Siempre que termina un año salen a flote
toda suerte de balances y remembranzas que nos hacen evaluar la calidad de los
trescientos sesenta y cinco días que acaban de pasar. Algunos lo toman con
alegría por la parranda que se avizora; otros, en cambio, sucumben a la tristeza
por los seres que ya no estarán, por las bancarrotas que no se superaron, los
propósitos que no se cumplieron, las oportunidades que se perdieron, y hasta
por los amores fallidos que se terminaron en medio de la desazón.
Pero existirá siempre un grupo de mortales para los cuales la celebración es una simple formalidad de los que quieren despedir el año con bombos y platillos, de modo que quienes pertenecemos a esa cofradía asumimos las fiestas decembrinas con la más pasmosa indiferencia. De unas décadas para acá mi costumbre fue pasar al lado de mi padre: acostándonos temprano, mirando la televisión, o cada uno en un asunto diferente: él rezando el rosario y yo leyendo boberías en internet. A veces nos levantábamos el primero de enero y nos dábamos el Feliz año si nos acordábamos, pero no era menester darle importancia a la tradición.
De hecho la única vez que no estuve con él fue el año pasado. En aquella ocasión asistí impávido a una reunión familiar en la que se hizo un repaso ordenado de toda la gala de ritos supersticiosos para despedir el año: las uvas a media noche, el brindis infaltable, el papelito donde hubo que escribir los nuevos propósitos, la quema de los malos recuerdos que había que dejar atrás, así como tampoco se olvidó la moneda en el zapato o aferrarse al fajo de billetes guardados en el bolsillo apenas dieran las doce; y cómo no, el tan temido abrazo de “¡Feliz Año!” al momento de gritar la cuenta regresiva, y luego los compases alegres (aunque para mi gusto más bien melancólicos) de ese tema de Tony Camargo en el que se agradece por la chiva, la burra negra la yegua blanca, y la buena suegra. No faltó sino quemar el muñeco de año viejo, que no se pudo porque estábamos en un apartamento. En mi fuero interior comprendí que no existe nada más patético que una celebración de fin de año.
Para colmo de males, ninguno de esos
propósitos que escribí en el papelito se cumplió; ninguna conducta defectuosa
quemada en la llama de la vela se superó, y como si fuera poco, mi padre
falleció faltando un mes para que terminara este período, a causa del Covid-19.
Este 2020, que para gran parte del planeta fue un año de mierda, será el gran
año para olvidar, pero al mismo tiempo el que dolorosamente más tendremos que
recordar. Ya no tengo a mi viejo para abrazarlo, aunque si estuviera aquí
estaría repitiendo con él el perpetuo ritual de indiferencia y aversión por la
fiesta decembrina, cosa que es mucho mejor que no tener con quién criticarla.
Por esta razón he decidido que jamás en mi
vida volveré a celebrar un 31 de diciembre, o una Nochevieja, como ya les dio
por bautizar el ágape. De paso quiero borrar de mi calendario esa superflua temporada
que se conoce como la navidad, que para mí no es más que una época para llenarle
las arcas a los comerciantes. Ser una especie de Grinch es la mejor forma de pasarlo. Al asumir la indiferencia como
estado de ánimo no se sufre tanto cuando llegan estas festividades masivamente
sentimentales; no es preciso alegrarse por una fecha que en realidad tiene un
trasfondo triste: despedir un año que nos dejó “cosas muy buenas” y cosas muy
malas. Toda despedida siempre es dolorosa. Al contrario, quienes estamos en el
grupo de los indiferentes como mi padre y como yo, somos los que mejor pasamos.
Amanecemos como si nada, damos la vuelta al almanaque y continuamos la rutina
sin la presión de que a partir de ese primer día tendremos que ser mejores
personas, comenzar una dieta insufrible, cambiar de carro o encontrar el
trabajo soñado. Lo bueno es que cualquier momento del año es una oportunidad para
hacer propósitos, o para no hacerlos si no nos da la gana.
Cada día somos más los indiferentes, los
que no vemos motivo para hacer bullicio el último día del año. Se nos engrosa
el club. Así que este treinta y uno de diciembre a las doce de la noche me encontrarán
viendo una mala película, leyendo un libro o escribiendo una crónica de
bienvenida al 2021. Mi padre, por su parte, estará saludándome desde el cielo,
pero también estará viendo un programa de animales en televisión, rezando el rosario
o durmiendo desde temprano para no tener que oír el estallido de los voladores.
Sí, este fin de año volveremos a pasarlo juntos, aunque en cuerpo estemos separados.
No siendo más, desde ya les dejo mi saludo
de Feliz Año a todos, celebren o no.
31/12/20





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