esta forma se fue articulando el mercado editorial que ahora permite sacar millones de ejemplares de una sola obra sin que el escritor tenga que hacer un esfuerzo adicional por eso, salvo en lo concerniente a la promoción, en la cual, por supuesto, están incluidas las ferias de libros. Y en esa tarea de publicidad y de ganarse un nombre, la competencia devino en una complejidad mayor para el artista: ahora no bastaba con escribir las obras, sino que había que conferenciarlas, hacer interesar al público lector para engancharlo y capturarlo.

    


   Fue por eso que las primeras ferias de libros, que fueron precarias casetas coloridas con los mejores títulos del oficio literario, tuvieron que irse transformando poco a poco en centros de negocios en los que el consumo se privilegiara por encima del arte. Y para ello se tuvo que apelar a la figura del escritor como un ídolo de multitudes, el cual, con su sola presencia en la vitrina del evento, garantizaba el éxito de la comercialización. No por nada, ahora muchos de ellos ganan más por las conferencias a las que son invitados a hablar, que por las regalías de los mismos libros que escriben.




    Sin embargo, aquella percepción del autor como figura promocional de su propia obra, le otorgó al negocio una ventaja incuestionable —independientemente del  realce que se le pone al nombre del santo sobre el milagro realizado—, y es que el público al fin pudo darse cuenta de que la celebridad es una persona tan real, tan de carne y hueso como cualquier otra, que no es necesaria la veneración irracional de su humanidad. Basta con estrecharle la mano, intercambiar uno o dos conceptos sobre el trabajo propuesto, y solicitar el autógrafo de cortesía para entender que no hay nada de divino en ese pobre mortal que se devana los sesos buscando la historia apropiada, eligiendo la palabra precisa con el fin de atraparnos en su redada; que ese ser que nos comparte sus locuras es tal vez el más cuerdo y el que posee el mayor sentido práctico en la sociedad en estos tiempos en los que hasta leer es un negocio.

    Claro que negocio de los buenos.

    La Feria del Libro de este año en Pereira (y creo que en todos los lugares del mundo), tuvo una particularidad, y es que por haber sido virtual, pudo llegar masivamente a muchas más personas de las que hubieran podido asistir físicamente a las instalaciones de Expo futuro, donde se han realizado las cinco versiones anteriores. A través de los videos que colgaron en la página de la Cámara de Comercio, y que un mes después todavía permanecen allí, he podido asistir a todos los conversatorios como si lo estuviera haciendo en forma presencial. Y no sólo eso, sino que he tenido el honor de repetir la experiencia con los que más me han gustado.

    

   

   Aunque lastimosamente, con el desbarajuste, los autores volvieron a ser lejanos, a ser hombres ideales e inalcanzables, como estrellas de la farándula. Desde luego algunos lo son, pero no todos. Ya no es posible estrecharles la mano ni tratarlos como iguales. Hace un año vi a algunos de ellos y me sentí que me codeaba con los grandes. Hoy tan solo me parecen estrellas fugaces que nos dejan sus libros como el testimonio viviente de que existen.

    Ellos también nos extrañan, también quieren estrechar la mano de sus lectores, tomarse un café con alguno que otro fanático de corazón, volver a ver llenos esos auditorios. A lo mejor también están pensando que ese público ausente que tuvieron en otros escenarios fue producto de su imaginación: que sus lectores también son una constelación diseminada por la galaxia a la que sólo es posible asomarse a través del firmamento de la pantalla, y que tienen nombres caros a los símbolos de la computación como las arrobas y los numerales; anónimos en la Vía Láctea del ciberespacio.

    El próximo año, si la Divina Providencia lo permite, nos volveremos a encontrar cara a cara en este paisaje verde, con una taza de café en una mano y un libro en la otra, en la que podría ser la Séptima Feria del Libro del Eje Cafetero, Paisaje, Café y Libro. Allá nos veremos.

 

04/10/20



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